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Guillermo Mora, el artista del color y las formas que huye de las categorizaciones
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EXPOSICIÓN

Guillermo Mora, el artista del color y las formas que huye de las categorizaciones

'Un puente donde quedarse' es el nombre de la colorida y fascinante exposición que puede verse hasta finales de julio en la sala del centro de Madrid Alcalá 31

Foto: Retrato de Guillermo Mora.
Retrato de Guillermo Mora.

Colores y formas recorren Alcalá 31. Es un choque que no desagrada al visitante, que entra y pasea la imponente sala del centro de la capital, antigua sede del Banco Mercantil e Industrial. A medio camino entre la escultura y la pintura, sin querer definirse, las obras de Guillermo Mora ocupan diferentes huecos y espacios del centro de arte madrileño. “Los dos teníamos como reto trabajar con el lugar”, confiesa la comisaria Pía Ogea, que sin conocer a Mora le ofreció presentar un proyecto conjunto para realizar una intervención artística, donde también se pudiera ver una parte de la obra que lleva firmando desde hace quince años.

Foto: Uno de los documentos expuestos. (Biblioteca Nacional)

“De Guillermo me gusta mucho su investigación de entornos híbridos, entre arquitectura, escultura y pintura”, comenta Ogea. “Me puse en contacto con su galería, Moisés Pérez de Albéniz, y todo fue bastante rápido. Lo más largo ha sido la ideación y montaje, con una pandemia de por medio”.

placeholder La obra 'Dos casi cinco'. (G.M.)
La obra 'Dos casi cinco'. (G.M.)

La muestra cuenta con cuarenta piezas de Mora, algunas de ellas realizadas sólo para la exposición, como la gran instalación central que une las dos paredes de la sala. “Estos trabajos a veces son un caramelo envenenado. El monstruo puede comerte”, dice metafóricamente Mora, nacido en Alcalá de Henares en 1980, y que atiende la llamada desde la zona de Urgel. “He visitado muchas veces la sala, viendo diferentes exposiciones y quería que de algún modo no hubiera jerarquías entre las piezas de arriba y las de abajo. También necesitaba prescindir del muro de la entrada, creo que frenaba la visión”. Con estas ideas y unas cuantas más, Ogea y Mora se pusieron a trabajar en una primera propuesta.

Y ahora, esa planta basilical, diseñada por uno de los popes de la arquitectura madrileña, Antonio Palacios, que puede estar observando desde otro de sus edificios, el Círculo de Bellas Artes, respira mucho más. “Es un proyecto total, que genera por primera vez una perspectiva desde la entrada”, reflexiona Mora.

Instalación central

En la conversación que aparece en el catálogo, firmada mano a mano con otro artista de su generación, Carlos Fernández-Pello, Mora también comenta y se alarga en pensamientos sobre esa intervención. Centrando la mirada y elevando las posibilidades de la edificación de la calle Alcalá. “En esta exposición hay una clara diferencia entre la pintura que se alía con la arquitectura y la pintura que llega a la sala desde fuera”, le dice a Fernández-Pello.

placeholder Instalación central de la exposición. (Alcalá 31)
Instalación central de la exposición. (Alcalá 31)

“La instalación central asciende y eleva tu mirada hasta el techo, mientras que la mayoría de las otras piezas guían tu visión hacia el suelo. Las 12 macroestructuras ascienden hasta alcanzar la bóveda en oposición a las piezas entrantes, que están claramente marcadas por esa gravedad que indicas. Estas piezas —en contraste con la instalación central— penden, cuelgan, caen, se reclinan y tumban. Mientras la instalación central se yergue como un titán, las otras descienden hacia tus pies”, continúan contándose entre artistas.

Para Ogea esta pieza también tiene interés porque es “única e irrepetible”. Se ha producido para la monografía y desaparecerá. Nada que ver con las obras que han prestado coleccionistas españoles. “Guillermo tiene mucho trabajo en el exterior, pero por aquello de hacerlo todo más asequible y que no se disparase el precio de los seguros, preferimos hacerlo todo con prestamistas nacionales”, apunta.

Mientras, a Mora le ha ocurrido una cosa muy curiosa al volver a estar en contacto con piezas que hacía años que no veía. “Ha sido como reencontrarme con familiares a los que hacía mucho tiempo que no trataba. Algunos están cambiados y otros hasta irreconocibles”, indica con una media sonrisa.

El color como eje

El color es otra de las facetas que Mora domina. No resulta complicado acercarse a trabajos como ‘Siete veces yo’ o ‘Sí pero no’ para intuir esa mirada inquieta y oblicua. “La cuarentena vivida en 2020 desvió mi mirada desde los objetos hacia las personas. Cuando volvimos a salir a la calle, comencé a realizar estos esquemas de color tomando como referencia los colores de la ropa de la gente que me cruzaba caminando o en el transporte, o de personas a quien conocía por primera vez, anotando una fecha, y en ocasiones su nombre”, comentaba sobre sus dinámicas de trabajo en el texto del catálogo, Ser siempre lo otro.

placeholder Obra 'Siete veces yo'. (G.M.)
Obra 'Siete veces yo'. (G.M.)

“Y eso se amplió con una serie de esquemas de color realizados sobre mí mismo, a modo de autorretratos. Los esquemas fueron llenando cajas como si fuesen las páginas de un diario. Al fin y al cabo, el color es una de las muchas cartas que tenemos para presentarnos al mundo. Nos define y personaliza, al igual que define el tiempo y la sociedad en la que vivimos”, apuntaba.

“El color pasa del tejido de una persona a mi memoria", dice el artista

Mora reflexiona y vuelve una y otra vez sobre estos conceptos. A veces hasta mezclados con la memoria y la materia. “También me resulta curioso pensar en todo ese camino que recorre el color durante este proceso”, destaca. “El color pasa del tejido de una persona a mi memoria, luego forma parte de un pequeño boceto de papel tamaño bolsillo, después pasa a ser ampliado en pinturas monocromas y posteriormente se destruye en minúsculos pedazos para ser grapado finalmente sobre una superficie tridimensional”.

Referencias visuales

Todas esas anotaciones, diarios visuales, como le gusta definirlos a él, son parte de unas dinámicas de trabajo que ayudan a encuadrar mucho ver su obra. Un todo que también bebe de otros referentes externos. Probablemente el más radical y principal sea Richard Tuttle. “Lo conoció en 2006, cuando viajó por primera vez a Chicago”, recuerda la curadora de la exposición.

placeholder Colección Tasman. (Alcalá 31)
Colección Tasman. (Alcalá 31)

El artista norteamericano, que ha hecho del objeto encontrado y los materiales pobres una de las bases de su obra, sirve de inspiración a un primerizo Mora. “Pero en su caso, los elementos que componen sus construcciones pictóricas no son objetos encontrados en otros ámbitos, como pudiera ser la calle, sino que están íntimamente ligados al acto de pintar y al estudio”, resalta Ogea.

Obras completas

La editorial Caniche, hace seis años, se encargó de publicar sus 'Obras completas', un trabajo de 20 piezas únicas, en el que Mora cogía varios libros de su colección y los bañaba en color. "Queríamos investigar la manera en que la pintura podía activar determinadas pulsiones de los libros y dar lugar a piezas únicas", resalta Carlos Coppertone, su editor en aquel momento.

Foto: Pablo Picasso, en su estudio de Cannes. (Getty)

"Eso es lo que hizo Guillermo Mora, y mostraba una cierta continuidad en lo matérico con el proyecto inmediatamente anterior: The way things go', de Paula García-Masedo, una artista que decidió cubrir los libros con gotelé", comenta de dos de sus primeras ediciones. A Coppertone también le interesaba que la editorial se introdujera desde lo real. "Es decir, trabajar con elementos de la realidad cotidiana como son los libros y utilizarlos como materia prima de la creación de un artista".

Género fluido

De esta forma papeles pintados, fragmentos de bastidor o pinceles cubiertos de pintura, como bien destaca la curadora, crean una “nueva vida”, “un cuerpo coreográfico”. Lo que Mora lleva a cabo, y Ogea refuerza, es una completa revisión del cuerpo y el ojo del espectador que “desarrollarán otra relación física con este tipo de trabajo, descentralizando y desplazando la mirada”.

Otros artistas ligados a su lenguaje, aunque más cercanos, podrían ser Teresa Solar Abboud, con la que ha colaborado varias veces, o Javier Fresneda. “Aunque creo que he ido siempre más a mi bola y me cuesta estar como en pandilla”, indica. Sobre su futuro, tras inaugurar recientemente en Bruselas, lo siguiente será un breve descanso. “Abres el grifo y el tanque se queda vacío. Ha sido bastante duro”. Duro y satisfactorio. Mucho.

'Un puente donde quedarse' puede que sea una de las mejores exposiciones de la temporada, donde no solo disfrutar con la mirada, sino también un ejercicio de revisión de la pintura y la escultura. Un momento en el que no definirse, como bien le dice Fernández-Pello, forma parte de nuestro presente. “Como te comentaba antes, no soporto las categorizaciones, ni en el arte ni en la vida. El ojo curioso no descarta. Si decides emprender nuevos caminos, estás abierto a acercarte a otras disciplinas, a estar en varios lugares, a hacer y ser varias cosas a la vez”, dice sin ningún tipo de miedo.

Colores y formas recorren Alcalá 31. Es un choque que no desagrada al visitante, que entra y pasea la imponente sala del centro de la capital, antigua sede del Banco Mercantil e Industrial. A medio camino entre la escultura y la pintura, sin querer definirse, las obras de Guillermo Mora ocupan diferentes huecos y espacios del centro de arte madrileño. “Los dos teníamos como reto trabajar con el lugar”, confiesa la comisaria Pía Ogea, que sin conocer a Mora le ofreció presentar un proyecto conjunto para realizar una intervención artística, donde también se pudiera ver una parte de la obra que lleva firmando desde hace quince años.

Arte Madrid