Alfonso J. Ussía: "La noche madrileña siempre ha tenido algo democrático"
El escritor publica 'Bajo cielo', un nuevo libro cargado de reflexiones alrededor de Madrid y sus innumerables barrios
El día de la entrevista con Alfonso J. Ussía nieva en Madrid. Da la impresión de que todo está preparado para que cuando entremos en el Vips de Lista, nos situemos en el rincón de Ortega con Velázquez y observemos tras el ventanal, tengamos una de las panorámicas más bellas de esa zona de la capital, donde la gente con dinero (o con posibles, quién sabe) va corriendo de un lado a otro. La vista, en todo caso, tiene algo de neoyorquino, será porque allí siempre termina nevando y liándose una buena.
Ussía mira la calle de refilón mientras disfruta lentamente de su café con leche. El local a esa hora no está lleno, pero tampoco vacío, una pareja juega al ajedrez en un pequeño tablero, de esos que se doblan y te puedes meter fácilmente en un bolsillo de la cazadora. "Cuando eres joven te obsesionan las grandes cosas. Luego entiendes que lo que de verdad importa son los detalles mínimos. Y son los más difíciles de contar", dice el escritor, respondiendo a la pregunta sobre el éxito que tuvo una de sus últimas columnas, centrada en la desaparición de ese mismo Vips donde estamos.
En Bajo cielo, su última obra publicada por Círculo de Tiza —la misma editorial que hace tres años sacó su hipnótica El puente de los suicidas, un guiño al madrileñísimo Viaducto de Segovia—, recoge algunas de las mejores crónicas que ha escrito sobre la capital. Una urbe heterogénea y caleidoscópica, plagada de bares, comercios y barrios únicos. También de los que la habitan, los inmigrantes, los venezolanos pudientes, los madrileños de pura cepa o los que llevan aquí poco tiempo, pero ya la han hecho suya. Es el Madrid de Ussía, el último gran cronista de esta ciudad nuestra. Un observador que la vive y la disfruta fuertemente.
Noches que ya no existen (y otras que empiezan)
Dialogar de Madrid con este implacable columnista implica conversar de lugares que ya han desaparecido o están en tránsito de desaparecer. Y, cómo no, de la noche como territorio sentimental y sociológico. Una aproximación desde la conciencia de que cada generación cree haber vivido la última versión auténtica de algo. La conversación rápidamente deriva hacia aquel tiempo en el que salir un martes o un miércoles era casi lo normal. Clamores, Galileo, Libertad 8, bares donde músicos y periodistas compartían mesas y conversaciones interminables. Lugares donde un concierto terminaba y la cosa seguía de manera imprevisible. "La noche madrileña siempre ha tenido algo democrático", reflexiona. "Te podías encontrar a cualquiera en cualquier sitio".
Y, sin embargo, es crítico con la nostalgia. "Hay una cosa un poco pedante de la que quiero huir, que es del lamento constante de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No es así", cuenta el también autor de Vatio, la estupenda novela que narra su relación con Antonio Vega, del que fue buen amigo en sus últimos años de vida. "Es verdad que cuando teníamos veinte años nada te dolía y todo era una aventura, pero eso no significa que fuera mejor. Entonces hay que poner el ojo en lo que te ha hecho de esta forma, pero con la vista puesta en lo que viene. No quedarse atrapado en la nostalgia".
En paralelo, también se le percibe una voluntad de no caer en el rechazo automático a lo nuevo. A lo largo de la conversación aparece varias veces su interés por observar lo que hacen generaciones más jóvenes, aunque sus códigos le resulten ajenos. El desenfreno nocturno del presente, la música de ahora o los espacios que sustituyen a los antiguos garitos forman parte de una evolución inevitable que Ussía prefiere mirar con interés antes que con desprecio.
"Tengo mucha curiosidad y creo que cuando alguien pierde la curiosidad hace un poco peor las cosas", cuenta. "Me gusta ver lo que está pasando, aunque no lo entienda del todo. Acabé el otro día en una fiesta en Tetuán y era otro mundo, otra estética, otra música, y pensaba: ‘Bueno, esto también es Madrid’. No tiene por qué gustarte, pero está ahí". Madrid como una sucesión de relevos invisibles. La ciudad nocturna muta, pero sigue siendo un laboratorio de encuentros improbables.
Bares e identidad de barrio
Otros elementos que se intuyen y atisban como centrales dentro de su escritura son la importancia de los bares como espacios de convivencia más que de ocio. "Los bares geniales los hacen las personas que están en ellos. Claro que importa el sitio, pero importa más quién va allí y quién está detrás de la barra atendiendo", señala, mientras nombra algunos lugares ya desaparecidos como el Lady Pepa, el 7-Eleven de San Bernardo o el Brillante de Luchana. "En los bares se mezcla todo el mundo y eso mola mucho en Madrid. Te puedes sentar al lado de cualquiera y nadie te pregunta de dónde vienes ni quién eres. Eso es muy de esta ciudad."
E incide en cómo lo peor que estamos perdiendo es el concepto de comunidad y de arraigo. "Antes sabías quién era tu vecino, el del bar, el del estanco. Ahora hay gente que no conoce a quien vive al lado. Eso es lo más grave, más que si un barrio cambia o se pone de moda", apunta. La ciudad se vuelve homogénea, reconoce. Ahora los barrios son clónicos, franquicias que sustituyen a negocios familiares, locales históricos convertidos en apartamentos turísticos. Madrid cada vez se transforma más rápido en un cliché.
"Nosotros teníamos muy diferenciado cuando éramos jóvenes la diferencia que podía haber entre Moncloa y Carabanchel, o entre Chamberí y Huertas, y había unas diferencias muy notables", recuerda. "Ahora cada vez hay menos diferencias, porque cada vez se parece más todo. De repente te vas a Chamberí y tienes el mismo restaurante que está en el barrio de Salamanca o en cualquier otro sitio". Y de esta forma se va perdiendo esa identidad idiosincrática de los barrios.
El centro y una inversión que desplaza vidas
"Está muy bien que seamos un polo de atracción de inversión y todo lo que tú quieras, lo puedes poner bonito, pero luego la realidad es más cruda y menos honesta. Tienes fondos de inversión que compran edificios, los dividen en apartamentos y ya no vive nadie del barrio ahí. Y al final, ninguno de esos vive en el barrio ni hace vida en él. Eso es lo que va cambiando la ciudad", señala sobre la presión inmobiliaria que afecta a una gran parte de la ciudad, mostrándose crítico con los profundos cambios que nos rodean.
Opinión Ussía no plantea el debate en términos ideológicos ni demoniza de manera abstracta la llegada de capital inversor, pero sí señala el efecto práctico que tiene sobre la vida diaria: edificios completos que dejan de estar habitados por vecinos para convertirse en alojamientos temporales o activos financieros. El problema, apunta, no es solo urbanístico, sino también humano. Lo que se pierde, en su opinión, no es únicamente vivienda asequible o una marcada identidad comercial, sino una forma de convivencia que hace reconocibles a nuestros barrios. Cuando los pisos dejan de estar ocupados por residentes y pasan a ser habitados por turistas, que van rotando cada pocos días, la vida de la ciudad cambia.
La escritura
Y luego está la escritura. Ussía vuelve a una idea que atraviesa tanto sus columnas como su forma de mirar Madrid, escribir no debería consistir en dictar conclusiones, sino en contar lo que sucede delante de uno. Frente a cierta tendencia actual a convertir cada texto en una toma de posición, el escritor reivindica una tradición más apegada al detalle y a la observación. "La literatura que más he disfrutado es la que observa, la costumbrista", explica, recordando lecturas que lo han acompañado durante años. "Descubres a Camba, a Azorín, a Ruano, y te das cuenta de que escriben mirando". Por eso, añade, su interés no pasa por señalar culpables ni por levantar discursos ejemplarizantes: "A mí no me gusta señalar ni ensañarme, me interesa la capacidad de observación. Creo que ahí es donde está la buena forma de escribir".
Esa misma actitud la traslada a su manera de entender la columna periodística, especialmente en un tiempo en que la opinión parece exigir certezas inmediatas y posiciones inamovibles. Él prefiere un acercamiento más narrativo, donde el lector tenga margen para interpretar. "No me gusta señalar ni condenar", resume. Y, consciente del clima de polarización, añade: "Hoy en día parece que todo el mundo tiene que opinar y decir cuál es el camino correcto. A mí me interesa contar lo que veo. Creo que escribir es observar y dejar que el lector saque sus conclusiones".
Madrid a pesar de todo
La charla acaba regresando, inevitablemente, a la ciudad y a cómo contarla. Las columnas, y ahora Bajo cielo, actúan como un archivo contra la desmemoria emocional de un Madrid que es vivido desde dentro, hecho de escenas aparentemente menores que, con el tiempo, se convierten en el mejor recuerdo. "Todo tiene una historia", dice. "Un bar, alguien esperando un taxi, un camarero que te reconoce después de años. Todo puede convertirse en una columna".
Aunque el oficio también tiene sus limitaciones. "La urgencia obliga a veces a simplificar, a publicar ideas que quizá matizaría si tuviera más tiempo", comenta, a la vez que insiste en cómo el punto de partida siempre sigue siendo el mismo. "Todo consiste en observar". Afuera, la nieve sigue cayendo. Madrid no se detiene. "La ciudad no se acaba nunca. Siempre hay otra historia esperando en la mesa de al lado", concluye.
El día de la entrevista con Alfonso J. Ussía nieva en Madrid. Da la impresión de que todo está preparado para que cuando entremos en el Vips de Lista, nos situemos en el rincón de Ortega con Velázquez y observemos tras el ventanal, tengamos una de las panorámicas más bellas de esa zona de la capital, donde la gente con dinero (o con posibles, quién sabe) va corriendo de un lado a otro. La vista, en todo caso, tiene algo de neoyorquino, será porque allí siempre termina nevando y liándose una buena.