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De Madrid al cielo (pasando por los cementerios)
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Rubén Amón

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De Madrid al cielo (pasando por los cementerios)

El puente de Todos los Santos es un pretexto idóneo para recorrer los camposantos del foro, incluidas las cinco millones de almas que reposan en La Almudena

Foto: Vista del cementerio de la Almudena. (EFE/Kiko Huesca)
Vista del cementerio de la Almudena. (EFE/Kiko Huesca)

De Madrid al cielo, dice el refrán capitalino, eludiendo el tránsito callado entre la última respiración y la eternidad, esa zona intermedia donde la ciudad todavía se deja sentir, como un rumor que llega amortiguado por los cipreses. Madrid no acaba en los túneles ni en las azoteas; acaba en sus cementerios. En ellos se consuma la frase castiza. Porque antes del cielo, está La Almudena.

Cinco millones de muertos. Un censo más estable que el de los vivos. La Almudena es una metrópoli en negativo, un espejo de piedra donde la ciudad sigue existiendo, pero sin ruido. Los autobuses atraviesan el camposanto como si Caronte hubiera firmado un convenio con la EMT. La línea 110 recorre las avenidas de los difuntos con una puntualidad casi teológica. Un viacrucis de doce paradas, una para cada estación del tránsito. La gente se apea con flores, con recuerdos o con la simple costumbre de sobrevivir a los suyos. Y al fondo, la cúpula gris se alza como un eco de catedral secular. De Madrid al cielo, pero con transbordo en Ventas.

El cementerio no es un final, sino una versión silenciosa de la ciudad. Las calles tienen nombres, los nichos se numeran como portales, las esquinas repiten apellidos. Solo cambia el tono: donde el tráfico era estruendo, aquí es plegaria. Donde había escaparates, hay mármol. Donde había deseo, queda memoria. En la muerte, Madrid conserva su urbanismo y su ironía: los ricos se entierran con columnas corintias, los pobres con una maceta. Hasta los panteones respetan la jerarquía social. La aristocracia persiste incluso cuando ya no hay nadie para disfrutarla.

San Isidro es el más altivo de todos, el que todavía presume de abolengo. Desde el Cerro de las Ánimas se contempla una panorámica solemne: mausoleos neogóticos, escalinatas, vitrales. La muerte en forma de arquitectura. Allí reposan marqueses, políticos y toreros que se hicieron eternos a fuerza de esculpirse. El mármol sustituye a la carne con una fidelidad perturbadora. Y, sin embargo, el musgo termina ganando la batalla. El tiempo es el único plebeyo que no reconoce títulos.

Foto: insolito-cementerio-donde-reposa-historia-urbanistica-madrid-esculturas-fuentes-monumentos-olvidados-1qrt-1tna

Muy distinto es el cementerio de La Florida, un fragmento de historia que respira al pie de Goya. Allí duermen los fusilados del tres de mayo, los que murieron por un país que todavía no existía. Ninguno tiene panteón, ni estatua, ni epitafio. Solo una fosa común que hace sombra a la pompa de los aristócratas. La Florida recuerda que la muerte también tiene clases, pero no jerarquías. Frente a la gloria del mármol, la humildad de la tierra. Y el silencio, como un himno sin partitura.

El más excéntrico de todos es el Británico, en Carabanchel, esa rareza de niebla en una ciudad de sol. Un cementerio protestante, discreto, elegante, casi clandestino. Aquí descansan ingleses, alemanes, suizos. Los que llegaron a Madrid por amor, por negocios o por error, y acabaron instalados para siempre.

Foto: Fachada principal de uno de los cementerios más bonitos de España. (Foto: cementeriosvivos.es)

Sus lápidas, cubiertas de líquenes, desprenden una melancolía que ni la jardinería municipal consigue domesticar. Es un pedazo de Londres abandonado entre verjas de hierro y buganvillas. Un lugar donde la muerte tiene acento extranjero y el té se sirve, metafóricamente, con polvo de Castilla.

Madrid es una ciudad que no sabe callarse ni cuando entierra. Las flores compiten con los rosarios, los rezos con los selfies, los cipreses con las farolas. Cada noviembre se repite la romería: los vivos acuden a los muertos con una mezcla de respeto y curiosidad, como si la visita redimiera un año de olvido. El resto del tiempo, los cementerios se quedan solos, convertidos en museos involuntarios donde el arte funerario sustituye a la fe. La escultura se impone a la teología. Morirse en Madrid también fue una rúbrica artística.

Y, sin embargo, hay una verdad final que los madrileños intuyen sin decirla: los cementerios son los únicos lugares donde la ciudad se detiene. Donde el tiempo se arruga y se escucha la respiración del viento. Allí termina el bullicio, pero no la historia. Lo sabía Goya, lo sospechaba Valle-Inclán, lo entiende cualquiera que haya paseado por la avenida de los cipreses con el rumor de los trenes de Atocha al fondo. La muerte en Madrid no es tragedia: es paisaje.

Foto: razones-y-sinrazones-para-visitar-el-cementerio-de-la-almudena

"De Madrid al cielo" era una promesa de altura. Pero quizá signifique otra cosa: que incluso la muerte aspira a quedarse aquí, aunque solo sea un rato más. Porque hay cementerios donde el alma parece demorarse, incapaz de marcharse del todo, como si esperara el siguiente autobús. Y mientras tanto, la ciudad sigue, parlanchina y eterna, cruzando de acera en acera, sin darse cuenta de que ya vive —medio viva, medio muerta— en su propio cielo.

De Madrid al cielo, dice el refrán capitalino, eludiendo el tránsito callado entre la última respiración y la eternidad, esa zona intermedia donde la ciudad todavía se deja sentir, como un rumor que llega amortiguado por los cipreses. Madrid no acaba en los túneles ni en las azoteas; acaba en sus cementerios. En ellos se consuma la frase castiza. Porque antes del cielo, está La Almudena.

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