La casa de los horrores en una aldea de Ourense: la verduga callada que descuartizó a su cita en el jardín
Fue un caso atípico: mujer joven conoce varón mayor por internet. Tres días después, ella lo droga, lo asfixia y lo troceo para quemarlo y enterrarlo en su huerta en una parroquia de apenas 100 vecinos
Ella misma lo confesó dos veces. La primera, sorpresivamente, a su médico de cabecera. La segunda, ante el jurado popular que esta semana la declaró culpable de asesinato por unanimidad. Apenas tres minutos de confesión monosilábica en voz baja para reconocer que drogó, ahogó y desmembró a un hombre que le doblaba la edad al que había conocido por internet.
La historia de Cristina Rodríguez Veloso es atípica, terrorífica y arrastra la pátina de una enfermedad mental que la llevará a cumplir sus ocho años de condena en un penal psiquiátrico. En su mochila vital, esta verduga silenciosa arrastra los abusos sexuales sufridos en la niñez, el haber parido con 20 a la hija de un hombre de 60 e innumerables problemas psíquicos con tics, tocs (trastornos obsesivos compulsivos) como ducharse exageradamente: “Un litro de jabón no le llegaba para un baño”, relató una expareja, y tatuarse al Joker.
Cristina vivía en San Bieito de Rabiño, una pequeñisima aldea de Cortegada, un municipio al sur de Ourense casi encima de la frontera portuguesa. En la aldea viven unos 120 vecinos. A alguno le extrañó que la asesina confesa hiciera un par de hogueras en su huerta en pleno verano que alimentó con los trozos desmembrados de José María Roldán.
Le di pastillas y lo asfixié
Era agosto del 2021. Se habían conocido a primeros de mes a través de una aplicación de citas, intercambiaron los teléfonos, chatearon con frecuencia y quedaron en verse. El 20 de agosto, Roldán viajó en avión desde Castelldefels (Barcelona) a Vigo, donde lo esperaba su cita. Ella tenía 26 y el 53. El cara a cara no fue nada bien y estuvo trufado de “muchas discusiones”, relató ella misma.
Al poco de llegar, Cristina le pidió que se marchara de su casa y él se habría negado. De acuerdo al relato que fue hilando estos días en la Audiencia provincial de Ourense, esta negativa la contrarió y desencadenó el crimen tres días después “en una hora no determinada entre el 23 y el 24 de agosto”.
“Le di pastillas y lo asfixié con la almohada”, declaró Cristina. El cóctel de hipnóticos y antidepresivos noqueó al hombre, al que ahogó mientras estaba inconsciente y quemó muerto.
Lo que sigue a continuación es bastante macabro porque ella sola manejó el cadáver, lo arrastró al jardín, le prendió fuego bajo un olivo tras rociarlo con gasolina y, una vez calcinado, lo troceó con una pala y lo fue enterrando por partes; el pie izquierdo apareció en un lateral de la casa, “una bolsa con vísceras” en el camino al embalse y otros restos en un bosque próximo.
"Una bomba de relojería"
Unas semanas después del crimen, la Guardia Civil llamó a su puerta. Investigaban la desaparición de un vecino de Barcelona -viudo y padre- y el GPS del móvil lo situaba en Cortegada.
Ella no les dijo nada, pero se lo confesó en diciembre a su médico de cabecera, contando, nerviosa, que se había muerto un hombre en su casa del que se deshizo como pudo. Estupefacto, el doctor llamó al puesto y entonces sí, ella misma, los acompañó en el periplo por la casa de los horrores de Rabiño para recuperar las partes del cadáver esparcidos “a lo largo y ancho del jardín”, subrayó la fiscal del caso.
Al desbrozar la finca contigua, otro vecino encontró la Play Station de la víctima. Se había deshecho torpemente de las pocas cosas del hombre que tenía por casa.
Ocho años en un penal psiquiátrico
Su confesión en el juicio rebajó de 18 a ocho la condena que pedía para ella la Fiscalía por el asesinato de Roldán. Psicólogos y psiquiatras coincidieron en diagnosticarla como una persona enferma, con trastornos graves de la personalidad que, no obstante, sí fue consciente de que ejecutó un crimen.
Su defensa la retrató como “una bomba de relojería” social. Una persona terriblemente inmadura, sin amigos ni familia, víctima de abusos sexuales en su infancia, con incapacidad laboral y maternal (que retiraron la tutela de su hija).
El jurado popular la condenó por unanimidad este martes y cumplirá su pena en un psiquiátrico penitenciario.
Ella misma lo confesó dos veces. La primera, sorpresivamente, a su médico de cabecera. La segunda, ante el jurado popular que esta semana la declaró culpable de asesinato por unanimidad. Apenas tres minutos de confesión monosilábica en voz baja para reconocer que drogó, ahogó y desmembró a un hombre que le doblaba la edad al que había conocido por internet.