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Durante más de una década, Madrid creyó que acabaría con el chabolismo: era un sueño
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RESURGE LA INFRAVIVIENDA

Durante más de una década, Madrid creyó que acabaría con el chabolismo: era un sueño

El fenómeno de la infravivienda, que alcanzó su cénit a mediados del siglo XX, retrocedió hasta niveles mínimos solo para resurgir de una forma más atomizada y difícil de gestionar

Foto: Chabolas construidas bajo un puente en Madrid. (Ana Beltrán)
Chabolas construidas bajo un puente en Madrid. (Ana Beltrán)

A finales de los años 60, Madrid estaba rodeado de chabolas. No importaba la autovía por la que saliesen los madrileños de la ciudad, siempre se encontraban con un mar de casas de lona, chapa y adobe: Pinar de Chamartín al norte, Los Focos al este, Puente de Vallecas al sur o Caño Roto al oeste eran los principales asentamientos que rodeaban la urbe y que alojaban en torno a 400.000 personas, en su mayoría personas que habían abandonado el entorno rural en busca de un mejor futuro en la gran ciudad.

Por entonces se decía, en los círculos políticos, que la industrialización había llegado a la capital antes que las infraestructuras. O, dicho de forma más sencilla, no había suficientes casas para la avalancha de obreros que necesitaba la ciudad. Miles y miles de personas llegaban por las arterias, a menudo andando o con sus pertenencias en carros tirados por burros, y construían su vivienda a las afueras de la ciudad, cuidándose de poner el techo (cubrir aguas) antes del amanecer. Si no lo conseguían, la Guardia Civil llegaba con los primeros rayos de sol para derrumbar la construcción.

placeholder Distribución de los principales enclaves chabolistas en 1954. (Ayuntamiento de Madrid)
Distribución de los principales enclaves chabolistas en 1954. (Ayuntamiento de Madrid)

En cada uno de los grandes asentamientos había albañiles con la destreza suficiente para construir una vivienda completa en una noche. Muchos vecinos se endeudaban con ellos nada más llegar, lo que les granjeaba un peso específico en el poblado, ya que de facto decidían quiénes se quedaban y quiénes tenían que buscar otra ubicación.

Sin embargo, a diferencia de la creencia popular, no todos los que vivían en los poblados eran, como se les tildaba por entonces, desertores del arao. "Se tiende a pensar que el chabolismo de Madrid durante el franquismo es fruto de la inmigración, pero esa es solo una parte de la verdad", dice María Adoración Martínez, antropóloga en la Universidad de Salamanca y autora de trabajos sobre el chabolismo de posguerra. "Madrid quedó arrasada en la Guerra Civil y miles de ciudadanos perdieron sus casas. En Usera, por ejemplo, donde se ubicó uno de los frentes, muchos vecinos tuvieron que ponerse a vivir donde pudieron, porque su casa ya no existía. En gran medida eran familias pobres del sur de la ciudad, que habían apoyado al bando republicano y de las que el franquismo se olvidó".

placeholder El poblao de Chamartín a principios de los 80. (Javier Campano)
El poblao de Chamartín a principios de los 80. (Javier Campano)

Félix López-Rey, veterano concejal del Ayuntamiento de Madrid en dos etapas, ahora con Más Madrid, cumple con los dos perfiles: su familia salió de Polán, Toledo, por la miseria, pero también porque la Guerra Civil avivó el fuego del odio entre vecinos. Su familia se asentó en un descampado al sur de Atocha, en lo que posteriormente se conocería como Orcasitas. Los recuerdos de López-Rey, vertidos en su libro Orcasitas: Memorias vinculantes de un barrio, son los de cualquier barrio de aluvión. "Siempre me ha acompañado la imagen de ver a mi padre defecar en una lata dentro de nuestra casa, sin intimidad, como si la gente de Orcasitas no tuviera derecho al pudor. En nuestra casa, como en la mayoría de viviendas de los barrios periféricos del sureste de la ciudad, no había váteres, ni agua corriente, ni alcantarillado, ni calles asfaltadas. El inodoro era un lujo solo al alcance de las viviendas de la capital, no de aquellos barrios surgidos al otro lado de la plaza de Legazpi, donde Madrid perdía su nombre en medio de vertederos, ratas, barro, miseria y suciedad".

Los poblados eran una realidad que Madrid no quería mirar a la cara. Sus vecinos, a menudo albañiles y asistentas del hogar en el centro de la ciudad, salían a trabajar con botas de agua y una bolsa con otro calzado. Una vez llegaban a la estación de Atocha, donde empezaba la civilización, cambiaban de calzado por uno más acorde a la situación. Las botas llenas de barro, del barro del poblado, se escondían como una penitencia. "Nosotros veníamos casi todos del campo y veíamos la lluvia como un regalo del cielo. Sin embargo, en Orcasitas era un horror difícil de explicar. Las arcillas expansivas, grises, plásticas y pegajosas, dejaban una mancha en la ropa y en la piel que marcaban nuestra existencia y delataban nuestro origen humilde", explica López-Rey.

"Siempre me ha acompañado la imagen de ver a mi padre defecar en una lata dentro de casa"

Tampoco el franquismo quería saber nada de estos pobladores, que llegaron a ser más de un millón y medio de personas. "El franquismo lo toleraba, porque sabía que era necesaria su mano de obra barata en la construcción, y las limpiadoras y cuidadoras en las casas con recursos, pero no tenía un plan para ellos. El escaso contacto que tenía con ellos era en forma de represión", afirma la investigadora María Adoración Martínez.

"Las políticas de vivienda del franquismo se centraban en la clase media. Se ofrecían casas baratas de nueva construcción para trabajadores que tuvieran dinero para dar una entrada o comprar el piso completo, no para gente sin recursos. De hecho, en algunas zonas se dio una especulación tan importante, como en Lavapiés, que sus vecinos tuvieron que abandonar sus casas e irse a vivir a una chabola", continúa Martínez.

Realojos masivos

No sería hasta la muerte del dictador que Madrid empezó a actuar contra el chabolismo. La clave fue el movimiento vecinal, activado por figuras como Félix López-Rey y la exalcaldesa Manuela Carmena, que lucharon durante años hasta conseguir que se regularizasen sus comunidades. "Sin estos movimientos no se habría conseguido nada. No podemos olvidar que hubo miles de personas que pasaron toda su vida en una chabola, jamás salieron de ella", recuerda la investigadora.

Entre 1978 y 1986 se llevó a cabo el mayor desmantelamiento de infravivienda de la historia de España. El plan de actuación, que vino a llamarse Operación Barrios en Remodelación, afectó a 28 asentamientos y realojó a un millón y medio de personas. En solo seis años cayeron poblaos históricos como la Colonia de la Cruz Blanca, en Puente de Vallecas, y se iniciaron los desalojos de otros núcleos del distrito como Palomeras, el Cerro del Tío Pío, el Pozo del Tío Raimundo, Doña Carlota o El Pozo del Huevo, cuyos residentes fueron realojados en el popular edificio El Ruedo, de Sáenz de Oiza, visible desde la M-30.

Para finales de siglo, Madrid creyó haberse librado del problema de la infravivienda para siempre. Según datos del Consorcio para el Realojamiento de la Población Marginada, para 1999 apenas quedaban un centenar de chabolas en Madrid, en su mayoría localizadas en la Cañada Real, el asentamiento más antiguo de la ciudad y que ha sobrevivido a diferentes intentos de demolición. ¿Por qué sigue en pie? Hay dos motivos que no reconoce la Administración, pero sí los vecinos: que están fuera de la vista de los madrileños, en tanto que nadie tiene que pasar por allí de camino a otro sitio, y que se ha erigido como el principal hipermercado de la droga en la capital. No solo provee de sustancias a los adictos, sino que los esconde de la vista pública. El mal menor.

En los últimos años, pese a que Madrid vuelve a estar rodeada, esta vez, de desarrollos urbanísticos, las chabolas han vuelto a aparecer. Ya no son comunidades que se asientan en las afueras, sino pequeños núcleos que buscan refugio en barrios y zonas de tránsito. Es una escena visible a lo largo del trazado de la M-30, especialmente a su paso por los barrios del sur. Se trata de racimos de viviendas, levantadas en zonas de difícil acceso como incorporaciones a la radial, que resurgen una vez son desmanteladas. En esta línea, la ex vicealcaldesa Villacís prometió que iba a acabar con el problema de raíz: hoy, sin embargo, la situación se ha agravado.

placeholder Villacís y Niño presencian el desmantelamiento de unas chabolas en la M-30. (Ayuntamiento de Madrid)
Villacís y Niño presencian el desmantelamiento de unas chabolas en la M-30. (Ayuntamiento de Madrid)

Según registros del Ayuntamiento, en estos momentos existen hasta 96 focos chabolistas en la ciudad, sin contar los que se encuentran en el resto de la comunidad. Se distribuyen principalmente por los distritos de Moratalaz, las dos Vallecas, Villaverde, Vicálvaro, Ciudad Lineal, Chamartín, Fuencarral-El Pardo, Tetuán y Carabanchel.

Según los datos de la Fundación Secretariado Gitano, hay un importante cambio en la sociología del nuevo chabolista. A diferencia de los 80, cuando hasta el 98% de los pobladores de infraviviendas procedían de la etnia gitana, ahora han ganado peso los magrebíes y la inmigración de origen subsahariano, si bien la comunidad romaní sigue representando a 3 de cada 4 habitantes de infraviviendas. Aparece, por último, la figura de miembro de la población mayoritaria, esto es, españoles no gitanos, que ya significan el 1% de los chabolistas y cuyo principal motivo para vivir en este tipo de construcciones es el alto precio de la vivienda.

En Puente de Vallecas, los asentamientos se concentran debajo del paso elevado. Estos días, bajo una lluvia incesante, decenas de sintecho pasan los días como pueden, dado que el ayuntamiento está saneando la zona con grandes máquinas de limpieza. Adrián, rumano de 39 años, ha tenido que mudarse de urgencia a un espacio ínfimo de hierba justo enfrente, en el parque de Martin Luther King. Su casa, en realidad, es una lona azul y una pequeña estructura de tienda de campaña. "Estoy aquí porque nos han echado. Dicen que nos van a dejar volver cuando acaben, así que estamos aquí esperando", dice a este periódico.

"Aquí no podemos dormir, entra mucha agua", explica levantando la lona y dejando ver un charco de agua negra en el centro del habitáculo. "Aguantaré como mucho un día más, si no se van, intentaré irme a otro sitio cubierto", lamenta el rumano, cuyos compañeros se han movido unos metros al sur, hacia Méndez Álvaro. "Yo entiendo que puedo molestar a los vecinos y a los que aparcan los coches aquí, pero no tengo otro sitio donde ir", concluye.

A finales de los años 60, Madrid estaba rodeado de chabolas. No importaba la autovía por la que saliesen los madrileños de la ciudad, siempre se encontraban con un mar de casas de lona, chapa y adobe: Pinar de Chamartín al norte, Los Focos al este, Puente de Vallecas al sur o Caño Roto al oeste eran los principales asentamientos que rodeaban la urbe y que alojaban en torno a 400.000 personas, en su mayoría personas que habían abandonado el entorno rural en busca de un mejor futuro en la gran ciudad.

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