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Los sueños y los huevos
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Juan José Cercadillo

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Los sueños y los huevos

Si consigo el estado de vigilia, verdadera frontera de las fantasías, el recuerdo se hace nítido y completo. Y lo disfruto. Otra cosa es el descanso, que se ausenta

Foto: Vista de una valla publicitaria anunciando una promoción de viviendas. (EFE/Jorge Zapata)
Vista de una valla publicitaria anunciando una promoción de viviendas. (EFE/Jorge Zapata)
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Sin saber muy bien por qué las noches se me han hecho días, vista la actividad que despliego. Mis sueños son tan vívidos que dudo qué realidad padezco. De esas pequeñas memorias que de tarde en tarde disfrutaba, de esas escenas tan breves como absurdas, he pasado a episodios completos, situaciones complejas con presentación, nudo y hasta algunas veces desenlace. Porque la mayoría de las noches mis sueños son incertidumbres, parecen casi preguntas que, despierto, me obligaran a buscarles la respuesta.

Algo ha cambiado Morfeo de mis hábitos oníricos, algo se hace presencial en mi mente descansando que trasciende a esta realidad más habitual, y aparentemente más física, en la que peor me desenvuelvo. Revivo aún yaciendo -y aún a oscuras al filo de la madrugada- la sensación casi física de la persecución de un toro, la incapacidad de abrir una puerta, el agobio de la vuelta al mismo sitio, la imposibilidad de vadear un río, y un largo etcétera de frustraciones y logros.

Repaso conversaciones con mi padre, discusiones con mis amigos, los abrazos deseados y los casi conseguidos. Besos que di, o nunca diera. Me relamo por lo que pareció un fugaz éxito sin saber exactamente en qué disciplina he triunfado durante mi sueño. Me caigo de un edificio y vuelo en su remontada. Protagonizo una charla, cotilleo algún garito. Hablo hasta con presidentes en largas y encendidas réplicas. Viajo a otras partes del mundo a sufrir alguna guerra. Participo en algún juicio, normalmente de testigo. Discuto el alza de precios, reniego de todo gobierno y juego como Dios al fútbol sin pretenderlo.

No es que me molesten esos revividos sueños. Al contrario, me gusta reconstruirlos apelando a mi memoria. Si consigo el estado de vigilia, verdadera frontera de las fantasías, el recuerdo se hace nítido y completo. Y lo disfruto. Otra cosa es el descanso, que se ausenta. El vivir también de noche parece un reto que cansa y lo he venido sufriendo. Es por esto que decidí analizar qué cambios llegaron a mis rutinas que exponenciaron mis sueños y arrasaron mi descanso.

Foto: vivienda-el-cuello-de-botella-autoimpuesto Opinión

El primero, la ashwaganda. Me lo contaron primero. Después de que TikTok lo escuchara lo tuvo fácil y comenzó el bombardeo. Al anuncio sexagésimo de este mágico suplemento pulsé el comprar reclamado. Tres días después un muy fornido empleado me entregaba la cajita de unos cien gramos de peso. En un alarde de medios, se completaba la ruta en barco desde donde nace el mundo, el camión desde algún puerto y la van o la moto de la última milla que lo trajo a mi morada. "El haber doblado la dosis buscando un rápido efecto algo tendrá que ver con la multiplicación de los sueños", pensé en un primer momento. Luego reparé en otro asunto, más sonoro y más concreto.

Caí en la cuenta de que con el mismo e inexplicable método me llegaron hace días esos cascos milagrosos integrados, no sé cómo, en un antifaz de noche. Con tecnología plana, fina, ergonómica y por descontado china. Se conectan al teléfono como si fueran hermanos. Había vuelto sin quererlo a dormirme con la radio. Seguro que ha sido esto. Por la noche los deportes generaban las imágenes en la pantalla del cerebro que tenemos instalada en la corteza visual, gestionada en la parte occipital por la amígdala y el hipocampo. El apagado programado lo arruinaba voluntario cuando, a partir de las cuatro, el silencio se me hacía ruidosamente insoportable para dormir. Paradojas del desvelo. Vuelta al on y a la avalancha de noticias, publicidad y otras mierdas que proponen material a mi inquieto subconsciente. A partir de las seis de la mañana empiezan las opiniones, los editoriales, las tertulias, las firmas, las sinrazones. Los temas, siendo variados, son en realidad los mismos. De ahí viene la recurrencia de mi asistencia al congreso, a las cumbres, a Bruselas y también al Bernabéu… Siendo también la vivienda sujeto de controversia, estando ahora tan presente en debates y salas de demagogias, no me extraña en absoluto el sueño que me acompaña de manera recurrente. Hoy se me completó la historia, nutrida de varios sueños, encajados, acoplados, con sentido suficiente para tratar de contarlo.

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El sueño me describía una sociedad futura, sin problema de vivienda. El intervencionismo fiero hacía años que se había derogado. Todo empezó con el suelo y la capacidad inmediata de habilitarlo. El acuerdo para facilitar ese derecho sagrado de cobijo y residencia recogía los frutos del latifundio. Urbanizar era un derecho homologado a la propiedad bien entendida. Igual que hoy todos nos doblegamos ante el interés público de tal o cual carretera, ese mundo paralelo había aceptado los términos de ordenar el territorio, crecer con cabeza y consenso, premiando con las plusvalías justas a gestores y a sus dueños. El proceso duraba un año, y gracias a la tecnología, la resolución de conflictos, una vez todos perfectamente informados, arrojaba soluciones igual de justas que aceptables. Y por su seguridad jurídica, por supuesto, que inapelables.

De los 180 procesos que requiere la planificación urbanística, de los informes requeridos de más de cincuenta administraciones, de la incoherencia entre ellos, de los retrasos inexplicables que nos llevan a décadas de tramitaciones, encareciendo innecesariamente los precios, se había pasado a una respuesta inmediata de una IA entrenada para procurar el bienestar de la gente con la consecución razonable y eficiente de sus casas. Daba la respuesta formal y razonada a las propuestas en apenas unas horas y el desarrollador aplicaba restricciones y mejoras a sus diseños con la docilidad del que huye de las especulaciones.

Ni el Estado, ni las comunidades autónomas, ni ningún ayuntamiento tenían permitido financiarse con el proceso urbanístico y edificatorio. Ese treinta por ciento de coste fiscal, que obligaba a nuestros jóvenes a dedicar diez años de pago de hipoteca para sufragar los impuestos de su vivienda, había desaparecido por consenso. El alquiler era un medio, no un fin, y la agilidad de los desahucios, la flexibilidad de los contratos, la puesta en marcha de un gran parque de viviendas en colaboración público privada había aumentado la oferta hasta la moderación razonable de los precios. Los propios jóvenes que, ayudados y motivados para comprometerse con una financiación razonable compraban sus nuevos hogares, dejaban atrás y vacías sus casas de alquiler, lo que facilitaba el ciclo vital de tu propia vivienda que, como tu vida, debe ir de bien a mejor, despacio pero con prisa.

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Las licencias se concedían de inmediato. Estando todo tan regulado, consiguieron que la IA fuera flexible y entendiera las propuestas que por diseño u otras causas mejoraban el producto sin perjudicar a nadie, aunque alguna ordenanza incumpliera, que tampoco son la Biblia. También se había conseguido mejoras de los procesos constructivos que hacían menos penosas las labores en la obra. La industrialización y la adaptación de la formación profesional, potenciando y dignificando ciertos oficios, había conseguido, junto con una política más proactiva y realista de inmigración, procurar la mano de obra necesaria para igualar a la demanda real la producción anual de viviendas.

Y casi lo más importante, los jóvenes de esa sociedad habían conseguido los cambios. Protestando con contundencia. Pero apuntando al enemigo adecuado: al exceso de legislación, la ineficacia administrativa, la brutal carga impositiva, la impunidad de la especulación que favorece sin quererlo la dificultad de los procesos, los complejos de un urbanismo aparentemente sostenible y que, con su baja densidad, es precisamente lo contrario…

Sube el precio de los huevos, ellos sabrán. Habría que tener muchos para podernos negar, que más subirán cuando menos haya. Y habría que tenerlos muy gordos para culpar al que trata de producir los máximos que le dejen de ser el culpable de nada. Bueno, de una cosa sí, de no saber ni explicar un recurrente sueño y una más que evidente realidad.

Sin saber muy bien por qué las noches se me han hecho días, vista la actividad que despliego. Mis sueños son tan vívidos que dudo qué realidad padezco. De esas pequeñas memorias que de tarde en tarde disfrutaba, de esas escenas tan breves como absurdas, he pasado a episodios completos, situaciones complejas con presentación, nudo y hasta algunas veces desenlace. Porque la mayoría de las noches mis sueños son incertidumbres, parecen casi preguntas que, despierto, me obligaran a buscarles la respuesta.

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