Cantar en un balcón: los siete amigos que han revolucionado la escena musical de Malasaña
Siete amigos que no llegan a la treintena han convertido un balcón de la calle Pez en el espacio idóneo para dar rienda suelta a su creatividad: cuando no te lo esperas, solo tienes que mirar hacia arriba para ver que alguien está cantando
Todo empezó como empiezan las grandes historias: con un grupo de amigos con intereses parecidos, con ganas de hacer cosas juntos y de explorar en qué rincones se esconde la alegría compartida. Después de unos meses de andadura, El Balcón de la calle Pez se ha convertido en un pequeño punto de referencia en Malasaña. El día menos pensado, porque no lo anuncian, instrumentos y voces se asoman a la calle para deleitar a los transeúntes con música. Son jóvenes, tienen ganas de experimentar cosas nuevas y sienten la necesidad de hacer barrio: lo tienen todo para seguir disfrutando de sí mismos, y haciendo disfrutar a los demás, muchos años más.
Adrián Pascual es publicista, tiene 28 años y vive en Cuatro Caminos junto a otros tres impulsores de El Balcón de la calle Pez: "Somos todos amigos, eso es lo bonito de esto, que nace de colegas que siempre hemos tenido muchas inquietudes, sobre todo en el sector audiovisual". Cine, periodismo y publicidad son algunas ramas profesionales en las que se desenvuelven durante ocho horas al día Marina, Dani, Nacho, Edu, Eva, Manu y el propio Adri. "Tenemos sinergias parecidas y cada uno aporta su granito de arena, aunque yo diría que la principal es la música", añade.
Llegó un día en que vieron que no se encontraban cómodos en el actual panorama de escuchas a nivel musical, tal y como cuenta este publicista. "Lo veíamos todo muy producido, muy frío, y queríamos algo más cercano y directo", incide. Así descubrieron un formato que conjuga honestidad y sinceridad con el puro disfrute musical. Desde principios de año han impulsado las llamadas live sessions, cuyo resultado final se puede ver en los vídeos de gran calidad que suben a su canal de Youtube.
Al balcón de la casa en la que vive Marina Margallo, otra integrante del colectivo, no sube cualquier artista: "Siempre tiene que gustarnos a todos, no solo vale que tenga muchas escuchas, porque eso pervertiría el sentido del proyecto. También tiene que poder acercarse a la calle Pez a grabar y que ese día nos venga bien a los siete", comenta Adri.
De esta forma, se genera un pequeño concierto en altura, del que no avisan con anterioridad para respetar el descanso de los vecinos, que siempre han visto con buenos ojos esta iniciativa. Además, quieren que el barrio les conozca, que sepan sus nombres, que unos puedan contar con otros si lo necesitan. Por eso, han decidido bajar a la calle, volver a la comunicación de antes, repartir panfletos o colgar carteles.
Malasaña como epicentro musical
Cuando El Balcón de la calle Pez tan solo era un balcón, con minúsculas, Marina y su amiga Laura salieron a cantar. De eso hace ya años, pero fue el germen de lo que ahora han logrado crear alrededor de esta ventana al exterior en unas live sessions por las que ya han pasado artistas y grupos como Repion, Jimena Amarillo, Leo Rizzi, Azuleja y La Paloma, estos últimos con una ansiada celebración en la calle, ya que en ese momento se celebraban las fiestas del barrio.
"Con Dani creé un podcast en el que hablamos con cantantes y músicos del panorama actual. En una reunión de amigos recordamos cuando salí con Laura al balcón y se nos ocurrió hacer lo mismo con los artistas que entrevistamos", relata Marina. Sin esperarlo, su casa se ha convertido la sede de un proyecto tan bonito como la historia que precede a Malasaña.
Así la recuerda esta joven de 27 años que trabaja en una agencia de publicidad y también forma parte de una compañía de teatro: "El barrio siempre ha sido epicentro cultural de la música en Madrid y se está perdiendo por la gentrificación. Con tantos guiris se pierde la esencia personal y tan específica de Malasaña", opina. Adri, por su parte, apunta que "Malasaña es un barrio tremendamente vivo en el que todo cabe y cuyo pasado musical a veces se da por sentado, así que esta es otra manera de volver al barrio".
Este proyecto también le ha servido a Marina para conocer mejor a la gente que le rodea en su día a día. A algunos les preguntó si podían grabar desde sus propios balcones las live sessions y con otros coincidió cuando se acercó a la asociación vecinal. "Si no sería mucho más complicado porque todo son viviendas turísticas. Por la calle Pez pasa gente muy distinta todos los días", arguye.
Ser dueños de su propia movida
El grupo de siete amigos se inventa su propia forma de trabajar. "Eso es lo que mola, ser todos juntos dueños de algo y funcionar en horizontal. Lo que más aprendo y me gusta es precisamente eso, la parte creativa de cómo organizarse para hacerlo de tal forma que siempre haya diversión y motivación para seguir currando", describe Marina.
Adri piensa algo parecido cuando dice que le "flipa" poder desarrollar este proyecto con sus amigos. Ya no es solo el vídeo final de Youtube, sino el cariño que se convierte en cimiento en el día a día. "Es muy bonito estar en casa y ver de repente a Nacho diseñar el vídeo que luego se sube y gusta mucho al artista y al público. Normalmente, trabajamos para marcas y aquí nos sentimos más libres porque somos dueños de nuestra movida".
Todo esto le resulta a Marina orgánico y natural. Piensa que si se comparte una pasión de tal calibre con las amistades, es "casi un deber" explotarla de alguna manera. "A veces es muy difícil encontrar un grupo con el que compartes tantas cosas y estar en el mismo punto en el que a todos nos apetezca innovar, así que cuando se da, es que hay que aprovecharlo", explica.
Su compañero Adri recalca que se trata de un proyecto creativo: "Queremos ser ambiciosos y hacer cosas nuevas, pero aquí cada uno tiene su trabajo habitual y esto ocupa nuestro tiempo de ocio; y también somos realistas con la etapa tremendamente precaria que vivimos". De todas formas, El Balcón de la calle Pez ha supuesto una chispa que ha encendido una larga mecha en la que estos siete amigos calientan sus ilusiones, alegría y ganas de vivir, y que contagian a los demás. La explosión sucede una vez al mes, más o menos. Según adelantan, ya tienen grabadas dos live sessions que verán la luz en agosto y septiembre.
Alejados de ínfulas pretenciosas, estos jóvenes viven con los pies en el suelo de un balcón en el que las plantas florecen al son de la música. Ver la vida pasar desde otra perspectiva, esta vez algo elevada del asfalto, les ha llevado a soñar con una gira de balcones por España. Que la música llegue a cualquier rincón, que no haya barandilla ni pared que la frene. Que estos sean los himnos a la hora de hacer de la calle el lugar perfecto en el que echarse un baile.
Todo empezó como empiezan las grandes historias: con un grupo de amigos con intereses parecidos, con ganas de hacer cosas juntos y de explorar en qué rincones se esconde la alegría compartida. Después de unos meses de andadura, El Balcón de la calle Pez se ha convertido en un pequeño punto de referencia en Malasaña. El día menos pensado, porque no lo anuncian, instrumentos y voces se asoman a la calle para deleitar a los transeúntes con música. Son jóvenes, tienen ganas de experimentar cosas nuevas y sienten la necesidad de hacer barrio: lo tienen todo para seguir disfrutando de sí mismos, y haciendo disfrutar a los demás, muchos años más.