Berridos y espectadores corajudos: experiencias en la CutreCon 15 de Madrid
Un año más, el Festival de cine 'trash' de Madrid confirma que la comedia involuntaria es un inesperado paraíso audiovisual que disfrutan cientos de personas con gustos poco convencionales
En el año 2007, el escritor Kiko Amat publicó una novela titulada: Cosas que hacen BUM (Anagrama). La novela sigue los pasos de un zagal de extrarradio que se alía con una logia de los bichos más estrafalarios del barrio de Gracia de Barcelona. El relato se inicia con el protagonista volando por los aires, suspendido en el cielo como una pieza de taxidermia, y recordando cómo ha acabado yendo de cabeza contra un árbol por conducir su Vespa sin manos a más de cien por hora. La CutreCon 15, el Festival de cine trash de Madrid en su edición de este año, se parece en dos cosas a la obra de Amat —lejos de la calidad de la novela, huelga decir—. Los argumentos son una fabulosa marcianada y, a la manera del título, todo son películas donde las cosas hacen ¡BUM!
Sábado 7 de enero. Cientos de personas llevan desde el miércoles frotándose los ojos en un patidifuso gesto de incomprensión. Tan difícil resulta explicar el amor como las películas que la organización de la CutreCon ha exhibido en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, en los Cines Paz y en el centro comercial Palacio de Hielo, donde se orquesta hoy el homicidio al buen gusto cinematográfico. Porque he ahí el leitmotiv de la muestra: enfrentar al público a las más irrisorias, chascas, tarugas y pazguatas ideas que han sido materializadas en la gran pantalla. En este caso, y como advertía, bajo el hilo conductor de las explosiones, los galletazos, las piruetas y las persecuciones que sonrojarían en delirio al mismísimo Steven Seagal.
En el menú de este año se han dado cita monstruos de látex capaces de espantar a veteranos del BDSM, zombis patosos, el Sylvester Stallone indio, el cine de acción rural pakistaní o el Rambo turco. Lo mismo que eruditos del género trash y hasta el aclamado —valga la ironía— director alemán Uwe Boll, invitado para el evento. Pero el sábado toca carearse con el Ninja Terminator (1986) y En Büyük Yumruk (1983); el James Bond turco, por decir algo.
La sala de los mK2 Palacio de Hielo ha hecho lleno absoluto. El Ninja Terminator no es Christopher Nolan, pero cualquiera lo diría viendo el fervor de los quinientos espectadores. El acrobático zurullo fílmico está basado en no se sabe muy bien qué argumento. Algo de una figurita de oro que se divide en tres, como Mr. Potato, y tres ninjas supremos, dos payos abducidos del Benidorm de los años 80, rubios, más caucásicos imposible, y uno que parece filipino, peleándose por él. Para ser una película de ninjas, no se ve una sola referencia seria a Japón, salvo las katanas. ¿Quién dijo miedo a la apropiación cultural? También hay algún robot de juguete transportando cintas de VHS como si fueran amenazas bomba, pataditas sin ton ni son y shurikens de aluminio reciclado. Todo con el infructuoso objetivo de provocar admiración. Y efectos especiales a la altura de tu padre fingiendo que puede arrancar y pegar su dedo índice, doblándolo y ayudándose del pulgar.
Hasta aquí, cualquiera se preguntaría: ¿A qué tanto masoquismo? ¿Por qué pagar por ver una película que elevaría a Acción mutante, de Álex de la Iglesia, a la categoría de delicatessen? En las butacas, hermanos del cutrerío, se encuentra la respuesta.
Opinión La CutreCon es un concierto de punk guarro. Sin la energía del público, sin esa atmósfera invadida de hormonas en ebullición, la gracia se desvanece. Las salas del Festival de cine trash de Madrid son contraintuitivas. ¿Con la comida no se juega y en el cine no se habla? Para nada. Las proyecciones de la muestra se riegan con gritos, comentarios a viva voz, sonadísimas carcajadas, alaridos y chascarrillos que parecen un stand up de Forocoches. No hay respeto salvo a la falta de respeto. Lo mismo que tu abuelo lanzando perdigonazos de saliva a la pantalla cuando John Wayne estiraba la pata en El último pistolero (1976).
Como señala con acierto el director del festival, Carlos Palencia, atusando su larga melena metalera antes de la proyección: "Ya sabéis que esto es como los pedos, siempre mejor fuera. Queremos que lo saquéis todo. No os guardéis nada dentro". Un dogma que el público, a medida que avanza la cinta, se va tomando cada vez más al pie de la letra.
A la salida de Ninja Terminator, y antes de que el James Bond turco haga las delicias de los cutremaniacos, Palencia se presta a recordar los orígenes de este circo: "Esto empezó casi como una broma", confiesa mientras la larga fila de espectadores, algunos incluso disfrazados para la ocasión, se adentran en la sala de proyecciones. "Teníamos una web de humor con unos amigos y nos dimos cuenta de que había películas que merecían la pena precisamente por lo malas que eran. En España nadie hablaba de eso, así que montamos una web, luego un foro, y de ahí surgió la idea de reunirnos. Yo pensaba que vendrían 50 personas y se llenó, vinieron medios… no entendíamos qué estaba pasando."
Al igual que estas películas inesperadamente fanatizadas, la incomprensión se hizo éxito. "Gracias al impulso de la gente", prosigue el director, "el festival ha ido creciendo edición tras edición. La gente lo ha abrazado con muchísimo cachondeo y muchísima ilusión. Se fue uniendo más gente, llegaron los premios, la sección oficial, invitados internacionales… y de repente aquello que era una broma se convirtió en algo muy serio". Una vuelta a la tortilla que parece una expresión casi metarrealísta del concepto en sí mismo. Películas para dar de comer aparte convertidas en adorables hitos del cine.
Son las ocho de la tarde y ha llegado la hora de la Biodramina. Guau. Vaya con las turbulencias. En Büyük Yumruk, el James Bond turco rescatado de una cinta VHS, se hace con el control del gran vinilo de proyección. Una suerte de Alain Delon turco comienza a cascarse con todo bicho viviente. ¿Por qué? ¿A qué fin? Ni p*** idea. Intentar entenderlo es no entender nada. Hay que dejarse llevar, como en el sexo anal.
Después de la introducción sale un tipo con la quijada envuelta en papel albal. Recuerda a un Jaw —el villano de James Bond en La espía que me amó (1977)— pedido por AliExpress. Rematan el elenco un montón de tíos con mostacho. También una vedette de poderosísimas piernas —lo que más se le enfoca de toda la cinta— que se dice periodista, y acompaña al protagonista en sus andaduras soltando también buenos mangazos. No obstante, se diría que el personaje tiene por propósito fundamental permitir al mamarracho del Alain Delon turco decir su frase estrella: "¿Cuándo entenderás que esto es solo para hombres?". Declaración que invade la sala de abucheos las primeras veces, y de aplausos a partir de la sexta repetición.
No merece la pena ahondar más en el James Bond turco. Hay poca tela que cortar, salvo una hecha jirones. Desastrosa. La cinta es una montaña rusa de escenas robadas de otras películas —el copyright vulnera la libertad creativa del artista—, planos que duran menos de un segundo colocados a lo viva la virgen y movidas que te paralizan, al tiempo que te descojonan, en lo que encarna una de las esencias más puras de las artes: provocar emociones difíciles de identificar. Cosa que, cuando sucede, invoca el grito de guerra de la CutreCon: "¡Esto es cine! ¡Esto es cine!", coreado en la sala como si se tratara del "¡Ahu, ahu, ahu!" de los 300 (2006) de Zack Snyder.
En definitiva, sea el Ninja Terminator, el James Bond y el Rambo turcos o el Sylvester Stallone indio, los creadores de estas cintas debían ir francamente puestos hasta las cejas. No me atrevería a decir de qué. Un espeluznante viaje de escopolamina. Una sobredosis de pajas mentales y anfetas. Sea como fuere, los títulos se quedan en tu cabeza de una manera malsana, siendo como son mariscales de campo de lo hilarante.
Pero eso es lo que se pide. Eso se le reclama a la CutreCon. Un cóctel de sabores audiovisuales nacidos en dos tipos de mentes: aquellas que, mohínas y perezosas, deciden tirar por la línea de en medio más allá de toda degradable consecuencia, y las que, vanidosas y narcisistas, describen sinsentidos que nadie, si no se adora en exceso, sería capaz de defender.
Ahora que la IA ha iniciado la que se avecina como una nueva era en el cine, pudiendo crear películas desde un sencillo prompt, estas obras adquieren un peso todavía mayor.
En la CutreCon nada hiede a ese refrito frío de barra de bar que es la inteligencia artificial. Todas las propuestas son gloriosamente humanas. Singularmente bellas en su mediocridad. Superan el buen gusto, y en especial la lógica como ninguna máquina podría. Sólo la mente humana, incapaz de purgar de sí el azar, la demencia y el delirio, es capaz de parir deformidades audiovisuales semejantes. La individualidad reside en la magia de los errores y las películas de la CutreCon son una zanja tan plagada de ellos, que llegan a convertirse en inesperados aciertos.
Como asegura el director del festival, Carlos Palencia: "Nosotros no hablamos tanto de cine cutre como de comedia involuntaria: películas que hacen reír sin pretenderlo. No nos vale con que sean malas o baratas, porque eso suele ser aburrido", afirma. "Buscamos películas con tal concatenación de errores y de ideas locas que, por puro ritmo e ineptitud, acaben siendo un espectáculo". Y vive Dios que las encuentran.
A modo de colofón, quizás lo más significativo del Festival de cine trash de Madrid sean sus rituales. Coñas internas a las que los neófitos acaban adhiriéndose presos del efecto gregario, como llamar "¡Cobarde!" a todo aquel que abandone la sala en mitad de la proyección, o acumular latas de cerveza a los pies de las butacas. Siempre luego recogidas, ojo. Seremos cutres, pero no guarros.
Como todo en esta vida que merezca la pena, la CutreCon exige el sacrificio de digerir la vergüenza ajena y tolerar el sinsentido. De ahí la valentía de quien resiste el metraje al completo.
"Ahora mismo estamos manejando una cifra que ronda entre las 5.000 y las 7.000 personas asistentes, sumando todas las sedes, las más de veinte películas y los distintos pases durante los cinco días del festival", concluye orgulloso Palencia. Cifras que confirman una intuición general: en un ecosistema artístico cada vez más artificial y mediocre, cada día mejor orientado a convertirse en un sándwich mixto de chiringuito –ni ominoso, ni sobresaliente–, el cine trash nos hunde los pies en la tierra hasta dejarnos el pescuezo a la altura del fango.
El festival es un lugar donde se disfruta de la enajenación ajena, bien sea en la pantalla o entre las butacas, recuperando esa vieja melancolía de la que habló José Luis Garci cuando dijo que "antes ir al cine era más importante que ir a Marte". La CutreCon te brinda ambas. Viajar a las mayores marcianadas desde la butaca de un cine.
En el año 2007, el escritor Kiko Amat publicó una novela titulada: Cosas que hacen BUM (Anagrama). La novela sigue los pasos de un zagal de extrarradio que se alía con una logia de los bichos más estrafalarios del barrio de Gracia de Barcelona. El relato se inicia con el protagonista volando por los aires, suspendido en el cielo como una pieza de taxidermia, y recordando cómo ha acabado yendo de cabeza contra un árbol por conducir su Vespa sin manos a más de cien por hora. La CutreCon 15, el Festival de cine trash de Madrid en su edición de este año, se parece en dos cosas a la obra de Amat —lejos de la calidad de la novela, huelga decir—. Los argumentos son una fabulosa marcianada y, a la manera del título, todo son películas donde las cosas hacen ¡BUM!