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Trata de arrancarlo
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Juan José Cercadillo

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Trata de arrancarlo

Cuento los días, no de mis vacaciones, sino de las vacaciones del resto. Que vuelvan y vuelvan pronto que si sigo así me muero

Foto:  Nunca pensé que mi ausencia en agosto fuera tan irrelevante para mi puesto de trabajo, nunca más remordimiento tumbadito en una hamaca (EFE)
Nunca pensé que mi ausencia en agosto fuera tan irrelevante para mi puesto de trabajo, nunca más remordimiento tumbadito en una hamaca (EFE)
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“¡¡Trata de arrancarlo!! ¡¡Por Dios!! ¡¡Trata de arrancarlo!!” Aquí me veo tirando de los recursos mecánicos aprendidos en el curso acelerado que en el pasado nos dio Luis Moya, mientras me toco un poco más la… nariz. Me veo con la misma desesperación que el casi co-campeón del mundo, por copiloto, aquel fatídico día de quedarse a pocos metros de su meta. Así me llevo viendo una semana a mí mismo ante la imposibilidad de poner en marcha mi propia maquinaria de trabajo. El folio en blanco, ese difuso espejo que nunca engaña, refleja de forma borrosa la desesperación del yo interior que trata por todos los medios de dejar atrás sus vacaciones. Pero no hay forma de que arranque apenas a unos días del exigente, esperanzador y, espero, normalizado septiembre.

Trabajar en agosto tiene truco dependiendo el sector al que te dediques. El trabajo de oficina, de administraciones o de bancos resulta la mayoría de los días una consensuada pantomima. Revisas los correos, media hora. La mitad eliminando spams y tonterías. La otra mitad desentrañando el objetivo último de mensajes sin sentido ni razón específica. Vuelta a la rueda de repaso de titulares de prensa, capados la mayoría por las ventajosas ofertas de suscripción que sigo rechazando cada día. Y condicionados, molestos me atrevo a decir, por la obsesión de hacerte entrar en la noticia para poder darle algún significado al críptico o retorcido titular cuya misión real es dejarte con alguna duda.

Me siento intoxicado. Por partida doble. Por el humo de los fuegos, por los delitos de corruptos, por la lista de contrataciones y subvenciones explicadas por colores en lugar de por presupuestos u objetivos. Intoxicado por las dos versiones extremas de la gestión de los inmigrantes. También mandan los colores, rojo, azul y también negro. Y mi intoxicación es por la calidad de lo que informan y por la cantidad de veces que me lo trago al cabo de cada día ocioso.

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Espero que septiembre me traiga el trabajo necesario para salir de la rueda de saber lo que se dicen concursantes y estrategas en tertulias veraniegas, de esas de aventar mierdas en lugar de grano y paja mucho más propio de la época. Perdón por usar esa palabra, tertulia, ni conversan ni aportan ideas, ni mucho menos pretenden mejorar la convivencia con una discusión sosegada. Pero resulta difícil abstraerse de la cancelación de tal programa, de la vuelta de tal Campos, del desliz de un tal Bertín, del posado reciclado de Obregón y su hija-nieta.

Intoxicado por incapacidad propia de ocupar mi mente con temas a medio plazo. Y no habiendo nada urgente, leo y releo titulares que como el agua sin sales no apaga mi sed de temáticas que me exijan concentrarme, valorar y decidir dando mandanga eléctrica a mis derrengadas neuronas.

Llevo así casi diez días zombi por mi despacho. Suplicando por los pasillos problemas de primer orden, desajustes y conflictos donde intervenir pudiera, donde arriesgar mis criterios, donde influir y equivocarnos. Pero entre los que no están, los que me esquivan y los que me preguntan por dónde he estado, al segundo día me enclaustré justificando y justificándome la redacción de un memorándum con los cambios sustanciales que, debiendo haber acometido en mayo, pondremos en marcha en septiembre sin excusas y con retraso. Seis líneas llevo. La exposición de motivos. Como todas esas leyes que nos plantan últimamente, parece que me atasco en el por qué y no voy a llegar al cómo. Lo verdaderamente importante.

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Ejemplos de atascos ante lo importante en estos ratos ociosos me asaltan cada dos minutos. Los mismos que tardo en volver del archivo Memorandum (aún no sé cómo le llamaré) a la ruleta de esos medios digitales que disparan sin decoro corruptelas, dejaciones, conflictos y disfunciones del lado que no les mantiene. Hay que arreglar el fuego, diecisiete anteproyectos. Todos con su exposición de motivos irrefutable. El articulado farragoso, indeterminado e impracticable.

Hay que arreglar la vivienda. No hay cristiano que discrepe de acometer el problema. Manos a la obra parece resumirse también de las cláusulas transitorias. Pero a la obra no va nadie. Las leyes de la vivienda, también más de diecisiete, nacen con buena intención y agonizan desde el artículo uno al infinito. Será por profusión articularia. Y no lo digo yo, lo dicen los jóvenes que no compran, los alquileres disparados, tantas viviendas vacías y tan poco suelo habilitado. Clavadito al memorándum.

Así que cuento los días, no de mis vacaciones, sino de las vacaciones del resto. Que vuelvan y vuelvan pronto que si sigo así me muero. Nunca pensé que mi ausencia en agosto fuera tan irrelevante para mi puesto de trabajo, nunca más remordimiento tumbadito en una hamaca. Nunca más perder ni un día de esos que brinda el convenio. Hago lo mismo al sol que a la sombra carcelaria de mi despacho agosteño. No funciona lo de Moya, tengo que encontrar otro empujón, o me muero.

“¡¡Trata de arrancarlo!! ¡¡Por Dios!! ¡¡Trata de arrancarlo!!” Aquí me veo tirando de los recursos mecánicos aprendidos en el curso acelerado que en el pasado nos dio Luis Moya, mientras me toco un poco más la… nariz. Me veo con la misma desesperación que el casi co-campeón del mundo, por copiloto, aquel fatídico día de quedarse a pocos metros de su meta. Así me llevo viendo una semana a mí mismo ante la imposibilidad de poner en marcha mi propia maquinaria de trabajo. El folio en blanco, ese difuso espejo que nunca engaña, refleja de forma borrosa la desesperación del yo interior que trata por todos los medios de dejar atrás sus vacaciones. Pero no hay forma de que arranque apenas a unos días del exigente, esperanzador y, espero, normalizado septiembre.

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