Mientras cambiamos el recogimiento familiar por fiestas y disfraces, otras culturas logran equilibrar memoria y alegría; quizá deberíamos aprender a recordar sin perder el sentido profundo
Una familia mexicana visita un cementerio en Xochitlán para celebrar el Día de Todos los Santos. (EFE/Hilda Ríos)
Otra vez es Halloween, que es el Día de los Santos. Alineándome con Job afronto estas dos semanas de paisajes aberrantes, de seguidismo intercontinental, de traiciones culturales. Porque resulta evidente nuestra gran falta de D, en estas fiestas y en otras, pero qué se le va a hacer. De tradiciones a traiciones en el honrar a nuestros muertos. De flores a telarañas, de recogerse a salir, del luto al disfraz colorido, del recuerdo al "vivo al bollo", de las silentes tumbas del cementerio a la abarrotada pista de baile de una discoteca… Del Día de Todos los Santos a la noche de Halloween se confirma nuestro tránsito a la superficialidad y a la falta de luces. La física por nocturnidad y la intelectual por sobrevenida e inevitable. De reunirse en familia alrededor de recuerdos para fijar las raíces, a marcharse por las ramas de la fiesta y el alcohol para poder olvidar, que la memoria ahora pesa.
No se celebra la muerte en nuestra tradición cristiana, que se celebra la vida. La de abuelos, la de padres, la de los esposos que se fueron después de hacernos lo que somos por roce y por sentimiento. Y, para bien o para mal, nos conviene recordar que la vida es de verdad y no un gigantesco teatro. Que es corta, que no dura y que desde luego no es banal. Por eso me parecía un parón muy acertado en la unión de las familiasese Día de los Muertos. El hablar de los abuelos, de sus méritos y esfuerzos. De las dificultades que tuvieron y por qué se originaron, de qué cambió para bien, de su juventud a la nuestra, de lo que te recomendarían, si por un milagro pudieran.
Hoy a un adolescentele preocupa mucho más lo acertado del disfraz que entender la importancia de sus genes, de conocer sus orígenes. Para ellas, que la falda sea corta, que el escote pronunciado y que la máscara provea de suficiente anonimato para no sentirse culpable. Para ellos, que el personaje dé el miedo justo o haga gracia, y que el que vaya al chino o al Supercor, dependiendo de su barrio, tenga cara de al menos dieciocho años y asegurar el botellón. Una fiesta más del calendario. De esas basadas en el outfit. Carnaval o puesta de largo, o comunión, que también disfraza, pierden el significado cuando lo que menos importa es por qué lo estamos celebrando.
No mejora el panorama subiendo generaciones. La ilusión adolescente del escote justo la he visto multiplicada en cuarentonas y la preocupación evidente de evitar el garrafón permanece con la edad como un mandato biológico en el macho. Hay fiestas por todos lados, pero tratas de seleccionar la mejor. Todos los de nuestra generación hemos aceptado arañas en el Bar Pepe, las calabazas con cara en escaparates decentes, brujas, gnomos y monstruitos que evocan pasado celta aunque sean made in China colgados por las paredes. Y en el "delirium tremens" de sentirse un poco yanki (si repetimos la gracia por absurda que parezca siempre fue por las películas, no por meigas llegadas de Irlanda) involucramos las casas. Y empiezas a ver fachadas con varios miles de euros expuestos en forma de luces, esqueletos, zombis y niñas del exorcista. Algunos hasta dejan a sus hijos a los pies de los caballos de los cinco jinetes del apocalipsis por lo del truco y el trato. Y los arman con dos huevos —es literal— para consumar la venganza de casas como la mía, contrarias a golosinas, y a recibir en el hogar a horas intempestivas.
No se celebra la muerte en nuestra tradición cristiana, que se celebra la vida. La de abuelos, la de padres, la de los esposos que se fueron
Dicho esto, mi hijo irá de Spiderman, yo tampoco veo el hilo. La vecina, un engendro del inframundo, colocará en nuestra entrada… perdón. La vecina, un engendro del inframundo colocará en nuestra entrada. Haciéndonos sin querer partícipes de la horterada. Y, lo que es aún peor, consiguiendo aumentar exponencialmente el efecto llamada de la chavalería. Lo que obligará, para evitar los huevos estampados en la ventana, a la provisión de chucherías y a renunciar a actividad alguna que no sea la de ejercitar la portería esas dos horas horrorosas. Pero el horror es lo que se perseguía. Misión cumplida, vecina.
En este receptivo ambiente hacia tradiciones extranjeras, que creo que se me nota, me sucedió un sucedido. Resulta que el pequeñajo requiere de nuevos títulos en su sesión matinal de los sábados y domingos. Los dibujitos más simples parecen no motivarle y lo deja en evidencia con su innata asertividad con la frase, casi gritada, de "¡¡¡He dicho peli de mayores!!!". El salto parece natural, hasta el punto que los índices de Netflix o de Disney o de Pixar lo facilitan catalogando por edad de tres en tres años, sus razones tendrán. Y en ese buscar opté por una de las recomendaciones de esta concertada batalla cultural que quiere hacer ganar a Halloween: "Coco".
Altar de muertos en la Casa de México en Madrid. (Europa Press/Jesús Hellín)
Dos horas después, hacía una hora que mi hijo había vuelto al tren eléctrico. Y yo, sin mover un músculo, y con lágrimas en la cara, intentaba asimilar la belleza y la profundidad de lo que había visto. La historia de un niño mexicano, humilde, alegre y cariñoso, condicionado por su familia para no ser músico a pesar de su manifiesta vocación y talento, en torno al Día de Todos los Santos. El Día de los Muertos en México, que es la fiesta nacional por popular y vistosa, por sentimental y especial para todas las familias. En tránsito involuntario entre el mundo de los vivos y los muertos, el niño descubre el verdadero origen de su bisabuelo. Sigo llorando en vez de escribiendo, que no se la quiero reventar si no la han visto.
Lo cuento para manifestar que puestos a importar una fiesta que sustituya a la nuestra –que es más seria y rancia, es verdad– podíamos consensuar el traérnosla de México. Esa fiesta con altares donde figuran amigos y familiares importantes en tu vida y que ya no están, esas calaveras pintadas, esas flores, esas velas, ese saber recordar, mezclan de forma sublime lo divertido y lo tradicional. Fiesta y recogimiento, música y silencio a la par y bien mezclada. Con sus trajes regionales y sus maquillajes de asustar, con su gracia y su respeto. No hay que morirse de risa para sentirse más vivo, hay que saber celebrar.
Otra vez es Halloween, que es el Día de los Santos. Alineándome con Job afronto estas dos semanas de paisajes aberrantes, de seguidismo intercontinental, de traiciones culturales. Porque resulta evidente nuestra gran falta de D, en estas fiestas y en otras, pero qué se le va a hacer. De tradiciones a traiciones en el honrar a nuestros muertos. De flores a telarañas, de recogerse a salir, del luto al disfraz colorido, del recuerdo al "vivo al bollo", de las silentes tumbas del cementerio a la abarrotada pista de baile de una discoteca… Del Día de Todos los Santos a la noche de Halloween se confirma nuestro tránsito a la superficialidad y a la falta de luces. La física por nocturnidad y la intelectual por sobrevenida e inevitable. De reunirse en familia alrededor de recuerdos para fijar las raíces, a marcharse por las ramas de la fiesta y el alcohol para poder olvidar, que la memoria ahora pesa.