Miguel Sanz, burgalés de 33 años, se ha propuesto demostrar que un puesto de periódicos y de libros puede ser el remedio a la deshumanización de los barrios
Firmé el otro día mis últimos libros a pie de calle, que es donde ocurren las cosas. No en una carpa aséptica ni bajo el ruido ceremonial de la feria, sino en un quiosco a la antigua usanza. Un quiosco de verdad. De los que aún saben el nombre del cliente y no el algoritmo de su ansiedad. En Ortega y Gasset, número 45. Y el quiosquero se llama Miguel Sanz. Quede claro.
Miguel transcurre doce horas diarias a la intemperie. Doce. Como un vigía civil de la palabra impresa. Saluda sin mirar el reloj, escucha sin prisa, fía sin contabilidad y recuerda sin agenda. O quizá no recuerde, pero confíe. Que viene a resultar lo mismo. El barrio le pertenece en la medida en que lo conoce: los periódicos que compran, los silencios que arrastran, las deudas pequeñas que nadie reclama. Vida de barrio, ese concepto que hoy se pronuncia con melancolía museística y aquírespira con naturalidad.
Allí me senté a firmar. Y alrededor no hubo filas disciplinadas ni selfis programados. Hubo conversación. Hubo gente que pasaba, preguntaba, dudaba, hojeaba, volvía. El libro circulaba como excusa. El papel cumplía su función primitiva: convocar. Miguel lo sabe. Por eso apostó por los libros y los diarios cuando todo parecía aconsejar otra cosa. Por eso convirtió el quiosco en una plaza mínima. Por eso organizó firmas cuando nadie hablaba de firmas en quioscos.
Miguel nació en Burgos, tiene 33 años y una biografía improbable para estos tiempos. Estudiaba Ciencias Políticas e Historia cuando decidió trabajar. Así, sin más retórica. Cogió el traspaso del quiosco hace una década. No por nostalgia, sino por vocación. Vocación por la palabra escrita, por el periódico doblado bajo el brazo, por la revista que se abre con un gesto aprendido. Vio esperanza donde otros veían liquidación.
El quiosco se volvió frondoso. No solo por los periódicos, sino por los libros, los cromos, los cuentos infantiles, los paraguas que obligan a retirar volúmenes en días de lluvia, los caramelos que compran los niños mientras los adultos hojean titulares. Diversificación, dicen los manuales. Miguel lo tradujo en convivencia. Cultura en un 80%, mercancía útil en el resto. Un equilibrio callejero.
Por allí han pasado Trapiello, Uclés, Manuela Carmena, Juan Manuel de Prada, Agatha Ruiz de la Prada, Esperanza Aguirre. Autores consagrados y jóvenes con hambre. Un domingo viene Manuel Vicent, y Miguel lo anuncia con una alegría casi doméstica: "Es muy querido". Aquí no se programa un evento; se espera una visita.
Miguel en su quiosco. (R.A.)
Mientras yo firmaba ejemplares de Morante, punto y aparte, Miguel captaba a los transeúntes y se entretenía con los clientes habituales. Se sabe los nombres, conoce sus inquietudes, y comparte la dicha del oasis.
Le pregunto si hay que estar un poco trastornado para meterse en un quiosco hoy. Sonríe. Un poco. Pero la locura, aquí, adopta la forma de resistencia tranquila. Frente al clic solitario, conversación. Frente al envío exprés, confianza. Frente a Amazon, la pregunta: "¿Te gustó el último?". Comprar un libro no consiste en ejecutar una orden, sino en participar de un intercambio.
Firmar allí devolvió sentido al gesto. El libro no viajaba del autor al lector por un circuito abstracto, sino por una mesa de quiosco, con ruido de calle y olor a papel. El quiosquero ejercía de mediador cultural sin llamarlo así. De orientador, de confidente, de punto de referencia, de confesor, de médico de cabecera.
El periódico invita a una lectura reposada que la pantalla sabotea. Los buenos textos piden tiempo y el papel lo concede
Dicen que el papel retrocede. Miguel discrepa sin épica. El periódico invita a una lectura reposada que la pantalla sabotea. Los buenos textos piden tiempo y el papel lo concede. Quizá peque de optimismo. O quizá conozca demasiado bien a sus vecinos.
Firmé libros y me marché con la impresión de haber participado en algo más serio que un gesto promocional. En un acto de continuidad. Mientras queden quioscos así, el papel no necesita elegías. Necesita quiosqueros. Y barrios. Y lectores que se detengan. Aunque solo sea un momento.
Firmé el otro día mis últimos libros a pie de calle, que es donde ocurren las cosas. No en una carpa aséptica ni bajo el ruido ceremonial de la feria, sino en un quiosco a la antigua usanza. Un quiosco de verdad. De los que aún saben el nombre del cliente y no el algoritmo de su ansiedad. En Ortega y Gasset, número 45. Y el quiosquero se llama Miguel Sanz. Quede claro.