'Eclosión', la muestra que recuerda cómo Madrid (y el CBA) fueron un motor cultural en la democracia
Una exposición recorre la efervescencia artística que transformó la capital y convirtió al Círculo de Bellas Artes en uno de los epicentros europeos de la cultura
Ilusión. Así podía haberse llamado también la muestra que estos días puede verse en el Círculo de Bellas Artes, Eclosión. El Círculo de Bellas Artes en los 80 y los 90. Una palabra que resume bien el clima de aquellos años en Madrid. Ilusión, entusiasmo, apertura. Energía colectiva después de una etapa de enorme languidez.
Un proyecto expositivo que arranca en 1983, cuando una nueva Junta Directiva encabezada por el escultor canario Martín Chirino asume la dirección de la institución. El Círculo, una de las entidades culturales más prestigiosas del país, llevaba años lejos de su antigua vitalidad. Durante la dictadura había perdido buena parte de su función como casa de las artes. "El único lugar de Madrid donde se permitía el juego. En sus salas se barajaban cifras muy importantes", recuerda un recorte de prensa del diario Ya, escrito por la periodista Cristina Gil y fechado en mayo de 1983.
"Nos pareció lo más oportuno hacerlo a partir de los años ochenta, que es cuando hay un cambio completo en el Círculo, teniendo en cuenta que venía de una época durante la dictadura en la que todos los objetivos que tenía como Casa de las Artes habían desaparecido", señala la comisaria de la exposición, Oliva María Rubio. El nuevo equipo, formado enteramente por artistas, donde también había mujeres (Marisa González, Josefina Molina, Amalia Avia, María Montero y Carmen Hermosilla) aspiraba a recuperar el espíritu original de la institución, aquel que había acompañado la construcción del edificio en los años veinte y treinta, cuando el Círculo era uno de los centros culturales más dinámicos de Madrid.
"Se quería hacer del Círculo lo que en sus orígenes había sido: un centro, una casa de las artes, con una nueva disyuntiva, abrirlo al público porque hasta entonces era para los socios exclusivamente", señala Rubio de un espacio que además va a ampliar su número de socios, que pasan de los 1.500 a los 5.000. "El Círculo de Bellas Artes de Madrid, que en las últimas décadas era tan estrecho que en su radio de acción no cabían los artistas, se ha ensanchado ahora lo suficiente como para que quepan todos", dijo la noche de la inauguración el ministro de Cultura de esos años, Javier Solana. Un acto inaugural al que asistieron 4.000 personas. Aquella noche, además, hubo una performance de Paloma Navares, que contó con música del legendario Luis Paniagua, integrante del Atrium Musicae; presentación de Massiel y orquesta de Juan Carlos Senante. "Era salir de una dictadura y entrar en una democracia, con todo el entusiasmo de las cosas que quedaban por hacer", explica Rubio.
Talleres, poesía y nuevas artes
Lo que siguió fue una actividad incesante. Exposiciones, seminarios, ciclos de pensamiento, conciertos, teatro, cine, talleres. El edificio se convirtió en un espacio dinámico, con un movimiento continuo de artistas, intelectuales y público. "Fue tal la cantidad de actividades que es imposible resumirlas. Y seguro que otra mirada habría destacado otras cosas, pero realmente fue un despliegue enorme en todos los ámbitos", insiste Rubio, a la que le gusta resaltar por encima de todas, aquellas vinculadas al formato taller.
Los Talleres de Arte Actual fueron una iniciativa central dentro de la diversidad de formatos y actividades que ocuparon el edificio de la calle Alcalá. Fueron espacios de trabajo de enorme intensidad, donde un artista de prestigio convivía durante varias semanas con un pequeño grupo de jóvenes creadores. "Los talleres son lo que dieron la oportunidad a muchos artistas que hoy día son importantes para tener una enseñanza absolutamente diferente a la que se tenía en las academias", explica Rubio. "Había una relación totalmente directa entre el alumno y el profesor, que además era un artista de renombre. Para mí esa actividad fue fundamental para las generaciones de artistas que vinieron después".
Por allí pasaron algunos de los nombres más relevantes del arte contemporáneo: Antonio Saura, Lucio Muñoz, Luis Gordillo, Antonio López, Eduardo Arroyo, Nacho Criado, Nancy Spero o Julian Schnabel. Rubio recuerda, por ejemplo, el taller de Spero con una escena muy concreta: "Ella utilizó la Minerva como tema para su propio taller. Los alumnos pintaban o dibujaban imágenes relacionadas con la diosa romana y se ve cómo ella está allí con las alumnas en la azotea, animándolas, ayudándolas".
El espíritu pedagógico de aquellos talleres quedaba definido por una idea de participación colectiva. El artista Gustavo Torner lo resumía en la prensa de la época: "Esto es todo lo contrario de un vulgar taller donde un profesor enseña a los alumnos. Yo quiero que participemos todos y entre todos nos vayamos inventando las cosas". O la del imprescindible Isidoro Valcárcel Medina, que en plan de trabajo proclama como "este no es un taller para aspirantes a artistas en el sentido mítico del término, sino un curso indiscriminado para vivir artísticamente".
La vida cultural del Círculo no se limitaba a la enseñanza. También fue un lugar determinante para la poesía y el pensamiento. Entre 1990 y 1995 se celebraron las Veladas Poéticas. Pasaron por allí Rafael Alberti, José Manuel Caballero Bonald, Antonio Gamoneda, Claudio Rodríguez o Clara Janés. Y también grandes nombres internacionales. "Me acuerdo del impacto que tuvo cuando estuvo Allen Ginsberg recitando su Aullido en el Círculo, con el Teatro Fernando de Rojas absolutamente abarrotado y un ambiente emocionante", dice Rubio. En las salas de la exposición se pueden ver carteles de recorridos, como el del 20 de septiembre de 1993, que consistió en una manifestación entre el Círculo y la Casa de América en recuerdo de Pablo Neruda, recitando sus versos y llevándolos impresos en pancartas.
La institución también se adelantó a fenómenos que más tarde serían centrales en el panorama cultural español. En 1984 organizó el primer Festival Nacional de Vídeo. Y en 1985 puso en marcha el festival de fotografía contemporánea FOCO. "Fue la primera vez que en España pudieron venir muchos fotógrafos internacionales que aquí no eran nada conocidos", recuerda Rubio, que durante 21 años fue directora de Exposiciones de La Fábrica.
Los artistas jóvenes y la intensidad de una época
Para muchos creadores jóvenes, el Círculo fue una escuela informal y un punto de encuentro. El artista Javier Riera lo vivió desde dentro.Tenía poco más de veinte años cuando participó en los talleres. "Yo tenía 23 años cuando hice el primer taller con Carlos León y luego hice el de Julian Schnabel. En ambos casos fue una experiencia de formación importantísima", comenta en conversación telefónica desde Ratisbona, donde se encuentra estos días dentro de un festival de arte lumínico.
"Los talleres duraban entre una semana y un mes y éramos un grupo pequeño de jóvenes artistas muy comprometidos con lo que estábamos haciendo", puntualiza sobre las duraciones y las relaciones que se establece con otros compañeros. "Los artistas explicaban su trabajo, pero sobre todo revisaban el tuyo. Era tener la supervisión directa del artista sobre tu obra".
En el taller de Schnabel el ambiente era casi teatral. "Él tenía cierto sentido del espectáculo y es verdad que vino en pijama y bata un par de días", cuenta Riera. "Tenía una capacidad enorme de profundizar en la obra de los alumnos. Veía lo que estabas haciendo y tenía una penetración psicológica increíble para comprender tu trabajo y tu personalidad".
Unos encuentros de los que surgieron también amistades y trayectorias compartidas. "Coincidí con Jorge Galindo, Javier Peñafiel o Felicidad Moreno. De ahí salieron relaciones que han durado muchos años", dice Riera. Y destaca cómo el Círculo era mucho más que un espacio cultural. "El Círculo era un faro completamente. Era una referencia en música, en literatura, en todo", explica.
Un clima que también se percibía en la vida cotidiana. "Madrid era una ciudad mucho menos árida que ahora. Había muchísima movilidad, muchísima actividad cultural, conciertos, fiestas", añade. "Había una gran ilusión y una gran efervescencia. Era una época muy activa". Sin embargo lo que Riera recuerda con más claridad es el interés que existía en aquellos talleres. "En esa época el estado de atención y de concentración era muy distinto al de ahora", matiza. "Ahora hay una interferencia constante con la hipercomunicación, con las redes sociales. Había un estado de concentración en lo que estaba pasando en ese momento que ahora no tenemos. Hemos evolucionado hacia una mirada más distraída".
La ciudad era una fiesta
El Círculo también fue un lugar de celebración colectiva. Recuperó tradiciones que habían desaparecido durante décadas. Uno de los mejores ejemplos, aquel que convirtió al edificio de Antonio Palacios en una fiesta, fue el baile de carnaval. El evento llevaba años prohibido y volvió a celebrarse en 1984. Pronto se convirtió en uno de los acontecimientos sociales más concurridos de Madrid.
"El baile de carnaval tuvo un impacto enorme cuando se recuperó. Era imposible entrar. Miles de personas asistían", asegura la comisaria de una institución que se convertirá en un punto de encuentro entre arte, vida nocturna y debate intelectual. Un espacio híbrido donde convivían conferencias, recitales, fiestas o exposiciones. "Se quería hacer del Círculo un centro de la cultura española y una referencia de las artes de ese momento".
La ciudad también va a secundar ese movimiento. Son años en los que nace ARCO, el museo Reina Sofía abre sus puertas y numerosas galerías amplían el circuito artístico madrileño. "Fue salir de la nada y de repente florecer", dice Rubio. El Círculo no era el único actor, pero sí uno de los espacios donde todas esas energías se interconectaban.
El recuerdo de una energía colectiva
La exposición Eclosión intenta reconstruir ese momento de intensidad cultural a través de fotografías, documentos de archivo y registros audiovisuales. Para Rubio, el objetivo era evitar una mirada nostálgica. "Yo no quería que quedara una exposición en blanco y negro, nostálgica. Hubo un despliegue de energía enorme y eso tenía que verse".
Una sensación compartida que atravesaba la ciudad. "Había un momento de ilusión y de actividad enorme", dice Riera. Y Rubio añade: "Era una sociedad mucho más abierta al exterior, con muchas más ganas de participar en lo colectivo". Hoy el panorama cultural es distinto. La tecnología ha cambiado la forma de relacionarse con el arte y con la atención. "Ahora somos una sociedad más individualista, más encerrada en las pantallas", precisa Rubio. Aun así, la exposición propone mirar aquellos años como un recordatorio de lo que puede ocurrir cuando una institución, una ciudad y una generación coinciden en el tiempo.
Ilusión. Así podía haberse llamado también la muestra que estos días puede verse en el Círculo de Bellas Artes, Eclosión. El Círculo de Bellas Artes en los 80 y los 90. Una palabra que resume bien el clima de aquellos años en Madrid. Ilusión, entusiasmo, apertura. Energía colectiva después de una etapa de enorme languidez.