La frontera que divide Madrid: italianos a Chamberí y colombianos a Carabanchel
Según de dónde vengan y de su nivel socioeconómico, los inmigrantes se instalan en unos barrios u otros. Este es el mapa de la capital según cada uno de los dos perfiles
En 2024, la población de Madrid tocó techo con 3,5 millones de habitantes gracias, sobre todo, a la inmigración llegada de otros países. A lo largo de aquel año se instalaron en la capital 136.000 personas venidas de fuera, una cantidad semejante a la población de un municipio como Torrejón de Ardoz. Pero el fenómeno inmigratorio es muy complejo, y aunque el grueso de esas nuevas altas proceda de América Latina (Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador o Argentina), también se han producido incrementos en otras nacionalidades como Francia, Alemania o Italia.
Hoy, dos de cada diez madrileños han nacido fuera de España. Pero se habrán instalado en un barrio u otro de la ciudad en función de su procedencia geográfica (uno suele instalarse donde se instalan sus compatriotas), ligada de manera estrecha con su origen socioeconómico. Esta preferencia muestra una clara dualidad en el comportamiento de los inmigrantes. Mientras que los nacidos en América Latina y África tienden a instalarse en los barrios de toda la vida que rodean la almendra central, los originarios de Europa y América del Norte suelen hacerlo dentro de esta.
Por ejemplo, mientras en Villaverde Altoun 22,4% de los vecinos son de origen latino o africano, el porcentaje desciende hasta el 5,1% en europeos y norteamericanos. Aun teniendo en cuenta que, en términos generales, el primer perfil es más abundante, estas proporciones se invierten en otros puntos de la ciudad. En Justicia, Universidad, Sol o Palacio los vecinos europeos o norteamericanos superan a los venidos del sur. También en Piovera, en el distrito de Hortaleza, donde hay un 13,8% de europeos y norteamericanos por un 3,9% de africanos y sudamericanos.
Un doble perfil, el del inmigrante de clase baja que se instala en los barrios obreros, y el del expat o nómada (pero no solo) que vive en el Madrid turistificado porque aún se lo puede permitir. Una división semejante a las que realiza el sociólogo urbano Álvaro Mazorra de la UNED en su trabajo Madrid metrópolis dual: gentrificación y suburbanización de la pobreza en un modelo urbano de contrastes: una clase cosmopolita y próspera de directivos y profesionales que están vinculados a las empresas multinacionales afincadas en la ciudad y otro que ocupa los puestos de baja cualificación, en trabajos precarios y mal remunerados.
Con ciertos matices, el comportamiento de los venidos de fuera se corresponde con esa dinámica que también se da entre los locales. Como recuerda Mazorra, la importancia de los agentes internacionales en la dinámica de la ciudad es cada vez mayor. Pero, además, en los mapas se ve bien “esa diagonal que divide el noroeste del sureste, con una creciente segregación de los grupos históricamente más empobrecidos hacia el sur de la ciudad y de los grupos de más estatus al noroeste y al centro”.
La diagonal que el arquitecto Gonzalo Sánchez-ToscanodenominabaDiagonal de la Desigualdad en sus trabajos. Una línea que coincide por el oeste con la A-5 y por el este con la A-2, y que dejaría en la mitad norte a la población expat y nómada digital que se instala en los barrios del centro (Chamberí, Chamartín, Salamanca o Centro) mientras que los inmigrantes de un nivel socioeconómico más bajo se concentran en el sur.
“Lo que se ve claramente es una diferencia entre una cierta migración precaria, estigmatizada y racializada que vive en los barrios pobres, y por otra, una inmigración de élite, con estudios superiores, tal vez expat, que vive en lugares donde las condiciones y los servicios son mejores”, añade por su parte Pablo Martínez, investigador del GECU (Grupo de Estudios Críticos Urbanos) de la UNED. Un perfil que ahora se concentra en el centro turistificado. “Este fenómeno de migración occidental de alto poder adquisitivo es más o menos reciente y tiene que ver con esa idea de gentrificación transnacional y turistificación que los lleva a vivir, por ejemplo, en La Latina”, añade.
Cada nacionalidad se comporta de manera distinta. El caso de los venezolanos, cuya diáspora ya supera las 200.000 personas en toda la región, es uno de los más particulares, como explica Beatriz Jiménez Blasco, profesora de Geografía de la Universidad Complutense de Madrid y coautora del estudio Venezolanos en Madrid: Similitudes y contrastes, donde desmiente el lugar común de que el perfil más abundante del migrante venezolano es el de élite. “Los supermillonarios son anecdóticos, hay mucha clase media y profesionales”, recuerda. “Es una inmigración que presenta una proporción importante de precariedad económica”.
A diferencia de otras nacionalidades latinas como colombianos o peruanos, que desde hace décadas se han ubicado en los barrios del sur, los venezolanos tienden a vivir con mayor frecuencia en barrios del este de la ciudad como San Blas, Hortaleza, Rejas o el Cañaveral. “Les gusta instalarse no en los barrios más ricos y céntricos, sino en barrios que no estén en el centro, que están bien comunicados y que tengan casas relativamente modernas”, añade Jiménez. “Buscan una cierta calidad y modernidad en el edificio y ciertos servicios como piscinas, algo que no ocurre con otras nacionalidades o con los propios españoles”.
Cómo los inmigrantes cambian la ciudad
La relación de cada uno de los dos grupos con su entorno no es la misma. Por lo general, sus formas de ocio, sus patrones laborales y de movilidad y su forma de relacionarse entre ellos son casi antitéticas. Los visitantes de países europeos y norteamericanos tienen, por lo general, una vinculación mucho menor con la ciudad. Aunque hayan venido para pasar una larga temporada, suelen hacerlo por motivos laborales o educativos y, por lo tanto, la posibilidad del retorno no está tan lejos.
“Hay un fenómeno emergente que se ve en Madrid, Barcelona, Valencia o Málaga que es el de esas poblaciones transitorias que no son turistas pero que no llegan a arraigase, son personas que a menudo teletrabajan y que llegan atraídas tanto por el estilo de vida como por el buen tiempo, las comodidades, el precio…”, explica Mazorra. “Un profesional de Estados Unidos o del norte de Europa socioeconómicamente puede permitirse un estilo de vida que no puede tener en su país de origen”.
El inmigrante occidental y de clase alta probablemente sea más joven y tenga un estilo de vida más orientado hacia la diversión. Aunque saldrá de fiesta, a comer o de excursión con otras personas de su país de origen, lo más probable es que sus redes no sean tan fuertes y se establezcan alrededor del ocio. “Buscan un estilo de vida en el que los barrios casi se convierten en parques temáticos, no es lo que hemos entendido históricamente como barrios, es decir, un lugar donde uno se arraiga, conoce a sus vecinos y desarrolla su forma de vida”, añade el sociólogo.
Por el contrario, el estilo de vida del inmigrante precario no es lejano al del inmigrante interior que pudo llegar a la capital en la época del exilio rural. Frente a lo que se suele pensar, no suele tener en mente el retorno a su país, como explica Jiménez que ha descubierto en sus investigaciones, así que tiende a generar redes fuertes. Es más fácil verlos paseando en familia los fines de semana, abriendo comercios locales con productos de su país de origen y disfrutando del espacio público, a veces, por ejemplo, celebrando quinceañeras en los parques. Algo que la población local ya no suele hacer.
Los negocios de unos y otros
El comercio refleja bien la diferencia entre los dos perfiles, sobre todo porque resulta muy visible. “Entre los inmigrantes más precarios ha sido muy importante ese entendimiento que se llevaba a cabo en el pequeño comercio y que ha dado lugares como el llamado Pequeño Caribe de Bravo Murillo o Tetuán, pero que también se ha desarrollado en otros barrios como Pacífico, Carabanchel o el alto de Extremadura”.
Aún hoy se puede pasear por esos antiguos barrios obreros de la capital y comprobar cómo un porcentaje muy elevado de tiendas de alimentación o de ropa, bares o restaurantes ha sido fundado por latinoamericanos o, en zonas más concretas, africanos. “El declive de los negocios familiares de nacionalidad española es generalizado en toda España y está relacionado con nuestro estilo de vida: otras generaciones estaban más dispuestas a vincularse a este tipo de negocios que te atan a ellos 24/7 y ahora otras nacionalidades recogen el testigo”, recuerda Mazorra.
La población migrante con mayor poder adquisitivo se mueve por donde quiere
Los expats, nómadas y otros miembros de la familia, por otra parte, “vienen atraídos por ofertas laborales específicas, unas condiciones laborales y socioeconómicas muy elevadas, que están relacionadas con las multinacionales y la economía”, añade el sociólogo, que pone de ejemplo Chamartín. Para los inmigrantes más pobres, abrir un comercio suele ser su única vía para el ascenso social. “En lugar de trabajar de forma precaria para otra persona, el comercio puede convertirse en un proyecto vital de unidad familiar y suponer a largo plazo una posibilidad de ascenso social”, añade el sociólogo.
Lo cual no quiere decir que otras nacionalidades, como la italiana, no abran sus negocios. Jiménez recuerda que en Ríos Rosas, en los aledaños del Liceo Italiano, es posible encontrarse con muchos restaurantes o cafeterías fundadas por compatriotas. Algo semejante ocurre con el Colegio Alemán, que a su alrededor concentra establecimientos fundados por germanos. “Pero es un emprendimiento de más dinero y no tan personal, no es una familia sino una sociedad o un grupo empresarial”, matiza la geógrafa.
Otra gran diferencia se encuentra en sus patrones de movilidad. Como recordaba Sánchez-Toscano, los trabajadores viven en el sur pero se desplazan al norte para trabajar, y vuelven a sus barrios para hacer vida en ellos. “La población migrante occidental con mucho más poder adquisitivo tiene otra relación con la ciudad: si quieren ir al norte a divertirse, irán; si quieren ir a Puerta del Ángel o a Carabanchel a exotizar el sur, pueden hacerlo”, recuerda Martínez. “Tienen un dominio total sobre la ciudad: el inmigrante racializado no puede disfrutar de la ciudad de la misma manera”.
Hay otro motivo por el que algunas nacionalidades concretas de América del Sur tienden a relacionarse más entre sí que otras: el racismo. “Aunque España no sea un país intensamente racista, la fisonomía hace mucho”, recuerda Jiménez. “Una inmigración más europea o americana (incluida venezolana o argentina) va a sufrir menos discriminación que otras nacionalidades como los peruanos y ecuatorianos, que están menos aceptados por la sociedad”.
El efecto centrifugado
La evolución de estos patrones sugiere también qué pasará a nivel residencial. Si ya resulta complicado para muchos europeos y norteamericanos de elevado poder adquisitivo encontrar vivienda a precio asequible, los barrios empiezan a ser prohibitivos para los inmigrantes con menos recursos. Como recuerda Jiménez, “los más precarios se están ruralizando, mientras que los que vienen de Europa siguen teniendo más opciones, aunque vayan a un centro que ya no es solo centro, sino que también incluye Chamartín, Ciudad Lineal o Chamberí”, añade.
Ni siquiera la corona metropolitana de las antiguas ciudades dormitorio resulta ya asequible, así que muchos inmigrantes de Latinoamérica o África están empezando a desaparecer de la capital y a emerger en otras localidades de regiones como la Alcarria, como ocurre en Almoguera. “Si la población española va a ser desplazada, ellos más”, concluye la geógrafa. “Esto se ve en Arganzuela, que era muy céntrico y donde había muchos inmigrantes, algo que ahora es impensable”. El centro cada vez está más lejos.
En 2024, la población de Madrid tocó techo con 3,5 millones de habitantes gracias, sobre todo, a la inmigración llegada de otros países. A lo largo de aquel año se instalaron en la capital 136.000 personas venidas de fuera, una cantidad semejante a la población de un municipio como Torrejón de Ardoz. Pero el fenómeno inmigratorio es muy complejo, y aunque el grueso de esas nuevas altas proceda de América Latina (Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador o Argentina), también se han producido incrementos en otras nacionalidades como Francia, Alemania o Italia.