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Juan José Cercadillo

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La visita al zoológico despierta el debate sobre el valor de conocer animales reales frente a la visión idealizada de los dibujos animados y el activismo animalista contemporáneo

Foto: Zoo de Casa de Campo en una imagen de archivo (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
Zoo de Casa de Campo en una imagen de archivo (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
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Me vino de nuevo a cuento un debate sobre animales. Sobre los que defendemos el zoo y sobre los que lo sufren. Todos animales al fin y al cabo. Lo sufren más los que protestan que los que lo sufren. Los que lo viven, en ese rincón de la Casa de Campo que es su hogar desde hace años se quejan menos, lo cual tiene cierta lógica verbal, dado el limitado don de la palabra de la mayoría de sus inquilinos. Y los que protestan se quejan más, y también tiene su lógica, dada su escasa capacidad dialéctica a pesar incluso de los siglos que nos ha costado ir sofisticando nuestros aullidos. Y no es la primera vez que abordo la evidencia de activistas que defienden derechos que joden vivos a los derechizados. Sujetos de derechos, no de derechas, aclaro. Que el sesgo diestro les da grima y suelen defender, sin saberlo, causas del todo siniestras y previamente diseñadas.

Reciente ha sido el caso de enanos en pie de guerra, se les notaba poco lo de "en pie", válgame el chiste. Por la cobertura que le han dado los medios, no por su altura de miras. Pequeños en guerra contra los gigantes mediáticos, defendiendo sus derechos, ante la extrema protección neopaternalista que les deja sin trabajo y sin el uso de sus propias libertades como individuos, si no crecidos, sí completos del todo. No pueden torear en los prohibidos espectáculos cómicos taurinos, no porque hagan reír sino porque hacen llorar a los que se avergüenzan de los que enturbian la visión perfecta del mundo que ven en sus sueños. De esos, tan imperfectamente perfectos, que en vez de pelear por mejorar lo que existe fuera de su visión mesiánica, simplemente señalan, protestan, juzgan y sentencian dejando caer en los demás la responsabilidad y el esfuerzo de mejora.

El debate sobre los animales al que me refiero me sobrevino cumpliendo el rito de llevar a mi hijo por primera vez al circuito de caras de sorpresa que propone el recorrido del zoo de la Casa de Campo. En mi caso le quedan meses para los tres años y aunque pudiera parecer pronto, señalo que llevamos más de un año viendo los sábados y domingos por la mañana las fotos en el ordenador que propone Google cuando le pides animales y vas a fotos. El pequeño distingue, de forma precoz, ágil y precisa, cebras de caballos o rinocerontes de hipopótamos y, fruto del entrenamiento, nombra con precisión veterinaria decenas de especies diferentes, algunas realmente raras.

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Además, su mundo no es ajeno a la legión de personajes irracionales humanizados con el poder de los dibujos animados. La plaga del antropomorfismo, que creo se inició en mi generación con la visión comercial -ok, y artística- de Walt Disney, ha alcanzado cotas recaudatorias inimaginables en nuestros días, lo cual genera la avalancha de animales parlanchines que sufrimos. Y su peor consecuencia, los millones de personas que se creen superiores pensando que les entienden como si fueran prójimos de veras y que muestran con ignorante orgullo su imaginario pasaporte expedido en los mundos de Yupi.

El debate concreto era sobre la posibilidad de militar en la legión. En la legión de tiquismiquis que se creen que la muerte es un invento fascista. Sobre todo, la de los animales. Esos que acusan de fascismo al que llama perro a un perro. Mientras que algunos de ellos, lo dicen con desparpajo, sacarían antes de un incendio a una mascota que al hijo de un concejal que no se declare independentista. Esos que cerrarían el zoo a cal y canto. Les echarían cal a los cadáveres rescatados de las jaulas, ajusticiados para que no sufrieran, y cantarían soflamas sobre la maldad humana desde su excelsa y divina condición de ser humano. Que me lo explique el que lo entienda.

Volviendo al debate sobre el zoo con los zoopencos. Otorgo cariz de héroe a cada uno de los animales que visité hace dos días. Su evidente prisión, a cambio de mejor, aunque cautiva vida, la considero un sacrificio digno, agradable y efectivo. Enseñar a los cachorros de humanos la existencia verdadera de la inabarcable naturaleza, más allá de los dibujos animados, animarán a las conciencias infantiles a cuidarlos en sus hábitats originales cuando crezcan. Conocer para proteger, primero de animalismo.

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Lo supo entender muy bien Félix Rodríguez de la Fuente, hoy en bronce enfrente del espacio que exhibe los osos como muestra de homenaje. Congregó a una generación los viernes después de la cena para que nunca se nos olvidará que hay otras especies en la Tierra con las que debemos convivir y a las que debemos cuidar dadas nuestras capacidades. Ver la fauna ibérica, incluso en sus escenas trucadas, en los posibles maltratos, que evitaban los montajes de esas historias salvajes de ciervos, nutrias y jinetas, dejó un rastro de respeto que bien valieron sus esfuerzos. Y, por qué no reconocerlo, valieron también los sacrificios de chivos atados a alguna piedra para que la majestuosa águila imperial lo levantara del suelo y lo dejara caer, enseñando que la vida es vida, por mucho que sea cruel.

Mismo valor le doy a los bichos que se muestran en las jaulas a los que los quieran ver. Conocerlos tan de cerca puede traer inconvenientes, pero qué sería del mundo si mi hijo se pensara que los cerdos van al cole, los patos cantan con pajarita, los elefantes son azules y los perros forman patrullas infalibles de rescate. Si su mundo animal se circunscribe a los impolutos logros de la patrulla canina, por qué no va a menospreciar o maltratar a un perro que no conduzca, no pilote un helicóptero o no maneje una heroica excavadora. Los animales son otra cosa y todos deberíamos tener un sitio donde comprobarlo.

Es cierto que, en mi memoria, cuando alguien intentó que amara los animales, el zoo no tenía jaulas vacías, animales solitarios, edificios decadentes, más máquinas expendedoras que mamíferos, fotógrafos con artes de carteristas que venden a base de tocar los sentimientos carísimas fotografías. No había cristales tan sucios, no había tan pocos niños ni tantos y tantos prejuicios ni dentro ni fuera del recinto.

Por eso, fin del debate, reivindico esos espacios de mostrar los animales como el germen del cariño frente a esas fatalidades que son animales hablando y haciendo que son personas. Con la misma fuerza reivindico que se pongan todos los medios para que la experiencia del de dentro, y de los que le visitan, esté a la altura del siglo y a la altura de lo urgente que es que entiendan los niños que los animales existentes no se pintan ni se animan. Se les conoce y se les quiere como realmente son, no como los dibuje ni Disney ni Pixar. Los zoopencos lograrán que mi nieto visite un zoo repleto de 3D y hologramas justo cuando no puedan evitar lo mismo para visitar los Polos o el Amazonas.

Me vino de nuevo a cuento un debate sobre animales. Sobre los que defendemos el zoo y sobre los que lo sufren. Todos animales al fin y al cabo. Lo sufren más los que protestan que los que lo sufren. Los que lo viven, en ese rincón de la Casa de Campo que es su hogar desde hace años se quejan menos, lo cual tiene cierta lógica verbal, dado el limitado don de la palabra de la mayoría de sus inquilinos. Y los que protestan se quejan más, y también tiene su lógica, dada su escasa capacidad dialéctica a pesar incluso de los siglos que nos ha costado ir sofisticando nuestros aullidos. Y no es la primera vez que abordo la evidencia de activistas que defienden derechos que joden vivos a los derechizados. Sujetos de derechos, no de derechas, aclaro. Que el sesgo diestro les da grima y suelen defender, sin saberlo, causas del todo siniestras y previamente diseñadas.

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