Caminemos Madrid
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El arte perdido de los tejados de Madrid: la ciudad que quiso ser París sin olvidar Castilla
Las cubiertas de Madrid son historia viva: de las tejas castellanas a las mansardas afrancesadas, cada una cuenta cómo la capital creció sumando identidades. El reto es mantener ese pasado y devolver el esplendor a la "quinta fachada"
Dicen que los tejados de una ciudad revelan su alma. Si eso es cierto, los de Madrid nos dan una lección de historia arquitectónica contada desde arriba. Pero una historia que amenaza con perderse debido a los cambios en las modas y a la escasa sensibilidad que tenemos respecto a la llamada "quinta fachada" de nuestros edificios.
Si paseamos por las calles, subimos a las azoteas o nos asomamos desde un mirador, descubriremos que cada zona de la ciudad tiene su propia tipología de tejado. A partir de ellos, podemos trazar el devenir de una capital que quiso ser Francia, pero no consiguió olvidar su orgulloso origen castellano.
El centro histórico, por ejemplo, mantiene las cubiertas inclinadas a una o dos aguas con teja árabe -roja o anaranjada- típica de Castilla. Estos tejados, que respondían a la tecnología disponible para protegerse de la lluvia y aislarse del frío, son el retrato más íntimo del Madrid antiguo: los viajes de agua, las corralas, Lavapiés, las calles estrechas y las plazas irregulares que se adaptan a la orografía. Desde el aire, ese paisaje de barro cocido sigue arrojando la postal castiza más reconocible.
Mansardas afrancesadas
A finales del siglo XIX, con el reinado de Isabel II y la Restauración borbónica, Madrid quiso parecerse a París. Se importaron los gustos europeos, las decoraciones monumentales, los bulevares, los palacios afrancesados y los lujosos hoteles de inspiración belga, además de la Gran Vía que Alfonso XIII tuvo a sus pies. Proliferaron las cubiertas de zinc y las mansardas de inspiración haussmanniana que aburguesaron el perfil de la ciudad. Estas se sumaron a los bellos tejados de cobre, plomo o pizarra que ya lucían palacios anteriores como el de Aranjuez, el de La Granja -en la vecina Segovia- o el Real Monasterio de El Escorial.
Así nacieron las espléndidas cubiertas del Congreso de los Diputados o el edificio de la Real Compañía Asturiana de Minas en la Plaza de España, actualmente en remodelación. También se ven en el Museo Nacional de Antropología o en el Palacio de Vista Alegre, cuya estufa fría -antiguo invernadero- todavía nos enseña la maestría artesanal de quienes trabajan los materiales como los orfebres tallaban sus obras.
De esas cubiertas cuidan artesanos como Antonio Ramos, miembro de una generación de especialistas como quedan pocos. Ellos, capaces de encadenar una anécdota tras otra saltando de tejado histórico en tejado histórico, se han encaramado a las azoteas del Palacio Real, el Banco de España o el Museo del Prado y ven como los oficios que atesoran se marchitan y se atomizan en manos de unos pocos con el riesgo de perderse para siempre, dejando nuestros tejados huérfanos de cuidados.
Así como la teja es inherente a los conocimientos de albañilería, la maestría de las cubiertas metálicas y pétreas pertenece a quienes aún saben cómo se engarzan los fragmentos de una cúpula, cómo respira una mansarda, cómo se funde el plomo o se da forma al zinc para resistir el tiempo. Cuando ellos falten, nos quedaremos sin nadie que pueda restaurar esas piezas. Y con ellos desaparecerá también parte del conocimiento que mantiene viva la quinta fachada de Madrid. "Yo tengo 68 años. ¿Qué pasará? No tengo ni idea. Solo sé que hemos podido trabajar en tejados emblemáticos que pueden echarse a perder, como el Palacio de las Telecomunicaciones de Cibeles, el de Linares, la Puerta de Alcalá o el Museo Arqueológico. ¿Te parece poco?", nos resume Antonio Ramos.
Las olvidadas cubiertas planas
Con el crecimiento del Madrid moderno -el de los ensanches y los bulevares- las cubiertas empezaron a cambiar. Se volvieron planas, perdieron su dimensión estética. En los nuevos barrios, la piel superior oculta desde la calle se llenó de maquinaria, de cuartos de ascensores y de antiestéticos equipos de climatización. Los tejados dejaron de ser parte de la composición arquitectónica para convertirse en meras superficies técnicas, como si hubiésemos borrado de nuestras mentes el hecho de que una ciudad también se vive a vista de pájaro.
Y vaya si se ve: góndolas colgantes para limpiar los muros-cortina de cristal, paneles solares por doquier -útiles, pero mal integrados-, montoneras desordenadas de aparatos de aire acondicionado, cubiertas empedradas sin ninguna gracia, espacios maltratados o abandonados... De repente, nos olvidamos de que la ciudad crecía en altura y que los desastres estéticos quedaban al descubierto incluso desde la atalaya más humilde.
Por eso es más importante que nunca volver a mirar hacia arriba, tratar las cubiertas no como un recubrimiento funcional, sino un lienzo que permite leer la ciudad.
La buena noticia es que ya estamos dando los primeros pasos. La proliferación de los skybar y las terrazas nos está permitiendo redescubrir y valorar lo que tenemos sobre nuestras cabezas. La quinta fachada puede ser más que un paisaje duro o un recubrimiento vegetal/filtrante que recicle el agua de lluvia: se puede dignificar sin perder la identidad o, incluso, crear nuevas estéticas que enriquezcan lo que el ojo humano observa. Pongámonos ese reto y saquemos adelante una nueva forma de disfrutar lo que construimos en el nuevo Madrid que está por venir y que crece en todas direcciones.
Mantener las cubiertas de teja o los tejados artesanales es cuidar la historia y la memoria urbana. No se trata de replicarlos, de crear híbridos entre lo nuevo y lo viejo ni de ‘amansardar’ cada azotea que veamos. Estos elementos tuvieron su momento y conservan su función –el origen de la teja, sin ir más lejos, se remonta a la antigua Mesopotamia y sigue de plena actualidad-. Lo que toca ahora es no perderlos, lo que debemos hacer es reivindicar que el dosel de nuestra ciudad también es paisaje, patrimonio vivo y en evolución.
Los tejados son ese otro Madrid que nació de Castilla, que importó ideas del extranjero para ganar en solemnidad y belleza y que luego asumimos como piel e identidad propia.
La nuestra no sería la misma urbe sin sus tejados. Desde las tejas árabes del centro hasta las mansardas de los palacios y los museos, pasando por las sedes institucionales, los hoteles y las cornisas de zinc restauradas por artesanos como Antonio Ramos, los tejados son memoria tangible de la ciudad. La historia no solo se lee en las calles: también se escribe en las alturas.
Dicen que los tejados de una ciudad revelan su alma. Si eso es cierto, los de Madrid nos dan una lección de historia arquitectónica contada desde arriba. Pero una historia que amenaza con perderse debido a los cambios en las modas y a la escasa sensibilidad que tenemos respecto a la llamada "quinta fachada" de nuestros edificios.