Escuchar en la ciudad del ruido: por qué Madrid aún necesita ciclos como 'LIMO'
El ciclo arranca este 24 de enero y permite repensar nuestra relación con las músicas tradicionales y la experimentación. Se celebra en CentroCentro con la colaboración del Ayuntamiento
En el Madrid de 2026 la música está en todas partes. Conciertos multitudinarios, festivales en cada esquina, sesiones que se solapan cada noche. La oferta es constante, pero la escucha, paradójicamente, se ha vuelto frágil. En una ciudad cada vez más acelerada, homogénea y ruidosa, encontrar espacios donde el sonido sea una experiencia tremendamente disfrutable se ha convertido en una rareza.
No es que no pasen cosas. Pasan muchas. Lo que escasea es el tiempo y el contexto para atenderlas. En ese paisaje saturado, ciertos proyectos se han terminado estableciendo como pequeñas anomalías: no compiten por el reclamo mediático ni por una visibilidad extrema, sino que apuestan por otra relación con el público. LIMO: Músicas corrientes es uno de ellos.
Los propios comisarios, José Luis Espejo y Rubén Coll, ya bregados en la parte más creativa e inquieta de la escena sonora capitalina, son conscientes de esa posición ambigua: “Hablar de esto como un oasis es una suerte y una pena al mismo tiempo. Es un privilegio poder hacerlo, pero también es una lástima que en una ciudad tan grande esto se perciba como algo excepcional”.
Madrid no es un desierto cultural, insisten, pero sí una ciudad con enormes discontinuidades. Iniciativas autogestionadas, espacios periféricos y proyectos puntuales conviven sin apenas red. LIMO es más un síntoma que la solución a ello: hay público, hay interés y hay necesidad de otros ritmos.
Músicas que circulan
El nombre del ciclo, aunque pudiera parecerlo, no es un reclamo poético. “Limo” remite a un material geológico en suspensión, ni sólido ni líquido, que se deposita lentamente y fertiliza las orillas. Una imagen que permite a los comisarios construir toda la propuesta. “Trabajamos siempre con campos semánticos que tienen que ver con lo geológico. Antes era archipiélago, ahora es limo”, cuenta Coll. “Limo alude a la materia que permanece en el agua sin asentarse del todo y que, al desplazarse, fertiliza los márgenes y permite que surjan nuevas formas. Del mismo modo, las tradiciones culturales no son estáticas, circulan, se transforman y, en ese movimiento continuo, generan territorios fértiles donde lo antiguo y lo nuevo pueden crecer”.
De ahí surge también el subtítulo del ciclo: músicas corrientes. “Corriente era algo de mucha gente y de muchos sitios. Eso nos gustaba mucho, porque el tipo de música que programamos es de muchos sitios y de muchas personas. De individuos que transmiten, transforman y hacen posible que esa música mute y llegue de generación en generación”, dice de una definición que encontraron pasando páginas en un diccionario de María Moliner.
La elección del término implica también un rechazo explícito a ciertas etiquetas. “Músicas del mundo carece de sentido. La tradición arrastra una construcción decimonónica. Y vanguardia, de algún modo, establece jerarquías”, reflexionan. Frente a todo eso, lo corriente permite pensar la música como algo común, compartido y en movimiento.
Tradición y experimentación
Uno de los ejes conceptuales de LIMO es desmontar la oposición que se suele establecer entre tradición y experimentación. Una dicotomía que ha marcado el relato musical durante décadas y que, según los comisarios, ya no se sostiene.
El punto de inflexión aparece alrededor de 2018, cuando detectan cierto cansancio en las formas dominantes de la experimentalidad. “Rubén empezó a notar un agotamiento en lo que supuestamente eran las formas de la experimentalidad. Y al mismo tiempo vimos que había muchísima gente investigando en músicas de otras latitudes”, comenta Espejo. “Mientras esto estaba pasando en la música de perfil más experimental, vimos que también comenzaba a pasar con artistas pop”. El disco de Rosalía, El mal querer, es de 2019, y ese mismo año ya comienzan a trabajar con grupos de música tradicional gnawa. “Ahora mismo incluso está en un momento de florecimiento pop absoluto”, continúa. “No es tanto fusión. No es coger una falsa esencia de algo y pasarla por ritmos pop, rock o funk. La idea es recuperar estructuras musicales de otros sitios y de otro momento para experimentar sobre ellas”. Un cambio de mirada que coincide con un contexto más amplio, donde se ahonda en la pérdida de centralidad del circuito angloeuropeo, los desplazamientos geopolíticos y un público más dispuesto a escuchar sin prejuicios.
Seis conciertos, tres líneas, ninguna jerarquía
La edición de 2026 de LIMO se concreta en seis conciertos, organizados en tres líneas claras. “Este año lo hemos articulado como duplas o tándems en torno a conceptos más específicos. No diríamos que es un juego de espejos, pero sí de diálogos”, indican. La primera línea se centra en el bordón (bajo sostenido) y el drone. Abre Kali Malone (24 de enero), figura clave del minimalismo contemporáneo, y lo cierra Lise Barkas (28 de noviembre), gaitera y zanfonista alsaciana que trabaja el bordón desde una radicalidad sonora que conecta la tradición del centro de Francia con el noise y la experimentación contemporánea, en perfecta relación con referentes como Keiji Haino y el legado de Coil.
Coll insiste en la relevancia de Malone más allá del nombre: “Kali Malone está en una posición muy privilegiada, pero lo interesante es cómo trabaja el sonido de una manera casi artesanal, desde lo vibratorio, desde las capacidades físicas del sonido”. El trabajo de la estadounidense bucea en el uso de órgano y electrónica desde una misma lógica material. Música austera, física y profundamente inmersiva.
La segunda línea aborda el desplazamiento de la canción latinoamericana, con el dúo formado por Arianna Casellas y Kauê (28 de marzo) y Lucrecia Dalt (6 de junio). “No nos interesa encabezar el cartel con nombres. Todas las aproximaciones están al mismo nivel”, insisten. Las dos primeras, Casellas, venezolana de Caracas criada en Portugal, y Gindri, brasileño de la región de Río Grande del Sur, se conocieron y decidieron empezar a componer canciones sobre la experiencia migrante y el vivir desenraizado. En cuanto a Dalt, colombiana residente en Nuevo México, presentará su último largo, A Danger to Ourselves (RVNG Intl., 2025), coproducido con David Sylvian. Un disco que pasa de la abstracción electrónica a una canción expandida, polirrítmica y vocal.
Mientras, con Ustad Noor Bakhsh (23 de mayo) y Senyawa (26 de septiembre) se aproximan a tradiciones no occidentales reinterpretadas desde el presente. Músicas transmitidas durante generaciones que hoy dialogan con contextos globales sin perder su increíble y necesario peso cultural. Bakhsh es un veterano intérprete de benju (un instrumento similar a una cítara pero con teclas) de Baluchistán, cuya música ritual —entre bodas, trance y sanación— ha llegado a festivales como Le Guess Who? y Roskilde tras su viralización en 2022. Por otro lado, Senyawa, dúo indonesio que combina improvisación, técnicas vocales extremas e instrumentos propios, mantiene una fuerte dimensión ritual y política.
Escuchar como forma de resistencia
Que LIMO exista de forma continuada en CentroCentro es un detalle nada menor. Implica una confianza institucional poco frecuente y un compromiso con procesos que van más allá de lo espectacular o la inmediatez del mensaje de TikTok. “Para nosotros es un privilegio contar con la confianza de CentroCentro por tercer año consecutivo. Lo que hacemos no es rellenar slots, hay un trabajo de búsqueda, de trazar diálogos, de investigar”, les gusta reivindicar.
En una ciudad (y una época) vertiginosa, detenerse a escuchar y reflexionar se está convirtiendo casi en un gesto político. LIMO, por su parte, propone detenerse, atender y aceptar que muchas de las ideas que hoy parecen radicales llevan siglos circulando.
“La experimentalidad y la vanguardia son formas que le deben muchísimo a tradiciones de otras partes del mundo”, levanta en un momento la voz Espejo. Quizá por eso este ciclo resulta incómodo y necesario a la vez. Conciertos que nos hacen reflexionar sobre el tiempo y las posibilidades que se nos presentan para escuchar de otra manera. En el asfixiante Madrid del ruido y la velocidad, no es poco.
En el Madrid de 2026 la música está en todas partes. Conciertos multitudinarios, festivales en cada esquina, sesiones que se solapan cada noche. La oferta es constante, pero la escucha, paradójicamente, se ha vuelto frágil. En una ciudad cada vez más acelerada, homogénea y ruidosa, encontrar espacios donde el sonido sea una experiencia tremendamente disfrutable se ha convertido en una rareza.