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Si Madrid hablase de sí misma diría que quiere crecer y llenarse de árboles infinitos
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Miguel Díaz Martín

Caminemos Madrid

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Si Madrid hablase de sí misma diría que quiere crecer y llenarse de árboles infinitos

El Madrid de 2050 se está definiendo ya en una encrucijada donde se mezclan la respuesta al cambio climático, la supervivencia del patrimonio histórico y el problema de la vivienda

Foto: Puerta de España en el Retiro (Ayuntamiento de Madrid)
Puerta de España en el Retiro (Ayuntamiento de Madrid)

Si Madrid se mirase al espejo, sonreiría con timidez. Escrutaría con preocupación las cicatrices que le ha dejado la adolescencia -el problema de la vivienda, la masificación del centro, los desequilibrios norte-sur/centro-periferia- y se preguntaría si esas marcas se van a quedar ahí para siempre. Sin embargo, y por encima de todo, distinguiría en su imagen una energía muy particular: la del ímpetu juvenil de una ciudad y una región que ansía crecer porque sabe que está en su mejor momento.

¿Se vería ‘guapa’ nuestra Madrid? Sin duda, pues después de escrutar en el reflejo los cuatro puntos cardinales de su figura, concluiría que su historia, su patrimonio y, sobre todo, su vibrante y acogedor espíritu la hacen bella por fuera y por dentro. Y si le preguntásemos qué quiere ser de mayor, ella nos contestaría que “más grande y más generosa, protectora con los que aquí viven y agradable con quienes nos visitan, que por algo llevo los títulos de Región Abierta y Ciudad que Nunca Duerme”.

Para quienes caminamos Madrid a diario, pensar cómo la diseñaremos y la construiremos en los próximos decenios es clave, porque los retos son enormes: el número de vecinos no deja de crecer -ya somos 3,5 millones en la capital y 7 millones en toda la comunidad-, el cambio climático nos azota constantemente y nuestra población envejece. A su vez, competimos contra el resto de capitales europeas y mundiales, y nuestro turismo no para de crecer.

“Hija del capricho real”

La ciudad que nació como un pequeño asentamiento islámico en el siglo IX conocido como Mayrit -“lugar de abundantes aguas”, según el arabista Jaime Oliver Asín,- y que se expandió después fuera de sus puertas y muros fortificados se hace mayor. Si nos hablara, nos diría que sus cimientos son fuertes. Por ejemplo, aún conserva su núcleo fundacional en vestigios como la muralla islámica o la iglesia de San Nicolás de los Servitas, cuyo campanario románico es de los más antiguos de la ciudad. También nos recordaría que es “hija del capricho real”, como escribió Mesonero Romanos al describir cómo Felipe II la convirtió en sede de la Corte en 1561 y ordenó crear después su Plaza Mayor. Todo un patrimonio que nos reitera que para construir el futuro hay que entender las raíces.

placeholder Maqueta de la muralla islámica, junto a los restos y a la Catedral de la Almudena (Ayuntamiento de Madrid)
Maqueta de la muralla islámica, junto a los restos y a la Catedral de la Almudena (Ayuntamiento de Madrid)

Pero, esta vez, Madrid va a dar algo más que un estirón. No estamos en el inicio de la modernidad, cuando el cuerpo de la ciudad superó el centro histórico con base en el Plan Castro, dando lugar a las zonas de Argüelles, Chamberí, Salamanca o Delicias. Tampoco, ante la creación de la Gran Vía o los paseos del Prado y de la Castellana, donde se erigieron símbolos del progreso como el edificio Telefónica de Ignacio de Cárdenas, el Museo del Prado o el monumental Hotel Palace.

La encrucijada actual exige crecer sin perder la identidad, aprender de los errores de juventud. “Madurar”, en definitiva, como nos han pedido a todos, para ser una ciudad más vivible.

Ciudad global o megalópolis

¿Pero qué significa “madurar” para Madrid? Lo primero, crecer en lo físico. En su desarrollo adolescente, la urbe ya engulló pueblos como los antiguos Carabancheles -con sus templos medievales y palacios señoriales- en la zona sur, Vallecas al sureste, Canillejas, Hortaleza y Barajas al noreste, Fuencarral en el extremo norte y Aravaca al oeste. ¿Ocurrirá lo mismo con los municipios de Leganés, Getafe, Alcorcón, Coslada, o Alcobendas, con los que su término municipal ya se toca hasta hacerse permeable?

Urbanísticamente sería posible. Ahora bien, la cuestión es si Madrid quiere ser una ciudad global, es decir, una ciudad diversa, con servicios de calidad capaz de albergar empresas de importancia internacional como Londres, Nueva York, Tokio o Shanghai; o ser una megalópolis como la que forma el corredor Boston-Washington, donde se generan oportunidades, pero el riesgo de desigualdad se dispara.

placeholder Recreación del futuro desarrollo de Madrid Nuevo Norte
Recreación del futuro desarrollo de Madrid Nuevo Norte

La alternativa de ser una “megaciudad” de entre 8 y 10 millones de habitantes al estilo de Seúl, Yakarta o Delhi tampoco es ciencia ficción. El Colegio de Arquitectos de Madrid ya lo debatió como una posibilidad de aquí al año 2050. Pero eso nos lleva a la segunda pregunta clave: ¿cómo dar agua, energía y servicios a todas esas personas? ¿Cómo construir una ciudad sostenible frente a las olas de calor, los episodios de DANA o sequías cada vez más frecuentes?

La respuesta, de nuevo, está en el pasado. Así como el Plan Castro se apoyó en la ’guerra del agua’ del Canal de Isabel II para ser realidad, Madrid solo crecerá sobre un fuerte compromiso con los recursos naturales y renovables.

Un bosque infinito

Las cubiertas verdes, capaces a su vez de generar energía, deben componer el nuevo paisaje urbano de las azoteas. Quizá Madrid soñaría con que la ‘mancha verde’ de la famosa Casa de Campo se extendiese hasta llegar a otras como la del Parque del Retiro o la Quinta de los Molinos, entremezclándose con sus características cubiertas de teja rojiza, creando un nuevo bosque que dibujase una huella de postnaturaleza sobre la ciudad actual.

Ese bosque debe generarse también a escala del peatón. Para combatir el efecto isla de calor que provocan edificios o el mar de asfalto en el que nadamos, debemos diseñar los espacios públicos teniendo como axioma el confort climático de los lugares y no quedarnos en hacer únicamente islas de sombra como los toldos colocados en la Puerta del Sol. La ‘naturalización’ de la nueva Plaza de España y sus aledaños, la regeneración de Madrid Río o el proyecto del Bosque Metropolitano podrían ser el germen de una gran malla verde que serpentee por toda la ciudad y conecte calles, plazas, bulevares, jardines históricos y parques públicos y privados en una suerte de refugio climático global que abarque todos los distritos como un bosque de árboles infinitos. ¿Imposible? Solo si no se quiere pensar en ello.

placeholder Paseo del Prado, con edificios rehabilitados al fondo
Paseo del Prado, con edificios rehabilitados al fondo

Los futuros desarrollos de Madrid Nuevo Norte, del Este o la Operación Campamento ya apuntan en esa dirección. Madrid ha aprendido de los obsoletos PAU y aspira a espacios urbanos más permeables, donde vivir, hacer la compra, ir al médico, estudiar, acudir al cine o a una exposición y trabajar sea posible sin tener que ir en coche ni recorrer grandes distancias.

Ahora bien, tengamos claro que no todas las nuevas viviendas deben estar en las afueras. ¿Qué ocurre con todos los edificios infrautilizados o abandonados de la ciudad? Autorizar su transformación en residenciales de todo tipo (para jóvenes, para mayores, mixtos, para estudiantes, para nómadas digitales, para trabajadores temporalmente desplazados) no tiene ningún coste. Incluso las propias administraciones podrían comprarlos o convertirlos en viviendas para generar un parque público siguiendo el admirado modelo de Viena.

Foto: como-sera-madrid-futuro-policentros-vecinos

Descentralizar el ocio y la cultura o crear eso que se llaman “nuevas centralidades” es igual de importante. No todo lo que ocurre pasa en el centro (desde Matadero al Barrio de Usera, pasando por San Isidro o la Batalla del Agua de Vallecas), y eso vale tanto para los que vivimos aquí como para los turistas. Madrid y su región pueden presumir de tener castillos repletos de historia, iglesias llenas de dragones, pueblos dibujados y construidos de la nada, ciudades carpetanas que sobrevivieron a la destrucción, tranvías enterrados y hasta una fábrica cuyos tesoros llegaron al Vaticano. Reequilibrar el flujo de visitantes al tiempo que se promueve el crecimiento económico de las periferias es otra cuestión de voluntad que permitirá que la comunidad crezca fuerte y próspera sin dejar de ser abierta.

Es hora de darnos cuenta de que Madrid es tan grande que no cabe en una sola vida. Cuando se mira en el espejo, reconoce que es compleja, a veces contradictoria, pero con una energía inagotable. Su objetivo, ahora que podemos oír su voz, es que percibamos esa mezcla de historia, carencia y potencia que la define para ayudarla a llegar hasta su próxima etapa.

En Caminemos Madrid vamos a intentar diseccionar las diferentes pieles que han habitado y habitan Madrid, para, desde ahí, intentar ayudar a convertirla en el lugar que puede llegar a ser.

Si Madrid se mirase al espejo, sonreiría con timidez. Escrutaría con preocupación las cicatrices que le ha dejado la adolescencia -el problema de la vivienda, la masificación del centro, los desequilibrios norte-sur/centro-periferia- y se preguntaría si esas marcas se van a quedar ahí para siempre. Sin embargo, y por encima de todo, distinguiría en su imagen una energía muy particular: la del ímpetu juvenil de una ciudad y una región que ansía crecer porque sabe que está en su mejor momento.

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