Miredondemire
Por
Cometer matrimonio
La boda de Jeff Bezos en Venecia, con un gasto estimado entre 20 y 50 millones, reunió a 200 influyentes invitados, destacando por su opulencia y control mediático absoluto
Han cometido matrimonio. Me hizo gracia un titular que decía que juntos sumaban una fortuna de más de trescientos mil millones de euros. Trescientos mil él y treinta ella concretamente. La gracia que me hizo fue contenida. Primero porque mi repaso mensual del listado de los gastos de tarjeta incluye cada vez más líneas en la A de Amazon y eso me aleja de la observación objetiva y del sentido del humor cuando los que se ríen son tan poderosos. Segundo porque como esto siga así, acabaremos con una única tienda en el mundo donde productores y consumidores interactuarán sojuzgados al criterio de ese sabio algoritmo que este fin de semana subvencionó el cometido y comentado matrimonio.
Reconozcamos que en proporción a su patrimonio el gasto ha sido igualmente contenido, como la gracia. Hoy hay gente que se endeuda en las bodas. Algunos por celebrarla, otros por acudir. No parece el caso, desde luego, ni de unos ni de otros, visto el monstruoso y exhibido dispendio. La ya lejana tradición de la entrega del sobre con el acuerdo tácito de pagarse el menú y al menos un poquito más que ayude a la ¿joven? pareja en su nuevo estado -normalmente hipotecario- creo que está cayendo en desuso. Sobre todo en estos tiempos en los que hipotecarse te haría tanta o más ilusión que casarse.
Desde luego el corte de corbata y liguero con posterior pase de bandeja para pagar por el recuerdo hace décadas que no lo veo. Y llevo unas cuantas bodas estos decenios. No consta en ninguna gacetilla referencia alguna a esta costumbre en la boda de Jeff Bezos. Hubiera estado bien, aunque no les hiciera falta la recaudación, algún detalle bizarro entre tanta sofisticación y coreografía calculada.
Se hace eco la prensa del corazón, me apasiona el eufemismo, del supuesto presupuesto del bodorrio con una dispersión cercana al más que evidente invento. Aproximación, semilla del cotilleo. Entre 20 y más de cincuenta millones me parece una previsión de gasto inasumible, un titular insultante. Sin conocer el límite de saldo que tenga en su tarjeta Jeff, quiero suponer que su equipo, seguro que numeroso, tuviera previsiones más afinadas. Y que la improvisación del gasto haya quedado en solo unos pocos milloncejos. Propinas inesperadas, tickets de parkings, alguna tintorería y otros expendios imprevistos. Lo dicho, a lo sumo tres millones.
Se habla de noventa jets privados y varios yates de esos de tamaño desmesurado. Para doscientos invitados parecen medios de transporte adecuados y suficientes. Una boda finalmente ecológica por sus grandes donaciones a la galería de asociaciones, implicadas en la denuncia de este tipo de movilidad, que pueden llegar a entender de manera razonada que se puede protestar de otras maneras si cuentan con suficiente dinero en su cuenta. La huella de carbono se borra con la profunda huella que deja una buena transferencia.
Yo, que no me instalo en la demagogia, aunque de vez en cuando la visite, me parece razonable que gente de tantos recursos y tan poco tiempo renuncien al transporte público. Hoy es la boda de Jeff, mañana la gala de Gates, el sábado no sé qué de la Kardashian. Mucho estrés, como para añadirle la incertidumbre de horarios de los vuelos comerciales o las incidencias de un ferry. Entre gala y gala no caben escalas.
Supongo que ese selecto elenco, así definido porque sin duda participaron en una sofisticada producción teatral, fue convenientemente seleccionado por el verdadero CEO del imperio mencionado. El algoritmo. Primera boda realmente diseñada con inteligencia artificial. El artificio, el más rentable del mundo, mostró su mejor versión consiguiendo ese listado que cualquier aspirante a rey del mundo hubiera seleccionado. Porque me parece demasiada casualidad que todos tus amigos tengan, uno por uno, el poder y el altavoz suficiente para que podamos titular una boda poniendo un cero al G-20. G-200, sin duda, dado el perfil influyente, y el número, de todos los invitados. Herederos de algo importante, empresarios estratégicos, políticos de guante blanco, influencers, deportistas retirados, editores con poder, periodistas adecuados, jeques medio mal vistos y jacas de muy buen ver, conformaban esa lista titulada de forma homónima con la canción de Sabina: "Estaban todos menos tú…".
Todo bajo un implacable control mediático. Ni rastro de algún infiltrado, ni sueños de una foto filtrada, ni vídeos ni grabaciones que traicionan madrugadas. Solo las fotos perfectas que glorifican el acto que glorifica a la novia bajo sus selectas telas. Por cierto, temazo. Un cien por cien de dispersión, del medio, al millón de euros, del coste del vestido preboda, vuelve a mostrarnos indicios de que no tenemos ni idea de lo que costó el trajecito. Especulación, abono del cotilleo. Sí sabemos que hasta veinte se pudo poner en tres días, lo que me parece un acertado homenaje a nuestro querido Mortadelo. La expresión de la futura, embutida en los disciplinarios outfits que se han mostrado, rozaba la congestión por no decir la asfixia. Menos mal que la previsora operación de labios le impide cerrar del todo la boca, dejando así un pequeño respiradero que consigue hacer compatible la cara de foto y la vida. No es edadismo, ni misoginia, ni masculinidad tóxica, pero he sufrido por ella lo que aparentemente ella no ha sufrido. Tendrá sus compensaciones. En forma de fotos perfectas, no me refiero a otra cosa.
Hablando de alquiler. Lo de alquilarse Venecia me ha parecido brillante. ¿Por qué vas a querer casarte en mitad de ningún sitio si quieres pasar desapercibido y garantizarte niveles de seguridad aceptables? Mucho mejor te alquilas Venecia, contratas a dos mil machacas, sugieres a la municipalidad que estén pendientes de los distintos escenarios -volvemos a la producción teatral- en los que te quieres fotografiar, le jodes el fin de semana a los demás tortolitos que se han gastado el extra de los sobres de la boda en un viaje al epicentro del postureo por mil euros y te largas a los tres días a continuar tu viaje de hacer rey del mundo a un tendero. Les dejo, que está llamando a la puerta un mensajero.
Han cometido matrimonio. Me hizo gracia un titular que decía que juntos sumaban una fortuna de más de trescientos mil millones de euros. Trescientos mil él y treinta ella concretamente. La gracia que me hizo fue contenida. Primero porque mi repaso mensual del listado de los gastos de tarjeta incluye cada vez más líneas en la A de Amazon y eso me aleja de la observación objetiva y del sentido del humor cuando los que se ríen son tan poderosos. Segundo porque como esto siga así, acabaremos con una única tienda en el mundo donde productores y consumidores interactuarán sojuzgados al criterio de ese sabio algoritmo que este fin de semana subvencionó el cometido y comentado matrimonio.