La noche de San Blas: Alcalá Norte, Greenclass y Los Amposta, autenticidad a toda costa
El sábado 20 de diciembre, Madrid vibró con el pelotazo musical de Alcalá Norte, quienes rindieron un homenaje a su barrio con Los Amposta y otro a sus inspiraciones musicales con Greenclass. Una historia de la música que merece ser contada
Cualquiera que no sea un bobo redomado sabe que cuantas más papeletas tengas para el éxito, más buitres deseando tu caída rondan alrededor. Es el despertar de la fantasía pubescente por la que ser una promesa musical acaba convertida en una caprichosa maldición. Alcalá Norte lleva un par de años chapoteando con atino en ese perfumado lodo. Y no sólo no se han ahogado. Han coronado El monte de los Olivos y ahora descargan su sabiduría mientras, a las faldas, no faltan quienes tienen ganas de clavarlos en un madero. La envidia, para qué engañarnos, es deporte nacional.
Haber alcanzado un triple sold out seguido en la Sala La Riviera de Madrid es prueba suficiente de su cenit como banda. Son pimpollos de un solo éxito. Eso es cierto. Todavía están en su primer álbum. Pero barriendo especulaciones chuscas o emocionadas sobre el disco que ya han anunciado que darán a luz el año próximo, la noche del sábado 20 de diciembre, Alcalá Norte rindió un emocionante homenaje a sus orígenes. Y no únicamente porque sus dos teloneros, Greenclass y Los Amposta, tengan también por denominación de origen el proletario barrio de San Blas. La historia tiene miga y entraña y merece ser contada, como una de esas anécdotas de la música que le engolosinan a uno cada vez que las escucha.
Greenclass: El origen
Greenclass nació en el colegio Obispo Perelló, en pleno barrio de Quintana, entre Ciudad Lineal y La Concepción, en los primeros dos mil. De aquel caldo de cultivo juvenil habla directamente Berto Herrero, frontman de la banda, cuando recuerda sin ambages el detonante estético y musical: "Oasis era nuestro puto referente. Éramos unos enfermos de Oasis", asegura, hasta el punto en que a Berto llegaron a confundirlo tanto con Liam Gallagher, parka y patillero peinado tazón incluidos, que, en una ocasión, llegó a convertir las calles de Londres en un nido de paparazzi a su alrededor.
Ese fervor britpop no se quedó en pose. Pronto llegaron canciones, grabaciones y una primera sensación de despegue. Herrero, emocionado antes de subirse al escenario, lo sitúa con precisión en un tema concreto: "Who Is Who, una gran canción. Teníamos colegas en la SER —Jesús Gallego, Diego de Vega— y empezaron a ponerla en El Larguero y Carrusel Deportivo. Ahí la cosa empezó a crecer". Con una trayectoria que se avecinaba de alto octanaje, aparecieron los primeros fieles y un ecosistema nocturno que funcionaba como punto de encuentro. "En esa época empezaron a aparecer los fans. Nosotros íbamos muchísimo a la fiesta Independence, donde uno de los DJs era Daniless. Que decidió meterse como mánager", recuerda Herrero, marcando el inicio de una red de afinidades que acabaría cruzando generaciones.
En ese contexto se produce la escena fundacional que une definitivamente a Greenclass con lo que más tarde sería Alcalá Norte. Herrero reconstruye la noche con detalle: "Estuvimos una de las noches de Independence hablando con ellos y tal. Cuando cerraron el garito, yo me fui a coger un taxi bastante borracho para volverme a casa. Y justo vi que estaban Rivas y Juanpi, y no sé si alguno más de los que luego serían Alcalá Norte, iban como de vuelta y media". El gesto de Berto, tan simple como decisivo, marcó a quienes, por entonces, eran unos pospuberales melómanos: "Les dije: ‘Venga, veníos conmigo, que vamos al barrio y compartimos taxi’. Dijeron que vale, que de puta madre. Y la anécdota es que cuando llegamos al barrio les dije que no pagaban el taxi. Que yo ya estaba currando, ya estaba ganando perrillas y que no les dejaba pagar. Y ellos se quedaron con eso muy grabado".
Con el paso del tiempo, Herrero supo qué había provocado aquella escena aparentemente menor. "Luego nos contaron que se quedaron con la sensación de ‘joder, tenemos esta banda de referencia —Greenclass—, los hemos conocido y encima han sido de puta madre", recuerda Herrero. "Al principio venían un poco nerviosillos, pensando que nosotros éramos la puta hostia del rock mundial, que íbamos a ser inaccesibles. Y cuando vieron que éramos chavales normales del barrio, como ellos, que hablábamos con cualquiera y no teníamos nada subido, eso les hizo un clic". Un clic con consecuencias claras: "Con el tiempo, esos chavales fueron Alcalá Norte. Y lo más bonito de Greenclass no es hasta dónde llegamos nosotros, sino haber inspirado a otros, hasta el punto de poder telonearles". Precioso relato y moraleja de la generosidad nocturna...
Para Roberto Jiménez, guitarrista de Greenclass, ese regreso a los orígenes tiene una carga emocional difícil de disimular. "Es fuerte, la verdad. Llevábamos casi ocho años sin juntarnos. Y que los chavales del barrio, que han empezado un poco como empezamos, te digan que montaron una banda porque había gente como nosotros haciéndolo, eso te llena muchísimo". Para Jiménez, ya iba siendo hora de que San Blas se conociera por la música y no por el quinquilleo noventero.
René Sharrocks: El nexo
Nutriendo esta lluvia fina de más sinergias morrocotudas, aparece un eslabón madre en la reunión de la noche del sábado: René Sharrocks. Una jeta que ha trascendido la familiaridad en la nueva escena indie rock nacional, para rozar la omnipresencia. Bajista con Depresión Sonora, René pasó a integrar las filas instrumentales de Alcalá Norte hace alrededor de un año, mientras mantenía a flote su propio proyecto: Dharmacide. Este tridente, ahora mismo, con la aparición de los últimos discos de Depresión: Los Perros no Entienden Internet (…Y Yo no Entiendo de Sentimientos) (2025) y de Dharmacide: Tougher than the rest (2025), es la oración juvenil del género en España. La lozanía emergente frente a las viejas glorias que van dejando espacio. Y René navega en todos ellos.
Pero antes de todo eso, surprise, Sharrocks ya había pasado por Greenclass. Fue allí donde se curtió de adolescente las yemas de los dedos, con 17 tiernos años, una década antes de volver a sus filas teloneando a Alcalá Norte en la Riviera. Aunque, en su caso, más diría telonearse a sí mismo. La noche del sábado, Sharrocks partió tablas con ambas bandas y dejó clara su lectura territorial del asunto: "Me gusta que San Blas sea el origen de las cosas", afirma. "Siempre parece que cuando quieres hacer algo tiene que orbitar alrededor del centro. Mola que estén saliendo cosas de allí, que se ponga en el mapa".
La tendencia al estilo narcisista que domina esta era del ultra-yo ha sido, en parte, la responsable de contagiar a la música el virus de la superestrella frívola. Esto gira en torno a la simplificación de las letras, la viralidad plastiquera y una huida de la excentricidad para que el público asocie a las bandas con su manoseada y guapera visión del éxito. San Blas, gracias a Dios, no ha dado a sus vástagos musicales esa pringosa condición.
Bastó ver el sábado 20 a la cofradía de greñudos llamados Los Amposta. Tipos cañeros, sinceros, de buena planta. Actitud de honestos metaleros que cogen las curvas a doscientos y seducen con una inextinguible sonrisa. Tocaron emocionados, como unos regañones Leño resucitados, al que le dieron un puntazo de rock andaluz, en plan Triana, con la intervención del cantante Fran Cerro.
Como un pato en un garaje, con sus cueros y sus pelambreras, Los Amposta sirvieron un entremés musical que dejó a los asistentes más moñas del público cabeceando en un asuntivo gesto inesperado de placer. Sharrocks también fue quien los propuso: "A mí me gustan las bandas auténticas, donde hay buen rollo, pero sobre todo algo real", asume. "No se trata siquiera de tener algo que decir de forma forzada, sino de ser auténticos". Una premisa que todos los miembros de Los Amposta, al unísono, corearon, declarándose como: "Peña auténtica de San Blas a la que le gusta el rock, y muy emocionados de poder defenderlo en La Riviera".
Uno siente que de eso va la música. El rock, al menos. De gente que apura la copa hasta el éxtasis, conscientes de que todo es una combustión, y de que más vale reclutar forajidos que ir sembrando el camino de enemigos. Y sí, Los Amposta dan fe de ser gente auténtica. De cumplir con el dogma, como los chavales de barrio que ponen ciego de ácido al protagonista de la película Almost Famous (2000), aquella maravillosa oda de Cameron Crow a sus inicios en la revista Rolling Stone. Puro vicio, sin trampa ni cartón.
La corona de Alcalá Norte
Y llegamos a la cabeza del cartel. A los alquimistas del post-punk madrileño, que con sólo un disco cabalgan el encabritado pony del éxito local, aunque ya tienen la mirada puesta en subirse a lomos de un manatí que los lleve al otro lado del charco. La aventura internacional no tardará en llegar.
¿Quién le hubiera dicho a Pablo Prieto, motor digital de la banda en redes y bajista, que sus delirios cibernéticos serían claves en el éxito de Alcalá Norte? Porque así fue, no solo del tuit que les brindó Rosalía mencionando su himno La vida cañón han vivido los Alcalá. Prieto llevaba años vacilando y ganándose el aplauso para la banda en el universo de internet. "El Twitter empezó como una cuenta de memes", recuerda Prieto, momentos antes de salir al escenario. "Porque no me dejaban tener la cuenta oficial. Decían que era un tipo peligroso". Y quizás lo fuera, pero del peligro están hechas las leyendas.
Prieto, todavía con secuelas de aquella jugada, no le quita chicha al esfuerzo que supuso jugarse la cordura estando constantemente en las redes. "Psicológicamente es jodido. Te tomas en serio un mundo virtual que no existe y acabas quemado. Es una droga, heroína pura. Dopamina fácil". Ahora prefiere centrarse en tocar el bajo, que es su dedicación predilecta y necesaria con Alcalá Norte. "Como músico formado, lo que más me importa es que el proyecto suene sólido. Y suena sólido. Que la base rítmica vaya a cañón". Como la vida misma, vaya, si hablamos de Alcalá Norte.
Ataviado con sus características gafas de sol, Carlos Elías deambulaba por los camerinos la noche del sábado meneando su kilométrica melena plateada. El guitarrista y cerebro melódico de la banda, llamado Doctor Music, no vivió el acontecimiento con tensión. Elías tiene calle y consulta. Porque su mote no es al azar. Antes de colgar recientemente el estetoscopio, Carlos era médico de cabecera en un ambulatorio del sur de Madrid. Sin embargo, hizo un órdago con Alcalá Norte, siguiendo el sueño musical: "Lo mejor es el reconocimiento que viene de bandas y músicos que llevan mucho tiempo en esto", asegura preguntado por lo que más lo alimenta del proyecto. "Esa gente tiene una opinión autorizada tanto por su talento como por su trayectoria. Por eso sabes que lo estás haciendo bien".
Por otro lado, y como se advertía al principio, cuando los ícaros ascienden, siempre hay cretinos cenizos queriendo quemar la cera de sus alas. Para Carlos Elías, lo peor de estar ascendiendo son los "propios y extraños que entran gratuitamente a decirte cómo tienes que gestionar tu proyecto, y vienen a ser charcuteros haciendo de cirujanos". Doctor Music, inevitablemente, jugando con la metáfora médica.
Estos marcianos indies del extrarradio madrileño encarnan la esperanza de un país que todavía se seca las lágrimas por las muertes de Jorge Ilegal y Robe Iniesta; dos inmensos mulos sagrados del rock nacional. Compararlos sería una memez. Salvo porque hablamos de bandas nacidas lejos de la manipulación genética de la industria. Nadie está puesto a dedo sino a amistosa conciencia, de ahí la heterodoxia de la que hacen gala.
En Alcalá Norte, cada cual es de su padre y de su madre, conservando el misterio y alejándose de esa homologación que, ya lo decía Pasolini, es la gran encarnación moderna del fascismo. "No tenemos estilo ninguno", confiesa el bajista Pablo Prieto. "Somos todos diferentes, gente normal, no ultra guapa ni nada de eso. Cada uno viste como le da la gana. ¿Para qué vamos a ponernos un traje? Esa es la reivindicación: ten tu propia identidad sin prejuicios. Sé cómo te dé la puta gana".
Esta última declaración entra en perfecta consonancia con lo que opina René Sharrocks, bajista en Greenclass y guitarrista en Alcalá Norte, al interrogarle por el triunfo de esta nueva hornada del extrarradio madrileño. "Porque estamos todos locos, tío", sostiene. "Al final la gente ya no se cree lo que le dicen, descubre cosas por ahí y se mezcla todo. La gente está quemada, y por eso está escuchando y haciendo otro tipo de música", sentencia con sonrisa de piano.
Unos bajan y otros suben
Álvaro Rivas, el sensible y cariñoso elfo a los micros de Alcalá Norte, destila humildad al hablar de Greenclass; la banda que abrió su concierto la noche del sábado 20 de diciembre, y sus devociones musicales una década atrás. "Es un regalo que nos haya abierto Greenclass en La Riviera", asegura antes del concierto, concentrado como si de un combate se tratase pues, al fin y al cabo, hay cierto pugilismo en hacer vibrar a miles de personas. "Nos inspiraron mucho de chavales. Su estilo mod, sus referencias al britpop, a Stone Roses. Berto fue de lo primero que yo quise imitar", confiesa el cantante, quien declara tener muy poca ambición e ir de a poquito, aunque ya estén a lo grande. Cosa que no casa con su particular espíritu neurótico.
Dando fe de ello, este cronista rememora con ternura la primera vez que conoció a Álvaro Rivas, hará dos años. Tras una gozosa charla regada con litrona en casa de Carlos Doctor Music, nos dirigimos a la sala But, donde iba a comenzar un concierto de la maravillosa banda Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. Rivas, notablemente atribulado y nervioso a las puertas del garito, se percató de haberse olvidado el ordenador del trabajo en casa de Carlos, y temía con responsabilidad la fusta del empleador. El vértigo del despido. Antes de conquistar la torre de Alcalá Norte como King Kong, Rivas tenía un currillo precario en una compañía de seguros de cuyo nombre no quiero acordarme.
Contra el prejuicio narcisista del artista ensimismado con su talento, de los que se quieren hasta ver la bragueta húmeda frente al reflejo, Álvaro Rivas no parecía ser consciente del cohete hacia la fama (con sus crispaciones y exenciones laborales) que ya cabalgaba entonces. Para fortuna de quienes erotizamos la humildad en el arte, sigue sin hacerlo, como da buena cuenta su visión sobre el verdadero éxito para el que, según él, "has de ser un sociópata de manual". Y eso que la aureola mística, engarzada en esas letras sobre numerología de Arturo Soria, soflamas de Goebbels, Jünger y Georgina Rodríguez, ya parece hacerlo levitar un poco.
En cuanto al devenir general de la velada del sábado 20 de diciembre, cabe decir que el cuentagotas progresivo iniciado con Greenclass y ampliado por Los Amposta acabó rozando la inundación con Alcalá Norte. Las mareas de cuerpos tozudos, de hare krishna indie transpirando cerveza, convirtieron el lugar en una pila alcalina colmada de energía. Todos sonaron de fábula, dando fe de que La Riviera, como los miembros de las bandas aseguran, "es una de las mejores salas de Madrid".
Finalizada la ronda de conciertos, echando la vista al recuerdo reciente, sólo cabe admirar la majestuosa interpretación por parte de todos los miembros de Alcalá Norte, desde los ya mencionados, pasando por el siempre ingenioso batería heavy-metalero Jaime Barbosa, y la psicodélica teclista Laura de Diego.
Ahora, por desgracia para quienes quedaron prendados de Greenclass, la banda que dio cobijo a René, que inspiró a Rivas y dio una inesperada inyección a la música nacional sin saberlo, sus miembros, tras la noche del sábado, cuelgan las guitarras definitivamente. La vida se impuso, tiempo ha, sobre la machacada de los escenarios y las ladillas de la inestabilidad. "Con los años llega el desgaste", confiesa Berto Herrero. "Cada uno empieza a trabajar, a tener prioridades. Y llegó un momento en que vimos que estaba en peligro la amistad. Así que decidimos parar. Esto ha sido una milagrosa excepción", concluye Herrero.
Pero la noche del sábado, en la Sala La Riviera, volvió a oírse el grito de guerra de la banda parida en el colegio Obispo Perelló: "Hola, somos Greenclass y venimos de San Blas", un descorche que recordó, con sentido del humor, a ese grito de Lemmy Kilmister al empezar sus conciertos cuando gruñía: "We are Motörhead and we play rock’n’roll". Luego Los Amposta dignificaron el ritual del rock duro, seguro inspirando a más de un hereje ahora converso a la gloria musical de Belcebú. Y, por último, los reyes de la velada, Alcalá Norte, que han puesto al barrio de San Blas y a Ciudad Lineal en el mapa musical español. ¡Larga vida a todos ellos!
Cualquiera que no sea un bobo redomado sabe que cuantas más papeletas tengas para el éxito, más buitres deseando tu caída rondan alrededor. Es el despertar de la fantasía pubescente por la que ser una promesa musical acaba convertida en una caprichosa maldición. Alcalá Norte lleva un par de años chapoteando con atino en ese perfumado lodo. Y no sólo no se han ahogado. Han coronado El monte de los Olivos y ahora descargan su sabiduría mientras, a las faldas, no faltan quienes tienen ganas de clavarlos en un madero. La envidia, para qué engañarnos, es deporte nacional.