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Un madrileño en Madrid con disfraz de turista
Resulta atractiva la experiencia de visitar la propia ciudad con una mirada extranjera, durmiendo en un hotel incluso y accediendo a El Prado como si fuera la primera vez
Hay una forma secreta de viajar que consiste en quedarse. En permanecer exactamente donde uno está y, aun así, desplazarse con la impostura de un turista en fibrilación. Madrid admite ese experimento con una docilidad sorprendente. Basta un gesto mínimo, casi ridículo en apariencia. Reservar una habitación en un hotel del centro. Fingir que se llega de fuera. Dejar la llave de casa en el bolsillo y cruzar la ciudad como si perteneciera a otro.
El madrileño vive entre itinerarios útiles. Trayectos que empiezan y terminan en un propósito. De modo que la primera anomalía surge al romper ese mecanismo. El hotel introduce una distancia inmediata. La habitación carece de pasado, el silencio se vuelve impersonal, la ventana encuadra la ciudad sin obligaciones. La Gran Vía abandona la rutina de un eje funcional y se transforma en espectáculo. Luces, fachadas, un cierto exceso que la costumbre había domesticado.
La metamorfosis del indígena en turista comienza por obligación y por convicción en el Museo del Prado. Entramos a la pinacoteca con la urgencia de quien busca un refugio. Por eso resulta una buena idea abstraerse del mainstream, buscar el silencio y el estupor en las salas de las pinturas tardogóticas, por ejemplo.
Y tomarse un café en la terraza de la pinacoteca, sin las prisas que condicionan normalmente la visita a El Prado en otros horarios frenéticos. Tiene sentido descubrir el Retiro como quien pasea por los jardines de Luxemburgo. Y lo tiene identificarse con las costumbres comerciales de los foráneos, llegando al extremo de comprar un souvenir para decorar la nevera.
No hay mayor exotismo que el de la propia casa cuando uno decide, por fin, dejar de habitarla para empezar a observarla. El madrileño vive su ciudad como un decorado de fondo, un ruido blanco de tráfico y prisas, hasta que sobreviene la experiencia de visitarla con una mirada "de fin de semana".
El almuerzo desplaza el foco hacia ese restaurante que circula en conversaciones, en fotos, en recomendaciones insistentes. Acceder al templo japo-peruano implica aceptar la pausa de un teatro del placer. Mesa, iluminación, gestos medidos. La cocina propone, pero el contexto construye el relato. Madrid demuestra ahí una habilidad particular para fabricar presente, para convertir lo inmediato en tendencia y sostenerlo con una convicción casi ritual.
Resulta pintoresco pasear por las calles del foro fingiendo que no las conoces. Asombrarse de una ciudad que es la tuya, pero con la novedad de una perspectiva virginal. Incluida una escala nocturna entre las paredes del Café Central. Allí, bajo las molduras de madera y el eco de mil noches insomnes, una banda cosmopolita -mezcla de metales británicos, percusión caribeña y un piano con acento de Brooklyn- se conjura para invocar el fantasma de John Coltrane.
El saxo desgarra el aire con esa urgencia espiritual. Las cabezas se agitan al compás, las gafas de pasta resbalan sobre narices sudorosas y el postureo claudica ante la verdad desnuda de un soplido que no entiende de estatus, sino de una belleza salvaje que te justifica el sablazo de la entrada y la pose intelectual.
Reconozco las renuncias de mi finde madrileño. He dejado pasar la liturgia de los musicales y he evitado internarme en ese Piranesi contemporáneo que es el Primark de Gran Vía, con sus escaleras infinitas y su vocación de extravío. La compensación la he encontrado en el Teatro Real, con El sueño de una noche de verano de Britten. Deborah Warner dispone la escena como un territorio suspendido, un sueño que se pliega sobre sí mismo, donde el tiempo avanza con una lógica distinta, más insinuada que impuesta. La música no transcurre, se demora. Y uno se instala ahí con una comodidad extraña, casi hipnótica. Por eso la salida resulta brusca. La ciudad irrumpe sin transición, con su prisa recuperada, con ese ritmo que parecía haber quedado en suspenso durante unas horas. Se vuelve a Madrid de golpe, sin escala, sin filtro. Pero algo se ha modificado. Quizá una mirada más afinada, menos indulgente. La de quien ha aprendido a distinguir entre la taberna que conserva una verdad modesta y la que se limita a escenificarla para el visitante. En ese gesto mínimo, casi imperceptible, se resuelve todo el viaje.
Urge agradecer la ventaja secreta de este viaje inmóvil. Ninguna cinta de equipajes, ningún retraso anunciado con voz metálica, ningún adiós impostado en una puerta de embarque. Se vuelve andando. Se vuelve de inmediato. Se vuelve casi sin transición, como quien se quita un disfraz en mitad de la calle. Madrid reaparece entonces con sus concesiones dudosas, con la Almudena imponiendo su volumen aberrante, con Colón insistiendo en una grandilocuencia fatigada, incluso con la herida absurda del Café Gijón reducido a escombros en la imaginación de quien ya no distingue del todo entre lo real y lo vivido. Y aun así, o precisamente por eso, la ciudad se deja aceptar de nuevo. Recuperar la condición de madrileño consiste en asumir ese catálogo de imperfecciones sin necesidad de justificarlo, con la íntima satisfacción de haber viajado lejos sin haber tenido que marcharse.
Hay una forma secreta de viajar que consiste en quedarse. En permanecer exactamente donde uno está y, aun así, desplazarse con la impostura de un turista en fibrilación. Madrid admite ese experimento con una docilidad sorprendente. Basta un gesto mínimo, casi ridículo en apariencia. Reservar una habitación en un hotel del centro. Fingir que se llega de fuera. Dejar la llave de casa en el bolsillo y cruzar la ciudad como si perteneciera a otro.