Miredondemire
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De Da Vinci a Dar Igual
Desde la carta de Da Vinci hasta LinkedIn, la evolución del currículum revela cómo la tecnología y las redes sociales han transformado la búsqueda de empleo y la selección de candidatos
Se considera el primer currículum de la historia. Leonardo da Vinci, en 1482, envió una carta al duque de Milán postulándose como ingeniero militar. Tenía treinta años y todavía no había pintado ni La última Cena ni La Gioconda. La carta era escueta, directa y precisa. Simplemente, le ofreció resultados concretos fruto de sus habilidades en tres líneas de texto: puentes desmontables, armas de asedio y fortificaciones móviles. Eso sí, lo completó con una posdata: "Ah, también puedo pintar." El currículum más visionario y multifacético de la historia. El primero que entendió que hay que adaptar lo que sabes hacer a lo que el otro necesita escuchar. Y probablemente el menos hinchado de todos los escritos en el mundo. Fue llamado a palacio de inmediato.
Hablar de uno mismo es un reto. Describir en un folio tus capacidades profesionales ha sido, sigue siendo, el primer paso hacia tu próximo éxito laboral. O tu siguiente fracaso. Y en muchos casos depende de lo bueno que sea tu currículum. Y no por lo que diga, sino por cómo lo diga. En 2010, Alec Brownstein, un creativo publicitario sin trabajo, hizo lo impensable: compró anuncios en Google con los nombres de los directores creativos a los que admiraba. Cuando -todos lo hacemos- el directivo se googleaba le aparecía el anuncio con un texto que era algo así como: "Hey, Sam [Nombre del Director], buscándote a ti mismo? Contrata también a alguien como tú." Le costó 6 dólares. Consiguió entrevistas con 4 de los 5 que se había propuesto conocer y terminó contratado por una gran agencia de Nueva York. Muchas veces una buena idea es la mejor descripción de uno mismo.
Los estilos, desde Da Vinci, han ido evolucionando. De las cartas de recomendación que imperaron durante siglos hasta mi época de aplicante, donde eran obligatorios y mucho más descriptivos. Aún no se hablaba de cualidades personales, solo laborales. Idiomas, carnet de conducir y si tenías el servicio militar hecho. Nada de aficiones o labores más allá del horario de trabajo. Delataban vida fuera de la oficina, lo que en los finales de los ochenta no estaba nada bien visto. Ni siquiera se personalizaban en función del trabajo al que optabas. Hacías cincuenta copias y los mandabas por carta, o se lo dabas a algún amigo de tu padre o de tu tío. La mayoría acababan en la papelera.
En los dos mil apareció el Word, que facilitaba las cosas. Y sobre todo el mail que permitía una difusión hasta entonces imposible. Seguían siendo impersonales, estándar, cronológicos y fríos. Quizá a partir de 2010 se empezaron a importar de USA esos currículums que hacían más hincapié en las actitudes que en las aptitudes. Lo de que colaborabas con alguna ONG era obligatorio. Reseñabas tus aficiones como demostración de persona equilibrada y con autoestima. Incluso empezaron a desaparecer las fotos, algo impensable unos cuantos años antes. Por supuesto el estado civil o el sexo o la religión estaban prohibidos. Cualquier elemento que pudiera favorecer el estigma o la discriminación se consideraba anatema. Así pasó, que la elección correcta cada vez se ponía más difícil.
Hoy el panorama ha cambiado radicalmente. Si LinkedIn fue una revolución en recursos humanos durante la pasada década, hoy es el santuario de la contratación. Pertenece a Microsoft, tiene más de 1.100 millones de usuarios. Sus fundadores lo vendieron hace diez años por 26.200 millones de dólares, hoy se estima su valor muy por encima de los 30.000. Y eso que su modelo de negocio, como todos, está bajo análisis debido a las nuevas aplicaciones de inteligencia artificial. Pero no solo eso. Ya no hay un informe o una recomendación del departamento de contratación que se precie que no venga con un análisis pormenorizado de las redes sociales del candidato. Esa foto disfrazado y borracho con tus amigos en San Fermín pesa más que tu súper máster en Boston. Hoy es imposible camuflarse detrás de un Curriculum Vitae. Aunque existe un sector de empleo que se empeña en intentarlo.
Ahora se actualizan permanentemente, se usan palabras clave que sabes que va a valorar tu entrevistador, que no es otro que un algoritmo. Las entrevistas personales también pasan el filtro de la inteligencia artificial. Analizan el tono de voz, tus dudas, tus seguridades, tus fortalezas en las respuestas. Hasta existen análisis morfológicos que complementan cruelmente las valoraciones de idoneidad para cada puesto. Y no, no se considera aspectismo porque nadie se entera de que te lo hacen. De locos. Robots valorando las capacidades de personas, ¿quién dijo que quedaba tanto para Matrix? Lo que antes era intuición del entrevistador y buena energía del entrevistado, entendimiento en el trato personal, se ha convertido en una clasificación computacional, racional y, reconozcámoslo, incontestable.
Lejos de toda esa sofisticación tecnológica se encuentran las entrevistas de trabajo para político. La red de apoyos o codazos que vengas repartiendo desde el vivero de las juventudes o de las nuevas generaciones -dependiendo de los partidos tienen distintas denominaciones- son suficientes para determinar tu siguiente puesto. Incluyendo ser ministro. Por eso nunca le han dado importancia internamente a los currículums muchos de nuestros últimos políticos. Suelen ser una muestra más del tamaño de su ego que un fiel reflejo de su trayectoria.
Que no le dan importancia lo explica perfectamente que realmente no la tienen. Me explico. Un licenciado en Filosofía fue ministro de Sanidad en pandemia. Un estudiante, también de Filosofía, que nunca se licenció, fue ministro de Deportes. No es porque no terminara la carrera, es que en su vida había hecho deporte. Ni por supuesto había dirigido nada. Nadie leyó su curriculum para nombrarlo, se hicieron otras valoraciones. Un par de ejemplos de miles, desgraciadamente.
Normal entonces que algunos mientan o exageren. A los que les contratan no les importa y también resulta evidente que tampoco les importa a los que les votan. De Da Vinci a dar igual si trabajas en política. ¿Qué podría salir mal?
Se considera el primer currículum de la historia. Leonardo da Vinci, en 1482, envió una carta al duque de Milán postulándose como ingeniero militar. Tenía treinta años y todavía no había pintado ni La última Cena ni La Gioconda. La carta era escueta, directa y precisa. Simplemente, le ofreció resultados concretos fruto de sus habilidades en tres líneas de texto: puentes desmontables, armas de asedio y fortificaciones móviles. Eso sí, lo completó con una posdata: "Ah, también puedo pintar." El currículum más visionario y multifacético de la historia. El primero que entendió que hay que adaptar lo que sabes hacer a lo que el otro necesita escuchar. Y probablemente el menos hinchado de todos los escritos en el mundo. Fue llamado a palacio de inmediato.