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Fotografiar lo que no se ve: la obra de Manolo Laguillo en los márgenes de Madrid
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EN LA GALERÍA PÉREZ DE ALBÉNIZ

Fotografiar lo que no se ve: la obra de Manolo Laguillo en los márgenes de Madrid

La galería Moisés Pérez de Albéniz acoge hasta el 15 de julio la muestra del fotógrafo madrileño, afincado en Barcelona, que reúne imágenes clave de su producción, con especial atención a su mirada sobre la capital

Foto: Una de las instantáneas de Manolo Laguillo. (Cedida)
Una de las instantáneas de Manolo Laguillo. (Cedida)

Manolo Laguillo no es un fotógrafo al uso. En su forma de pensar y razonar hay mucho más. También en sus (supuestas) sencillas imágenes. Si se sabe escarbar, no es difícil encontrar relatos vinculados con la historia de perseguidos por el nazismo o miradas que nos hacen replantearnos nuestra relación con el devenir de las ciudades.

Este artista ha transitado la fotografía como un medio de conocimiento, donde mirar no es una actitud pasiva, sino un acto de lectura, casi arqueológico. Su formación filosófica, desarrollada entre Madrid y Barcelona, se filtra de forma constante en su manera de entender la ciudad, el tiempo, la técnica y la relación entre texto e imagen. Hablar con Laguillo es entrar en una lógica pausada, rigurosa, que evita lo fácil y lo efectista. En este sentido, su obra se aleja de los extremos. Rechaza el sentimentalismo y la espectacularidad en favor de una observación precisa, cargada de intención.

El texto sobre la muestra, escrito por Manoli Mansilla, llama la atención sobre el gris que domina muchas de sus fotografías, y lo explica como algo que va más allá de una elección formal: es un posicionamiento. "Lo primero que se nos ocurre a los fotógrafos es fotografiar lo que no es bonito, porque eso es lo que te pone a prueba, lo que te obliga a mirar de verdad", reflexiona. "Lo importante es que la imagen esté a la altura del lugar que retrata, que no lo minimice ni lo exagere. Hay una ética en cómo se encuadra, cómo se mide la luz, cómo se decide qué queda dentro y qué fuera".

Madrid desde fuera

La exposición Manolo Laguillo 1986–2023, en la galería Moisés Pérez de Albéniz, recoge más de tres décadas de trabajo. Uno de los núcleos centrales es su relación con Madrid, no tanto como ciudad natal, sino como territorio en transformación. Una de sus series más populares, Las afueras (1992), dibuja un recorrido por un Madrid periférico, cambiante, donde el espacio nunca termina de fijarse. Laguillo elige observar desde los bordes, allí donde lo urbano todavía dialoga con lo que está por venir.

Foto: javier-juan-exposicion-madrid-arte-1hms

"Madrid ha sido siempre, para mí, un lugar donde lo provisorio se ha convertido en regla", dice. Esa percepción se concreta con claridad en muchas de las fotografías que forman parte de este trabajo, nacido de un encargo institucional en el que compartió recorrido con Luis Asín y José María Civit. A él le correspondió documentar el noreste madrileño en plena expansión: carreteras en construcción, polígonos dispersos, las Torres KIO en proceso de construcción. "No se trataba de buscar lo pintoresco, sino de atender a lo que estaba cambiando ante nuestros ojos. Hay una especie de declaración de principios en esas imágenes. Estoy diciendo: mi fotografía va un poco de esto".

Una mirada lúcida

Laguillo ni denuncia ni idealiza. Registra. "No hago crítica urbana, al menos no en el sentido explícito. Pero sí me interesa dar cuenta de cómo el espacio se transforma, y de qué se pierde o se gana en ese proceso", continúa explicando. Esa contención con la que trabaja impide que las imágenes dejen de tener sentido. "Yo siempre me he movido en los bordes de las ciudades. Ahí es donde pasan las cosas. Donde el campo se vuelve ciudad, donde el orden se mezcla con el desorden".

En ese mismo sentido se sitúan las tomas dedicadas a los estadios del Real Madrid y el Atlético, fotografiados cuando ya habían iniciado su transformación o estaban cerca del final. Laguillo observa esos espacios como cuerpos en tránsito. No busca glorificar el pasado ni subrayar la pérdida. "Me interesaba ese instante en que algo está a punto de dejar de ser. Ese punto de no retorno en el que la fotografía tiene sentido porque captura un umbral".

Exposición y deriva

La exposición se divide en varias salas. La primera se centra en Madrid. La segunda desplaza el mapa: aparecen Berlín, León, Utah, Murcia. Un recorrido fragmentado que mantiene una lógica común: las imágenes, más que contar lugares, sostienen una mirada. En Berlín, Laguillo acompaña al historiador Hermann Simon para fotografiar las fachadas donde su madre, Marie Jalovicz, se ocultó del nazismo. Viviendas anónimas, sin marcas evidentes, que, sin embargo, guardan una historia. "No quise hacer un trabajo sobre el Holocausto, sino sobre la posibilidad de que un espacio urbano pueda ser biográfico, incluso si nada lo delata a simple vista", destaca.

"Antes buscaba que no hubiera gente en las fotos. Me molestaban. Luego entendí que no se ven. Son tan pequeñas, que desaparecen. A lo mejor hay una persona en una esquina, pero nadie la nota", comenta. El recorrido se cierra con dos trabajos en color: Las Minas de la Unión (1992) y Kennecott Copper Mine, Utah (1989). A primera vista, podrían parecer una anomalía cromática. Pero en realidad funcionan como una inversión: el color no irradia vitalidad, sino que intensifica el desastre. Paisajes industriales heridos, donde los pigmentos ocultan la contaminación y el deterioro.

Foto: photoespana-local-prosperidad-selva-arte

Y Laguillo insiste en su idea de ciudad, un lugar que ha mirado con detenimiento. "Las ciudades se han vuelto más intercambiables. Y la fotografía puede ayudar a entender eso, no fijando lo que se pierde, sino mostrando lo que se transforma sin darnos cuenta", indica. En Manolo Laguillo 1986–2023 no se propone un relato cerrado o una retrospectiva lineal. Es una cuidada selección de trabajos que dialogan por afinidad. Todos se sostienen en una misma convicción: que la fotografía, para tener sentido, debe servir para reflexionar.

Archivos vivos

A sus más de setenta años, Laguillo sigue fotografiando con disciplina, sin urgencia y con una atención intacta hacia aquello que no reclama protagonismo. Acaba de concluir un extenso trabajo en Valladolid, fruto de una colaboración con el Museo Patio Herreriano. La ciudad, explica, le permitió pensar cómo operan los lenguajes del poder simbólico en un entorno compacto, con un pasado visible pero una proyección ambigua. Las fotografías, lejos de recorrer los hitos turísticos o los tópicos visuales, buscan esa tensión entre lo histórico y lo presente, entre el orden institucional y los márgenes urbanos. Un Valladolid más sobrio que espectacular.

En paralelo, trabaja en un proyecto de largo aliento para el Centro Galego de Arte Contemporáneo (CGAC), en el que está documentando ocho ciudades medianas de Galicia. Se trata de una investigación visual centrada en cómo lo urbano se adapta a su entorno geográfico y cultural, sin renunciar a lo contemporáneo pero sin borrar su especificidad. "Son ciudades con una personalidad muy marcada. Galicia es un mundo aparte. Allí el espacio se resiste a ser homogéneo", comenta. Está previsto que este trabajo vea la luz en 2026. Entre una cosa y otra, Laguillo sigue mirando, caminando, fotografiando. Con la misma determinación con la que observa una fachada o un descampado. Como si allí, en donde no parece que pase nada, estuviera ocurriendo todo.

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"Yo me sitúo más bien en el ámbito del documento", comenta. Pero entendido como vía de acceso a lo que no se ve a simple vista. "Las imágenes no están hechas para ilustrar una tesis, ni para reafirmar lo que ya sabemos. Son, en el mejor de los casos, puntos de partida". El gris que domina muchas de sus fotografías no responde únicamente a una elección formal: es un posicionamiento. Un gris que no significa vacío, sino ambigüedad activa; que no es resignación, sino sospecha. Un color que no se decide, porque sabe que decidir puede ser una forma de cerrar la mirada.

En su relación con la tradición, Laguillo oscila entre técnica y reflexión. Fue pionero en España al introducir el sistema de zonas, heredado de Ansel Adams y Minor White, aunque despojado de cualquier misticismo técnico. Para él, la técnica no puede convertirse en argumento. Sirve para precisar la mirada, no para imponerla. "Lo importante es que la imagen esté a la altura del lugar que retrata, que no lo minimice ni lo exagere. Hay una ética en cómo se encuadra, cómo se mide la luz, cómo se decide qué queda dentro y qué fuera."

placeholder Manolo Laguillo, en una de sus exposiciones.
Manolo Laguillo, en una de sus exposiciones.

Exposición y deriva: otras ciudades, otros grises

En otras series como El Curueño o Vandellós, el gris vuelve como atmósfera y como huella. A veces por el clima, otras por los materiales: roca, hormigón, humedad. Más que una estética, el gris expresa una forma de estar en el mundo. Evita imponerse, pero ocupa. "El gris tiene la capacidad de no imponerse, pero de estar en todas partes. Es el color de lo cotidiano, de lo transitorio, de lo que está en duda."

El recorrido se cierra con dos trabajos en color: Las Minas de la Unión (1992) y Kennecott Copper Mine, Utah (1989). "El color, en estos casos, no es una celebración. Es una advertencia. Y, de hecho, si uno se fija, todo termina tendiendo otra vez al gris. A ese gris de la ceniza, de lo que queda después."

Foto: sol-calero-tazas-cafe-illy-art-collection

Manolo Laguillo 1986–2023 no propone un relato cerrado ni una retrospectiva lineal. Reúne trabajos que dialogan por afinidad, por resonancia. Todos se sostienen en una misma convicción: que la fotografía, para tener sentido, debe servir para pensar. Laguillo no dicta interpretaciones. Sugiere. Propone preguntas que la imagen no responde, pero deja abiertas. La claridad de su obra no reside en ofrecer certezas, sino en permitir que la duda tenga forma. Porque mirar, en sus términos, nunca es una forma de posesión, sino de reconocimiento.

Manolo Laguillo no es un fotógrafo al uso. En su forma de pensar y razonar hay mucho más. También en sus (supuestas) sencillas imágenes. Si se sabe escarbar, no es difícil encontrar relatos vinculados con la historia de perseguidos por el nazismo o miradas que nos hacen replantearnos nuestra relación con el devenir de las ciudades.

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