Miredondemire
Por
El día que murió Franco
Ya nadie pasó más miedo, y nos fuimos respetando. El sistema encontró un jefe, Borbón, pero muy aceptado, que contrató un secretario honesto y muy contrastado. Suárez nos marcó el rumbo
Transitaba por mi infancia en los tiempos de la Transición. Transición, sabia palabra, metamorfosis, mutación. Transicionaba yo entonces de niño mono a Pluto de solo dos patas. Tal fue el desarrollismo de mis orejas y palas. Me faltó apenas la trompa para la transformación completa y quedándose tan a medias, las risas y burlas me acompañaban. En el contexto doloroso de resultar paquidermo a los ojos rencorosos de niños de siete años, un hecho me quedó grabado. No es un mito lo de la buena memoria de elefantes y sus mezclas.
Es un recuerdo de patio, de soportal concretamente. En el centro de la escena, un periódico del día sujeto por "un mayor" que, me parece, se reía. Sujetaba el titular que ocupaba la portada: "Franco ha muerto", gritaba con su grafismo. De riguroso luto, como todos los periódicos esa época, generaba su corrillo de esos niños que pronto acabarían la EGB. "Se hacen los interesantes", pensaba yo, observándoles en la soledad obligada del chaval inadaptado. Porque la verdad es que ninguno de los que estábamos allí alcanzábamos a entender nada.
El silbato alineador sonó más marcial ese día. Nos encaminamos con orden cada uno a nuestra fila. "¡A cubrirse!", era el mandato para extender nuestro brazo y mantener la distancia con tu predecesor en la cola, diseñada con esmero del más bajito al más alto. En lo alto de la escalera, que yo tenía muy cerca -era del curso primero y elefante, pero bajo- la masa ingente de cura que conformaba don Pepe comenzó su discurso diario. "Salesianos, Franco ha muerto". Compungido y desolado se le veía y detecté que había aumentado su tic de colocarse las gafas. "Hoy no hay clases, vayan todos para sus casas. Y los rojos, como Cercadillo, vayan a toda pastilla y no paren hasta Francia".
Bueno, los recuerdos a veces fallan. Pero si no fue la forma, el fondo quedó cristalino. Rompimos filas nosotros, don Pepe rompió a llorar. Aquel orondo y malvado Jefe de Estudios brutal resultó que se emocionaba, además de apretándote las manos hasta que te oía gritar, con asuntos de política franquista y muy nacional. Nuestro primer impulso fue quedarnos a jugar, pero el resto de filósofos, así llamábamos a los aspirantes a cura, desalojaron el lugar.
En la puerta, como siempre, estaba esperando mi chucho. Fiel, leal y sonriente me acompañaba al colegio y luego de vuelta a casa. Ni él ni yo en aquel momento sabíamos que su presencia me estaba arruinando la vida. Y no por lo que hiciera, sino por recibir su bautismo del radical de mi padre. Su ocurrencia fue retante. Tuvo la genial idea de poner de nombre Trotsky al can de nuestra familia. Y yo, claro, le llamaba dentro y fuera del colegio, lo que me explicó, años más tarde, el origen de tanta inquina. También recuerdo el día que supe quién era Trotsky. Hubiera matado a mi padre. Los curas más radicales me tenían enfilado y eso todos los niños lo sabían o intuían. Y aunque no existía el bullying, como nombre me refiero, aislar a los comunistas por entonces era un juego. Tampoco sería para tanto, pero así yo lo recuerdo.
Llegó tarde esa noche a casa Juan, mi padre, el bautista de los perros. Por aclarar, tal había sido mi cabreo que el siguiente ya fue Lolo y el siguiente impuse Linda. Visto con perspectiva no heredé su habilidad para destacar con la antroponimia. La escena fue en el dormitorio. Mi madre con sus 25 años y sus dos hijos, los antecedentes de mi padre y el armario repleto de octavillas ilegales del Partido Comunista de los Pueblos de España acumulaba razones que justificaban sus nervios. Mi padre con 27 y con detenciones varias no resultó convincente y no se tranquilizaba. Sus escaramuzas sindicalistas en las huelgas de Pegaso le consiguieron la ficha. No ayudaba. Y algo podría estar pasando.
Me mandaron a la cama no sin antes hacer siete u ocho viajes de casa a la furgoneta, y vivíamos en un cuarto con el único acceso de escalera. El traslado de panfletos fue condición sine qua non para la pernoctación de mi padre en su tradicional aposento. Seguía sin entender qué pasaba. Si se había muerto Franco era de suponer que ya no pasaría nada. Y fue todo lo contrario. El miedo iba aumentando al ritmo de la agonía del Caudillo y mucho más tras su muerte. Cualquiera que estuviera en activo minando la dictadura podía pronosticarlo. Un aparato sin jefe sabe Dios qué puede hacer para seguir gobernando. Así que lo que recuerdo, aparte de largas colas en la tele en blanco y negro, fue una alegría contenida, pero también mucho miedo.
Después me saltan los recuerdos a la plaza de Bejanque, una de las más grandes de toda Guadalajara. La que daba acceso al Fuerte. Una instalación militar que aún hoy daría pánico si no fuera por la reconversión a medias que, recientemente, ha tenido a teatro. Allí recuerdo la escena dando vueltas y pitando, con las ventanillas abiertas de un Seat destartalado. Banderas rojas sujetas con algo de cinta aislante. Pegatinas en las puertas, la hoz y el martillo por todos lados. Yo arrojaba octavillas, feliz de colaborar en algo. Horas estuvimos allí, creo que celebrando. Y sé que era Sábado Santo. Habían pasado dos años del periódico del colegio y el partido comunista se estaba legalizando.
Aquel fue día de fiesta, los miedos estaban por fin envalentonados. Yo con mis ocho años sabía quién era Carrillo, honraba a La Pasionaria, me hablaban de Gerardo Iglesias y admiraba a Julio Anguita. Y llamaba a gritos a Trotsky tan alto como pudiera en la jeta de don Pepe. Recuerdo más tarde las visitas a las casetas de la fiesta del PCE en plena Casa de Campo. Las manifestaciones, las huelgas… y cómo nos fuimos moderando. El trabajo, cumplir años y hasta González y Guerra planteaban posiciones que acabamos abrazando.
Y ya nadie pasó más miedo, y nos fuimos respetando. El sistema encontró un jefe, Borbón, pero muy aceptado, que contrató un secretario honesto y muy contrastado. Suárez nos marcó el rumbo y España se echó a los remos a surcarse su futuro. Hombro con hombro y sin incómodos recuerdos. Duraba la travesía hasta que, los que no dan el callo, lo pisan. Y tiran de las rencillas y los odios maniqueos para partirnos el alma en dos trozos, en dos bandos, en dos pueblos. Cincuenta años después, lo puedo seguir contando. Y reclamando a la vez no renegar del acuerdo que alcanzaron nuestros padres. Y repensar el legado que dejaremos a los que hoy, están jugando en el colegio.
Transitaba por mi infancia en los tiempos de la Transición. Transición, sabia palabra, metamorfosis, mutación. Transicionaba yo entonces de niño mono a Pluto de solo dos patas. Tal fue el desarrollismo de mis orejas y palas. Me faltó apenas la trompa para la transformación completa y quedándose tan a medias, las risas y burlas me acompañaban. En el contexto doloroso de resultar paquidermo a los ojos rencorosos de niños de siete años, un hecho me quedó grabado. No es un mito lo de la buena memoria de elefantes y sus mezclas.