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Luis Pérez Calvo, el autor que idea cromos para entender el Madrid del arte
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Muestra dos Madrid distintos

Luis Pérez Calvo, el autor que idea cromos para entender el Madrid del arte

Una exposición en CentroCentro muestra cómo un artista que trabaja con cuadernos, cartulinas y recuerdos es capaz de dibujar un recorrido de aquellos lugares que articulan el arte madrileño

Foto: Exposición de cromos de Luis Pérez Calvo (Cedida)
Exposición de cromos de Luis Pérez Calvo (Cedida)

Son, en apariencia, dos simples murales. Sin embargo, encierran toda una cuidada y esmerada escenografía del quién es quién dentro del a veces oculto ecosistema artístico madrileño de la última década. La exposición se titula Cromos de artista, un recuerdo directo de los álbumes de cromos de su infancia y de los domingos en El Rastro, en la plaza del Campillo. Frente a las imágenes digitales, intangibles y masivas, el cromo simboliza aquello que permanece, que puede aparecer por azar y que se intercambia.

Detrás de ese modo de trabajar hay una biografía muy apegada a Madrid. Luis Pérez Calvo, el artista que protagoniza esta muestra que puede verse hasta finales de abril en CentroCentro, creció entre Lavapiés y Embajadores, "por la zona de la Glorieta de Embajadores, aquí al lado de la Sala Caracol", rodeado de tebeos, álbumes de cromos, enciclopedias ilustradas y discos. Un entorno que ha generado una manera de mirar que mezcla curiosidad y un detallismo casi enfermizo. Fachadas, rótulos, carteles, verbenas, tebeos, imágenes del circo o televisión, le han servido de influencia.

Aunque antes de hablar de barrios, influencias o escenas hay que empezar por describir su forma de trabajar. Un método que es sencillo de explicar y muy constante: sale a ver exposiciones, observa con atención y, cuando vuelve a casa, convierte lo que ha visto en un cromo. "Yo empecé a hacerlo en cuadernos, en cuadernos de dibujo, que tengo un montón, me gusta mucho el trabajo sobre cuadernos, bocetos", cuenta. Al principio eran dibujos que enseñaba solo a "mis amigos más íntimos", casi como un juego privado.

placeholder Detalle de un cromo (Cedida)
Detalle de un cromo (Cedida)

La cosa empezó a crecer cuando decidió escanearlos o fotografiarlos y subirlos a las redes sociales "a modo de publicidad de que están exponiendo a mis amigos en tal galería o en tal espacio". Cada visita se transformaba en una pequeña imagen, hecha en casa, que mezclaba la fachada de la galería, la obra que estaba expuesta, anécdotas que remitían a ese artista o asociaciones más o menos libres. "A veces conozco al artista que voy a ver, y otras me guía la curiosidad. Lo importante es que me guste… y si me gusta, me gusta hacerle mi interpretación, meterme en su mundo", resume.

Técnicamente resulta muy directo. Se encuentra cómodo trabajando "sobre cartulina, sobre papel", casi siempre con acrílico y lápices de color. El lienzo lo ha ido dejando atrás. A veces incorpora "imágenes antiguas de tebeo", viejas viñetas, tipografías de la serie de tebeos Olé, letras de cartelería de circo o de comercios. La idea consiste en recombinar lo visto con su propio archivo visual: música, rótulos, discos, pelis. Un gesto que repetido durante diez años ha dado lugar a más de quinientos "cromos de artista".

De Lavapiés y Embajadores a las galerías y museos

La conversación con el artista se desplaza hasta el pasado, cuando su relación con el arte se profesionaliza, a finales de los ochenta. "En el 87 me presenté a un concurso de pintura que creó el Ayuntamiento de Madrid, que se llamaba Premio de Pintura Joven del Ayuntamiento de Madrid", detalla. Era la primera vez que enviaba obra a algo serio: "Dos lienzos de 1,62 por 1,30". Lo seleccionaron entre los treinta primeros, luego entre los trece que se expusieron en la Casa de Vacas del Retiro: "Ahí estoy con Óscar Seco, con Felicidad Moreno, Alfredo García Revuelta… Se puede decir que soy de esa generación".

Foto: pablo-pueblo-el-hombre-que-difunde-a-los-cuatro-vientos-el-groove-flamenco-madrileno

Aquello le dio confianza, "me empezó el subidón", y empezó a gastarse el dinero en lienzos y a moverse por galerías, en un ambiente que entonces vivía como "un poco frío, muy elitista". Con el tiempo fue tejiendo un círculo amplio. "Conozco como tres generaciones", dice. Artistas de su quinta, como Jorge Galindo o el mencionado Alfredo García Revuelta; otros más jóvenes, como Julio Falagán; gente todavía más joven, de veintitantos; y también mayores, como Carlos García-Alix. Cuando le señalan que parece conocer a todo el mundo, responde con naturalidad: "Claro, porque salgo".

Los cromos de artista

Su sistema, como comentamos, parece sencillo: ve una exposición, se engancha a algo y lo convierte en cromo. En Galería Goma, por ejemplo, entró casi por casualidad a ver la muestra de una artista outsider cuyos cuadernos había rescatado la familia. De ahí salió un dibujo de la fachada de la galería y una página dedicada a esa autora, que hoy está colocada en la zona de Doctor Fourquet del mural. Algo parecido le ocurrió con la exposición de Alfredo Alcaín. “Conocía más la parte geométrica de él, pero al subir a la planta superior descubrí los cuadros más realistas, plagados de rótulos, fachadas y carteles de los años sesenta”, confiesa. "Lo de arriba fue lo que más me flipó". A ese mundo de letreros comerciales le dedicó otro cromo.

El recuerdo de espacios desaparecidos también tiene su hueco. El local de Loewe en Gran Vía, que acogió exposiciones de PhotoEspaña, parece que le marcó especialmente: "Aparte, el local es una maravilla, la fachada del edificio… hacían una exposición de fotógrafos maravillosos. Daban una especie de catálogo con cuadernillos y grapas, con un diseño precioso. Echo mucho de menos ese espacio". Tanto, que le ha dedicado otro cromo y un texto para la revista M21 del ayuntamiento, donde colabora habitualmente. Ahí cuenta la historia de Loewe en Madrid, desde su primer taller en la calle Echegaray hasta la Gran Vía y la calle Ferrocarril, pasando por el cementerio británico, donde están enterrados algunos miembros de la familia.

placeholder Exposición en CentroCentro de cromos de Luis Pérez (Cedida)
Exposición en CentroCentro de cromos de Luis Pérez (Cedida)

En paralelo van apareciendo guiños a la música, otra de sus fijaciones. Un cromo para Keith Haring pintando a Grace Jones, otro para Andy Warhol a partir de la portada de los Rolling Stones del 71, textos como "Cómeme, ámame, muérdeme, acaríciame" escritos en tipografía inspirada en ediciones japonesas de vinilos. La lógica siempre es la misma: obra vista + recuerdo personal + cultura popular. Un pequeño homenaje que, a la vez, registra un trozo de la escena.

Dos murales y un Madrid imposible pero reconocible

La exposición en CentroCentro se organiza alrededor de dos murales grandes, dibujados allí mismo, sobre los que se adhieren los cromos. El primero recorre un Madrid que va de Puerta de Toledo a Plaza Castilla, pasando por el Reina Sofía, el CaixaForum, el Prado, el Jardín Botánico, Alcalá 31, CentroCentro, la Juan March, iglesias, conventos, salas del Canal Isabel II, el Lázaro Galdiano, las galerías del barrio de Salamanca… Es un mapa denso, donde se cruzan instituciones históricas con espacios pequeños y detalles casi escondidos.

En esa ruta se cuelan historias mínimas que él considera importantes. En el convento de las Descalzas recuerda una cajita que abre el guía y deja ver el retrato de una monja con el cráneo pintado. Y apunta que "hay un Greco" debajo del coro y anima a quien no lo haya visto a entrar. En la Cava Baja, esquina con Toledo, señala un grafiti de Muelle protegido con metacrilato que conocía antes de que se "descubriera". Para él, todo eso "es arte" y debe mencionarse igual que una sala de museo.

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El segundo mural abre el foco: aparece el Centro de Arte Dos de Mayo, el Tomás y Valiente de Fuenlabrada, el Centro de Arte de Alcobendas, escenas de barrios periféricos y, finalmente, Carabanchel. Ahí se concentran nombres como Nave Oporto o Espacio Belmonte. Este último ocupa una antigua vaquería: "Me fascina, parece que estás en Andalucía en Carabanchel. Las calles están poco cuidadas, pero de repente aparece un portón verde, entras y dices: 'Dios mío, esto qué bonito". Lo que antes eran naves muertas hoy son estudios y salas.

Una manera de contar la ciudad

Más allá del atractivo gráfico, la exposición también actúa como un termómetro de la escena madrileña. Pérez Calvo tiene una opinión clara: "Estamos mejor, porque hay más exposiciones. A nivel de ventas somos más artistas, pero luego hay una generación de gente joven con cierto poder adquisitivo que va comprando cosas". El encarecimiento del centro ha empujado a muchos creadores a barrios como Carabanchel, donde las viejas naves industriales han encontrado un segundo uso. Eso, para él, es una buena noticia: más talleres, más actividad, más vida cultural.

Los cromos recogen esa transformación desde una posición muy concreta: la de alguien que lleva décadas pateándose galerías, museos y centros de arte, pero que sigue mirando las cosas con el mismo interés que cuando empezaba. Recuerda los catálogos de grapa de los noventa, las invitaciones que llegaban al buzón, los bares donde colgaba cuadros de joven, las primeras ferias de Urbanity en las que presentó mapas de Carabanchel o encargos recientes como sus cartografías de Tetuán.

Su contribución al "engranaje" madrileño resulta fascinante. Por un lado, es capaz de dar visibilidad a una red muy amplia de artistas, fotógrafos, músicos y espacios, desde figuras consagradas hasta nombres casi subterráneos. Y por el otro, ofrece un relato accesible, reconocible, donde cualquiera puede entrar: cromos llenos de color, humor y referencias populares que, sin necesidad de grandes discursos, acaban levantando una memoria bastante precisa de lo que ha sido —y está siendo— la vida artística en Madrid.

Son, en apariencia, dos simples murales. Sin embargo, encierran toda una cuidada y esmerada escenografía del quién es quién dentro del a veces oculto ecosistema artístico madrileño de la última década. La exposición se titula Cromos de artista, un recuerdo directo de los álbumes de cromos de su infancia y de los domingos en El Rastro, en la plaza del Campillo. Frente a las imágenes digitales, intangibles y masivas, el cromo simboliza aquello que permanece, que puede aparecer por azar y que se intercambia.

Detrás de ese modo de trabajar hay una biografía muy apegada a Madrid. Luis Pérez Calvo, el artista que protagoniza esta muestra que puede verse hasta finales de abril en CentroCentro, creció entre Lavapiés y Embajadores, "por la zona de la Glorieta de Embajadores, aquí al lado de la Sala Caracol", rodeado de tebeos, álbumes de cromos, enciclopedias ilustradas y discos. Un entorno que ha generado una manera de mirar que mezcla curiosidad y un detallismo casi enfermizo. Fachadas, rótulos, carteles, verbenas, tebeos, imágenes del circo o televisión, le han servido de influencia.

Aunque antes de hablar de barrios, influencias o escenas hay que empezar por describir su forma de trabajar. Un método que es sencillo de explicar y muy constante: sale a ver exposiciones, observa con atención y, cuando vuelve a casa, convierte lo que ha visto en un cromo. "Yo empecé a hacerlo en cuadernos, en cuadernos de dibujo, que tengo un montón, me gusta mucho el trabajo sobre cuadernos, bocetos", cuenta. Al principio eran dibujos que enseñaba solo a "mis amigos más íntimos", casi como un juego privado.

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