Manuel Longares, el gran cronista de Madrid: "Soy quizá el peor periodista del mundo"
El escritor, que ha sido galardonado con el I Premio Sentir Madrid, concedido por el Ayuntamiento, reflexiona sobre sus 82 años y una vida que ha consistido en escribir sobre la capital española
El tono de Manuel Longares es sosegado, aunque cada poco tiempo deja entrever su particular humor, fino, levemente irónico, como sin querer llamar la atención. Su escritura se parece mucho a esta forma de comentar, algo muy pensado, pero a la vez nada excesivo. Longares ha vivido muchos madriles literarios. Recuerda el Café Gijón de los años sesenta, la figura de Umbral, dramaturgos olvidados como Carlos Muñiz. Pero insiste en una idea: Madrid no necesita proclamarse literaria, lo es de manera natural. "En Madrid todo ha sucedido ya cuando tú llegas", dice. "Y eso te coloca en tu sitio".
Ese vínculo profundo con la ciudad ha sido con el I Premio Sentir Madrid, otorgado por el Ayuntamiento. El jurado ha destacado su capacidad para retratar Madrid desde una mirada experimental y su continuidad con la tradición de Galdós y Juan Eduardo Zúñiga. Un premio que, en palabras de la vicepresidenta Marta Rivera de la Cruz, también delegada de Cultura, Turismo y Deporte, busca "reconocer a aquellas personas cuya actividad artística ha estado muy centrada en Madrid o ha servido para retratarla y ponerla en valor".
Rivera de la Cruz subraya cómo la elección de Longares fue clara. "Una vez que se defendió su candidatura, todos estuvimos de acuerdo en que representaba mejor que nadie el espíritu del premio". Y añade algo esencial: "Cualquiera que haya leído Romanticismo entiende por qué se le da este galardón". Para ella, su literatura es "exquisita, cuidada, muy personal", con una capacidad poco común para "ver todas las capas de Madrid, tanto el perdido como el eterno".
Madrid, una ciudad sentida
Los primeros recuerdos de Longares le llevan a una ciudad destartalada, un Madrid pobre. "Hacía mucho frío. Te fijabas más en lo que no podías conseguir que en lo que tenías", señala. No parece que haya en esa memoria, tejida por las diferentes vicisitudes que le han acompañado, nada de nostalgia. Sí mucha observación. La misma que, con los años, acabará convirtiéndose en esa literatura minuciosa y brillante que impregna sus libros.
Nació en la calle de Alcalá, esquina con Conde de Peñalver. Durante décadas, esa frontera entre el centro y el barrio de Salamanca va a reflejar también una línea simbólica, un espacio de tránsito, de paso, de observación. El autor de Soldaditos de Pavía, que estudió en el Colegio del Pilar, rememora el bachillerato como un ejercicio de resistencia. "Había que ser aguerrido", apunta. "No te dabas cuenta de nada. Aprendías de memoria y seguías adelante. Era una forma de sobrevivir".
Sobrevivir no es una palabra dicha de cualquier forma. Aparece, una y otra vez, asociada a la educación, al periodismo, a la escritura. En Longares, la literatura no nace de una vocación heroica, sino de una adaptación constante al entorno. De una atención casi silenciosa a lo que ocurre alrededor.
Cuando se le pregunta por Madrid, evita las grandes avenidas. No menciona la Gran Vía ni el paseo del Prado. Prefiere las bocacalles. "Las vías medio clandestinas", insiste. Calles que no están hechas para el coche, que se cruzan entre sí, casi anodinas, sin destacar. Madrid, para Longares, definitivamente es una experiencia acumulada.
El madrileño está enterado
Al escritor le gusta hablar del madrileño, definirlo, comentarlo, darle forma. "Está enterado de todo", afirma. "Y como está enterado, no se cuestiona nada. Responde serio o no responde. Va a lo suyo". Esa naturalidad es una de las claves de su literatura. Está en los gestos, en las conversaciones, en la manera de mirar sin mirar. De ahí que su obra haya sido leída como una de las formas más precisas —y menos complacientes— de acercarse a la calle y a todos los que la habitamos.
Su entrada en el periodismo tampoco responde a algo vocacional. "Yo soy quizá el peor periodista del mundo", se sincera el autor, también responsable de varias colecciones de artículos escritos en prensa, como su Madrid, ida y vuelta. Mientras, relata cómo empezó por mediación de un amigo en redacciones donde el oficio consistía en tareas mecánicas. Y comenta cómo aquellos primeros trabajos eran un ejercicio casi absurdo: subrayar mayúsculas, corregir casi sin intervenir en el texto. Cambio 16, sin embargo, supuso una excepción. "Era el lugar adecuado en el momento adecuado", recuerda. Allí se estaba gestando la Transición y el periodismo tenía todavía una dimensión colectiva.
Aun así, su relación con el periodismo siempre fue tensa. "La literatura no es bienvenida en un periódico", explica. "El periódico quiere hechos. La literatura hace lo contrario: desordena, se equivoca, miente". Reconoce, en todo caso, algo esencial del oficio: la vida social. "Venía de escribir en silencio. Y de pronto estaban las comidas, las conversaciones. Era un juego".
'La vida de la letra'
Cuando habla de su obra, Longares reconoce la dificultad, la incomprensión, incluso el rechazo. El ciclo La vida de la letra lo define como lo más vanguardista que ha escrito. "Dejaba el libro a los amigos y no querían verme", recuerda. "Decían: ya está este otra vez con la subordinada". En su forma de hablar hay una lucidez tremenda. La conciencia de que la literatura es un trabajo lento, ingrato, solitario. "Uno sigue pensando que la literatura va a hacer maravillas. Y no. Vas perdiendo la vida poco a poco. Pero escribir es eso".
La escritura, puntualiza, no parte de un plan cerrado. "No sé qué estoy escribiendo hasta bien entrada la narración". Prefiere dejar que aparezcan primero los elementos personales. La emoción precede al diseño. "Hay que dar con la palabra que lo desencadena todo". Cuando eso ocurre, el texto avanza solo. Luego vendrá la corrección.
Romanticismo, su obra cumbre, nace de una experiencia vital concreta: la entrada en el barrio de Salamanca durante los años universitarios. La novela retrata el barrio más acomodado de Madrid como un microcosmos burgués en el que tres generaciones de una familia, unidas por un amor imposible, atraviesan los años que siguen a la muerte de Franco. Entre salones, rutinas y silencios, el relato observa cómo un mundo que se cree inmutable se ve amenazado por la transformación política y social del país, y cómo el miedo al cambio, más que la ideología, marca la vida íntima de quienes se aferran a la continuidad de sus privilegios, ritos y certezas.
Su retrato del barrio ha sido leído como una crítica social. Longares lo matiza con sorna. "Tiene algo especial", dice. "Su gente te mira y no te ve. Te saludan, pero están en otra parte. Son cordiales, limpios. Da gusto… si te admiten". Por eso Romanticismo sigue funcionando hoy. Porque, aunque retrata una etapa desaparecida, el alma de Madrid sigue ahí. Un Madrid que se transforma sin perder del todo sus distintas capas.
Sigue escribiendo. Lo hace de noche. "Muy pasado de rosca", comenta con humor. Prepara una nueva novela, Cortesanos, ambientada en el siglo XVIII. Y Longares se despide: "Escribir te ayuda a vivir. Te da aire para salir a la calle al día siguiente". Rivera de la Cruz concluye con que el premio se le entregará "tras las Navidades, se fijará una fecha que encaje con el autor y con la agenda institucional, con la voluntad expresa de dotar al acto de contenido y proyección cultural".
El tono de Manuel Longares es sosegado, aunque cada poco tiempo deja entrever su particular humor, fino, levemente irónico, como sin querer llamar la atención. Su escritura se parece mucho a esta forma de comentar, algo muy pensado, pero a la vez nada excesivo. Longares ha vivido muchos madriles literarios. Recuerda el Café Gijón de los años sesenta, la figura de Umbral, dramaturgos olvidados como Carlos Muñiz. Pero insiste en una idea: Madrid no necesita proclamarse literaria, lo es de manera natural. "En Madrid todo ha sucedido ya cuando tú llegas", dice. "Y eso te coloca en tu sitio".