Un ratón alquimista y una vertiginosa nueva realidad: todo es posible en Madrid in Game
Entre realidad virtual, talento independiente y ambición industrial, Madrid in Game anticipa un futuro en el que jugar será mucho más que un entretenimiento
Vayan preparando un huequito de unos pocos metros cuadrados en sus casas. Olvídense de anacronismos como las suscripciones a Netflix, los smartphones o, no digamos ya, los libros. Eso, según lo visto, quedará apolillado en cuatro telediarios. Uno nunca ha sido proclive a aceptar distopías abstrayentes del tipo: me tomo una pildorita roja y me doy de baja de esta realidad o me calzo unas gafas morrocotudas y me dedico a dar volteretas por un universo superpopi, modo Ready Player One, de Steven Spielberg.
Una vez visitado el recién estrenado Discover Center, del madrileño campus del videojuego Madrid in Game, debo reorientar mis expectativas. Sí, la realidad virtual está a la vuelta de la esquina. Y, de democratizarse esta tecnología en los hogares, ya podemos olvidarnos de venderle la poética moto al personal de pararse a oler las flores… ¿Quién quiere olfatear tomillo pudiendo ver a un velociraptor moviéndose por el desierto?
Porque esto es lo que permite la sala de realidad virtual, gratuita y disponible bajo cita previa, del Discover Center de Madrid in Game: dinosaurios deambulando por hábitats naturales variados, un cuerpo humano en movimiento con las arterias a la vista —pura casquería en 3D— y un Madrid futurista, con sus taxicópteros de El quinto elemento, que se presenta esplendoroso ante el espectador desde un ascensor vertiginoso como el del Charlie y la fábrica de chocolate de Tim Burton. El skyline virtual, casi palpable, resulta francamente acojonante. Aunque la experiencia no informa del precio de esos apartamentos brillantes como luciérnagas urbanas. ¿Habrá resuelto la tecnología, en el horizonte de sucesos que es el futuro, los problemas de la vivienda?
Cuando pensamos en los tiempos venideros nos cuesta imaginarnos en el lado estropeado, en el margen polvoriento y fracasado en el que, por ejemplo, viven los protagonistas de Ready Player One. Un universo donde reinan la miseria y la indiferencia, haciendo razonable cualquier excusa para huir de la existencia. Cabe preguntarse si este aperitivo disponible en las instalaciones de Madrid in Game no es el principio de una mecha que nos empuje a habitar una realidad digital paralela e inmersiva, estando hoy ya bastante entrenados con la de las pantallas. ¿A quién le importa que todo esté hecho una ruina si podemos vivir otra vida artificial plagada de manjares y oportunidades?
No quiero caer en una fascinación declarada por apuestas tecnológicas en las que hay algo que invita a lo siniestramente conspiranoico y freak, pero la propuesta del Discover Center resulta prometedora. En este espacio no solo hay lugar para realidades alternativas; también existe una propuesta pedagógica para que los asistentes entiendan los entresijos de la industria del videojuego, que va mucho más allá del espantoso prejuicio de cuatro postadolescentes granujientos y nerdosos con latas de Monster formando un dique a su alrededor.
Para ello, el centro no sólo dispone de varias salas explicativas, sino que, a través de minijuegos y otras propuestas interactivas, es posible crearse un perfil en el que el visitante descubra cuál sería su cometido laboral ideal dentro de la industria: creación, marketing, diseño… Bastan unos minutos jugando con una consola para conocer el enfoque óptimo. Eso, sumado a las teorías de la gamificación —que pretenden emplear estrategias lúdicas para educar—, convierte la propuesta del Discover Center de Madrid in Game en una reveladora visita con la que preconizar cómo se desarrollarán, en el futuro inminente, gran parte de nuestras actividades, desde las ociosas hasta las laborales.
El resto del campus del videojuego de Madrid también ofrece actividades relativas al sector que atraen a un gran número de curiosos y amantes de los videojuegos, así como a profesionales de una industria que mueve alrededor de 200.000 millones de dólares anuales en el mundo y unos 2.400 millones de euros en nuestro país. Viendo esas cifras, no es de extrañar que en las instalaciones se disponga de un Esports Center, que es, a la manera de las bibliotecas públicas, un espacio reservable para jugar con ordenadores punteros y donde los diferentes equipos locales de los videojuegos más exitosos —League of Legends, Counter-Strike o Clash Royale— se reúnen para entrenar. Un lugar donde jugarse unas pachangas con los amigos o trabajar el músculo competitivo para participar en lo que ya es, a todas luces, una industria deportiva de altísimo nivel, expectación y beneficio.
Pero la joya del campus está oculta al final. Un lugar exclusivo, cerrado al público y con sistemas de seguridad dignos de Misión Imposible: el Development Center, la aceleradora de startups donde los prodigios patrios del sector maquinan sus creaciones como en los laboratorios de Jurassic Park, pero sin bata ni Samuel L. Jackson fumando como un carretero.
Me perdonarán la constante referencialidad a la cultura pop, pero es que Madrid in Game parece el lugar idóneo para reverenciar estas fantasías, siendo como es un espacio donde se juega y se da vida a otras nuevas.
Entre las fantasías con denominación de origen española que podrán disfrutarse en no mucho frente a una pantalla está AlcheMice, creado por Red Mountain Game. Una estrafalaria fábula donde un ratón alquimista debe recorrer las calles de la Granada del siglo XV, empleando hechizos y dejando su destino en manos de las cartas del tarot para llegar hasta la Alhambra, donde habrá de enfrentarse a Gusparda, una gorrina pitonisa de lo más sospechosa.
A los mandos de este humilde estudio está José Carlos Montero. Todo un atleta de los videojuegos, con casi treinta años de carrera a sus espaldas, que ha puesto toda la carne en el asador para que AlcheMice salga a la luz. Y cuando digo toda la carne, me refiero a que ha invertido todo su tiempo y dinero propios para parir esta criatura. Un admirable salto a tumba abierta que ya ha recogido numerosos galardones.
"Esto lo estoy financiando yo a base de créditos y de no cobrar mi parte por coger otros proyectos", afirma Montero en las instalaciones del Development Center, frente a una pantalla donde muestra el funcionamiento de su obra. "Este juego va a costar, aproximadamente, entre 250.000 y 300.000 euros. Son cuatro o cinco personas trabajando, como mínimo, un par de años para sacarlo adelante", confiesa. A pesar de las ambiciosas cifras se reconoce encantado. "La gente que ha podido probar la demo le está dando valor al trabajo que hemos hecho; eso es importante, y yo estoy francamente contento con el resultado".
Y no es baladí estar encantado con algo que ha costado sangre en las yemas de los dedos, sudor y alguna que otra lágrima ante el vértigo de la inversión. Algo habitual en juegos como este de Red Mountain Game, a los que se denomina indies: "Desarrollos de equipos pequeños que pueden contar con cierta financiación de un publisher, pero que manejan presupuestos bajos", dice Montero. "Cuando empiezan a hablarse de cifras de dos, cuatro o diez millones en adelante, entramos ya en la categoría de doble A". Y si alcanzan la superproducción, en la de triple A. Algo así como las diferencias entre el cine de serie B y las grandes superproducciones de Hollywood.
En aventuras como la de José Carlos Montero, la aceleradora de Madrid in Game funciona como un parque de atracciones profesional donde utilizar herramientas de alto coste más allá de las fronteras domésticas. El proyecto del Ayuntamiento no financia directamente los videojuegos, pero sí ofrece soluciones, infraestructuras y acompañamiento a sus creadores. Entre ellos, José Carlos y ese ratón que trastabilla con las pócimas como un Walter White del Renacimiento mágico granadino.
"En términos de conocimiento y alquimia en los siglos XIV, XV y XVI", asegura Montero al preguntarle por su elección de la ciudad andaluza, "era muy importante. Granada era un centro cultural de peso dentro de Europa y había muchísimo acceso a conocimiento alquímico, libros y universidades. Además, ya me apetecía hacer algo en España, porque el juego anterior que había hecho sucedía en China. ¿Para qué me voy a ir a China si lo puedo hacer aquí?", concluye el creador, consciente del potencial patrio aún por explotar.
Una jugada —la de enmarcarlo en España y en ese territorio tan atractivo como misterioso que es la alquimia— que ya le ha valido a Red Mountain Game no pocas alegrías. "Artísticamente", explica Montero, "nos llevamos un premio en el Castilla y León Game Show del año pasado; en el IndieDev Day, otro a mejor arte; y ahora, en el GDC de San Francisco, nos hemos llevado tres: Xsolla ha seleccionado a 45 equipos de todo el mundo, y el propio GDC nos ha dado un Best in Play, que es acojonante". Una ristra de éxitos que promete convertir AlcheMice en una de las próximas referencias del panorama indie, con un nivel de trabajo y documentación de gran altura.
Madrid in Game y AlcheMice son una muestra de cómo España no tiene por qué ir a rebufo de las tendencias. Muestra que somos un país con una cantera creativa de primer orden, sea cual sea el juego, y Madrid sirve de punta de lanza para esa demostración. Dense un pase por las instalaciones o estén atentos al estreno de la criatura del equipo de José Carlos Montero. Verán que no les miento.
Vayan preparando un huequito de unos pocos metros cuadrados en sus casas. Olvídense de anacronismos como las suscripciones a Netflix, los smartphones o, no digamos ya, los libros. Eso, según lo visto, quedará apolillado en cuatro telediarios. Uno nunca ha sido proclive a aceptar distopías abstrayentes del tipo: me tomo una pildorita roja y me doy de baja de esta realidad o me calzo unas gafas morrocotudas y me dedico a dar volteretas por un universo superpopi, modo Ready Player One, de Steven Spielberg.