La exposición que proclama a Madrid como autora y musa de su propia literatura
La muestra puede verse en el Espacio Cultural Serrería Belga. Cada uno de los libros que se exponen reproduce la estética de su época en la portada y, al abrirse, desvela cartografías, facsímiles y escenarios
En el corazón de Madrid, donde el aire todavía huele a tinta de imprenta y las calles susurran versos de cinco siglos, la exposición Madrid, Musa de las Letras revela que la capital no es solo escenario literario, sino la verdadera autora de su propia historia. Y el Espacio Cultural Serrería Belga el escenario para mostrar todo esto. La comisaria Mónica Vacas explica con rotunda sencillez el punto de partida: "El concepto central de la exposición Madrid, Musa de las Letras parte de la idea de Madrid no solamente como escenario en el que transcurren las obras, sino como inspiradora de las mismas".
Esa premisa se materializa en seis enormes volúmenes que se alzan en el Espacio Letras de la Serrería Belga y que se podrán visitar hasta el 31 de diciembre de 2025. "Decidimos hacerlo a través de una especie de libros tridimensionales que recogieran la esencia de los principales movimientos literarios que Madrid inspiró", señala Mónica Vacas. Cada uno de esos libros reproduce la estética de su época en la portada y, al abrirse, desvela cartografías, facsímiles y recreaciones escenográficas.
La elección de la sede no es caprichosa. Vacas recuerda que "la serrería se estableció a finales del siglo XIX. Ellos trabajaban con una madera que se obtenía en la sierra de Guadarrama". Aquel pinar, añade, guardaba un secreto: "En ese pinar, durante el Siglo de Oro, los monjes explotaban un molino de papel del que salieron los pliegos sobre los que se imprimieron una parte muy importante de las obras del Siglo de Oro. Entre las grandes obras que se imprimieron con el papel procedente de ese molino está El Quijote". De la materia que fue papel nació siglos después la madera que sostiene la exposición: un bucle literario que se cierra con elegancia.
La Serrería Belga forma parte del Paisaje de la Luz (zona que abarca desde El Retiro hasta el Paseo del Prado) y ha renacido como centro cultural tras una rehabilitación que le ha devuelto los grandes ventanales de hormigón armado y los 4.000 m² de superficie expositiva. Esa atmósfera industrial se alía con la palabra impresa: vigas desnudas, olor a tablero recién cortado y pantallas que cuentan la peripecia de los viejos pinares.
La museografía aprovecha la experiencia previa de Aventuras Literarias, la editorial fundada por Mónica Vacas y Daniel Castillo. "Trabajamos siempre con cartografía de época y lo que intentamos es ayudar a contextualizar las obras". Su método ha consistido en "reproducir lo que es un libro convencional: una portada inspirada en las portadas de la época, y por la otra cara, el contenido basándonos en las referencias que hay a Madrid en la literatura". El resultado combina diseño gráfico, carpintería XXL y documentación filológica.
Cada visitante puede elegir su ruta: abrir un libro del Siglo de Oro y escuchar la agitación de un corral de comedias; pasar al Romanticismo y hojear periódicos de Mesonero Romanos, o perderse en la topografía galdosiana marcada sobre la madera con tinta láser. La intención, según detalla Mónica Vacas, es que sea "una herramienta que te permita profundizar en los textos".
Un vídeo introductorio narra, con ritmo de tráiler literario, el milagro circular del pinar, el papel y la madera. Esa pieza audiovisual actúa como prólogo antes de que el visitante ponga las manos sobre las cubiertas monumentales y empiece a "leer" la ciudad.
La exposición pone el foco en el Barrio de las Letras, un enclave cuyo latido literario se remonta a los corrales de comedias. "Una de las particularidades que tiene el barrio, que quizás lo hace diferente a otras zonas literarias, es que sus orígenes se remontan al siglo XVI". Aquel germen fue el mentidero de representantes: "Era donde se reunían los actores y los escritores", un ágora que atrajo a dramaturgos, compradores de versos y curiosos.
Ese fermento cultural generó una tradición ininterrumpida. El trazado de las calles, subraya Vacas, "se mantiene intacto", y algunos edificios esenciales (la casa de Lope de Vega o el convento de las Trinitarias) siguen en pie. Las instituciones han reforzado esa memoria con placas y citas serigrafiadas sobre el adoquinado, pero la esencia es anterior a cualquier política cultural.
El recorrido subraya un rasgo singular: la literatura madrileña se hace dentro de la ciudad y sobre la ciudad. Para Vacas, esa impregnación cotidiana significa que "no había una diferencia clara entre la vida y el trabajo". Los corrales, las tabernas y las imprentas formaban un organismo vivo en el que los escritores eran vecinos antes que monumentos.
La mirada avanza hasta el Realismo y se detiene en Benito Pérez Galdós. La comisaria no duda: "Creo que Galdós retrató como nadie la vida en la ciudad". En un periodo corto (1881-1889), sus novelas españolas contemporáneas dibujaron las tensiones de clase, la arqueología política y la trastienda doméstica de un Madrid en plena metamorfosis. El salto cronológico lleva a Federico García Lorca. "Para él, Madrid representaba la libertad y la cultura". Llegado de Granada en 1919, el poeta encontró en la Residencia de Estudiantes un laboratorio de vanguardia. Vacas subraya la importancia de la carta en la que Lorca rogaba a su padre seguir en la capital: quería aprender, no festejar.
La figura de Emilia Pardo Bazán aporta la dimensión de género: "Emilia logró con mucho esfuerzo ser la primera mujer en entrar en el Ateneo de Madrid". Sin embargo, su candidatura a la Real Academia Española fracasó pese al aval de Galdós y del ministro Julio Burel. Una vitrina muestra cartas de apoyo y recortes de prensa que revelan la polémica.
La Generación del 27 ocupa otro de los volúmenes gigantes. La Residencia de Estudiantes actuó como imán: "Era un espacio de convivencia en el que compartían días, noches, charlas, intercambios de ideas". El discurso expositivo se detiene en ese punto por decisión consciente: "Obviamente claro que se podrían hacer más paneles… está toda la literatura de posguerra, la movida madrileña".
La exposición insiste en que Madrid carece de un icono literario único y la comisaria de la muestra lo reivindica: "Madrid, por suerte, carece de esas cosas. Tiene lo más importante, que es el espíritu, el espíritu que puedes disfrutar si te das un paseo por sus calles". Sobre la producción contemporánea, la comisaria se muestra cauta: "Estoy convencida de que hay un matiz literario en el siglo XXI… pero es muy pronto para verlo". La globalización y la digitalización han diluido fronteras espaciales; aun así, Madrid sigue ejerciendo magnetismo sobre narradores y poetas emergentes.
Para cerrar, un panel reproduce la cita de Lope de Vega que Vacas eligió para el vestíbulo: "Es Madrid que no hay ninguna villa… más agradable, hermosa y oportuna". Así se cierra el círculo de una exposición que demuestra, sin artificios, que caminar por Madrid equivale a leer un palimpsesto de cinco siglos.
En el corazón de Madrid, donde el aire todavía huele a tinta de imprenta y las calles susurran versos de cinco siglos, la exposición Madrid, Musa de las Letras revela que la capital no es solo escenario literario, sino la verdadera autora de su propia historia. Y el Espacio Cultural Serrería Belga el escenario para mostrar todo esto. La comisaria Mónica Vacas explica con rotunda sencillez el punto de partida: "El concepto central de la exposición Madrid, Musa de las Letras parte de la idea de Madrid no solamente como escenario en el que transcurren las obras, sino como inspiradora de las mismas".