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Juan José Cercadillo

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Por supuesto que acudo con cascos al calentón corporal. El aislamiento, dependiendo donde, lo considero un verdadero privilegio y la cancelación del ruido el invento de la década

Foto: Imagen de una sauna finlandesa. (EFE)
Imagen de una sauna finlandesa. (EFE)
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Me albergo con frecuencia en esa caja de calores y vapores que llamamos sauna. Creo, nunca me fío del todo del ChatGPT, que significa habitación de invierno en finlandés. Bien traído. Es más acogedora cuando en tu cuerpo tienes instalados ciertos fríos. Mantengo de manera vergonzante la agradable sensación de sudar, ya que mi cuerpo desde hace un tiempo se niega al ejercicio físico adicional al imprescindible. Hace muchos meses que me abandonó la costumbre de hacer deporte y uso esta trampa para sudar y pensar que hago algún esfuerzo. Pero no acudo solo por eso. De todas las ventajas saludables que ofrece el calor seco extremo aprecio especialmente la del relax.

El físico y el mental. Voy a la sauna como el que va a rezar, a meditar, a un confesionario en el que eres al mismo tiempo confesor, perdonador y perdonado. Me siento sobre la toalla y pienso en mí y en las cosas que me pasan y provoco. Y me siento… más que en la vorágine de mi día a día. Y lo siento, si concluyo que no lo hice bien. Creo que es el único parón recurrente que trato de imponer a mi mente desde hace muchos años. Una o dos veces a la semana lo intento con desigual suerte, porque hay días que resulta imposible escaparse y otros, imposible el concentrarse...

El problema es que antes disfrutaba del privilegio de tenerla en mi propia casa. Un santuario particular que facilitaba mis silencios o mis músicas más inspiradoras. Desde mi última mudanza acudo a la sauna del gimnasio que podríamos calificar de industrial por su tamaño. Tiene sus horas punta que trato de evitar con poco éxito. El tráfico de personas en trance sudoratorio es intensivo sobre las ocho de la tarde, una lástima que coincida con el final de mi jornada.

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Por supuesto que acudo con cascos al calentón corporal. El aislamiento, dependiendo donde, lo considero un verdadero privilegio y la cancelación del ruido el invento de la década. Gracias al silencio inducido mantengo mi sana costumbre. Aun así, hay días que no queda más remedio que interactuar. Y en cualquier caso la ausencia de ruido no me impide el visionado del naturista espectáculo que ofrecen los diversos cuerpos de mis consaunistas.

Seguro que Apple está trabajando en ello —que lo vi en Black Mirror— y sacará las gafas que impedirán ver lo feo, como hemos dejado de oír lo que no queremos. Pero no me puedo abstraer del todo, ni de lo que se ve ni de lo que se oye. Incluso puedo imaginar sus charlas cuando no les escucho en absoluto. Debo aclarar que la sauna está en el vestuario masculino, con acceso restringido para las hembras, y que se permite, bajo ciertas recomendaciones de decoro, el nudismo integral. No todo va a ser retrógrado.

Descubrirían la ubicación de la sauna con una descripción prolija de los asaunados. De hecho la descubrirán con una descripción a grandes rasgos. Abundan más las panzas y los colgajos que los músculos bien proporcionados. Del grosor de la edad media, o media edad, a la palillería de la tercera, casi cuarta edad, apenas se dejan ver cuerpos trabajados en el gimnasio colindante. Un misterio. Uno o ningún tatuaje. O calvos, o flequillo domado y raya bien definida y a la izquierda. Diversidad de tonos pastel en las pieles, en su gama más lánguida y sonrosada.

La verdad es que creo que no he visto ni un marrón oscuro, no digamos negro, hecho que de repente me consterna. Melanomas, uñas rebeldes, cicatrices, sobre todo en las rodillas y el mismo hecho diferencial por generaciones: o mucho pelo por todos lados, menos donde debe, o ninguno. La pose de meditación con ojos cerrados resulta de un valor incalculable si la practicas con disciplina. Te ahorra pesadillas de variopintas temáticas. A saber: cetáceos asesinos, zombis de pelo blanco, anélidos cruzados con humanos y de insaciables gustos antropófagos… imágenes todas inspiradas en la irremediable visión que genera la convivencia en esa casita de madera a noventa grados.

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Pero lo más revelador en cuanto a la localización son sin duda las conversaciones. Pedro Sánchez es trending topic. El calentón es considerable entre los usuarios, más allá del cálido vapor de agua. Impuestos, política internacional, acoso a Ayuso, independentismos varios y colonización de las instituciones, muy raro que no se repasen de manera minuciosa y diaria entre toallas y chanclas. La corrupción caldea adicionalmente el ambiente y los titulares de Okdiario se repiten como mantras. Un “me voy a ir del país” se repite casi todos los días, sin signos aparentes de ninguna expatriación hasta ahora. Vuelven semana tras semana a la queja hueca y vana que no tiene consecuencias en el altavoz aguado que nos ofrece la sauna.

El capítulo del fui o hice también ocupa las horas. Gestas y sacrificios, logros desde el esfuerzo y piedras en el camino que nadie hoy superaría jalonan las odiseas de todos lo que por allí pasan. No sé cómo, pero es fácil distinguir al verdadero del héroe de pacotilla. El que jalonó su vida de retos y abnegaciones y disfruta de una vida de asueto muy bien ganada y el fantasmilla que en vez de vestirse con sábanas utiliza la toalla para lanzar sus fantasmadas. Abundan más los segundos, la vida misma.

Pero lo que más agota mi paciencia y la batería de mis cascos por poner el volumen a su máximo es la retahíla de las actividades de las últimas semanas. Si sale el tema de caza me escapo hasta el baño turco. No puedo con las aventuras de elefantes abatidos, cabras del Himalaya, osos víctimas de emboscadas o leones disecados. Si entran en lo del precio, la tarde se hace muy larga.

Restaurantes michelines —podría poner una coma entre las dos palabras—, conciertos en salas VIP, palcos del Bernabéu, vinos de cuatro cifras, Rolex de presumir. Coches con lista de espera, aviones privados por horas, caviares de otros países que en vez de importar se portan como banderas del lujo que ondean y cobran sentido, no con su consumo, sino con su reporte y exhibición en nalgas. Animales prototípicos del hacer para contar. Una especie insatisfecha que sacia su propio ego con el eco de sus voces, el relato y el ajeno asentimiento.

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Es verdad que de tarde en tarde alguien con temple y criterio relata algún hecho histórico, alguna anécdota inspiradora y con gusto. Pero yo sacrificaría enseñanzas esporádicas por el silencio absoluto. Vista la fauna en la sauna, y a riesgo del ostracismo —ojalá— ahora cuando agendo sauna uso una vulgar contracción: Saunia. Pero para qué negarlo. La edad me traiciona, me deslizo al lado oscuro imbuido de prejuicios. Soy uno más del recinto. Barriga, pelos y fantasmadas me hacen acreedor de ese título… y mi camuflaje es perfecto. Me pido cetáceo asesino en el sueño de los otros.

Me albergo con frecuencia en esa caja de calores y vapores que llamamos sauna. Creo, nunca me fío del todo del ChatGPT, que significa habitación de invierno en finlandés. Bien traído. Es más acogedora cuando en tu cuerpo tienes instalados ciertos fríos. Mantengo de manera vergonzante la agradable sensación de sudar, ya que mi cuerpo desde hace un tiempo se niega al ejercicio físico adicional al imprescindible. Hace muchos meses que me abandonó la costumbre de hacer deporte y uso esta trampa para sudar y pensar que hago algún esfuerzo. Pero no acudo solo por eso. De todas las ventajas saludables que ofrece el calor seco extremo aprecio especialmente la del relax.

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