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Un laboratorio musical para la integración: la inclusión en los lindes de la M-30 se pelea con rap
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Un laboratorio musical para la integración: la inclusión en los lindes de la M-30 se pelea con rap

La Asociación Vecinal Caminar organiza talleres en El Ruedo desde los 9 a los 80 años para aprender de este arte, improvisar y producir canciones. En uno de los temas han participado más de 20 vecinos del icónico edificio

Foto: Amy, Adrián, Iván y Tomás. (C.V.)
Amy, Adrián, Iván y Tomás. (C.V.)

Tomás García dice que llega un momento en el que uno se acostumbra a pasarlo mal y tan solo trata de mantener cubiertas sus necesidades. En medio de su dolor hay algo que le impulsa, que le remueve, que le despierta y que mantiene intacta su ilusión: la música. “Llevo viviendo 10 años en la calle y este arte es algo con lo que soñar, una meta que conseguir. Las puertas de la música eran algo que yo necesitaba”, describe T. Konde —su nombre artístico—, madrileño de 47 años, en El Ruedo, el icónico edificio levantado a los pies de la M-30.

Tomás lleva 30 años viviendo cerca del bloque de viviendas situado en Moratalaz, los últimos 10 en una furgoneta. Antes cantaba con su familia, pero hace tres años lo empezó a hacer en la Asociación Vecinal Caminar, una entidad sin ánimo de lucro que comenzó en 1988 en el poblado Pozo del Huevo y se trasladó —con el realojo, en 1990— al edificio ideado por el arquitecto Sáenz de Oiza. “Tenía muchas ganas, me tuve que camelar a los profesores porque era mayor”, recuerda sobre un proyecto musical que llegó al barrio en 2017 y trabaja sobre todo con los adolescentes.

placeholder Iván, Adrián y Tomás. (C.V.)
Iván, Adrián y Tomás. (C.V.)

Con ese ímpetu, Tomás ha grabado canciones que tiene subidas a YouTube y ha colaborado junto a unos 20 vecinos de todas las generaciones en temas como ‘La música me da vida’, una mezcla entre flamenco y rap. Los talleres los dirige Adrián Correa (Ecuador, 38 años), un técnico de sonido que tenía un grupo y se dio cuenta de que había otras formas de vivir las melodías. De lunes a miércoles instruye desde niños de 9 años hasta a un grupo de señoras de 80, y les ayuda a hacer sus propias canciones, improvisaciones de rap o incluso crear un perfil de Spotify. “Al final lo importante es el mensaje, que sea positivo o constructivo”, describe en una de las salas de la asociación, situada en la construcción circular.

Foto: La colonia San Cristóbal, flanqueada por las Cuatro Torres (A.P.)

A las cuatro de la tarde la plaza está muda, pero a las seis los vecinos pasean por el patio central, se sientan en los bancos, se llaman por sus nombres, se lanzan bromas. Gonzalo Lisalde, uno de los seis miembros del equipo técnico que lleva ahí 9 años, cuenta que la música se expande por cada una de las casas: “Se oye desde por la mañana; la que pone la vecina en su equipo de música y la del que junta cuatro mesas a echar la tarde o a hacer un asado. Siempre hay alguien que se arranca”. El vallecano de 42 años dice que es algo más que un sonido: “La situación de las personas que viven en este barrio es económica y socialmente deprimida. La música te permite desahogarte, compartir con la familia, con la gente que tienes al lado, y es un momento donde estás también olvidándote. La música te permite disfrutar de la vida”.

El aprendizaje del rap

Adrián se unió a la asociación hace casi 5 años con un compañero llamado Julio para desarrollar un proyecto musical, y el grupo le ha arropado durante todo este tiempo. “Ha proporcionado a los chavales herramientas”, prosigue Gonzalo. Lo ejemplifica con el caso de una chica que sufría acoso escolar y apenas tenía autoestima. “Ella, a los 15 años, acabó cantando en las fiestas del barrio en Moratalaz. Me acuerdo y me emociono”, reconoce.

No es solo la música, es todo lo que engloba; hay quienes aprenden de producción, a mezclar, a hacer videoclips. “Entran en juego muchos factores para que se den grandes cambios sociales, pero hemos empezado con los personales, como tener un reconocimiento por lo que hacemos”, continúa. Esta herramienta les permite crear un vínculo, compartir espacios y escucharse. “No hacemos terapia, pero les ofrecemos un espacio de seguridad”, destaca el portavoz de la asociación.

placeholder Tomás, Iván y Amy. (C.V.)
Tomás, Iván y Amy. (C.V.)

Amy tiene 13 años y lleva desde los 9 en la actividad. “Empecé a venir a la asociación a apoyo y ludoteca, una amiga me dijo que la clase de música era muy guay y me animé. Lo que más me gusta es poder expresarme”. El mensaje de su último tema expresaba su deseo de que la gente la escuche. Ella, junto con sus compañeros, lo consigue a través de la reflexión. Se ve en la sala donde graban; hay un papel enorme con tres grandes preguntas: “¿Qué siento? ¿Qué me gusta de mí? ¿Tenemos igualdad?”. Las respuestas que están abajo escritas son las de los adolescentes: “Mi barrio es mi hogar”, “Soy fuerte, tengo picardía”, “Los abuelos no van a residencias”, “No peleamos por herencias”, “Estoy abriendo los ojos y la mente”.

Gracias a las tardes en el local, Amy abre los libros de texto con nuevas inquietudes: “Estamos dando la poesía y, gracias al rap, soy capaz de rimar más fácil y más rápido. También he perdido la vergüenza”. Adrián les enseña con juegos, como el espejo —en el que cada uno tiene que imitar a su compañero—, la percusión corporal, la improvisación o incluso el abecedario. “Hay niños que aún no saben leer y se dan cuenta de que hacerlo con ritmo es más divertido. No es una clase normal de escuela, es un espacio de creación colectiva”.

placeholder Iván, Tomás y Adrián. (C.V.)
Iván, Tomás y Adrián. (C.V.)

Este arte les cala más por lo que transmite. “Lo sientes si cierras los ojos, por la letra, por la melodía. Es muy potente”. Es lo que dicen y cómo lo dicen. Iván Jiménez (Madrid, 34 años), vecino desde hace 27 años, nota cuando no hay emoción: “Si compones sin sentimiento, luego lo transmites cuando cantas”. Le llaman Taner por un videojuego que solo él podía pasarse en la versión más difícil y lleva desde sus 13 años haciendo música. Comenzó con el grupo Los Yakis y se enganchó al estilo urbano. “Por entonces, yo era uno de los pocos gitanos que rapeaba. Ahora se ha puesto de moda entre chavales jóvenes”, cuenta. Añade que es una escuela, que Violadores del Verso, El Chojin y Kase.O cantaban contra el racismo o la violencia.

Es otro tipo de ocio, una manera de que los jóvenes practiquen en sus casas y dejen los aparatos electrónicos. También despierta una aspiración. Tomás explica que el siguiente paso es darse a conocer, lo que le supone una odisea. “Nuestra música no va a salir de los barrios”, sentencia. Él no se rinde; hace poco ha asistido a un casting para un programa de televisión. “Si les cuaja, muy bien; si no, a seguir trabajando. La música y yo somos uno”.

Tomás García dice que llega un momento en el que uno se acostumbra a pasarlo mal y tan solo trata de mantener cubiertas sus necesidades. En medio de su dolor hay algo que le impulsa, que le remueve, que le despierta y que mantiene intacta su ilusión: la música. “Llevo viviendo 10 años en la calle y este arte es algo con lo que soñar, una meta que conseguir. Las puertas de la música eran algo que yo necesitaba”, describe T. Konde —su nombre artístico—, madrileño de 47 años, en El Ruedo, el icónico edificio levantado a los pies de la M-30.

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