Balas atrapadas con la boca y rosas naciendo del fuego: así es el Festival Internacional de Magia de Madrid
El Festival Internacional de Magia de Madrid devuelve la capacidad de asombro: balas que se detienen en el aire y rosas que nacen del fuego desafían el cinismo que nos rodea, recordándonos que lo imposible puede ser real
Umberto Eco decía que la literatura es la inmortalidad hacia atrás, capaz de devolvernos a cuando Caín le zurró a Abel hasta la muerte con una quijada de asno. La magia, a su manera, consigue algo similar. Nos lanza de lleno a la infancia, a cuando la incógnita era como una sabrosa sacudida, emocionante, misteriosa, alejada del cinismo que acabaría infestándonos con la madurez. Antes de que nuestras bocas profiriesen dudas y escepticismo, de niños buscábamos el consuelo de lo desconocido con curiosidad. Con la mirada limpia. En medio de un entusiasmo palpitante, agriado con el paso de los años, pero que resiste en nuestro subconsciente y es capaz, si se lo invoca, de traer nada más sean unos instantes de felicidad.
Por decimosexto año consecutivo, Madrid se convierte desde el 18 de febrero hasta el 15 de marzo en la capital mundial de la magia. El Festival Internacional de Magia de Madrid reunirá durante esos días a seis de los mejores magos internacionales, como Francesco Della Bona (Italia), Calista Sinclair (Australia), Celia Muñoz (España), Aaron Crow (Bélgica), Han Manho (Corea del Sur) y el director de la cita, Jorge Blass. ¿El escenario? El Teatro Circo Price. Un vestigio irreductible de tiempos en los que las actividades circenses deslumbraban a un público transversal, como hoy lo hacen las tertulias políticas en televisión. Sin los mismos chascos y polarizantes resultados, claro.
No es casualidad que la ciudad se haya convertido en uno de los epicentros del ilusionismo: "Después de Las Vegas, Madrid es el lugar donde más shows hay a la semana. Casi todos los días puedes ver un espectáculo", afirma Blass, en una entrevista con El Confidencial.
Jueves 19 de noviembre, el Teatro Circo Price está abarrotado. Lo mismo hay infantes que fans de Pinito del Oro que la vieron actuar en la misma arena en donde se disfruta de este festival de magia. Este lugar no es solo un establecimiento, encarna una responsabilidad. Si los fantasmas de todos quienes estuvieron pudieran hablar, exigirían a quienes capitanean las tablas que respetaran su legado. Una herencia colmada de grandes proezas que este día de estreno queda rematado por la presencia de personalidades como el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida.
Siendo menester, Jorge Blass, director y mago encargado de llevar la batuta del evento, convoca al alcalde a romper la botella de champán contra el casco del festival. Para ello, se le invita a subir a las tablas. Algo ortopédico, el alcalde sube a zancada inquieta hasta el escenario, antes de que Blass haga llamar a una reconocidísima personalidad del mundillo para homenajearla: Anthony Blake.
Por un momento, puede oírse el sudor resbalando por la frente de Almeida, instantes previos a ofrecerle el atril al famoso mentalista para recibir el premio a la carrera más destacada dentro del mundo de la magia en 2026. No irá, parece decir el rostro del alcalde, a manipularme para darle mi beneplácito a la última ocurrencia de Gabriel Rufián, ¿verdad? ¿O a ponerme una pelota de fútbol y forzarme a dar uno de mis característicos punterones? Su rostro, de sonrisa apretujada, parece rezar plegarias similares.
El público, por un instante, también llega a temer que alguna cabeza se convierta en la diana de José Luis Martínez-Almeida. Incluso la consejera de Cultura, Marta Rivera de la Cruz, presente entre el respetable, levanta levemente las manos para que el pelotazo no le quite de un golpe la idea para su próxima novela. Bastaría que Blake chasquease los dedos para regalarnos, a todos los españoles, otro espectáculo además del encuentro mágico de la velada.
No obstante, el mentalista se mantiene sereno. Casto frente a la tentación. Impermeable a los impulsos que, seguro, le invitan a poner en marcha la performance antes descrita en el escenario del Price. Blake, sencillamente, se dedica a agradecer. A reverenciar a Madrid como la ciudad que se lo ha dado todo. Y con todo, hablamos antes de su mujer, de su vida fuera de los escenarios, más que de la fama adquirida a expensas de la capital. "Y si lo imposible no fuera un límite, sino una invitación", sentencia el mentalista. Una proclama que, a todo el público, de manera transversal, se pinten canas o se lleven pañales, emociona empujando al aplauso.
Instantes después, y liberadas las tablas, suena pistoletazo de salida del festival a ritmo de tambores acelerados. Una anciana se pasea hasta una butaca de las dos dispuestas en mitad del escenario. Mientras, una mujer con un niño en brazos se coloca a su vera. La supuesta criatura –a todas luces una manta hecha un burruño– descarga una llantina insoportable mientras la madre la calma y la veterana, tipo doña Rogelia, reza porque el bebé desaparezca. Todo parece un sketch de lo más anodino. De no ser porque tiene trampa.
Para quienes desean deslumbrarse con artificios hiperelaborados desde el comienzo, este festival de magia tiene algo humildemente mejor que ofrecerles. Un alucine con nombre propio: Celia Muñoz, la madre del bebé en el teatrillo, quien hace las voces de los tres personajes al mismo tiempo en directo sin que pueda identificarse en los movimientos de su boca.
Muñoz es, quizás, y sin duda, de lo más talentoso de la propuesta. La habilidad ventrílocua de la española, capaz de mantener un diálogo absolutamente solvente a varias voces, así como de cantar arias dignas de una soprano experta casi sin mover los labios ni la garganta, se revela como la magia más increíble de todas. No como aquella destinada al misterio, más bien como esa incógnita irresoluble que nos asalta cuando vemos a alguien capaz de proezas indecibles, pero de las que conocemos perfectamente su embrujo. En Muñoz no hay truco, solo técnica. Solo habilidad. Y que una capacidad así alcance a dejar en silencio a un teatro entero, brillando sus ojos ante la magnificencia de su genio, es prueba de que, en el Teatro Price, hasta el 15 de marzo, la magia se cobra su debida deuda frente al cinismo del personal.
Porque en el Festival de Magia de Madrid todos, mal que bien, sabemos que lo presenciado es un truco. Pero no debemos dejarnos someter ante la cretina necesidad de poner por delante la razón a la emoción. Haciendo un pequeño destripe: ¿acaso varios de los magos dejan sus juegos de manos demasiado al alcance de una mente atenta? Sin duda. Hay trucos que los padres de familia más avispados serán capaces de analizar, paso por paso, hasta revelar el misterio. Pero, ¿Realmente serviría de algo? Como insiste Blass, el verdadero valor está en la experiencia, no en el desmontaje racional.
Según se repite varias veces a lo largo del espectáculo, hay que: “creer sin hacer preguntas”. Aunque parezca una provocación a la inteligencia, lo inteligente es dejarse llevar por la provocación. Satisfacer al niño interior, o emocionar al que tengamos cerca, mostrándole que la vida está llena de incógnitas y que algunas, de vez en cuando, están hechas solo para conmovernos.
Se busque o no revelar el pastel, detrás de cada gesto hay una inmensidad de horas de trabajo que debe admirarse con convicción
No hay más que ver, después de Muñoz, a Han Manho. El coreano logra durante su espectáculo cambiarse totalmente de outfit, sacando los modelitos que acaba luciendo de fotografías de revistas que muestra al público. Y es que, como si las prendas saltaran del papel, Manho consigue desfilar frente al público con el catálogo de aquello que muestra, instantes antes, en las páginas del boletín estilístico. El propio Blass destaca esa diversidad internacional y su constante innovación, señalando que en los últimos años han pasado por el festival numerosos magos coreanos "con números completamente distintos y muy creativos todos".
Jorge Blass, el español, el orgullo patrio de esta tierna a la vez que algo nerdosa afición, deleita al público con clásicos como el escapismo de Houdini o la rosa de papel metamorfoseada, mediante fuego, en bella y perfumada flor. Un gesto que simboliza también el momento actual del sector, en el que, según Jorge Blas, "se habían presentado magos con números más depurados, con mejores personajes, más asentados que otros años".
Acelerando un poco el relato, el resto de los magos no son menos. La australiana, al más puro estilo de la señora Doubtfire, consigue una metamorfosis en directo que la hace transitar de vieja-pelleja, a joven refulgente, y vuelta a empezar. El italiano, campeón mago de la temporada, convierte pelotas de ping-pong en cartas, cartas en relojes, relojes en pelotas de ping-pong y pelotas de ping-pong en cartas (algunas rojas, otras blancas, según le dé) que brotan de sus manos como si de la máquina de barajar del UNO se tratase.
¿Hechicería? ¿Una invocación del mismísimo Satán sobre la Tierra? Lo dudo... Pero la habilidad demostrada con las manos de Francesco Della Bona deja al público alucinado con un juego que, cabe presumir, tendrá a su pareja igual de contenta. Mucho ha debido de vagabundear reclamando la atención de sus allegados con el kit de Magia Borras para alcanzar habilidades de prestidigitación semejantes.
El que se dice más heavy de todos, el belga Aaron Crow, se dedica a jugar a Guillermo Tell con algunos voluntarios del público. Es la rama presente en el festival de esa magia que dice llevar las cosas a las costas del peligro, antes que al ilusionismo inocente. Los trucos, claro, son del todo seguros, como puede verse con algo de atino. La sensación de peligro al jugar con flechas, o balas de trabuco lanzadas por una pistola grande de paintball a un cristal de protección que, curiosamente, se rompe en el momento oportuno, brindando a Crow la oportunidad de lucir entre sus dientes una bola de hierro marcada previamente es, sin embargo, bastante sobrecogedora. Como cantaban los Calle 13, Crow atrapa balas con la boca. Los más infantes, aplastados por una música tensa que parece sacada de la película de Transformers, llegan a morderse las uñas. El juego de trinchera, un poco dentro de lo burlesque, funciona. Y, pese a las sospechas habituales del público, Blass es tajante al respecto: "En el siglo XXI, el mago que usa cómplices es porque tiene muy poco conocimiento mágico. Es un método fácil, burdo y que insulta al público".
Si como teorizó el profesor de Columbia, Jeffrey D. Sachs, cada superpotencia del escenario internacional (Estados Unidos, China y Rusia) comparte su modelo de política exterior con un tipo de juego; siendo el de China el Go (lento y precavido), el de Estados Unidos el póker (arriesgado y farolero) y el de Rusia el ajedrez (estratégico e implacable), cada país puede igualmente definirse por su magia. Piensen en los trucos que les he narrado y hagan la asociación. Víctor Hugo aseguró que: "El inglés es ideal para hablar de negocios, el alemán se hizo para las ciencias, el francés es el lenguaje del amor y el español, ah, el español es el idioma para hablar con Dios", y un paralelismo similar ocurre con esta taumaturgia exhibida en el Teatro Price.
Se busque o no revelar el pastel, está claro que detrás de cada gesto hay una inmensidad de horas de trabajo que, sea como fuere, debe admirarse con convicción. El mundo ya está demasiado plagado de cosas que entendemos perfectamente cómo funcionan, pero de las que no nos podemos explicar sus motivos. En la magia el motivo es claro: provocar impacto, emoción, incredulidad; y la forma de llegar a ello es lo misterioso. Ojalá la vida fuese más en esa dirección. Como resume Blass: "La magia no es una lucha, es una entrega consciente a lo insólito, a lo extraordinario, a lo que no puede ser".
Umberto Eco decía que la literatura es la inmortalidad hacia atrás, capaz de devolvernos a cuando Caín le zurró a Abel hasta la muerte con una quijada de asno. La magia, a su manera, consigue algo similar. Nos lanza de lleno a la infancia, a cuando la incógnita era como una sabrosa sacudida, emocionante, misteriosa, alejada del cinismo que acabaría infestándonos con la madurez. Antes de que nuestras bocas profiriesen dudas y escepticismo, de niños buscábamos el consuelo de lo desconocido con curiosidad. Con la mirada limpia. En medio de un entusiasmo palpitante, agriado con el paso de los años, pero que resiste en nuestro subconsciente y es capaz, si se lo invoca, de traer nada más sean unos instantes de felicidad.