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No es el Retiro: los jardines de cuento de Madrid que datan del siglo XVIII y que solo abren los fines de semana
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No es el Retiro: los jardines de cuento de Madrid que datan del siglo XVIII y que solo abren los fines de semana

La capital alberga muchos espacios de naturaleza que son perfectos para desconectar: algunos son más conocidos que otros

Foto: El Capricho, más que un parque es un jardín histórico (Imagen cedida: Alfredo Cobo)
El Capricho, más que un parque es un jardín histórico (Imagen cedida: Alfredo Cobo)

Madrid guarda un lugar que no parece Madrid. No tiene el ruido del Retiro ni su desfile constante de turistas. Aquí hay otra cosa: silencio, sombra, una sensación leve de estar entrando en un decorado antiguo. Y, además, una condición que lo hace todavía más raro: solo abre los fines de semana.

Se llama El Capricho, y el nombre no es casual. Hay algo caprichoso, casi arbitrario, en su existencia. Está en la Alameda de Osuna, lejos del centro que todo lo absorbe, y durante años ha funcionado como un jardín medio oculto, conocido a medias, visitado con cierta sensación de privilegio.

El Capricho nació más como fantasía privada que como parque público. A finales del siglo XVIII, la duquesa de Osuna decidió construir un espacio donde pasear, mirar y, sobre todo, representar una forma de vida. No era solo un jardín: era una escenografía.

Lo curioso es que esa idea sigue ahí. Pasear por sus caminos no se parece a recorrer otros parques de Madrid. Hay zonas que parecen ordenadas con una lógica casi geométrica y, de pronto, otras que se vuelven más salvajes, más inglesas, más libres. Todo está pensado, pero nada parece evidente.

placeholder Los jardines del capricho. (Europa Press)
Los jardines del capricho. (Europa Press)

Durante años, algunas de sus construcciones habían quedado en segundo plano, como piezas olvidadas dentro del conjunto. Ahora han vuelto a aparecer con más claridad. El antiguo casino de baile y el fortín —dos elementos que podrían parecer secundarios— recuperan su lugar en la historia del parque.

El casino tiene algo de eco lejano: fiestas, reuniones, gente vestida de otra manera. El fortín, en cambio, juega a ser otra cosa. No es una fortaleza real, sino una versión estética, casi lúdica, de lo militar. Un elemento más dentro de ese teatro que es El Capricho.

Un paseo con capas

El parque no se agota en una sola lectura. Tiene varias. Está la superficie —los caminos, los árboles, el silencio— y luego están las capas que aparecen poco a poco. La Casa de la Vieja, por ejemplo, que remite a un tipo de ocio ya desaparecido. O el búnker de la Guerra Civil, que introduce una grieta histórica en medio del paisaje romántico.

Hay también pequeños detalles que cambian la percepción del lugar: un templete en lo alto, una ermita, incluso historias que no se pueden comprobar del todo, como la de un ermitaño enterrado allí. No hace falta creerlas para que funcionen.

Foto: restauracion-dos-joyas-parque-el-capricho-madrid

Quizá lo más extraño de El Capricho es que no termina de comportarse como un parque urbano. Solo abre sábados, domingos y festivos. La entrada es gratuita, pero el acceso es limitado. No se puede entrar con mascotas, ni con bicicletas, ni hacer muchas de las cosas que se hacen en otros jardines.

Sirve este sitio ara pasear con cierta lentitud. Para sentir, durante un rato, que Madrid tiene rincones que no encajan del todo con la idea que tenemos de la ciudad.

Este lugar no intenta parecer otra cosa. Porque sigue siendo, en el fondo, lo que fue desde el principio: un capricho.

Madrid guarda un lugar que no parece Madrid. No tiene el ruido del Retiro ni su desfile constante de turistas. Aquí hay otra cosa: silencio, sombra, una sensación leve de estar entrando en un decorado antiguo. Y, además, una condición que lo hace todavía más raro: solo abre los fines de semana.

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