El Atazar: la presa que recoge la mitad del agua que bebe Madrid, con ojos que la vigilan las 24h
La pasada primavera el Miteco aprobó las nuevas Normas de Explotación que catalogan a estas infraestructuras como "estratégicas" y obligan a la vigilancia exhaustiva. El desembalse siempre se hace de forma presencial y manual
Vista del embalse de El Atazar en mayo de 2025. (EFE/Sergio Pérez)
Si un conductor trata de pararse durante unos minutos en la M-133 a la altura del embalse de El Atazar, comenzarán a sonar unas fuertes alarmas porque se encuentra en una infraestructura crítica. Bajo sus pies tiene una presa de unos 125 metros de alto, ocho kilómetros de galerías y el cauce del río Lozoya. Construida en abril de 1972 y gestionada por el Canal de Isabel II, El Atazar tiene capacidad para recoger el 46% del agua que consume la región. Su magnitud la convierte en la única de la comunidad con tres turnos de trabajadores in situ, ya que debe estar vigilada de forma presencial las 24 horas del día. Tras la sucesión de borrascas de las últimas semanas, la reserva de este embalse se encuentra al 80% de su capacidad. Es una infraestructura clave para evitar accidentes tras episodios de fuertes lluvias como los vividos —actualmente desembalsa unos 50 metros cúbicos por segundo—, y de ahí que su propia seguridad sea fundamental para controlar lo que ocurre aguas abajo.
Como El Atazar, todas las presas están consideradas "infraestructuras estratégicas" y se rigen por unas normas de explotación que debe aprobar el Ministerio de Transición Ecológica (Miteco) cada cinco años. Las actuales se modificaron la pasada primavera e indican, entre otras cuestiones, los niveles de desembalse en cada momento del año, los protocolos de actuación en situaciones tanto ordinarias como extraordinarias y los procedimientos de inspección, conservación y auscultación. Además, las presas también están consideradas como lugares "críticos" y por ello su vigilancia y control responden a medidas que impiden, por ejemplo, el acceso a personas no autorizadas.
La seguridad va más allá de las prohibiciones de acceso. La apertura y cierre de las válvulas que permiten desembalsar el agua se ejecutan siempre de forma presencial por personal técnico especializado, entre otras razones, por la peligrosidad de que se hackeen los sistemas informáticos que regulan los aliviaderos. La técnica es totalmente manual: los profesionales giran unos volantes que permiten separar las compuertas. Posteriormente, el Canal tiene que trasladar la información sobre los desembalses tanto a la Confederación Hidrográfica del Tajo como a la Agencia de Seguridad y Emergencias de Madrid para mantener la coordinación y, si fuera necesario, avisar a la población.
Belén Benito, directora de operaciones de Canal Isabel II, explica que la seguridad en estas infraestructuras pasa por la tecnificación de los procesos a través de la auscultación para identificar cómo se mueve la bóveda de las presas gracias a instrumentos tradicionales como los péndulos, extensómetros o los controladores térmicos. La ingeniera también pone el foco en la importancia de realizar mediciones de las presiones y de las filtraciones que ocurren de forma frecuente en los embalses.
Además, la infraestructura cuenta para su supervisión con un conjunto de seis galerías horizontales, una perimetral y otra subterránea que discurre por debajo de la cimentación. Para las inspecciones más complicadas, los técnicos emplean drones de distintos tipos con el fin de ver posibles grietas o detectar cambios en las temperaturas. Asimismo, los expertos subrayan que la tecnificación necesita un posterior gasto en mantenimiento, que en el Canal estiman de unos 2,5 millones de euros anuales para sus 13 embalses.
La tecnología presente en todas las presas permite que su mantenimiento sea predictivo y la monitorización la más amplia posible para garantizar la seguridad. En total, cada año el Canal recoge en todas sus presas unos 400.000 datos a través de distintos instrumentos de auscultación: el 58% de forma manual y el 42% restante a través de telecontrol automático. En cuanto a El Atazar, esta presa tiene unos 700 equipos de medición que llegan a recopilar unos 175.000 datos.
Todas las infraestructuras de la autonomía destinadas a recoger agua para suministro dependen del Canal de Isabel II, aunque también laminan el caudal de los ríos cuando es necesario para proteger de posibles inundaciones, como pasa estas semanas. Actualmente, diez de las trece infraestructuras del Canal liberan agua por motivos de seguridad hidrológica. El resto de presas de la autonomía, como por ejemplo la de El Pardo, pertenecen a la Confederación Hidrográfica del Tajo y se dedican exclusivamente a regular los caudales ante avenidas de agua.
El récord de este 2026 lo marca, de momento, el pasado 10 de febrero, cuando las presas autonómicas alcanzaron caudales medios de 400 metros cúbicos por segundo. Es decir, el equivalente a llenar toda una piscina olímpica en 10 segundos, la octava mayor aportación diaria de la historia registrada por el Canal. Esta semana, la media de los embalses del Canal está por encima del 86% de su capacidad, lo que, según explican desde la Consejería de Medio Ambiente, permite garantizar el suministro a los madrileños para los próximos 18 meses.
Si un conductor trata de pararse durante unos minutos en la M-133 a la altura del embalse de El Atazar, comenzarán a sonar unas fuertes alarmas porque se encuentra en una infraestructura crítica. Bajo sus pies tiene una presa de unos 125 metros de alto, ocho kilómetros de galerías y el cauce del río Lozoya. Construida en abril de 1972 y gestionada por el Canal de Isabel II, El Atazar tiene capacidad para recoger el 46% del agua que consume la región. Su magnitud la convierte en la única de la comunidad con tres turnos de trabajadores in situ, ya que debe estar vigilada de forma presencial las 24 horas del día. Tras la sucesión de borrascas de las últimas semanas, la reserva de este embalse se encuentra al 80% de su capacidad. Es una infraestructura clave para evitar accidentes tras episodios de fuertes lluvias como los vividos —actualmente desembalsa unos 50 metros cúbicos por segundo—, y de ahí que su propia seguridad sea fundamental para controlar lo que ocurre aguas abajo.