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Origen y apogeo de lo afrancesado en España: recorrido por 200 años de la Historia del Arte
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EXPOSICIÓN

Origen y apogeo de lo afrancesado en España: recorrido por 200 años de la Historia del Arte

La Fundación Mapfre, de la mano de la profesora y comisaria Amaya Alzaga, realiza una exposición sobre el afrancesamiento que vivió el país entre el siglo XVII y XIX

Foto: Escena costumbrista. (Jean-Démosthène Dugourc, 1813)
Escena costumbrista. (Jean-Démosthène Dugourc, 1813)

Amaya Alzaga estudió en el Liceo Francés y realizó parte de su doctorado en Francia. Dice que a pesar de que se han escrito algunos trabajos académicos más que significativos sobre nuestra relación con el país vecino, aún estaba por hacerse el episodio uno. “Tenía la sensación, desde hacía mucho tiempo, que España dedicaba muchas exposiciones a los impresionistas —que es un movimiento artístico que me encanta—, pero que no se había tratado todavía el origen de todo aquello”, comenta Alzaga, comisaria de ‘El gusto francés y su presencia en España en los siglos XVII-XIX’, probablemente el trabajo que mejor ha cartografiado lo afrancesado en el territorio español.

La muestra, que puede verse en lo que antiguamente fue el palacio de la Duquesa de Medina de las Torres, en el paseo de Recoletos, es una rigurosa aproximación a un periodo que abarca doscientos años, entre 1650 y 1850. A partir de un centenar de obras, donde hay mucha pintura, pero también esculturas, artes suntuarias, ropajes, papeles pintados, vidrieras y otros elementos, se recorre por una decena de salas como los gustos y el interés por lo francés va tomando cuerpo en la sociedad española. Los gustos cambian y vestir, comer o decorar a la francesa se convierte en lo más puntero de esos años.

placeholder Vendedor de fruta en Sevilla. (Jean-Baptiste Achille Zo, 1864)
Vendedor de fruta en Sevilla. (Jean-Baptiste Achille Zo, 1864)

Los inicios y el retrato

Alzaga data ese primer intercambio en la llegada de retratos familiares entre las monarquías españolas y francesas. “Fue a través de dos matrimonios, Luis XIII con Ana de Austria y Luis XIV con María Teresa de Austria, como Felipe IV, que era hermano de la primera y padre de la segunda, reclama las efigies de sus familiares”, comenta Alzaga, también al cargo de la dirección científica del catálogo. “Esto nos permitía explicar como la primera llegada de obras francesas a España no se realiza por la vía de la compra de arte francés, ya que es un país enemigo, sino que es a través de esas efigies o retratos familiares que reclama la corte española”.

Ese episodio es importante porque inicia las relaciones que luego van a asentarse en un fuerte coleccionismo y en cómo, ya con Felipe V, el primer Borbón francés que llega a la corona española, los pintores y orfebres del hexágono comienzan a visitar España.

placeholder Bodegón con almirez, cántaro y caldero de cobre. (Jean-Baptiste-Siméon Chardin, 1728-32)
Bodegón con almirez, cántaro y caldero de cobre. (Jean-Baptiste-Siméon Chardin, 1728-32)

A la vez que esto ocurría, Luis XIV comienza a crear marca Francia. El gran lujo, de la mano de las manufacturas reales francesas, se empieza a asimilar como el buen gusto. “Este buen gusto llega a través de las pinturas, las sedas, las artes suntuarias, la orfebrería, los abanicos. Todas esas artes que posteriormente van a pasar al arte del vestir y la mesa”, explica Alzaga.

Esto se ha conocido comúnmente como el 'savoir vivre' (el saber vivir), que consiste en la elegancia en el vestir de la casa y en el vestir de uno mismo. “Durante dos siglos, prácticamente, los elementos más refinados de las casa de las residencias y del vestir, se van a adquirir a Francia”, comenta Alzaga.

Obras francesas en España nunca vistas

En la exposición se puede disfrutar de una cenefa, de seda adamascada, firmada por Camille Pernon; una sopera de porcelana pintada, esmalte y oro de Sèvres; un arpa de madera, metal, pan de oro y barniz de la Casa Erard; una compotera de cristal y bronce fundido perteneciente a la Casa Thomire; o el juego de bautismo del infante Francisco de Borbón, formado por un aguamanil y una bandeja, con cabujones de diferentes piedras, esmaltes, diamantes de talla antigua, granates, esmeraldas, zafiros y rubíes que hizo la Casa Crossville y Glachant.

placeholder El sacrificio de Calírroe. (Jean-Honoré Fragonard, 1765)
El sacrificio de Calírroe. (Jean-Honoré Fragonard, 1765)

“Todas las obras, las 110 que forman parte del conjunto expositivo, han venido de dentro de la frontera española”, aclara la comisaria, poniendo el acento en que es el arte francés que se ha preservado en España. “Hemos buscado en museos de toda la geografía. Hay una obra importantísima que viene del Museo Quiñones, en Vigo, y que hemos conseguido afinar con su catalogación”. Se trata de ‘La muerte de Lucrecia’, que ahora se ha atribuido a Pierre Subleyras. Lo mismo ha ocurrido con un retrato del futuro Carlos III, que en la exposición, tras un arduo trabajo, ha sido reasignado a Michel-Ange Houasse.

"En general se ha buscado en los fondos de los museos para no exhibir lo ya conocido”, explica Alzaga

Alzaga comenta con orgullo que “en general se ha buscado en los fondos de los museos para no exhibir lo ya conocido”. Y destaca como de las diez obras que hay del Museo del Prado, ninguna está dentro del discurso que habitualmente realiza el visitante asiduo a la pinacoteca nacional. “Y la Casa de Liria ha prestado generosamente el retrato de Eugenia de Montijo, que es una obra que no se había exhibido públicamente”, relata.

placeholder El duque de Montpensier con su familia en los jardines de San Telmo. (Alfred Dehodencq, 1853)
El duque de Montpensier con su familia en los jardines de San Telmo. (Alfred Dehodencq, 1853)

Es importante todo lo que cuenta la exposición, también el continuo ir y venir de artistas, obras y artesanos. “Queremos que el visitante se sorprenda ante toda la llegada de arte francés que hubo durante 200 años. Algo que fue constante. Sin perder de vista todas las artes, no solo la pintura. Incluidos los tejidos de Patrimonio Nacional, que habitualmente no se suelen ver en las visitas”.

El saber vivir a la francesa

De esta manera también se percibe como ese traslado del gusto se realiza por imitación de los modelos de la realeza. Primero a la corte, posteriormente a la nobleza, de ahí pasa a la burguesía y luego a las clases más bajas. “Es un fenómeno de imitación del supuesto o establecido buen gusto”, continúa Alzaga. "El rey, por ejemplo, va asentando el saber estar en la mesa o las formas del vestir”.

placeholder Retrato ecuestre del Delfín de Francia a los tres años. (Jean Nocret, 1665)
Retrato ecuestre del Delfín de Francia a los tres años. (Jean Nocret, 1665)

Uno de los ejemplos más representativos es el de los tejidos de Carlos IV, con los que se entelan los grandes espacios reales. Son sedas que vienen de los talleres más renombrados de Lyon. “Esto se extiende en el siglo XIX a la burguesía. Sin embargo, al no poder permitirse ese tipo de telas, deciden inventar el papel pintado, que es la versión barata de las sedas del Rey”. Una situación parecida, según Alzaga, a lo que ocurre ahora con las firmas de alta costura y los modelos que llegan a los almacenes lowcost.

Hay uno de los textos del catálogo —muy completo y necesario si se quieren ampliar los conocimientos de la exposición— que dice que “a finales del siglo XVIII, en las principales ciudades españolas se fabricaban y vendían coches a la francesa, especialmente berlinas y forlones, nuevos o de segunda mano. Del mismo modo, las mujeres que se ofrecían para trabajar en el servicio doméstico esgrimían con frecuencia saber coser y planchar a la francesa y era igualmente requisito obligado el dominio del arte de la cocina a la francesa para cualquier hombre que quisiera emplearse de criado en una buena casa”.

Nadie estaba a salvo. Tampoco el mobiliario o los elementos decorativos del país vecino, que poblaban las casas con más pedigrí de esos años. También el vestir se vio acechado por este gusto. En la prensa de la época se podían leer anuncios como el de un tal Mr. Luis, “discípulo de los mejores maestros de París”.

placeholder La lectura. (Louis-Léopold Boilly, 1789-1793)
La lectura. (Louis-Léopold Boilly, 1789-1793)

Durante el siglo XIX se asentaron en Madrid, cerca de la Puerta del Sol, firmas como la de Jean-François Veyrat, Pierre François Agustin, Martin Lebas, Louis Tassin y muchos otros. Probablemente el joyero más importante será Jean-Baptiste Mellerio que llega en 1848 a la capital de España, que se asienta en la carrera de San Jerónimo y que vende a gran parte de la nobleza de aquí.

Las cuatro últimas salas de la exposición cuentan como nuevamente los franceses, de la mano de Manet, los Cien Mil Hijos de San Luis y artistas como Gustave Dore regresan a lo español. Surge el romanticismo y el mundo quiere descubrir España como un Oriente cercano. “Es ahí cuando nuevamente nuestro país vuelve a ser motivo de inspiración para viajeros y artistas”, concluye Alzaga. Es el momento de echar la vista atrás y reconocer a Velázquez como el pintor de la modernidad. Pero eso… ya es otra historia.

Amaya Alzaga estudió en el Liceo Francés y realizó parte de su doctorado en Francia. Dice que a pesar de que se han escrito algunos trabajos académicos más que significativos sobre nuestra relación con el país vecino, aún estaba por hacerse el episodio uno. “Tenía la sensación, desde hacía mucho tiempo, que España dedicaba muchas exposiciones a los impresionistas —que es un movimiento artístico que me encanta—, pero que no se había tratado todavía el origen de todo aquello”, comenta Alzaga, comisaria de ‘El gusto francés y su presencia en España en los siglos XVII-XIX’, probablemente el trabajo que mejor ha cartografiado lo afrancesado en el territorio español.

Museo del Prado Patrimonio Nacional