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Electrónica madrileña, todos los nombres que necesitas saber para moverte dentro de la escena
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Electrónica madrileña, todos los nombres que necesitas saber para moverte dentro de la escena

La escena electrónica madrileña está en uno de sus mejores momentos. Aupada por una generación de jóvenes colectivos, a los que se suman también perfiles de la vieja escuela, que no han perdido el colmillo por estar al día y unirse

Foto: Glossy Mario (Cedida)
Glossy Mario (Cedida)

Se habla, se ve y se escucha. La escena electrónica madrileña está en uno de sus mejores momentos. Y lo hace desde el underground, sin despuntar demasiado. Aunque algunas propuestas ya vayan siendo más visibles, en clubes o festivales. Aupado por una generación de jóvenes colectivos, a los que se suman también perfiles de la vieja escuela, que no han perdido el colmillo por estar al día y unirse a lo nuevo. Todo esto sucedió el fin de semana pasado con Electrónica en Abril, el decano de festivales vinculados al baile y la experimentación en Madrid, con más de una veintena de ediciones

“Quería reducir la electrónica entendida como máquina para volver a lo humano: voces, instrumentos, conciertos. La electrónica ya no es algo cerrado, se mezcla con lo popular, lo tradicional, lo clásico. Eso es lo que me interesa mostrar”, desvela Elisa Luengo, la comisaria por segundo año consecutivo de esta muestra multidisciplinar. Al final, lo que recoge el festival es una selección de prácticas que cuestionan la propia idea de electrónica como categoría autónoma.

El festival ha incorporado en los últimos años herramientas para reducir esa distancia: convocatorias abiertas, procesos de comisariado compartido, espacios para agentes emergentes. Ese cruce se inmiscuye y poliniza toda la programación: desde la voz procesada de Lyra Pramuk hasta el concierto del colectivo venezolano de collage sonoro weed420 o Valentina Magaletti & upsammy, dúo que cruza electrónica y percusión expandida.

Foto: Foto: iStock.

Pero EEA no se limita a los conciertos. Este año amplió su dimensión hacia lo profesional y lo colectivo: talleres, masterclasses y, sobre todo, una apertura hacia nuevas formas de comisariado, como comentábamos. La convocatoria de comisarios emergentes —con cerca de un centenar de propuestas— evidencia una escena activa, pero con pocas vías de acceso. “Se nota que en Madrid hay ganas y hay pocas oportunidades. Muchos de esos espacios ya están ocupados por gente que lleva años haciendo lo mismo. Igual es hora de hacer un hueco a las nuevas generaciones”, revela Luengo.

De ahí la incorporación del colectivo Alimentación Ming Zhu, que el sábado pasado actuó en la sala Villanos: “Su propuesta es más holística, más allá de traer artistas. Piensan en cómo se habita el lugar, en que sea cómodo, en cómo se comporta la gente. Son detalles que cambian completamente el ambiente”. Esa mirada se muestra abierta, conectando con un diagnóstico sobre la ciudad. “Siento que hay semillas que quieren crecer, una escena DIY fuerte, productores que arriesgan. Pero lo más interesante sigue pasando en los márgenes”, resalta. Y añade: “Para que eso florezca hace falta infraestructura, licencias, espacios, apoyo. Si no, no llega a cuajar. El peso cultural lo sigue llevando gente que lo hace por amor, y si no se les sostiene, se acaban quemando”.

Glossy Mistakes, ampliar el campo de batalla

Si hablamos con diferentes agentes culturales, encargados de dinamizar y aportar su conocimiento a la escena, las opiniones son muy diferentes. Mario González, pinchadiscos, selector, promotor y al frente del sello Glossy Mistakes, sitúa el cambio en un punto muy concreto: el fin del control absoluto de las salas. Durante años, la electrónica en Madrid dependía de unos pocos espacios y de sus reglas. Hoy, ese modelo se ha resquebrajado. “Antes había una hegemonía de los clubes, tenían todo el poder. Ahora hay más espacios alternativos, autogestionados, fuera del centro, que permiten a los colectivos expresarse. Eso antes no pasaba. Estabas bajo el yugo de las condiciones del dueño de la sala”, se sincera.

Ese movimiento hacia lo periférico ha conseguido que la diversidad sea determinante en la efervescencia y buenas sensaciones que hoy vivimos. Nuevos colectivos, nuevas fiestas, nuevas formas de organizarse. “Ahora es mucho más libre, y eso favorece la riqueza y la diversidad. El tejido ha sabido moverse y buscar alternativas”, dice de una libertad que también tiene un coste. Las condiciones siguen siendo frágiles, a veces precarias. “Te mueves en un umbral complicado, en la línea entre lo legal y lo ilegal. No son las mejores condiciones, pero es lo que hay”.

placeholder Karne Kulture / JImena H (Cedida)
Karne Kulture / JImena H (Cedida)

Lejos de verlo solo como un problema, introduce un matiz: “Que esté en esa línea también es inherente a la propia escena. De alguna forma es positivo, porque es auténtico a su esencia”. Lo marginal como clave y singular de la electrónica. El contexto actual, sin embargo, no está exento de tensiones. La principal: la saturación.Hay momentos en los que parece que hay más DJs que audiencia. En una misma noche tienes doce o trece fiestas underground y cuesta mucho mover a la gente”, señala de una oferta que parece ha crecido más rápido que el público.

A esa fragmentación se suma una brecha generacional. “El salto entre millennials y Gen Z es grande. Las inquietudes son distintas. El sonido va hacia algo más inmediato, más urbano”, analiza. Aun así, el balance no es pesimista. Al contrario. “Me encantaría tener 20 años ahora mismo en Madrid. Hay muchas más opciones, más diversidad, una escena queer muy potente”.

Senda Fatal, sin DJ local no hay escena

Para Rodrigo Suárez, mas conocido como Senda Fatal, al frente en estos ultimos meses del proyecto audiovisual Senderos Posibles, en Youtube y redes sociales, establece como el gran cambio de la electrónica madrileña se ha producido por la legitimación del DJ local. Un diagnóstico que convive, sin embargo, con una fuerte crítica a la deriva reciente de muchos espacios. Para él, el problema no es solo la sobreoferta, sino el vaciamiento cultural de parte de esa oferta.

“Ha bajado bastante la presencia de público en el último año o dos años porque, aún entendiendo la necesidad de sostenibilidad de los proyectos, siento que está mucho más en el centro hacer dinero por parte de algunos espacios que crear algo que sea cultural. En muchos de los sitios la música es lo de menos. Se busca un rendimiento económico y ya”, valora de de un panorama que considera “abundante”, pero que sigue siendo frágil. “Si a la gente le intentas vender algo que no tiene contenido, que es todo imagen y todo continente, es muy complicado que se enganche y que haya continuidad”.

“Ha bajado bastante la presencia de público en el último año o dos años porque está mucho más en el centro hacer dinero que crear algo cultural"

Aun así, ve señales claras de renovación. Una de ellas es la descentralización. “Por fin la música de club en Madrid se ha ido a los no-sitios de Vallecas, y eso me parece muy importante. También está empezando a haber más oferta de día, y la gente lo pide con unas ganas que flipas”, destaca. A la vez que introduce la pata generacional. “Los colectivos jóvenes, gente nacida en 2001 o 2002, están trabajando increíble: mucho más colaborativos, intentando no pisarse, haciendo cosas en conjunto. Se están tomando mucho más en serio el vinilo, la música, todo, a una edad mucho más temprana”, continúa explicando.

Cuando enumera nombres, su mapa mental y geográfico alude a multitud de figuras representativas del nuevo underground madrileño: Margarita, La Intuición, Symbole, Sincronía, 008, Bunkers, Fiesta por Fiesta, Egotrip o Radio Relativa. Y en el horizonte inmediato destaca Pal_co, el nuevo ciclo de Juan Aguinaga que justo se inaugura este viernes, detrás de Tómbolo, como ejemplos de una cultura de club pequeña pero ambiciosa. Su propia práctica se mueve en paralelo, no para quieto. Y próximamente se le podrá ver fuera de Madrid, en Orense y Barcelona.

Distrito 91, identidad frente a saturación

Uno de los agitadores más activos (y relevantes) del underground desde hace varias décadas es Fabio Vinuesa, ahora con la discográfica Distrito 91 como principal espacio de difusión y promoción del electro. Promotor, DJ, pensador, diseñador y acicate del movimiento electrónico, describe la época actual como una fase de crecimiento acelerado, a la que no deja de ver también con un punto de inestabilidad. La entrada masiva de nuevos perfiles tras la pandemia ha transformado el paisaje. “Hay muchísima actividad, ha entrado mucha gente joven en el circuito, un montón de colectivos haciendo cosas constantemente. Hay talento, perfiles con más conexión internacional y un público más curioso, más abierto”, reflexiona de un dinamismo efervescente e hiperactivo, algo que también se traduce en carteles donde los artistas locales ya no son una excepción, sino el centro.

placeholder Distrito 91 / Fabio Vinuesa (Cedida)
Distrito 91 / Fabio Vinuesa (Cedida)

Sin embargo, ese crecimiento tiene algunos limites. “Hay muchos eventos cada fin de semana, y siempre hay algunos que se quedan colgados. Madrid está en ebullición, pero puede haber demasiada oferta”, dice. Y se explaya un poco más: “Lo interesante no es el tamaño, sino la identidad de lo que se está construyendo desde el underground. Hay gente trabajando con un concepto real detrás, intentando contar algo”.

En ese contexto, muestra como puede existir una escena desdoblada. Por un lado, una capa más comercial, vinculada a festivales y grandes formatos; por otro, un circuito underground más reducido, pero también más cuidado. “Hay una escena mucho más pequeña, muy activa, y bastante trabajada. Pero claro, el público al que va dirigida también es limitado”, expone.

Su propio proyecto, Distrito 91, de alguna forma responde a esas dinamicas de funcionamiento. Nacido como sello de electro en vinilo, ha evolucionado hacia un colectivo que ha terminado generando relaciones de afinidad alrededor de fiestas y sesiones. “Nos interesa hacer las cosas con identidad. No solo pinchar música, sino crear contexto: desde los artistas hasta la comunicación o la imagen”. Un proceso que también ha afectado a las propuestas que organizan, menos eventos pero más cuidados. “Hacemos dos o tres al año. Preferimos calidad a cantidad”.

Albal, por una escena queer

Alba Loughlin se esconde bajo el sobrenombre de Albal. “Hay un montón de oferta, un montón de gente haciendo cosas. En otros países están cerrando salas, tiendas de discos, pero Madrid, sorprendentemente, está viviendo un boom”, apunta la DJ y promotora, figura clave en electrónica de la última década, cuando empezó con el colectivo Chica Gang. Uno de los cambios más claros, incide, es la aparición de una nueva escena que tiene mas presencia. “Ahora hay un movimiento de gente joven y queer, que antes no había. Están abriendo espacios fuera del centro, no solo en Vallecas, también en otros sitios como Usera, Alcorcón. Está en un punto bastante interesante”, cuenta de una expansión que también habla de cómo los colectivos comparten programación, colaboran entre sí y generan redes más horizontales.

Foto: musica-electronica-montana-sur-europa-1hms-1svm

No obstante también se muestra critica. “Para la gente que vive en Madrid, el problema es que hay tantas cosas que hacer que se saturan”, revela. La oferta ha crecido más rápido que la capacidad del público para absorberla. A eso se suma una leve desigualdad. “Se nota quién puede y quién no. Hay gente que puede pagar alquileres altísimos para hacer eventos largos, y otra que no”, destaca, introduciendo algo propio de nuestra época, el fenómeno de la gentrificación, al que no es ajena la electrónica.

Radio Relativa,construir comunidad

Desde el cuartel general de Radio Relativa en Usera —integrado en un entorno compartido con talleres, estudios y proyectos creativos— se observan todos los cambios y movimientos alrededor de la escena madrileña. Un rico, diverso y altamente artístico ecosistema donde cada jornada confluyen perfiles que difícilmente coinciden en otros circuitos. “Yo lo veo en un buen momento. Hay bastantes cosas saliendo, bastantes espacios distintos a los habituales. Ahora mismo estamos en un buen momento”, hace balance Pablo Losa, uno de sus integrantes.

Detrás de esa estructura hay un núcleo reducido —seis personas— que se han encargado de sostener, afianzar y dar brío al proyecto, aunque su impacto no se explica solo por la programación. “Nos mola mucho que la gente se mezcle. Que alguien que viene del hip hop coincida con alguien de música experimental. Que se conozcan, que salgan cosas de ahí”, aclara.

Y sobre Madrid y su especial sintonia con todo lo que tiene que ver con vanguardia, baile y experimentación, lo tiene claro: “Me encanta todo lo que hace Real No Real, no tanto por su formato como por su actitud. Cuando organizan algo, muchas veces no sé ni lo que voy a ver. A veces me encanta, y otras no entiendo nada. Pero siempre sé que va a ser interesante”.

Pal_co, un cuidado artesanal

La trayectoria de Juan Aguinaga no se entiende sin su amor al vinilo y a todos aquellos artistas que han formado parte de su adn musical, de la historia del house a las personalidades más esquivas del baile, en el sentido más amplio del término. Su punto de partida, Tómbolo, nació en 2018 como una extensión casi doméstica de una red de afinidades. “Nunca he traído a gente por traer. Son artistas con los que pincho, con los que tengo relación. Se quedan en mi casa el fin de semana. Es otro tipo de experiencia”, destaca de una relación que ha marcado su trabajo, una fiesta cada mes o cada dos, adaptada al artista, al espacio y a la energía disponible.

Foto: publico-festivales-blur-coachella-damon-albarn

Pero ese modelo también desgasta. “Cuando lo haces solo, llega un punto en el que es complicado sostenerlo”, relata. De esa manera surge Pal_co, una propuesta que se acaba de estrenar este viernes, y que tendrá continuidad en la Sala Magno, en uno de sus anfiteatros. “Buen sonido, libertad para ajustar con tu técnico, un dueño que entiende lo que haces”, enumera Aguinaga, también conocido en su labor de selector y pinchadiscos como OG Juan. “Queremos mezclar nombres consolidados que han venido poco —o nunca— con propuestas frescas, siempre acompañadas de locales”. La lista comenzó la semana pasada con Legowelt y continuará con A Guy Called Gerald, Joe Goddard, o Roman Flügel, entre otros. “Algo fresco, pistero, divertido, pero bien hecho”, resume.

Cuando se le tira de la lengua para que dé su opinión sobre el contexto y era en la que vivimos, comenta: “Madrid ha despertado. Han abierto más clubes, hay propuestas más arriesgadas y la gente las compra. Aquí, además, todo el mundo colabora. Los promotores se invitan, comparten artistas, pinchan juntos. Eso no sólo sigue, sino que ha crecido”. Y vuelve a mencionar un nombre que ya otros han destacado, Linear, ejemplo de esa electrónica que se desplaza a naves, con horarios diurnos, y formatos menos previsibles. “Un síntoma más de una ciudad que se encuentra en modo expansivo”, comenta.

Mena G, filosofía en la pista de baile

Jimena Hernández, conocida como Mena G, se ha consolidado como una de las voces más lúcidas dentro de la escena electrónica madrileña contemporánea, tanto desde la cabina como desde la gestión cultural con proyectos como Karne Kulture. Su lectura de este periodo resulta muy reveladora y estimulante: “Creo que la escena electrónica en Madrid está en un momento de auge y esplendor, desde hace varios años diría yo. La democratización y accesibilidad a ser DJ que ha habido en los últimos cinco años ha posibilitado muchísimos movimientos y nuevas fiestas para público más joven que ahora es promotor y DJ aparte de público, lo cual también ha provocado un momento reaccionario de refuerzo de lo analógico y el vinilo, todo ello mostrando las ricas y variadas aproximaciones a la música que hay”.

Ese crecimiento, sin embargo, no está exento de tensiones. Hernández apunta a una sobreoferta y a ciertas dinámicas problemáticas en la pista: “Hay una oferta abundante e interesante. Quizás lo que me falla más es que falta público realmente entregado en la pista de baile, hablar en primera fila ya se ha vuelto algo que asumir. Y una figura de DJ demasiado glorificada en algunos espacios, no olvidemos que somos el puente entre la música de otrxs y la pista, nada más”. Su discurso conecta con otros agentes de la ciudad —de Radio Relativa a Pal_co— que detectan una escena que se abre y se expande pero todavía con un perfil inestable.

"Madrid ha despertado. Han abierto más clubes, hay propuestas más arriesgadas y la gente las compra"

Dentro de ese panorama, Mena G reclama la apertura como un valor diferencial y vertebrador. “Me gustan más los artistas que en este momento de pluralidad y diversidad de escena se mantienen abiertos y se dejan sorprender… estas aperturas transgeneracionales y transestilísticas me dan esperanza”, subraya de un entorno donde ubica propuestas como La Intuición, Girl Toy, Fernweh o Linear, junto a sus propios espacios: Gpoint y Karne Kulture.

Este último, activo desde hace casi siete años, nació como la respuesta a una estructura de poder muy concreta: “Surgió casi como una necesidad frente a un panorama donde el poder estaba claramente en manos de hombres promotores y DJs, y las mujeres estábamos sobre todo en la pista de baile. Esto nos cabreó, y lo demás es historia”, defiende de un proyecto al que recientemente se unio Bat (Rachel), DJ vinculada a Detroit, y que amplia fuertemente su dimensión internacional y estética.

En lo sonoro, Hernández define su práctica desde la mezcla y la amplitud: “Me gusta crear sesiones envolventes, hipnóticas, donde lo ligero y lo profundo dialogue… suena bass, dubtechno, house percusivo, electro, trance, leftfield”, indica de una paleta abierta, que encuentra su mejor síntesis en noches como Keephush x Karne Kulture, que describe como “una noche que representa en todos los sentidos —político, social y musical— el trabajo de estos años… todo el mundo bailando, nadie al teléfono”.

Alimentación Ming Zhu, convertir la fiesta en un lugar de cuidados

Si una parte de la electrónica madrileña actual intenta profesionalizarse sin perder identidad, Alimentación Ming Zhu, colectivo formado por Lau Pacas, Eris De Egaña, Caribe Montiel e Ivan Sette, se mueve en otro plano, el de la construcción de un espacio político, doméstico y afectivo dentro del club. Su propuesta, ahora incorporada a la programación nocturna de Electrónica en Abril, habla de como los cuerpos pueden estar realmente cómodos en una pista de baile y qué condiciones hacen falta para que ese estar juntos no reproduzca la violencia habitual de la noche.

Lo explican desde el principio en términos de identidad y de representación. “Parte del trabajo es encontrar ese punto intermedio en el que todas podamos mostrar nuestra identidad en este mundo creativo. Nosotras hemos intentado darle a este asunto la identidad que trabajamos: el antifascismo, la vida en torno al inmigrante, a lo disidente, a esas minorías que muchas veces están infravisibilizadas en el mundo artístico”, dicen.

Foto: festival-electronica-abril-casa-encendida

La diferencia con otros proyectos está en que esa política se expresa organizando un espacio, haciendolo habitable y accesible a todes, como les gusta decir. Su lugar de origen es una casa en Puerta del Ángel. Allí, explican, una de las pocas normas es no fumar dentro y no entrar con zapatos. Elisa Luengo, que conoció el proyecto en ese contexto, hablaba de ese gesto como algo revelador: descalzarse, bajar el ritmo, entrar de otra manera. Una de sus integrantes cuenta que la idea surgió después de un accidente y una larga estancia hospitalaria. “Cuando salí, pensaba que igual no podía volver a bailar. Tengo un porcentaje alto de discapacidad y empecé a pensar que ninguno de los espacios que había en Madrid me gustaba para bailar: eran agresivos o había machismo, homofobia, transfobia. Entonces pensé que me gustaría tener un lugar donde se pudiera bailar sin tener que preocuparte de la persona que tienes al lado, donde pudieras sumergirte en la música y saber que esa persona te va a cuidar si necesitas algo”, señala.

Esa idea —la pista de baile como un lugar de cuidados y no de amenaza— es probablemente una de las aportaciones más singulares del colectivo al momento actual de la electrónica madrileña. “Para nosotras no es solo bailar, ni solo droga, ni ligar. Es el momento de encontrarse con otros cuerpos y poder canalizar esa energía y transformarla en algo conjunto”, subrayan.

Su lectura sobre Madrid también es de las más complejas. Rechazan la idea de una escena homogénea y la sustituyen por una serie de capas. Por un lado, una capa comercial, centralista, orientada al rendimiento económico y a la acumulación de capital simbólico. Por otro, una escena underground más precaria, donde se generan lazos y redes reales y afectivas, especialmente entre colectivos disidentes, migrantes y queer. “Yo sí tengo la sensación de que hay una escena underground en la que hay un montón de colectivos que, aunque estén separados entre sí, se van solidificando. Lo veo mucho en esas salas privadas de Vallecas y también en proyectos como el nuestro. Pero sigue siendo una escena muy underground, muy precaria, y en Madrid organizar cosas así es dificilísimo porque las salas son impagables”. concluye. Una presión económica que al final termina empujandonos muchas veces fuera de la ciudad. “Una de las ideas principales de salir de nuestro espacio es intentar llevar nuestras ideas a las salas, para que puedan acoger proyectos diferentes y para que colectivos que necesitan esos lugares para subsistir encuentren ahí una posibilidad”, resumen.

Se habla, se ve y se escucha. La escena electrónica madrileña está en uno de sus mejores momentos. Y lo hace desde el underground, sin despuntar demasiado. Aunque algunas propuestas ya vayan siendo más visibles, en clubes o festivales. Aupado por una generación de jóvenes colectivos, a los que se suman también perfiles de la vieja escuela, que no han perdido el colmillo por estar al día y unirse a lo nuevo. Todo esto sucedió el fin de semana pasado con Electrónica en Abril, el decano de festivales vinculados al baile y la experimentación en Madrid, con más de una veintena de ediciones

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