40 años de Galileo Galilei: la mítica sala de Madrid por la que ha pasado desde Sabina a Muchachada Nui
Espacio emblemático de Chamberí, Galileo Galilei cumple cuatro décadas reinventándose como referente cultural, combinando música, humor y nuevas propuestas para conectar generaciones
En 1985, cuando Madrid seguía disfrutando de los últimos coletazos de la Movida, cuatro socios decidieron abrir una sala que tuviera algo de diferente. Ángel Viejo, Germán Pérez, Isabel Massan y Javier Giráldez venían de la Sala Clamores, donde el jazz se convirtió en un hecho distintivo y marcaba en esos años el pulso de las noches. Aquel grupo de amigos quiso trasladar esa misma energía a un local mayor, lo que era el antiguo cine Galileo, en el barrio de Chamberí.
"Fueron ellos los que impulsaron todo", recuerda Susana, que lleva treinta y nueve años en la sala como responsable de administración. "Ya en Clamores hacían conciertos de jazz y música en directo, y vieron que funcionaba. La gente respondía muy bien, así que buscaron un espacio propio. El antiguo cine les pareció perfecto para ese proyecto".
El Madrid de mediados de los 80, según cuenta, no se parecía en nada al de ahora. Susana recuerda salas como el Café Central, el Balcón de Rosales o el mencionado Clamores. Galileo apareció en ese entorno, pero con una intención mucho más clara, ampliar los horizontes de escucha de su clientela. "Al principio se programaba sobre todo jazz, porque tenían muchos contactos con músicos y managers del género. Pasaron por allí la Canal Street Band, Pedro Iturralde, Tete Montoliu", explica Susana. "Y enseguida quisieron abrir el repertorio: pop, humor, cosas nuevas que en ese momento no eran lo habitual".
El barrio, además, tampoco ofrecía garantías. Chamberí no era entonces una zona de ocio nocturno. "No era como Libertad, Alonso Martínez o Huertas, donde había movimiento. Aquí no había nada. La gente venía expresamente a Galileo, no era un sitio de paso". Esa decisión, la de abrir una sala que se convertiría en un destino ideal para todos los madrileños inquietos, marcó el carácter del proyecto desde su inicio.
Música, humor y diversidad
El cambio de década, podríamos decir que trajo la consolidación del proyecto. A finales de los 80 y principios de los 90, Galileo Galilei se convirtió en escenario habitual de los principales nombres del pop español. "Empezaron a venir Antonio Vega, primero con Nacha Pop y luego en solitario, Los Secretos, Tam Tam Go! y Mikel Erentxun", enumera Susana. "Eran los grupos que veías en los San Isidros de Tierno Galván y que después querías ver de cerca".
En poco tiempo, la programación se diversificó. El humor se incorporó con fuerza y la sala se convirtió en un híbrido entre teatro, club y plató. "El espacio era perfecto", dice Susana, a la que le gusta puntualizar: "Podías tomar una copa, charlar con los amigos, reírte mientras actuaba el cómico. Era algo mucho más cercano que un teatro".
Por el escenario pasaron El Club de la Comedia, que grabó allí sus primeras temporadas; Muchachada Nui, con Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes; o Ilustres Ignorantes, que estuvo grabando durante más de una década. También vino Televisión Española con Faemino y Cansado... "Grabaron aquí uno de sus espectáculos. Fue una época muy buena, muy viva", recuerda.
Esa mezcla de géneros definió el estilo de la Galileo: un espacio ecléctico pero coherente, capaz de acoger desde un recital de jazz hasta un monólogo o los trucos de un mago. "Tamariz ha seguido viniendo, igual que Leo Harlem o Santiago Segura. Sabina presentó un disco aquí. Miguel Ríos también. Y en los últimos años hemos tenido a Jorge Blas. Ha pasado casi todo el mundo".
Muchos de esos artistas comenzaron su trayectoria en la sala, actuando para unas pocas decenas de personas. "Traían a treinta o cuarenta amigos", indica Susana. "Pero había que apostar por ellos, darles continuidad. Aquí se ha tenido buen ojo, porque muchos de esos artistas que empezaron así, acabaron llenando grandes recintos".
Con el paso del tiempo, la Galileo también se afianzó como un escenario propicio que empleaban las discográficas para sus presentaciones. Su aforo —quinientas personas— ofrecía el equilibrio ideal entre intimidad y visibilidad. "Era una forma de darse a conocer. Si llenabas la Galileo, se sabía que algo tenías", resume.
Mantener el legado sin vivir del pasado
Durante casi cuatro décadas, Ángel Viejo fue la figura central del proyecto. Programaba, gestionaba y mantenía viva la identidad del lugar. Con los años, decidió retirarse. La continuidad pasó entonces a manos de Julián Galindo, de 33 años, que se incorporó al frente de un nuevo equipo.
"Ángel quería asegurarse de que quienes tomaran el relevo tuvieran la misma ilusión y el mismo interés por la música", explica Julián. "No quería que la sala cayera en manos de un grupo de ocio nocturno. Podría ser rentable, pero se perdería el espíritu. Lo más bonito de Galileo es su legado".
Su incorporación ha supuesto una modernización técnica y una nueva etapa de gestión. "Hemos mejorado el sonido, la iluminación y las pantallas. Queríamos que la experiencia del concierto fuera más completa, que los músicos se sintieran cómodos y el público notara un salto de calidad". El cambio más relevante, sin embargo, ha sido conceptual: recuperar el carácter multidisciplinar de los primeros años.
"Queremos que no sea solo una sala de conciertos", afirma. "Hemos empezado a proyectar cortometrajes con directores y guionistas jóvenes, hemos hecho un festival de cortos y varias premieres. Queremos que Galileo sea un centro cultural, un punto de encuentro del mundo del entretenimiento, como lo fue en sus orígenes".
Esa visión intenta equilibrar el respeto por los tiempos pasados con la renovación y actualización del público de ahora. "El reto es mantener un legado como el de Galileo sin quedarnos atrapados en la nostalgia. El pasado es impresionante, pero también puede convertirse en una trampa"
La sala de los cuarenta años
En 2025, la Sala Galileo Galilei celebra su cuadragésimo aniversario. Lo hace con una programación especial que incluye a Rozalen, Marwan, Jorge Blas, Ernesto Sevilla, Sole Jiménez y otros nombres que, en condiciones normales, actuarían en recintos mucho mayores. "Cuando les contamos que la sala cumplía cuarenta años, todos dijeron que sí enseguida", explica Julián. "Para ellos también tiene un significado emocional. Muchos empezaron aquí".
El formato, íntimo y directo, sigue siendo una de las claves. "Artistas que llenan nueve mil personas vienen aquí a tocar para quinientas", comenta de un Galileo que ha sabido renovarse e incorporar nuevos servicios: restauración propia, mejoras en la comodidad del público y un sonido más versátil. "Lo veo como un lienzo en blanco", dice Julián. "Podemos decidir qué cosas se van a vivir dentro. Desde la entrada del espectador hasta lo que ocurre en el escenario".
El público, por su parte, también ha cambiado. Susana lo ha visto evolucionar: "He visto padres que venían en los ochenta traer ahora a sus hijos adolescentes. Les sorprende que les guste la misma música. Pero eso pasa mucho aquí. Hay algo generacional que se mantiene".
A pesar de la modernización, la esencia continúa siendo la cercanía. "El recuerdo que tengo del primer Galileo es la proximidad de la música en directo, tener al artista tan cerca que casi podías tocarlo. Esa sensación sigue existiendo, y eso es lo que más me gusta", dice Susana.
Del piano bar al centro cultural
La nueva etapa de Galileo busca ampliar los límites sin perder coherencia. "Tenemos licencia hasta las seis de la mañana", explica Julián, "pero no queremos convertirnos en una discoteca. Queremos abrir un piano bar, hacer jam sessions, espectáculos de cabaret o de circo. Actividades nocturnas con contenido artístico, que mantengan el espíritu cultural del lugar".
Esa idea de continuidad transformadora guía cada decisión. "No se trata de hacer borrón y cuenta nueva, sino de adaptar la sala al presente. En Madrid apenas quedan espacios con esta historia. Es un lujo poder mantener uno así".
Para Julián, el reto es también generacional. "Yo no viví los años gloriosos de la Movida ni los primeros conciertos de jazz, pero me toca escribir los próximos capítulos. Es una responsabilidad enorme, pero también un privilegio". Cuatro décadas después de su fundación, la sala, que empezó como refugio del jazz, se mantiene como uno de los pocos espacios en Madrid donde la palabra "directo" conserva todo su sentido.
En 1985, cuando Madrid seguía disfrutando de los últimos coletazos de la Movida, cuatro socios decidieron abrir una sala que tuviera algo de diferente. Ángel Viejo, Germán Pérez, Isabel Massan y Javier Giráldez venían de la Sala Clamores, donde el jazz se convirtió en un hecho distintivo y marcaba en esos años el pulso de las noches. Aquel grupo de amigos quiso trasladar esa misma energía a un local mayor, lo que era el antiguo cine Galileo, en el barrio de Chamberí.