Miredondemire
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Ibizas, y vicios. Y milagros
Apostamos a tres días en Ibiza las historietas que contar cada verano. Pareciera que las islas dieran bula, dieran venia, y la ilusión se alimenta desde el día siguiente a la anterior vuelta. Recurrimos al viaje al templo de la diversión
Doce fuimos, doce volvieron. Primer milagro. Doce apóstoles peregrinando, en busca de su propio credo. Huyendo de otros más impuestos y más monótonos que nos rigen a diario. Anduvimos sobre las aguas a diez mil pies de altura camino de las Pitiusas como alma que lleva el diablo. Pitiusas léanse islas, nunca sus habitantas, que tantas no hay como dicen y tampoco íbamos buscándolas. Doce meses preparándolo, uno por miembro. Y aunque en este caso pudiera ser coincidente léase partícipe, no apéndice concreto. Si echamos la cuenta en años, más de seis mil sumamos. Doce por cincuenta y muchos superan sesenta siglos de farra, risas y bromas, y sobre todo borracheras y abrazos extemporáneos. Miles de cuántos te quiero agarrado a cualquier vaso acreditan la amistad de la que estamos hablando.
Apostamos a tres días en Ibiza las historietas que contar cada verano. Pareciera que las islas dieran bula, dieran venia, y la ilusión se alimenta desde el día siguiente a la anterior vuelta. Amigos, más amigos de amigos que ya son amigos de todos, recurrimos al viaje al templo de la diversión a repetir lo que hacemos casi cualquier fin de semana en Madrid, en cualquier bar o casa de alguno. El mismo fondo relacional, conversacional y de ingesta. Hasta hubo mus en el barco. Mismo guion en muy distinto escenario. Estar rodeado de mar genera en tu subconsciente cierta sensación de impunidad, de motivación y anonimato. Desmentida la sensación año tras año repetimos con la ilusión de unos críos que repiten el viaje fin de curso. Intentamos ese bucle temporal del que no quieres salir porque te parece que no suma tiempo al volver al mismo sitio. Tantos años haciéndolo y estamos como el primer día. Esa sugestión no tiene precio.
El grupo de chat echa humo las dos semanas de antes, guarda silencio a la vuelta hasta que vuelve a activarse con alguna foto o reseña de algún pequeño desastre que siempre jalona la aventura de los que ya conformamos un casting del padre de Indiana Jones. Y estoy siendo generoso que podría decir Cocoon. Porque explorar ya no exploramos. Descubrir nada descubrimos. Si acaso alguna momia en aceptable estado de conservación que con los efluvios del alcohol evitan olor a muerta y entre venda y venda suelta, nos la ponemos al lado o encima, y mucho antes que la herida, que a nuestra edad no hay dolor.
Opinión Pero no todo es arqueológico. Nuestro viaje finalmente resulta juvenil. Estoy dispuesto a acreditarlo. Por ejemplo, el día de fiesta empieza como arranca cualquier fiesta de emocionados adolescentes. Con un botellón en un parking. Es cierto que en nuestro caso el parking no es de asfalto y no hay aparcados coches. Aparcan unos trescientos barcos en las zonas habilitadas con vistas a Formentera. Se acercan hasta gorrillas como en cualquier zona de aparcamiento que se precie. Es verdad que vienen en lancha, con cara de pocos amigos, a vigilar que no pises la raya de la posidonia. Pero no es menos cierto que como te descuides te sacan propina o multa. Segundo milagro, no hubo ni multa ni bronca, excepcionalmente este año.
Apostados en algún lugar del parking, con ancla en vez de freno de mano, con cubierta en vez de maletero, el resto de la performance no difiere en lo más mínimo. Bueno quizá nuestro ron no es Capitán Morgan, y nuestra coca cola es de marca. Aun así, tenemos prohibido el calimocho dado el precio de los vinos. El champagne vale una pasta. Pero la cerveza es Mahou de lata, clásica para más señas. Se sustituyen las viandas de los chinos por un pedido especial a pescadería de renombre, se suman unas latas con caché, tomates con pedigrí y jamón de muchas jotas, es cierto. Pero quitadas estas pequeñas diferencias, superficiales no sustanciales, nuestro desempeño de ese momento en adelante es de botellón. Con B gigante. Como el que hacíamos hace casi cuarenta años.
Nos hablamos de la vida, no se evita la política salvo que genere bronca. Recordamos las anécdotas que todos ya recordamos sin que nadie las repita. Y todo envuelto en la música que de manera casi democrática se pone. Otro signo inequívoco de botellón. La música a toda pastilla. Única pastilla del viaje, lo prometo. La música y las miradas en derredor. Sea Seat o sea lancha. Sea Hyunday o sea Yate. Intentas interactuar sin éxito en las calas y en los parkings. En el caso Formentera, el fracaso resulta inevitable debido al total desconocimiento de las nuevas generaciones del lenguaje de banderas de la armada y a la dificultad de transmisión de los mensajes en morse perjudicada por el estruendo de la mezcla de altavoces maquineros, principal extra hoy en los yates postineros.
Opinión De lo que se pueda contar del viaje, destacar las dificultades que ciertos miembros del grupo tuvieron para volver al barco después de dejarse caer -no creo que lo que hicieron podamos llamarlo tirarse- al mar con razonable intención de refrescarse. La decisión de aferrarse a una tabla de paddle facilitó la labor de la corriente en su empeño de alejarles. De los dos que lo intentaron uno volvió sin querer a su amarre improvisado, la tabla, y estuvo un buen rato. Y el otro casi fallece a escasos tres metros del barco.
La sangre fría del resto de tripulantes manteniendo sus bebidas en vertical en su mano, y comentando la jugada como el que ve un documental, a poco nos cuesta la ceremonia esa de echar un cuerpo amortajado por la borda. Hubieran quedado bien las fotos, pero no teníamos mortaja. Tampoco teníamos claro que hubiera dicho la de la posidonia. Asi que no hubo más remedio. Un voluntarista haciéndose el voluntario se arrojó con supuesto arrojo, churro de salvamento en mano. La escena fue inenarrable. Aparte de poco vista. Yo por ejemplo no podía abrir los ojos con semejante risa. Con los dos náufragos chapoteando, por el resultado en dirección contraria, se tomó la decisión de reclamar al Capitán su inmediato regreso de la expedición a la playa con la zodiac de alquiler que había emprendido hace rato. Calculamos que tardaría al menos quince minutos, el mismo tiempo de supervivencia que, consensuamos, les quedaban a los dos infortunados que seguían palmeteando el agua en un ejercicio que me pareció más de percusión que de salvamento.
El capitán por fortuna anticipó su regreso y se obró el tercer milagro. En otra patética escena subieron esos dos cuerpos a la lancha salvamento. El enganchón del bañador con uno de los soportes de los remos fue un perfecto colofón. Horas duraron nuestras risas y horas su recuperación. Estaban realmente exhaustos. Tanto que no vimos rastro de avergonzamiento. El tequila sanador remató el cuarto milagro. Recuperó su presencia de ánimo haciendo llegar a tiempo a toda la expedición al abordaje en la isla de esos garitos-infierno donde siendo todo caro lo que más cuesta es conocer a gente nueva. Las que no conoces, no saludan. Y el resto son de tu barrio.
Doce fuimos, doce volvieron. Primer milagro. Doce apóstoles peregrinando, en busca de su propio credo. Huyendo de otros más impuestos y más monótonos que nos rigen a diario. Anduvimos sobre las aguas a diez mil pies de altura camino de las Pitiusas como alma que lleva el diablo. Pitiusas léanse islas, nunca sus habitantas, que tantas no hay como dicen y tampoco íbamos buscándolas. Doce meses preparándolo, uno por miembro. Y aunque en este caso pudiera ser coincidente léase partícipe, no apéndice concreto. Si echamos la cuenta en años, más de seis mil sumamos. Doce por cincuenta y muchos superan sesenta siglos de farra, risas y bromas, y sobre todo borracheras y abrazos extemporáneos. Miles de cuántos te quiero agarrado a cualquier vaso acreditan la amistad de la que estamos hablando.