La impronta imborrable de un gen pelirrojo: el ADN condena al asesino de Elisa 12 años después
Un jurado popular de A Coruña condena a Roger Serafín Rodríguez Vázquez por violar y matar brutalmente a Elisa Abruñedo en 2013. Durante 10 años se creyó impune, pero su cabello pelirrojo lo delató
Apenas un hilo de semen y restos de saliva fueron la prueba irrefutable. Fue tan impulsivo, violento y descuidado, que dejó su rastro biológico sobre la víctima sin pudor. Él era cazador y cazaba. Ella era una mujer menuda de mediana edad a la que asaltó como a un animal cuando regresaba de una batida por los montes de la zona el primer domingo de septiembre del 2013.
La asaltó por la espalda, la arrastró hacia una zona frondosa, la violó, la cosió a puñaladas en cuello, pecho y corazón con un cuchillo de desollar jabalíes y la dejó agonizando, desangrándose, asida con horror a unas zarzas. Tanto que para el levantamiento del cadáver, tuvieron que segarlas. Tan brutal, que le dejó incrustada la correa del reloj y el cable de los auriculares en la piel. Mató y calló durante una década tras la pantalla de una vida gris y anodina.
Mató y calló durante 10 años tras la pantalla de una vida gris
El cuerpo lo encontró al día siguiente Delfín, el último vecino en verla con vida cuando la mujer enfilaba la recta final de su paseo, a escasos 200 metros del hogar. Y es que Elisa Abruñedo, de 46 años, nunca llegó a su casa de Lavandeira, en Cabanas (A Coruña), donde la esperaban su marido y sus hijos, Adrián y Álvaro.
Este jueves, un jurado popular declaró a Roger Serafín Rodríguez Vázquez culpable por unanimidad de la violación y asesinato de Elisa Abruñedo. El cazador, acorralado, confesó su crimen -y su procacidad sexual- en sede policial pocas horas después del arresto tras fingirse sorprendido.
Y ya no habló más hasta tomar la palabra, por sorpresa, el viernes 20 en la última sesión del juicio que se estiró cinco días en la Audiencia provincial de A Coruña. El asesino confeso pareció más preocupado de lo que pensasen de él que de las vidas que había destruido. “No lo entiendo. Esa no es mi vida. No soy capaz de entender ese comportamiento en un momento puntual”, balbuceó Roger Serafín, que se refirió así al crimen.
“Es una persona normal, sin alteración de personalidad ni patologías”, refirió el forense que lo entrevistó en la cárcel de León, donde aguardó el juicio en prisión provisional. Durante la vista, asistido por un letrado de oficio, el cazador se enfundó casi siempre en la misma sudadera granate que llevaba el día de su detención y con el que asistió al registro de su piso en la plaza de la Gándara (Narón), donde convivía con su pareja y su padre. Tan ausente como evasivo.
Conmoción y psicosis colectiva
Fue un crimen que conmocionó a toda Galicia porque durante una década no dieron con un asesino que seguía siendo anónimo e impune. Una suerte de psicosis colectiva se instaló por un tiempo en los entornos rurales donde las mujeres ya no se aventuraban a caminar solas.
Mientras, los investigadores fueron haciendo un trabajo de hormiguita descartando sospechosos (como expresidiarios o reos de permiso, propietarios de ZX...), analizando el entorno y afinando perfiles fenotípicos a través de siglos de genealogía familiar entre los 10.000 libros del Archivo Histórico Diocesano de Mondoñedo-Ferrol, del XVIII en adelante. Buscar una aguja en un pajar entre partidas de nacimiento y matrimonio en la comarca de Ferrolterra dio sus frutos cuando toparon con un pariente lejano del asesino y saltaron las coincidencias genéticas.
El gen MC1R es el responsable del color rojo del pelo. Fue el gen delator
En este impasse, la ciencia ya había avanzado lo suficiente para proveer las herramientas necesarias para señalar al culpable sin margen de error sobre una única pista, microscópica pero sólida, extraída de sus fluidos corporales: el gen MC1R. Es receptor de la melanocortina y el que determina el color fuego del cabello. Lo halló un genetista en el análisis del ADN que realizó el Instituto de Ciencias Forenses Luis Concheiro de Santiago. Trazó el perfil de un varón europeo de ojos castaños, piel blanca y ostensiblemente pelirrojo.
La prueba final: una manilla
Habían pasado 10 años y cuando fueron a detenerlo, Roger Serafín Rodríguez Vázquez tenía 39. Era 17 de octubre del 2023 y trabajaba como mecánico en una compañía auxiliar de un astillero ferrolano con una vida aparentemente insustancial, sin levantar sospechas. Sin embargo, hacía un tiempo que estaba bajo el radar de la Unidad de Delitos contra las Personas de la Guardia Civil de A Coruña como Varón 1.
El mismo equipo que resolvió los asesinatos de Asunta Basterra y Diana Quer fue estrechando el cerco en torno a él. Era varón, de ojos oscuros, pelirrojo, corpulento, cazador y había tenía un ZX oscuro, una de las pocas pistas fiables que aportó un testigo. No tenía antecedentes ni apenas actividad social, no iba a bares y mantenía unas rutinas fijas.
Cuando ya estaban prácticamente seguros de que Varon 1 era Roger Serafín, los agentes se las tuvieron que ingeniar para conseguir su ADN. “No podía ser de una colilla o de un vaso”, explicó uno de los investigadores del caso al tribunal, como ocurre a menudo en las películas, porque el sospechoso no los frecuentaba. Esterilizaron la manilla de la puerta de su coche, estacionado en la calle, durante la noche, confiando en obtener su ADN al día siguiente. ¡Bingo! Las células epiteliales adheridas al tirador y al retrovisor -que acostumbraba a retraer- corroboraron que era el autor del crimen.
37 años de cárcel
El juicio por el crimen de Elisa Abruñedo y el veredicto popular de culpabilidad ponen fin a doce años de espera y agonía para una familia lastrada por dos tragedias consecutivas. El esposo de Elisa Abruñedo falleció año y medio después del crimen en un accidente laboral en el puerto de Ferrol, con el caso aun sin resolver, y los dos hijos, entonces chavales de 19 y 23 años, arrastran unas secuelas psicológicas difíciles de remontar.
Ambos, que siguen residiendo en la misma casa a pocos metros del lugar donde todo ocurrió, se personaron como acusación particular para solicitar 37 años de cárcel para el asesino de su madre, cinco más que la Fiscalía. Será el tribunal quien fije la pena para el asesino que se zafó durante una década hasta que su pelo rojo fuego lo delató.
Apenas un hilo de semen y restos de saliva fueron la prueba irrefutable. Fue tan impulsivo, violento y descuidado, que dejó su rastro biológico sobre la víctima sin pudor. Él era cazador y cazaba. Ella era una mujer menuda de mediana edad a la que asaltó como a un animal cuando regresaba de una batida por los montes de la zona el primer domingo de septiembre del 2013.