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¿Protesta o propuesta?
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Juan José Cercadillo

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¿Protesta o propuesta?

En nuestra democracia, gracias a Dios o a Alá, la autoconvicción no da derecho de arenga si invades la libertad del otro. Ni la invasión de la carretera. Acabaríamos en guerra, en trincheras, matándonos unos a otros

Foto: Manifestantes proPalestina en la línea de meta de La Vuelta en Bilbao. (EFE/Luis Tejido)
Manifestantes proPalestina en la línea de meta de La Vuelta en Bilbao. (EFE/Luis Tejido)
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Sirva la paronomasia del título, ayudada de un tono enérgico e indignado en su lectura, para denunciar la tendencia desoladora de volver la queja en ruido, la reivindicación en espectáculo, la justicia en identitaria bandera, la moral en afiliación o en integrismo. Vivimos la era de los infinitos presentes. Los míos y los de millones de gentes. Vivo mi vida y sigo la de mis congéneres al mismo nivel de detalle. Miro mi ombligo y las tripas de situaciones ajenas compulsiva y alternativamente. Desde esa virtual y agradecida distancia que me permite elegir cuánto acercarme. Un zoom vital que mi conciencia contrae o expande.

Las vidas de los demás se hacen presentes en la palma de mi mano, convertida por satélites en unos ojos de Sauron. Ahora vemos todo lo que ocurre sin más barrera que algún botón de encendido y un cristal policromado y especialmente transparente. Nos llegan todas esas historias que antes no nos existían. Porque lo que no veías no pasaba y cuando te lo contaban, la escasez de detalles o contexto, la debilidad del relato que le imponía la lejanía y el tiempo de su viaje, no favorecían ni la credibilidad ni la empatía.

Hoy, que todo lo vemos, habitamos esa raya que separa de mala manera el hecho cierto y ponderado del titular o la historieta. Una línea delgada que resulta en realidad fino tamiz. Tanto dato acumulado permite mirar al mundo y ver en cada vistazo la acumulación de miserias, injusticias y maltratos con la que se desempeña. Vivir, que nunca fue fácil, puede ser un sinvivir, fijándose en el malvivir de todos esos condenados a tener que sobrevivir flotando en alguna tragedia. Las causas a las que adherirse, igual de infinitas que vidas, una al menos por persona, nos las tiran a la cara intereses y aparatos. Sean estos tecnológicos, gubernamentales o mediáticos. Hay quien defiende que, las más de las veces, la falta de serios problemas generan cierto vacío a rellenar con otras mierdas. Sea por lo que sea sufrimos hoy lo mismo o más por lo que ocurre en la distancia que por lo que nos rodea.

Líderes de opinión marcan tendencia y ponen en la escaleta de noticiarios y redes las causas más convergentes para recaudaciones o audiencias. Solo el orden mercantilista explicaría de forma descarnada y precisa la razón por la que ciertas muertes hacen más ruido que otras, que ciertos derechos de minorías resuenan más que injusticias generalizadas, que el dolor de lo lejano afecte más que el de al lado. Si se cruzan intereses en las penumbras de esas misteriosas bambalinas, difícilmente se acreditan. De manera muy perversa, su ausencia o su existencia, las dudas al fin y al cabo, retroalimentan los polos de los que creen con fe ciega y los que desconfían de todo.

Foto: israel-la-vuelta-equipo-nombre-maillot-protestas

De esa escorada observación, de ese filtro ideológico, normal que no tengan consenso ni protestas ni propuestas. Tenemos que convivir, nadie lo niega, con las diferentes percepciones que provoca un mismo hecho. Distintas sensibilidades y opiniones que se encuentran y se cruzan en formatos variopintos, recorren cenas y tertulias blandiendo sus argumentos. Pocos mueven sus primeras impresiones. Solo la información completa debería generar criterio. Pero forma parte de nuestra interacción en sociedad el intercambiar argumentarios, defender las posiciones a las que hemos llegado desde donde quiera que sea y convencer con la vehemencia necesaria para acreditar nuestra convicción. Debería mantenerse el pulso intelectual o dialéctico en el marco del respeto, ajeno a la violencia verbal y especialmente a la física, y alejarse de la suficiencia y la condescendencia que son los ladrillos y el hormigón del muro del desencuentro.

Ejemplos hay de toda clase que se muestran cada día. Se están acumulando varios en ese restringido y común listado que manejan los portantes de los altavoces mediáticos. Y su eco está por todos lados. De todos los que pensemos, las protestas que tienen por objeto llamar la atención sobre la situación en Palestina han saltado a la palestra. En concreto, algunas que, por sus realizadores, y por su propia naturaleza, han implicado violencia. Únase lo disparatado e injustificado del hilo conductor para manifestarlo en La Vuelta: participa un equipo profesional con Israel en el pecho. Más en serigrafía que en sentimiento, desde luego. Pero la mera enunciación de un nombre, legítimo según consenso internacional, por otro lado, parece ser suficiente para convertirlo en diana.

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No parece que ataquen a la raíz del problema, no parece siquiera que apunten al verdadero culpable: Un judío canadiense, probablemente no sionista –"apellido" del judaísmo verdadero origen del problema-, propietario de un equipo que lleva participando en el Giro, el Tour y La Vuelta durante años. No cuela de cabeza de turco por muy judío que sea.

Parece que las protestas apuntan, y atacan, los flancos más débiles del enemigo. Porque el verdadero causante de la tragedia que denuncian está en Jerusalén, o en la frontera de Gaza, pero allí resulta imbatible con eslóganes o pancartas. Incluso con tanques de guerra, misiles o cimitarras. Atacan estos deslocalizados "valientes", reminiscencias, reflejos en la distancia de quien ocasiona el problema. Sin importarles además las víctimas colaterales de sus violentas protestas. La organización, las empresas, los equipos profesionales, los deportistas de élite, incluso los trabajadores de esa compleja maquinaria que montan y desmontan cada día a la distancia de etapa, sufren las heridas, las amenazas, los empujones, los insultos de quienes creen saber cómo se debe protestar por Gaza. La violencia extrema e inadmisible de allí, cómo no va a validar unos empujones de nada, dicen con sus miradas y con su estética borroka. Porque la causa es tan noble, tan necesaria y comprendida que mantenerla en el foco justifica cualquier método, aunque se salga de las reglas que consensuamos imponernos para cualquier otra protesta. Yo les reto, si creen en el ejercicio de la violencia como medio de protesta, a que vuelen al frente de Gaza.

Pero en nuestra democracia, gracias a Dios o a Alá, la autoconvicción no da derecho de arenga si invades la libertad del otro. Ni la invasión de la carretera. Acabaríamos en guerra, en trincheras, matándonos unos a otros, defendiendo al petirrojo, la caza o cualquier nimio tema. Aspiraría además a que tantas manifestaciones como se autorizan y celebran, y especialmente estas tan justificadas -siempre que se dediquen a sensibilizar a los que nos gobiernan- fueran encabezadas por propuestas en vez de protestas. Serían menos numerosas y mucho menos multitudinarias. Al menos las pancartas iban a merecer la pena. Porque las protestas hacen ruido, son las propuestas las que hacen la historia.

Sirva la paronomasia del título, ayudada de un tono enérgico e indignado en su lectura, para denunciar la tendencia desoladora de volver la queja en ruido, la reivindicación en espectáculo, la justicia en identitaria bandera, la moral en afiliación o en integrismo. Vivimos la era de los infinitos presentes. Los míos y los de millones de gentes. Vivo mi vida y sigo la de mis congéneres al mismo nivel de detalle. Miro mi ombligo y las tripas de situaciones ajenas compulsiva y alternativamente. Desde esa virtual y agradecida distancia que me permite elegir cuánto acercarme. Un zoom vital que mi conciencia contrae o expande.

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