Los errores de Moncloa que convirtieron a Ángel Gabilondo en un candidato invotable
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NI DE CENTRO NI DE IZQUIERDAS

Los errores de Moncloa que convirtieron a Ángel Gabilondo en un candidato invotable

Hace menos de dos años, Ángel Gabilondo fue el candidato más votado de las elecciones a la Asamblea de Madrid. Ayer, casi 300.000 electores lo abandonaron y los motivos son claros

placeholder Foto: Acto de campaña de Ángel Gabilondo en Alcobendas. (EFE / Rodrigo Jiménez)
Acto de campaña de Ángel Gabilondo en Alcobendas. (EFE / Rodrigo Jiménez)

Hace menos de dos años, Ángel Gabilondo fue el candidato más votado de las elecciones a la Asamblea de Madrid. 884.218 ciudadanos confiaron en este catedrático de Filosofía y exministro de Educación, cuyo principal capital político se basaba en la honradez, la coherencia y la habilidad para comunicar sin levantar nunca la voz, valores que en los últimos comicios cotizaban al alza como antídoto contra la polarización y la política-espectáculo.

Gabilondo es hoy la misma persona que era el 26 de mayo de 2019, incluso es el mismo que hace dos meses, cuando Isabel Díaz Ayuso convocó estas elecciones. Sin embargo, solo ha hecho falta una errática campaña para convertir todo ese capital político en cenizas. Ayer perdió la confianza de más de 274.000 electores.

Foto: Ángel Gabilondo. (EFE) Opinión

Fase 1: el Biden 'wannabe'

El 21 de marzo Ángel Gabilondo era un candidato soso, serio y formal. En las últimas elecciones que recordábamos, el apocado Biden había sido exactamente lo que se necesitaba para frenar al excesivo Trump. El aparato del PSOE jugó a establecer la similitud entre EEUU y la Comunidad de Madrid. Sobre el papel era una buena idea, pero...

...algo hubo que sacrificar entremedias. A diferencia de Cataluña, aquí se mantuvo al candidato que había estado dos años fajándose con Ayuso en la Asamblea y que el CIS consideraba como el mejor valorado de los cinco principales contendientes. Pero, en este caso, se retiró a su equipo anterior —parlamentarios fajados en la política madrileña— y desde Moncloa le fue impuesta una lista de laboratorio con varios paracaidistas que dieran color a la grisura de Gabilondo, o en otras palabras, permitieran al PSOE acceder a otros nichos de votantes. Hana Jalloul, aragonesa de padre libanés, aterrizó desde la Secretaría de Estado de Migraciones aceptando con gusto el paralelismo con Kamala Harris.

En algún momento, Gabilondo tendría que comunicar a sus votantes qué iba a hacer con Pablo Iglesias

En la ‘war room’ socialista se trabajaba con un escenario claro: Pablo Iglesias apelaría a la izquierda más pura mientras Gabilondo se centraría en conservar el voto de centro-izquierda y, con suerte, arañar buena parte del botín electoral de Cs. La propia Jalloul lo reafirmó en alguna entrevista: querían el voto de las personas moderadas de Ciudadanos.

Pero el plan tenía un fallo fundamental. Como los propios votantes del partido naranja declararon en sus feudos: "¿PSOE? Qué va. Arrasa Ayuso".

El tiempo transcurría y el último CIS preelectoral, publicado 10 días antes del comienzo de la campaña, confirmaba que esa apuesta por la gestión y la moderación se daba de bruces con una evidencia. ¿Qué pasaba con Podemos? En algún momento, Gabilondo tendría que decidir —y comunicar a sus votantes— qué iba a hacer con Pablo Iglesias. Aquello supuso el primer volantazo y el primer mordisco a la credibilidad del filósofo.

placeholder Carazo, Jalloul, Gabilondo y Juan Lobato presentan el programa el 15 de abril. (PSOE-M)
Carazo, Jalloul, Gabilondo y Juan Lobato presentan el programa el 15 de abril. (PSOE-M)

El 15 de abril fue uno de los últimos episodios del Gabilondo centrista. Presentó, junto a Mónica Carazo, directora de campaña, un programa de gobierno con 350 medidas y un discurso donde predominaban las palabras "seriedad, "rigor" o "gestión". Algunas cosas empezaban a chirriar, sin embargo. Por ejemplo, su negativa a afrontar el debate sobre la fiscalidad en Madrid, avivado por las señales que se enviaban desde el Gobierno de que los impuestos tendrían que subir a medio plazo.

Comprensiblemente, el candidato socialista no quería asustar al votante liberal de Cs con una subida de impuestos, pero frente a la opinión pública lo que parecía es que Gabilondo se vendía como un tecnócrata que rehuía debatir sobre el asunto más fundamental que debe afrontar un gestor: cómo recaudar ese dinero. Los impuestos no se tocaban. Punto.

Antes de comenzar la campaña tampoco había dado una respuesta satisfactoria a la otra gran pregunta. Su posición en cuanto a pactar con Unidas Podemos era un no... pero condicional. Iglesias tendría que cambiar y abandonar el extremismo o la confrontación si quería tener la oportunidad.

Fase 2: cambio de planes

El 17 de abril arrancó oficialmente la campaña electoral. La apuesta por Jalloul comenzaba a perder fuelle y era necesario anunciar un fichaje estrella para relanzar la candidatura. La primera medida de Ferraz, un día antes, fue anunciar que si Gabilondo ganaba las elecciones su mano derecha no sería su número 2, sino Reyes Maroto. Pese a no figurar en las listas, ya cerradas, la ministra de Industria se sumaría al Gobierno socialista como vicepresidenta económica..., pero solo si ganaban. Riesgos controlados.

Aquella semana, Moncloa aumentó su participación en la campaña. Sus métricas internas apuntaban a que Sánchez movilizaba más que Gabilondo al votante socialista, así que el presidente del Gobierno comenzó a involucrarse pidiendo el voto para su candidato. También los ministros y muchos alcaldes socialistas salieron a la calle. Ya el objetivo no era tanto el exvotante de Cs, sino los miles de indecisos que pululaban en el censo.

El 21 de abril tuvo lugar otro momento clave: el debate electoral de Telemadrid, momento en que el filósofo deshojó la margarita con respecto a sus intenciones con Podemos. Iglesias no se había movido un milímetro de aquel extremismo y confrontación que desagradaba a Gabilondo, pero el mensaje ya era otro. "Pablo, tenemos 12 días para ganar estas elecciones a la derecha", dijo al líder de Podemos. Ni una palabra, por cierto, para Mónica García.

El candidato socialista comenzó entonces un incómodo contorsionismo hacia la izquierda que no le dio votos nuevos, pero además dinamitó su principal valor como político, la coherencia. Empezó a hablar de los grandes temas, pero siempre con la boca pequeña. Abrió la puerta a subir los impuestos, no ahora, pero sí dentro de dos años. Habló de los alquileres, pero ni chicha ni limonada, sino control indirecto.

Desde que se convocaron las autonómicas, Gabilondo había evitado la confrontación directa con Ayuso, dejándole esa tarea a Iglesias. Pero, a partir de este debate, Gabilondo cambió también en eso, aludiendo continuamente a la foto de Colón y la amenaza de la ultraderecha. Por desgracia, era un boxeador dando golpes al aire, ya que la entrada en campaña de Sánchez permitió a Ayuso confrontar directamente con él y obviar completamente al metafísico.

Las elecciones del 4-M se habían convertido en un plebiscito, o con Ayuso o contra Ayuso, libertad o comunismo, salud o economía..., pero en ninguno de esos extremos al actual Gobierno del PP se encontraba ya el rostro Gabilondo, orillado en tierra de nadie y tendiendo manos a todas partes.

Fase 3: Madrid no importa, la democracia sí

La última semana de campaña todo se descontroló. La noche siguiente al debate se anunció el hallazgo de tres sobres con balas y cartas amenazantes remitidas al Ministerio del Interior. Los destinatarios eran el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska; la directora de la Guardia Civil, María Gámez, y el exvicepresidente Pablo Iglesias.

Estas amenazas dieron pie a la célebre bronca en el plató de la Cadena SER.

Dos semanas antes, el candidato morado se había enfrentado directamente a dos cabezas rapadas en Coslada, mandando un mensaje de que estaba en esa campaña para plantar cara al fascismo, pero de repente todo cambió. Cuando Rocío Monasterio se atrevió a dudar de la veracidad de aquellas amenazas de muerte, un airado Iglesias decidió no enfrentarse más a la extrema derecha, sino darle plantón en mitad de un plató.

El movimiento sorprendió a todo el mundo, pero sobre todo expuso a Gabilondo a la improvisación. Inicialmente, el cuerpo le pedía quedarse, dialogar y exponer sus argumentos al igual que hizo Edmundo Bal, pero minutos más tarde su estrategia era otra.

"Yo me he quedado aquí por respeto a la democracia y porque el odio no puede silenciar a la democracia, pero...", enunció en su discurso de despedida, "...yo me quedo con toda la voluntad de que se escuchen nuestras propuestas, pero no podemos consentir... En este momento creo que tenemos que mandar un mensaje, superior incluso a nuestras propuestas, a la ciudadanía, y es que no se puede consentir [...] y por tanto lo que voy a hacer, esto me parece un punto de inflexión de esta campaña, es abandonar este lugar".

Había nacido el Gabilondo excentrista, o excéntrico. Quedaban 10 días para las elecciones.

El penúltimo fin de semana antes de las elecciones (24 de abril), la comitiva de Gabilondo se dirigió a Vallecas, uno de los distritos más disputados por todos los partidos. En aquel mitin no le acompañó Pedro Sánchez, sino Marlaska, Maroto y el presentador Jorge Javier Vázquez. Algunos medios apuntaron a que los asesores del presidente habían aconsejado dosificarle para no desgastar su imagen junto a un Gabilondo que no lograba remontar en las encuestas.

placeholder La ministra de Industria y Comercio, Reyes Maroto, muestra una fotografía de la navaja ensangrentada que había recibido dentro de un sobre. (EFE)
La ministra de Industria y Comercio, Reyes Maroto, muestra una fotografía de la navaja ensangrentada que había recibido dentro de un sobre. (EFE)

Era el momento más delicado de la campaña para los socialistas, en los siguientes días llegaron otras tantas cartas dirigidas a Reyes Maroto, Isabel Díaz Ayuso o José Luis Rodríguez Zapatero. Aunque todos estos sucesos se siguen investigando, se desconoce quién o quiénes están detrás. Hasta el momento, solo ha trascendido que el autor del envío de una navaja —en principio aparentemente ensangrentada, finalmente no— a Reyes Maroto era un hombre de 65 años residente en El Escorial que en los últimos 20 años había hecho llegar envíos similares a distintas personalidades políticas nacionales e internacionales.

Fase 4: Kant en el descuento

La revelación contribuyó a rebajar el nivel de alerta, aunque no la crispación que se mantuvo en máximos hasta el final. A una semana de la jornada de reflexión, comenzaba a escucharse que Más Madrid podía sorpasar al PSOE. Mónica García había pasado de puntillas por los grandes temas (fascismo versus democracia) y seguía centrada en hacer una campaña muy de calle, poniendo el foco en problemas como el acceso a la atención primaria, la contaminación o el déficit estructural de muchos servicios públicos madrileños.

Inadvertidamente para los gurús electorales del PSOE, la campaña de García no estaba apelando directamente a jóvenes de Malasaña, sino a votantes de más edad y desencantados con la opción socialista. Cuando un votante de centro-izquierda apagara la televisión y se metiera en la cama, todo lo que debía rebotar dentro de su cabeza era esa gota malaya: médica y madre, médica y madre, médica y madre, médica y madre, eme y eme, eme y eme, eme y eme.

placeholder El candidato del PSOE a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Ángel Gabilondo, se abraza al secretario general del PSOE-M, José Manuel Franco, antes de comparecer ante los medios. (EFE)
El candidato del PSOE a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Ángel Gabilondo, se abraza al secretario general del PSOE-M, José Manuel Franco, antes de comparecer ante los medios. (EFE)

La táctica funcionó, en parte porque el centro-izquierda había quedado tan expedito como el 'parking' de un centro comercial un lunes de madrugada. Gabilondo había perseguido ambos extremos sin alcanzar ninguna de las orillas. Sus últimos días los pasó disparando salvas de fogueo —entre otras cosas prometió pagar el primer mes de alquiler a los menores de 30— a la desesperada y citando sin parar a Kant o Hegel, como si hubiera despertado del sueño de sangre que fue la campaña y quisiera recordar a todo el mundo quién era realmente Ángel Gabilondo.

Moncloa le había obligado a un contorsionismo que dilapidó su coherencia. Incluso tras una campaña con muchos golpes bajos, sus rivales hablan bien de él, de su honradez y su elegancia. Anoche despachó los resultados desde un hotel cercano a Ferraz, apenas minutos antes de que Más Madrid confirmara el adelantamiento. Aceptó la derrota sin señalar a nadie y pidió disculpas.

Dos semanas antes, en su minuto de oro de aquel debate electoral, el filósofo dijo al electorado "hay que elegir". Y eso, por desgracia para él, es lo que sucedió.

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