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Un siglo de churros en mitad del Madrid más pijo
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Un siglo de churros en mitad del Madrid más pijo

Zoilo Fernández y su familia regentan desde hace casi 100 años la empresa de churros y buñuelos que abastece a las cafeterías del centro de la capital

Foto: Zoilo Fernández lleva más de 40 años haciendo churros. (L.F.)
Zoilo Fernández lleva más de 40 años haciendo churros. (L.F.)

Los vecinos de la calle Santa Teresa se despiertan todos los días con el olor del desayuno más castizo de la capital. De ello se encarga La Fábrica de churros, una empresa familiar que logra que todo el que quiera desayunar churros o porras en el centro de Madrid empiece el día como se debe.

Desde hace más de 40 años, Zoilo Fernández, de 74, tiene esa misión. Antes que él lo hizo el anterior dueño del local, que estuvo 50 años. Hoy, Álvaro Fernández, hijo de Zoilo, se prepara para liderar el negocio. En total, son casi 100 años de churros en mitad del ajetreado distrito Centro, cerca de la estación de metro de Alonso Martínez.

El mayor de los Fernández se levanta todos los días antes que el sol para hacer más de 1.000 churros. Pero no solo eso: de su local salen cada día, además, porras, chocolate y patatas fritas que surten de género a la gran mayoría de las cafeterías, bares y restaurantes de la zona centro. “No cojas de esos churros, que ya están duros, los hice hace muchas horas”, advierte Zoilo a quien llega al local mientras saca una nueva tanda.

placeholder Local de 'Churros y Buñuelos'. (L.F.)
Local de 'Churros y Buñuelos'. (L.F.)

Lo hace en un establecimiento tan pequeño que, en mitad del ajetreo de la zona, pocas miradas reparan en él. Entre las tiendas de ropa caras y los bares que gobiernan la calle, el rótulo de “Fca de Churros y Buñuelos”, escrito entre letras de plata y pintura amarilla, hace tiempo que había perdido vida con el paso de los años. Los colores se habían apagado y la propia grasa de los churros se estaba comiendo el soporte de madera. El negocio ya no llamaba la atención.

Una mañana, antes de que Zoilo cerrara a eso de las 11 de la mañana, Alberto Nanclares, del colectivo Paco Graco, se ofreció a restaurar el rótulo del comercio. A Zoilo, que forma parte de esa generación que sabe que nadie da duros a pesetas, el ofrecimiento le pareció raro. Finalmente, tras pensarlo detenidamente, aceptó: en 50 años, nunca había tenido tiempo para reparar el rótulo y, al fin y al cabo, se estaban ofreciendo a hacérselo gratis.

“El rótulo se había deteriorado mucho tras Filomena", explica Nanclares

Así fue como el colectivo Paco Graco se alió con Rotulación a Mano para restaurar el rótulo de la mítica Fábrica de Churros y Buñuelos. “El rótulo se había deteriorado notablemente, y desde las nevadas de Filomena había entrado en una fase de extremo peligro”, explica Nanclares. “Su restauración supuso reconstruir el cajón con tres nuevas piezas de madera, retirar las partes podridas por donde permeaba el agua que atacaba el vidrio pintado en los años 1940 y repintar aquellas partes deterioradas utilizando técnicas originales”, explica el restaurador, Diego Apesteguia.

placeholder Zoilo Fernández en su tradicional negocio. (L.F.)
Zoilo Fernández en su tradicional negocio. (L.F.)

La fábrica ha estrenado este jueves nuevo rótulo restaurado: brilla igual que el primer día. Ahora, explica Zoilo, el local está en condiciones para que la tercera generación de la familia tome las riendas. Antes, eso sí, a Zoilo le quedan todavía muchas mañanas enfrente de la churrera. Con todo, le alegra saber que, cuando se jubile, el negocio no morirá.

Su hijo, de 32 años, promete mantener la esencia: “Crecí entre aceite y churros, me apasiona el negocio y queremos seguir muchos años más”, explica Fernández, que dice no estar intimidado por cómo ha cambiado la ciudad. La demanda de churros, cuenta, no ha cambiado, igual que tampoco lo han hecho sus horarios de trabajo: de cuatro a once de la mañana. Para cuando el resto abre, ellos ya cierran, y al revés.

Fernández explica que en un día normal se pueden vender mínimo entre 600 y mil churros

Fernández explica que en un día normal se pueden vender mínimo entre 600 y mil churros. Un churro cuesta 0.30 céntimos y una porra 0,40, según figura en la lista de precios que se puede leer impresa y pegada sobre una de las paredes del local. Esta también detalla los precios al por mayor de los churros y de los litros de chocolate.

Cuando los vecinos vieron que el rótulo desapareció un día de la fachada del local, se asustaron. “Conozco la churrería desde los años 70, vengo casi todos los días, pero ya no me los puedo comer, lo compro para los jóvenes”, cuenta Carolina, vecina del barrio.

“Cuando vi que habían desmontado el rótulo, pensé que se trataba de otro local que se convertía en tienda de ropa. Me alegré mucho al saber que no había sido así”, dice.

Más de 200 reformadas

Desde hace siete años, el colectivo Paco Graco va por todo Madrid buscando entre las basuras rótulos de comercios para restaurarlos y conservarlos. Ahora, tienen más de 200 que se pueden ver en diferentes exposiciones que están haciendo de forma itinerante. La que tienen en este momento en Carabanchel se llama Hijas de Rojas y homenajea los apellidos de los comercios familiares que han poblado la capital durante los últimos 80 años.

“Defendemos un patrimonio que cuenta una parte de la historia de la ciudad y sus vecinos y vecinas, y que debería ser común. Nuestro objetivo es que ninguno de estos rótulos acabe en el salón de alguien, en una tienda de anticuarios o en un basurero”, explica Jacobo García, uno de los miembros del colectivo.

placeholder Alberto Nanclares, de Paco Graco, y el hijo de Zoilo. (L.F.)
Alberto Nanclares, de Paco Graco, y el hijo de Zoilo. (L.F.)

El último letrero que han salvado es el de la cafetería Hontanares, en el barrio de Ventas, que ha echado el cierre después de medio siglo por la pandemia. El colectivo cuenta que se demoraron mucho en poder convencer al dueño del local para que no dejará perder el rótulo, que ahora será reemplazado por un VIPS.

Hace 10 años, los fundadores de Paco Graco, Alberto y Jacobo, descubrieron que tenían un tío llamado Francisco en común. Paco era rotulista de profesión y falleció en el 2016. “Durante décadas, fabricó en su taller algunos de los rótulos más importantes de los comercios de la ciudad. Con los años, no sabemos cuáles eran suyos o si han desaparecido”, explica Nanclares.

Como no podían saber cuáles eran los de su tío, decidieron crear Paco Graco y hacerle un homenaje a él y a todos los rótulos. “Los artesanos de estas piezas de arte nos han ayudado a encontrarnos a nosotros mismos en Madrid”, explican desde el colectivo.

Los vecinos de la calle Santa Teresa se despiertan todos los días con el olor del desayuno más castizo de la capital. De ello se encarga La Fábrica de churros, una empresa familiar que logra que todo el que quiera desayunar churros o porras en el centro de Madrid empiece el día como se debe.

Empresa familiar Desayuno