El último Madrid de las infraviviendas a través de la mirada de Javier Campano
El centro cultural El Águila de Madrid acoge una exposición de la vida en los barrios de la capital realizadas entre 1976 y 1980 que muestran la eclosión de la lucha del movimiento vecinal por unas viviendas dignas
Los entornos del barrio de Chamartín en 1980. (Cedida)
Cuando Javier Campano le dijo a su padre que se quería dedicar a la fotografía, su progenitor, un férreo militar que por aquel entonces veía desmoronarse la dictadura franquista que había ocupado la mayor parte de su vida, le mandó a hacer puñetas. Atrás quedarían sus estudios en derecho en la Universidad de Pamplona y su trabajo en un banco. Ni hijo ni padre se imaginaban por aquel entonces que las instantáneas del joven acabarían expuestas en la capital medio siglo después.
Barrios. Madrid 1976-1980 es el título de la muestra que se puede visitar hasta el 8 de septiembre en el centro cultural El Águila. En ella, decenas de fotografías de un Madrid apenas desarrollado en su periferia dan vívida cuenta de cómo las cosas han cambiado en tan poco tiempo. Cabras en Chamartín, infraviviendas en Entrevías, luchas vecinales en Lavapiés y Orcasitas, y otras tantas realidades que circundaban zonas como Tetuán, Usera, Hortaleza, La Chopera y El Pilar se reúnen en esta exhibición fotográfica.
"Yo vivía en Madrid, por la calle Alcalá, y quería fotografiar la ciudad, pero me iba fuera del centro. Así salió este trabajo que ha estado dormido todas estas décadas", comenta Campano a las puertas de sus 74 años, que cumplirá en octubre. Apostado en su actual vivienda en Tirso de Molina, el fotógrafo recuerda con cariño "aquella época repleta de ilusión y en la que parecía que todo era posible".
Aquel 1976 fue un año de cambios. Campano, a sus 25 años, no dejaba de sorprenderse de las vicisitudes que miles de familias pasaban día tras día para poder labrarse un sustento y un futuro en la capital. "El Madrid que yo vi estaba todavía abandonado, hecho polvo, muy mal. La gente vivía en condiciones pésimas de higiene y salubridad. Sin aseos, sin agua corriente", ilustra.
Infraviviendas en Entrevías. (Cedida)
Unos barrios dignos para sus gentes
Aquellas "cosas alucinantes", como las describe, quedaban demasiado lejos de un centro bullicioso al que las penurias no llegaban. "Por eso se crearon las asociaciones vecinales, que empujaron muchísimo por la adecuación de las viviendas. Ahí hubo una gente que hizo una labor muy importante para que la Administración no abandonara a la gente a su suerte", rememora el fotógrafo.
Él lo sabe bien, y su cámara también. En la exposición, diversas instantáneas muestran la efervescencia en un tiempo en el que la organización entre iguales era algo común entre las clases más humildes. Entre ellas, una fotografía de una corrala en Lavapiés, en 1978, donde las barandillas se convirtieron en órgano de expresión de la comunidad con estos mensajes escritos en sábanas: "Menos especulación y más reparación", "No a los derribos", "Si esto es un monumento, exigimos que lo arreglen, el casero o el Ayuntamiento".
Los mensajes se sucedían por los muros de las ciudades. En Hortaleza, en 1979, en uno de ellos, el vecindario reivindicaba "necesitamos viviendas dignas, ¡pero accesibles!". Le sigue Tetuán, en el mismo año: "No pedimos la luna. Exigimos vivir en el barrio". Varios hombres, en 1978, pintaban en Lavapiés: "Este solar es municipal". En el mismo barrio y mismo año, la fachada semiderruida de un edificio sobresalía por el color de un dibujo en el que se reivindicaba "queremos parques y viviendas sociales".
El barrio de Hortaleza en 1978. (Cedida)
Pobres pero acogedores
Las imágenes captadas por Campano humean comprensión y respeto. En aquellos barrios, la humildad salía por los poros de quienes los poblaban. "Era más difícil hacer fotos en el Paseo del Prado que en las barriadas porque siempre había gente deseando echarle la bronca. En la periferia eran personas mucho más amables. Yo iba por allí de día y paseaba, y hacía mis fotos, nunca tuve ningún problema", rememora.
Eran tiempos en los que se pedía no aparcar en algunos solares por estar destinados a que en ellos jugaran los niños. También eran tiempos de asambleas en parroquias, ropa tendida en fachadas, expansión del Metro y pantalones campana y patillas. "Me gusta mucho la foto callejera y estas son una joya. Además, están muy bien, no es porque las haya hecho yo, pero realmente me gustan muchísimo", subraya.
Sea como fuere, todas aquellas luchas que Campano inmortalizó acabaron confluyendo. "La vecinal, por un lado, y la política, por el otro. Yo lo recuerdo como una época de posibilidades que generó mucha ilusión en la que la ciudadanía resurgió", comenta. Su experiencia en este terreno le hace afirmar que la gente debería organizarse y tomar en valor las asociaciones vecinales. "Habría que volver a ocupar sus locales, frecuentarlos, conocer gente y compartir con tus vecinos. Joder, son cosas muy vitales, y eso hará que nunca estemos solos ni nos quedemos con el culo al aire", defiende con cierta vehemencia.
Una vida dedicada a la fotografía
Autodidacta desde los primeros momentos en los que se armó con su primera cámara fotográfica en 1975, Campano formó parte de una nueva generación vinculada a la escuela madrileña Photocentro y a la revista Nueva Lente. Su primer encargo fotográfico sobre la ciudad de Madrid fue la exposiciónEl Racionalismo madrileño (COAM, 1976), que realizó junto a los hermanos Daniel y Rafael Zarza, en la que documenta la arquitectura racionalista, recuerdan desde la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid, que junto a La Fábrica ha editado un completo catálogo de la exposición.
El Pilar en 1978. (Cedida)
Junto a Rafael Zarza creó el equipo audiovisual Ojo Móvil, con el que colaboran también los arquitectos Leopoldo Izu y Jaime Navascués. Bajo su paraguas, el colectivo desarrolló de forma altruista acciones sobre la situación que estaban viviendo los barrios de la periferia con la idea de visibilizar sus problemas y condiciones de vida. Por el momento, Campano se contenta con retomar su archivo personal antes que seguir inmortalizando la vida madrileña. "Tengo miles de negativos, así que estoy trabajando con ellos. Fotos, fotos, no hago muchas, quizá alguna desde el balcón", concluye jocoso.
Cuando Javier Campano le dijo a su padre que se quería dedicar a la fotografía, su progenitor, un férreo militar que por aquel entonces veía desmoronarse la dictadura franquista que había ocupado la mayor parte de su vida, le mandó a hacer puñetas. Atrás quedarían sus estudios en derecho en la Universidad de Pamplona y su trabajo en un banco. Ni hijo ni padre se imaginaban por aquel entonces que las instantáneas del joven acabarían expuestas en la capital medio siglo después.