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El olvido en el que se caen las ruinas de Polvoranca: la villa del siglo XVII de Leganés
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El olvido en el que se caen las ruinas de Polvoranca: la villa del siglo XVII de Leganés

La falta de presupuesto por parte del consistorio provoca que el poblado, emblema de la Edad Moderna, siga deteriorándose

Foto: El castillo en ruinas de Leganés. (G.M.)
El castillo en ruinas de Leganés. (G.M.)

La villa que en Leganés hace siglos habitaron personalidades como el Conde-duque de Olivares, Góngora y Fray Luis de León es hoy pasto de los conejos, los escombros y el abandono. Las ruinas de todo aquello ven pasar el tiempo. La edificación se levantó en el siglo XVII, pero su estado es pésimo pese al intento de recuperación por parte de una Plataforma vecinal sin que el Ayuntamiento, sin presupuesto para ello, adecentara este enclave del Parque de Polvoranca. El vandalismo se ha apoderado de la zona, rodeada de señales que prohíben el paso al interior de un maltrecho vallado, a todas luces inútiles a tenor de las pintadas que decoran lo poco que queda de la antigua iglesia del poblado.

Las abejas son las únicas que trabajan, tal y como indica una señal, dentro de los límites de la valla en repetidas ocasiones parcheada. El consistorio decidió instalar el apiario municipal en las ruinas de Polvoranca. La fauna y flora del lugar también realizan su cometido: las palomas anidan en lo más alto de los restos del antiguo templo, hoy desacralizado, atisbando las 150 hectáreas de parque que los rodean, mientras que los vestigios del antiguo poblado anexo a la iglesia apenas pueden ser reconocidos entre la maleza y los escombros allí vertidos.

placeholder Antonio Delgado enseña el plano original de la iglesia. (G.M.)
Antonio Delgado enseña el plano original de la iglesia. (G.M.)

La Plataforma Salvemos Polvoranca inició su andadura en 2016 con el objetivo de recuperar el espacio. Antonio Delgado fue su portavoz hasta hace unos días, cuando al recorrer la zona constató el estado de abandono en el que se encuentra: “Han podido conmigo. A mis 70 años, yo ya no estoy para estas cosas”, declara. Aun así, saca algo de aliento, pues el enfado persiste, para enseñar el “ataque medioambiental” que supone no intervenir desde el Ayuntamiento. “Solo queríamos darle cierto grado de historia al lugar, que se recuperara el entorno y se integrara lo poco que quedan de las ruinas en el conjunto del Parque”, explica este leganense. No fue posible.

Sin dinero para evitar el derrumbe

A pesar de diferentes resoluciones aprobadas por unanimidad durante todos estos años en los plenos municipales presentadas por distintas formaciones políticas, los restos de la villa de Polvoranca, cuyo esplendor se sitúa en la Edad Moderna, siguen deteriorándose. Más allá de la perspectiva histórica proyectada por los vecinos, el peligro de derrumbe de los restos en “estado de conservación deficiente”, tal y como explicita la escritura de edificación protegida, es alarmante. “Cada día que vienes hay un trozo más en el suelo. Con Filomena se cayó un paramento completo —dice señalando los trozos que descansan en el suelo— y es que esto es un peligro inminente”, relata Delgado. Además, insiste en que no se cumplen las distancias de seguridad, pues algunas partes el vallado limítrofe no respeta el margen que debería: la máxima altura de la edificación más cercana multiplicada por 1,5.

placeholder Castillo en ruinas de Leganés. (G.M.)
Castillo en ruinas de Leganés. (G.M.)

Miguel García, concejal de Medioambiente en Leganés, defiende que la valla “se instaló siguiendo las indicaciones de los Bomberos”, y admite que las prioridades del Gobierno local pasan por mejorar otros asuntos de la ciudad. “Hemos solicitado a la Comunidad de Madrid y al Ministerio de Cultura que se hagan cargo de esta infraestructura pero no hemos recibido respuesta por su parte”, alega refiriéndose a los vestigios de la iglesia. El templo no está catalogado como bien cultural por ninguna administración y eso dificulta aún más su conservación, admite el edil, que también asegura que “actualmente no existe un proyecto para su remodelación y no hay criterios técnicos que avalen que una inversión millonaria garantizaría su conservación”.

Toda una historia de piedra y ladrillo

Pablo Díez es historiador del arte e intérprete del patrimonio experto en las ruinas de Polvoranca, villa que se anexionó a Leganés en 1849. Comenta su vetusto pasado: “Hay escrituras del año 1343 en las que se dice que es una población en la que vivían judíos. En 1480, el propio cura de Polvoranca denuncia a su madre por judaizante ante el tribunal de la Santa Inquisición; y en 1575, las relaciones topográficas de Felipe II hablan de una villa con unas cuatro decenas de viviendas”. Es en este último año cuando la familia Chacón Ponce de León, de rancio abolengo, se asienta en el territorio al comprar los terrenos al Conde de Orgaz.

placeholder Otra perspectiva del castillo en ruinas. (G.M.)
Otra perspectiva del castillo en ruinas. (G.M.)

En torno al linaje de los Chacón Ponce de León se cimienta la historia más ilustre de Polvoranca. Juan, uno de sus descendientes, fue quien a mediados del siglo XVII decidió construir la Iglesia de San Pedro, actualmente en ruinas y desacralizada desde hace décadas. Finalizada en 1664 tras ocho años de trabajo, el artífice de la arquitectura no fue nada más y nada menos que el maestro mayor de obras de la Corona, José de Villarreal. La población de Polvoranca llegó hasta los 300 habitantes en su mayor apogeo, siempre reunidos en torno a la figura de los Chacón Ponce de León y dedicados a la siembra de cebada y trigo, y la crianza de ganadería ovina y novillos. Rodeados de tres lagunas, ahora solo queda una, la de Maripascuala.

“Esas aguas, que tanto daban vida como te la podían quitar, cuando estaban estancadas provocaban fiebres tercianas a través de la picadura de un mosquito. Junto al crecimiento de Leganés y en menor medida de Alcorcón, la población disminuyó hasta finales del siglo XIX, momento en que los vecinos de Polvoranca no superaban la media centena”, apunta Díez.

Llegaron las siguientes décadas y durante los 70 y 80 se sucedieron las ocupaciones

Según las informaciones de este historiador, los últimos habitantes que pasaron sus últimos días en el poblado datan de 1960, y ya se quejaban del estado de la construcción religiosa. Llegaron las siguientes décadas y durante los 70 y 80 se sucedieron las ocupaciones, tal y como recalca el experto. “La iglesia sufre desperfectos desde el siglo XVIII, pero este estado dramático comienza en el XX, con los incendios que hubo. Uno de ellos colapsó la parte norte del edificio y a mediados de siglo cayó la torre del campanario”, agrega el mismo Díez. Ahora las cosas han cambiado. El vallado constantemente agujereado ha sido la puerta de entrada para grafiteros y otros curiosos.

Se encontraron unas cartas del tarot y velas negras en la edificación

Curiosos que, además, llegaron a pintar un pentateuco en las paredes de la centenaria iglesia. Unido a que se encontraron unas cartas del tarot y velas negras, dice el historiador, eso hizo temer que el lugar se convirtiera de pronto en una meca para la magia negra y los encuentros nocturnos. “Yo creo que son todo habladurías, aunque lo del pentateuco está, así que ahí ha entrado gente a hacer el mal”, expresa Díez. Según García, desde el Ayuntamiento mantienen y revisan el vallado, pero “es imposible controlar si acceden personas dado lo apartado del enclave”. De todas formas, desde el consistorio tienen prevista la construcción de un “muro dinámico”, ya presupuestado, en la zona de los torreones.

Los ojos puestos en la Comunidad de Madrid

Delgado se remonta a 2014, época en la que el PSOE se encontraba en la oposición y no gobernando, para rememorar la inamovilidad que protagoniza el consistorio: “Hicieron una defensa de esto en el pleno perfecta, ni una coma se le podía quitar. Ahora gobiernan y parece que, como todo, las promesas también se han quedado anticuadas”. La dejadez es patente. Dentro de la verja que delimita el perímetro hay trapos, botellas de cerveza y hasta un neumático, “y eso no pertenece a la iglesia, eh”, agrega un irónico Delgado desde el terreno. “La verdad es que no sabemos para qué el Ayuntamiento compró la parcela en 1995 por 200 millones de pesetas si ahora no quieren adecentar el lugar”, aduce este activista ya retirado como portavoz.

A escasos metros, sus pies recorren lo que un día fue el poblado de la villa de Polvoranca. “Yo he visto vertederos en mejores condiciones que esto”, expresa algo angustiado y enfadado. Esta zona, a decir verdad, contrasta en gran parte con su opuesta, al otro lado de la iglesia. La primera, asolada por escombros ajenos a la edificación y la sequedad del terreno, la segunda, repleta de árboles recién plantados.

“Por aquí se proyecta el Arco Verde que está planeando la Comunidad de Madrid, y es una vergüenza el estado en el que se encuentra”, relata el activista leganense. En cambio, el edil de Medioambiente afirma que los terrenos que rodean a las ruinas pertenecen a la Comunidad: “Ya que por aquí transcurrirá el Pasillo Verde, esperamos que esta nueva infraestructura posibilite proteger estas ruinas evitando el acceso de personas a su interior”.

El comentario más repetido por los viandantes y ciclistas de esta emblemática zona verde se debate entre la pena y la vergüenza al ver la escena. “Solo queríamos que lo vallaran como es debido para que nadie pudiera acercarse a las ruinas, reconstruir un poco el poblado en sí y colocar una señalética que explicara y diera un digno final a un edificio que formó parte del comienzo de Leganés, nuestra propia historia”, concluye Díez.

La villa que en Leganés hace siglos habitaron personalidades como el Conde-duque de Olivares, Góngora y Fray Luis de León es hoy pasto de los conejos, los escombros y el abandono. Las ruinas de todo aquello ven pasar el tiempo. La edificación se levantó en el siglo XVII, pero su estado es pésimo pese al intento de recuperación por parte de una Plataforma vecinal sin que el Ayuntamiento, sin presupuesto para ello, adecentara este enclave del Parque de Polvoranca. El vandalismo se ha apoderado de la zona, rodeada de señales que prohíben el paso al interior de un maltrecho vallado, a todas luces inútiles a tenor de las pintadas que decoran lo poco que queda de la antigua iglesia del poblado.

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