Madrid se troncha: crónica de una ciudad rendida a la carcajada
La capital no sólo se habita: se prueba sobre un escenario, a golpe de chiste y de vértigo. Entre focos, alquileres imposibles y salas sobreviviendo, la ciudad decide quién hace reír… y quién acaba formando parte del chiste
Joe Buck, con su sombrero tejano, bajando en Nueva York de un polvoriento autobús proveniente de Big Spring. Ingenuo. Ambicioso. Colmado de esperanzas que, tarde o temprano, quedarán sepultadas por la inclemencia de una gran ciudad asfaltada por los cadáveres de miles de soñadores.
Cuando visualizo a un cómico llegando a Madrid, me invade una imagen parecida a esta de la novela Cowboy de medianoche, de James Leo Herlihy, o a su brillante película homónima protagonizada por Jon Voight y Dustin Hoffman. Pienso en una persona desarraigada, casi pardilla, creyéndose destinada a conquistar una ciudad con el látigo de su ingenio, antes de sufrir la caída. Antes del descalabro y el desánimo provocado por los fracasos continuados, las salas medio vacías y ese silencio vulnerable... ese mutismo escalofriante y sepulcral después de contar un chiste sin gota de gracia, tras el que uno agradecería a la Tierra que se lo tragara.
Seguro, esta visión es una idealización dramática del héroe cómico arrastrándose hasta la capital. Eso sí, revela una de las esencias de la comedia: su arraigo en el dolor. Y nadie pone en duda que todas las ciudades del mundo pueden ser nidos de víboras donde las cimas de la desesperación anden agazapadas, pero Madrid, que es una gran ciudad, o por lo menos una ciudad grande, acoge tantas emociones como dolorosos chascos ideales en las artes de la vis cómica.
Para el escritor y guionista Edu Galán, afincado desde hace muchos años en la capital. “Madrid, y cualquier ciudad en general, debería promover activamente la comedia por dos razones fundamentales”, afirma uno de los padres de la revista satírica Mongolia. “En primer lugar, es un género que produce industria, funciona comercialmente y es capaz de conectar con el público gracias a su naturaleza escapista, algo que casos como ‘Torrente’ han demostrado sobradamente”.
“En segundo lugar”, prosigue Galán, “la comedia nos forma como personas y nos permite observar la realidad desde perspectivas distintas que, de otro modo, pasaríamos por alto. A través de ella, podemos abordar temas profundos. Una comedia negra puede exponer con brillantez, por ejemplo, los estragos de intentar cambiar de clase social. Quien vive ajeno a la comedia se pierde una herramienta clave para comprender la realidad”.
El humor es una armadura con la que defenderse del valle de lágrimas, y Madrid, como decía Umbral, es un género literario, lo mismo que un género cómico, donde venir a defender esa arma que no será tan fuerte como los obuses, pero que ayuda a medirse contra quien pretende, con su estupidez, alejarnos de la felicidad.
La cómica Tulum Bayugar comparte la importancia de la ciudad, pero tampoco se reconoce castiza en lo que podríamos llamar la existencia de un ‘estilo Madrid’ en esto de la comedia: “Si acaso, el estilo es la mezcla. En una misma noche podés ver humor muy clásico, one-liners, storytelling, cosas más absurdas o incluso propuestas casi teatrales”, asegura. “Madrid funciona más como una batidora donde conviven influencias de toda España y Latinoamérica (sin dejar afuera el circuito del inglés que también tiene sus espacios). Y eso hace que el público también esté más abierto a códigos distintos. De todas formas”, incide Bayugar, “yo creo que parte importante del trabajo del cómico es poder hacer un humor que no solo funcione en determinado lugar, tenés que probarte en otras regiones, en otros países”.
Monólogos
No cabe duda de que lugares como el bar Picnic, el Beer Station, el Golfo, la Estupenda o el Teatro Soho, por no hablar de los fijos de la Gran Vía, son puertos de obligado cumplimiento para la carcajada capitalina. Ahora, no siempre la comedia, tal y como la entendemos en su aspecto más monologuista, de stand up, haciendo honor al anglicismo, fue tan protagonista.
“Al principio, al comienzo de los 2000, la gente no sabía muy bien lo que era el stand up y costó bastante”, confiesa el cómico y guionista Miguel Iríbar. “No llenaban teatros, pero los locales de Paramount ayudaron mucho; al hacer un programa para cómicos amateur, mucha gente vio una salida a lo que antes eran solo bolos de pueblo. Eso generó un movimiento importante: los que veíamos en la tele, de repente, los podíamos hacer nosotros”.
Cada uno alcanza la verdad que es capaz de soportar, y Madrid, con el cambio de milenio, se vio capaz de soportar muchas más verdades de las esperadas gracias al ingenio de alguien sobre un escenario largando improperios con la chanza necesaria. “La ciudad da lugar a más géneros y propuestas”, dice Iríbar. “Es como si vas a un pueblo de veraneo y en la discoteca solo ponen reguetón; en un sitio más grande tienes un local de punk y otro de electrónica. Madrid tiene de todo, es la única ciudad en España que lo tiene todo. Barcelona ni se le acerca”.
Sacando la pugilística rivalidad urbana a colación, no todos los cómicos están de acuerdo en esta distinción. Aunque Iríbar no desestima el relumbrante valor de la comedia en la ciudad condal, otros cómicos, como Quique Macías, mantienen opiniones más frontalmente contrarias: “Barcelona está perfectamente al nivel de Madrid. De hecho, por mi experiencia, sigue teniendo una escena muy interesante para la comedia emergente”, relata Macías. “El micro abierto del Medi, para mí, es el mejor sitio para probar material, porque se suben tanto profesionales como novatos, algo que en Madrid cada vez es más difícil de encontrar. Además está La Llama, que es la única librería especializada en humor que existe en España”.
Recogiendo carrete o, mejor dicho, lanzando sedal en otra dirección, Miguel Iríbar sí asume que: “Barcelona tiene de media una comedia más inteligente o alternativa porque tienen una escuela clara: lo derivado de El Terrat”. Pero, según el guionista, “el 80 % de esos cómicos de open mic no llegan a fin de mes. Es engañoso pensar que hay un montón de profesionales cuando la mayoría no vive de esto. Y es una putada, porque son muy buenos”.
Lo de las dificultades en ciudades que mutan como un cuerpo atravesado por el paso del tiempo, con sus putrefacciones viscerales y sus ininterrumpidas renovaciones de fachada, Botox de hormigón armado mediante, es otro tema primordial. Ser cómico, el faranduleo original, no es tarea fácil. Ni fácilmente remunerable. Por desgracia, no solo de propósito y pasión vive el hombre, y un alquiler a precio de Taj Mahal en un ecosistema como Madrid se digiere mal si las risas no acompañan a la cartera.
“Se cuadra… como se puede”, dice la cómica Tulum Bayugar. “Es una ciudad cara y eso afecta especialmente a quienes están empezando; los inmigrantes también tenemos mucho lío en este sentido, porque llegar desde otro lugar hace que tengas que correr para alcanzar a los locales. Mucha gente combina la comedia con otros trabajos durante bastante tiempo. Vivir exclusivamente de la comedia es posible, pero no inmediato ni generalizado", destaca Bayugar. “También va a depender de lo que estés dispuesto a negociar de tu estilo, porque como en todas las artes hay cosas que venden más y otras que menos. Otra cosa es que vos te plantes y digas: esto es lo mío y, así tenga que ser camarero toda la vida, no lo negocio. Y es superrespetable tanto como quien modifica todo su repertorio para llegar a más gente y vender más”.
El cómico y locutor Iggy Rubín es más tajante al respecto de lo que implica labrarse un techo en Madrid con la comedia: “El nivel de vida en la capital se hace cada vez más prohibitivo y es un verdadero lujo ya solo venir a buscar trabajo”, dice.
"Vivir exclusivamente de la comedia es posible, pero no inmediato ni generalizado"
Lo cual, por otro lado, no es óbice para que Rubín asuma que: “Madrid tiene un volumen de producción audiovisual más grande que otras ciudades y ha sido atractivo mudarse en busca de un trabajo que complemente una actividad en los escenarios que a menudo es precaria. Es importante no confundir la industria radio-televisiva con la del stand up”. Una aclaración directamente ligada a algo que, inevitablemente, se intuye y se sabe: Madrid es el agujero del embudo por el que discurren las expectativas de casi todo un país, y ese centralismo se quiera o no, impone.
“Madrid sigue siendo donde está la industria”, asegura contundente Quique Macías. “Productores, guionistas, programadores, televisiones… tarde o temprano tienes que pasar. Lo ideal, en todo caso, es llegar con algo construido. Hacerse fuerte en una escena local, aprovechar las redes para desarrollar una voz propia y venir a Madrid con una propuesta con cara y ojos”, concluye el cómico.
Lo de las redes, sin duda, es un tema. Cuando no, el tema. Sueños luditas y revienta-smartphones aparte, sería falso decir que la proyección digital no ha cambiado el enfoque de la comedia en nuestro país, y la posición de Madrid en ese paradigma. “No veo en absoluto imprescindible vivir en Madrid para crecer como profesional”, sentencia Iggy Rubín. “Desde las redes sociales o escenas locales muy potentes (Cataluña, Galicia, Andalucía, Valencia…) también se construyen carreras consolidadas”.
Una visión, la del reconocido cómico madrileño, que coincide con la de Miguel Iríbar: “El acceso se ha democratizado mucho. Antes dependías de salir en Paramount o en la radio; ahora hay gente que es autosuficiente con las redes, no necesita televisión”, resuelve el onubense. “Salen talentos que dicen: "tengo medio millón de seguidores, ya me he creado mi sitio". Hasta la revolución de los Reels, hace unos siete años, esto no existía de forma clara, salvo excepciones como Goyo o Ernesto Sevilla, que ya eran famosos antes. Los cómicos nuevos hoy curran gratis para Instagram y TikTok, concluye. “Es un coñazo, pero a algunos les sale bien”.
El peso de Madrid
Pero la satánica pantalla no ha monopolizado la comedia. La tronchada, en vivo y en directo, sigue siendo un espacio de oración contra la angustia cotidiana. “La comedia en vivo tiene algo que las pantallas no pueden replicar: la sensación de que lo que está pasando es único y compartido”, afirma Tulum Bayugar. “No es solo reírte, es reírte con otras personas en tiempo real, con un cómico que puede adaptarse, improvisar o incluso fallar delante tuyo. Hay un componente de riesgo y cercanía que engancha mucho”.
Y ese fentanilo de la risa, gracias a todo lo antes mencionado, encuentra sus mejores dealers al por mayor en Madrid, una ciudad que sigue brillando con un poder de atracción mayúsculo, sirviendo de reclamo para los ambiciosos aspirantes a coronarla, si bien algunos acaban chamuscados.
“En mi caso, no podría haber conseguido en Sevilla lo que he logrado en Madrid en 25 años”, confiesa Miguel Iríbar. “Si eres como Dani Fez, que desde Asturias tiene millones de seguidores, no te hace falta venir aquí y pagar alquileres. Pero si quieres trabajar en televisión y en comedia, este sector tiene mucha incertidumbre. Si estás cerca del árbol, es más fácil que te caiga algo. El networking es clave”, prosigue el cómico, “vas a un open mic, te encuentras con Miguel Esteban, con gente de La Revuelta o Cuerpos Especiales, y cuando surge un hueco de guion, se lo dan a quien conocen y está cerca”.
Ahora, no es oro todo lo que reluce en la Gran Vía. A veces uno no sabe si Madrid se ríe contigo o de ti. “No me parece que vivamos ni mucho menos una edad de oro”, argumenta Iggy Rubín. “Puede parecerlo si atiendes a los shows que llenan grandes espacios, pero hace años que el Ayuntamiento se dedica a la asfixia sistemática de la escena cultural y son cada vez menos las salas de tamaño mediano y pequeño que tienen licencia de espectáculos y pueden permitirse una programación regular", concluye el madrileño.
De nuevo, un enfoque que el guionista onubense, Iríbar, comparte: “No os dejéis engañar. Muchos cómicos las pasan canutas y las salas de open mic sufren. El fenómeno de llenar grandes teatros da una falsa sensación de éxito. La mayoría de las salas tienen que luchar mucho para salir adelante; no es fácil, aunque parezca que todo está lleno”, remata Iríbar.
Bien sea uno Jon Voight bajando del autobús, henchido de esperanzas, inocente a la inclemencia de sanguijuela de una gran ciudad, o un zorro viejo y astuto, aunque algo maltrecho, a lo Dustin Hoffman, Madrid es un lugar donde el frío hiela y el calor eleva. La comedia, como tantas otras artes, encuentra en la urbe un campo de batalla en eterna ampliación. Con sus pros y sus contras, aquí se forjan leyendas, tanto en la victoria como en la derrota. Por suerte, no hay género más socorrido que la risa, como no hay nada, desde la peor bajada a la mejor subida, que no pueda ser elevado a la categoría cómica.
Como sentencia Edu Galán: “Lo esencial radica en la búsqueda del humor; una definición que trasciende la simple carcajada. El efecto buscado no siempre es la risa, sino que puede derivar en la extrañeza propia del surrealismo o en la incomodidad profunda de la vergüenza ajena”. Extrañeza, surrealismo, incomodidad... ¿acaso no habla eso de Madrid?
Joe Buck, con su sombrero tejano, bajando en Nueva York de un polvoriento autobús proveniente de Big Spring. Ingenuo. Ambicioso. Colmado de esperanzas que, tarde o temprano, quedarán sepultadas por la inclemencia de una gran ciudad asfaltada por los cadáveres de miles de soñadores.