El misterioso abandono del pueblo de la aristocracia castellana
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EL ÚNICO PUEBLO PRIVADO DE ESPAÑA

El misterioso abandono del pueblo de la aristocracia castellana

Fresno de Torote, fundado por el marqués de Santillana en el siglo XV y frecuentado por la nobleza, lleva 20 años congelado en el tiempo, bajo disputas ente dueños y ayuntamiento

placeholder Foto: Fresno de Torote lleva congelado en el tiempo 20 años. (David Brunat)
Fresno de Torote lleva congelado en el tiempo 20 años. (David Brunat)

Don Juan de Borbón acudía a Fresno de Torote dos o tres veces al año, sobre todo en época de matanza. Se pirraba por las morcillas que preparaban en la finca de su buen amigo Jaime Álvarez de las Asturias, conde de Torrepalma y marqués de Almenara. La jornada solía comenzar temprano, cuando salían al coto a por liebres, perdices y conejos. Ambos compartían la pasión por la caza, pasión que luego heredaría con mucha polémica el rey Juan Carlos I. A veces también se daban un paseo por el pueblo y saludaban a los paisanos. Ese pueblo, Fresno de Torote, tenía la peculiaridad de que pertenecía al conde y a su hermana Pilar, marquesa de Almenara. Todo él, desde el ayuntamiento a las tiendas, pasando por las calles y las viviendas de los vecinos. Era el único municipio privado de España. Y, a su manera, lo sigue siendo.

placeholder Acceso a Fresno de Torote por la carretera M-113. (D.B.)
Acceso a Fresno de Torote por la carretera M-113. (D.B.)
placeholder La plaza de España de Fresno de Torote. (D.B.)
La plaza de España de Fresno de Torote. (D.B.)

“Cuando la jornada de caza terminaba, don Juan se metía la mano en el bolsillo y nos daba unas monedas a los ayudantes. ‘Para que os vayáis por ahí a beber algo’, nos decía. Dicen que era muy malo, pero con nosotros siempre se portó bien”, cuenta Félix Martín Cañeque, empleado de confianza del conde de Torrepalma hasta que este falleció en 1996. Aristócratas y empresarios solían dejarse caer por el lugar para sus fiestas y jornadas de asueto. En las tierras de la finca, los fresneros cuidaban de la siembra y del ganado, y asistían en el servicio a los propietarios si era preciso. Así había sido desde su fundación en el siglo XV por el primer marqués de Santillana, el poeta Íñigo López de Mendoza, que levantó Fresno para dar cobijo a sus jornaleros.

El pueblo, ubicado al noreste de la Comunidad de Madrid, a un paso de Guadalajara, siempre ha estado unido a la nobleza. En el siglo XVI fue señorío de Ana de Mendoza de la Cerda, la princesa de Éboli, y fue frecuentado por los representantes de la aristocracia castellana durante siglos. La población superaba con creces los 100 habitantes, y las condiciones de vida, a resguardo de la nobleza, eran mejores que en los pueblos vecinos. Lo curioso es que Fresno tenía entidad municipal. El conde alquilaba el edificio del ayuntamiento por una peseta al año. Pero a finales del siglo XX Fresno quedó, casi de un día para otro, congelado en el tiempo.

La calle Algete, en Fresno de Torote. (D.B.)La torre veleta preside el pueblo, rodeado de campos de cultivo. (D.B.)

Justamente fueron Cañeque y su familia los últimos en abandonar Fresno, cuando ya hasta la tienda de pan y taberna de Angelines echó el candado para siempre. Eran nuevos tiempos, los del fin de la agricultura y el ‘boom’ del ladrillo. Todo el mundo deseaba tener vivienda en propiedad y en Fresno eso era imposible. Por mucho que las casas fueran gratuitas para todas las familias que trabajan las tierras, no compensaba. El cambio de milenio traía ambiciones nuevas.

“Cuando murió el conde, los herederos no tuvieron ningún interés en mantener aquello. La gente ya hacía unos años que se estaba marchando a Serracines o a Madrid, donde podía comprar una casa, y los jóvenes cuando se iban a la mili ya no volvían. Ninguno quería ser agricultor, querían vivir otra vida y no depender de los marqueses, y además con los tractores cada vez había menos empleo”, cuenta Cañeque desde su hogar en Serracines, adonde se mudó a regañadientes en el año 2000.

De este modo, Serracines, tres kilómetros al norte, pasó de pequeño núcleo dependiente de Fresno a convertirse en cabecera municipal cuando se trasladó allí el ayuntamiento en 1988. El municipio se sigue llamando Fresno de Torote, a pesar de que sus raíces han quedado abandonadas para siempre tres kilómetros más abajo. Hoy en Serracines hay empadronados 2.181 habitantes.

placeholder Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, de origen mudéjar. (D.B.)
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, de origen mudéjar. (D.B.)
placeholder Vista de la plaza de España desde los arcos de la iglesia. (D.B.)
Vista de la plaza de España desde los arcos de la iglesia. (D.B.)

“¿Y qué podemos hacer? El casco histórico es propiedad privada, no podemos rehabilitarlo, ni construir casas, ni darle un uso para que no muera. Es una pena, pero es así”, cuentan desde el ayuntamiento, gobernado por Ana Isabel Arias (PP). “Ha habido varios proyectos para rehabilitar el pueblo. Un grupo empresarial ofreció muchos millones a los propietarios para rehabilitar las casas y hacer una residencia de ancianos, con viviendas incluso para los cuidadores, pero los dueños no quisieron. Muchas productoras de cine nos llaman porque quieren rodar allí, les remitimos a los dueños y se niegan. Poco más podemos hacer”.

El ayuntamiento en realidad sí puede hacer algo: proteger todo el conjunto como patrimonio municipal. Y así lo hizo en un pleno años atrás. En total son unas 45 viviendas más la iglesia, una ermita, una casa señorial y una escuela. La decisión indignó a los herederos, ya que les ataba las manos para edificar. Dos hijos de la marquesa de Almenara se dividieron la propiedad, pues el conde no tuvo descendencia. José María Bernaldo de Quirós gestiona Espino de Torote S.A. y su hermana Cristina es vicepresidenta de Guazaran S.A., firma propiedad del empresario de Alcobendas José Antonio Páramo. La actividad de ambas sociedades es la siembra del cereal, trigo principalmente, pero también alquilan el palacete familiar para bodas y eventos privados.

placeholder El ayuntamiento fue trasladado a la pedanía de Serracines en 1988. (D.B.)
El ayuntamiento fue trasladado a la pedanía de Serracines en 1988. (D.B.)

En Fresno de Torote hay dos casas rehabilitadas. Dos hombres charlan frente al portón de una de ellas. Son empleados de la propiedad. Vigilan el pueblo y trabajan las tierras. Uno de ellos acaba de llegar con el tractor. “¿Tú sabes lo que costaría rehabilitar el pueblo sin poder tirar las paredes, que casi todas son de argamasa? Es una ruina y el ayuntamiento lo sabe. Lo que quieren es que el pueblo se derrumbe entero para poder levantarlo ellos y conceder las licencias de obra como les dé la gana. Si permiten que lo hagan los propietarios, se quedan sin negocio”, afirma.

Esta acusación de querer especular también es lanzada desde el lado contrario. Algunos vecinos sospechan que los hijos de la marquesa de Almenara quieren que el pueblo se desplome y, cuando ya no quede nada por proteger, edificar a su antojo. El pueblo es un verdadero caramelo inmobiliario, situado a 15 kilómetros de Alcalá de Henares, 30 kilómetros de Guadalajara y 35 kilómetros de Madrid.

Desde el ayuntamiento advierten: hay sanciones económicas en marcha contra los propietarios por no cumplir con la conservación de los edificios. Sin ir más lejos, la antigua escuela se derrumbó hace un tiempo y varias viviendas van por el mismo camino. Solamente la iglesia mudéjar de Nuestra Señora de la Asunción aguanta el paso del tiempo gracias a que fue cedida al obispado de Alcalá de Henares, si bien no queda nada de valor en su interior. “Lo único que podemos hacer es sancionarlos por no cumplir la normativa. Es un pueblo privado, seguramente el único que hay en España, y llegamos hasta donde podemos”, concluyen desde el consistorio.

"Es un pueblo privado, seguramente el único que hay en España, y llegamos hasta donde podemos", se escuda el ayuntamiento

Es un misterio por qué los herederos no quieren hacer negocio con el pueblo. Este diario contactó a las firmas Guazaran y Espino de Torote, pero declinaron hacer declaraciones. Entretanto, Fresno languidece y va tomando cada día más forma de conjunto en ruinas que de pueblo. A primera vista sigue llamando la atención a todo aquel que se encuentra con él en mitad de la carretera M-113. Ahí siguen el cartel de bienvenida sobre el arcén, la ermita, las casas, la plaza y hasta los contenedores de basura y la parada del autobús. Pero a poco que uno se fije, se da cuenta del espejismo. Allí no vive nadie.

placeholder La puerta verde fue consultorio médico, más allá, la antigua taberna. (D.B.)
La puerta verde fue consultorio médico, más allá, la antigua taberna. (D.B.)

El último episodio ilustre de Fresno de Torote se produjo en el año 2001, cuando en unos trabajos de restauración de la iglesia se halló un pequeño féretro de madera rodeado de sellos heráldicos y cubierto por cruces blancas. Era el ferétro de Juan Hurtado de Mendoza, hijo del primer marqués de Santillana, confesor del rey Carlos V y figura importante en la toma de Granada. Según los documentos encontrados, Hurtado de Mendoza falleció en 1535 y, tras ser enterrado en un convento, fue finalmente inhumado en la sacristía de Fresno de Torote una vez se hubo ampliado la iglesia, pues ese era su deseo.

“A mí no me sorprendió el hallazgo. ¿Sabes por qué? El ataúd lo encontramos hace muchos años un compañero y yo cuando hacíamos trabajos en la sacristía”, cuenta Cañeque. “Estábamos picando una de las paredes cuando se nos cayó eso encima. Era una caja pequeña, como de un metro, con unos pergaminos. El cura nos dijo, nervioso, ‘metedlo ahí y aquí no ha pasado nada’. Y ahí quedó hasta que lo encontraron”.

placeholder Félix Cañeque nació en Fresno de Torote y fue su último habitante permanente. (D.B.)
Félix Cañeque nació en Fresno de Torote y fue su último habitante permanente. (D.B.)

Impacta que un pueblo con tanta historia sea pasto del olvido y de la ruina. Ya apenas quedan un puñado de fresneros auténticos vivos. En Serracines solo quedan Cañeque, de 73 años, y su esposa. “Me da mucha pena ver cómo desaparece el pueblo. Yo intento no pasar por allí en coche, se me pone mal cuerpo. Pero eso ya no hay quien lo levante. Casi preferiría que lo tiraran todo abajo y ahorrarme verlo así”, suspira Cañeque echando la vista instintivamente hacia al pueblo; si bien desde su moderna casa de dos plantas, esa vivienda mucho más cómoda a la que él nunca se quiso mudar, es imposible verlo.

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