MARÍA JESÚS GONZÁLEZ, VÍCTIMA DEL TERRORISMO, GRAN AMPUTADA Y MADRE DE IRENE VILLA

"Tras un atentado no puedes preguntarte por qué, solo aceptarte sin brazo y sin pierna"

LA BOMBA DE LA VIDA María Jesús González sufrió el 17 de octubre de 1991 un brutal atentado con coche bomba

Foto: Tras un atentado no puedes preguntarte por qué, solo aceptarte sin brazo y sin pierna
"Tras un atentado no puedes preguntarte por qué, solo aceptarte sin brazo y sin pierna"

LA BOMBA DE LA VIDA

María Jesús González sufrió el 17 de octubre de 1991 un brutal atentado con coche bomba cuando pasaba por la calle Camarena de Madrid, camino del colegio de su hija Irene, de 12 años, que viajaba en el asiento del copiloto. La madre perdió una pierna y un brazo; su niña, las piernas y tres dedos de una mano. Funcionaria de la Dirección General de la Policía, fue vicepresidenta de la AVT y hoy ejerce de abuela apasionada y madrileña orgullosa en el Foro de los Madrileños de Madrid. Desde el ataque de ETA, su misión es que la vida estalle a cada paso, aunque tenga que darlos con una prótesis.

Cuando vi a víctimas mutiladas tras el atentado de Boston me acordé de usted

- ¡Madre mía, qué terrible! Irene me puso un mensaje: "mamá, estoy llorando porque ha habido un atentado en Boston contra unos deportistas". Solo supe eso porque yo no veo la televisión. Y últimamente las noticias malas las evito porque ya tengo bastante y no quiero más. Estas cosas te encogen el alma. Si yo pudiera ayudar de alguna manera... Pero no sé cómo, tan lejos...

- ¿Se preguntó alguna vez por el sentido de algo así?

- No lo hay. Solo quieren aterrorizar y eso sí lo consiguen. Y hacer desgraciadas a unas familias que antes eran felices. Imagino que son malas personas que solo saben hacer mal. Y no se le puede buscar más sentido, ninguno.

- ¿Cómo se afronta el mañana tras un atentado?

- La vida te lo va diciendo. Como he pasado por ello sé que lo único que te hace falta son ganas de vivir. Luego vas aprendiendo de los protésicos que te dicen cómo hacer, de la gente que te anima... Nosotras tuvimos tanta suerte porque hubo mucha gente queriéndonos, apoyándonos, y eso es lo más importante para sacar fuerza. Y la vida te va dando cosas y vas saliendo porque, afortunadamente para los amputados, hay muchas cosas estupendas, prótesis nuevas… pero hay que tener mucha fuerza de voluntad, mucha paciencia y ponerte como meta escalones pequeñitos. Y quitarte de la cabeza querer andar como antes.

- ¿Se rebeló?

- Lo más importante es mentalizarte y decir: soy así, tengo que seguir viviendo y quiero hacerlo lo más feliz que pueda. Tú misma vas aprendiendo a vivir de ese modo, sin prisa y con muchas ganas de esforzarte porque todo es muy difícil. Saber andar de otra manera es difícil, levantarte cada mañana con otro brazo y otra pierna también es difícil; pero a todo te acostumbras porque somos animales de costumbres. Los deportistas lo van a tener más complicado que yo, que mi trabajo estaba delante de una máquina de escribir, pero para ellos que su vida es correr... Van a necesitar mucha ayuda. Si pudiera irme a ayudar…

- Aquí ya lo hace

- Vamos muchas veces a estar con amputados, porque Irene tiene tanta vitalidad y tanta fuerza, tanto dentro de sí que, por ejemplo, tras el 11M, estuvimos en muchísimos hospitales donde encontrábamos gente horrorosamente mal, pero que, cuando salíamos, tenían esperanza. Una niña, a la que le habían tocado la médula y no podía andar, le dijo a Irene: "mi psiquiatra me dice lo mismo, pero para él es fácil hablar si luego sale andando; contigo es diferente, tu experiencia es lo que me vale". Y son amigas desde entonces.

- ¿Encajó el porqué a mí?

- Ay, no, no, no... Eso no te lo puedes preguntar nunca. No hay respuesta, no tiene sentido. ¿Por qué a mí? Porque estaba ahí, y ya está. Nosotras lo resolvimos cuando fui a ver a Irene, que lloraba muchísimo. "¿Por qué nos han hecho esto a nosotras?", me preguntó. "Para eso no hay respuesta", le dije. "Tenemos que pensar que estamos así y aceptarnos como somos porque, si no, nos vamos a pasar la vida llorando y así no se puede remontar una cosa tan difícil. Mentalicémonos de que hemos nacido así y con lo que nos ha dado Dios veamos cómo lo utilizamos. Pero me lo tienes que decir tú, si lo aceptas bien, y si no, yo contigo con lo que hagas”. Su respuesta fue: "mamá hemos nacido así". Y desde entonces celebramos esos cumpleaños.

- Irene también era muy deportista

- El deporte era lo que más le gustaba, era jugadora de baloncesto, le encantaba escalar... Pero no te puedes quedar pensando en lo que podía porque se te va la vida en lamentaciones. A mí me sirvió decir: voy a provechar que me queda una pierna y un brazo, que hay otros que ni siquiera lo tienen. Y dando gracias a Dios. Es la única manera. Eso y tener mucho sentido del humor: cuando el médico me dijo que me pusiera una media de compresión, dije "con lo difícil que es ponerte eso, qué suerte tengo de tener que ponérmelo solo en una pierna". Y debió de pensar "esta mujer está loca" (se ríe). Hay que reírse de una misma, y para eso Irene y yo somos demasiado; yo creo que hasta la gente se asusta un poco. 

- No parecen de la misma pasta que la mayoría

- Hay que valorar lo que te queda y sacarle rendimiento. He conocido a muchos amputados y a sus familias y les oyes decir: "no puedo pensar que estoy así, no me hago a la idea". Lo primero es mirarte el cuerpo, mirar lo que tienes, mirar lo que te falta y aceptarte; si no lo haces, vienen muchos problemas. Cuando yo fui a buscar a Irene me dijo: "hemos tenido mucha suerte porque no nos ha afectado la columna, eso hubiera sido peor". Qué niña de doce años. Esa es la actitud.

- Me contó hace años cómo en medio de tanto dolor estalló de felicidad

- No preguntaba en el hospital por Irene para que no me dijeran que había muerto. Pregunté al principio y una enfermera me dijo: "aquí no ha entrado nadie más que tú". Luego me llevaron a la UVI, salí a una habitación y no quise preguntar más. Pensé: "te ven hecha un asco y no se atreven además a decirte que se te ha muerto tu niña". Y me dije: "calladita, calladita para que no me lo digan". Hasta que mi padre me soltó: "¿es que no preguntas por tu hija?". "¿Pero mi hija está viva?". "Claro, en el Gómez Ulla". Fue maravilloso. Y de ahí viene la fuerza que he tenido toda mi vida. Cuando a los dos días de salir de la UVI me veían tan feliz pensaban que se me había ido la cabeza.

- Dice el psiquiatra Luis Rojas Marcos que los genes de la felicidad están ligados al instinto de supervivencia

- Un día me llamaron del programa que hacía José Luis CollHablando se entiende la gente porque lo iban a dedicar a madres que sufren. ¿Y qué pintaba yo ahí? "Soy la mujer y madre más feliz del mundo -les dije-, estoy encantada de la vida y estoy feliz porque todas las madres ven a su hija cuando da los pasos por primera vez, y eso ocurre solo en una ocasión, pero yo la he visto hoy cómo lo hacía por segunda vez ". El que llamó se disculpó diciendo que no sabía que tenía afectada la cabeza y me eché a reír. Mi hija me dio toda la fuerza del mundo. En otro caso no sé...

- En Boston han muerto hijos...

- Eso es lo peor que te puede pasar en la vida. Yo no puedo dar ánimos a alguien que ha perdido un hijo. ¿Cómo le dices que no se preocupe? Imposible. Lo demás todo se palía, se aprende... Pero que te maten un hijo... No creo que yo saliera de ahí. No sé si cogería una metralleta y me iría a pegar tiros; pero también eso se dice y luego no se hace.

- Ahí está la historia de las víctimas en España

- Casi mil muertos, tantos heridos, amputados, y jamás...

- Hoy parece que a los españoles ha dejado de importarles el terrorismo

- Pero es lógico, porque a la gente que no le ha pasado, ni a su familia, ni a los amigos… es algo que les afecta en un momento, pero la vida sigue. Otra cosa es lo que sentimos las víctimas: que hemos perdido. ¡Y que han ganado los terroristas! Los gobiernos de uno y otro lado se han puesto a hablar con ellos y a negociar, no sé con qué intereses, pero lo que está claro es que hemos perdido. Por eso yo ya solo quiero ser abuela, que es lo más grande del mundo y sentir cómo me abrazan mis tres nietos y me dicen “te quiero”. ¡Me tienen loca!

 
La Vida de Prisa
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