UN ERROR SOSTENIDO DURANTE 15 AÑOS

El calvario del hombre que lo perdió todo por un falso positivo de VIH

Una sentencia obliga a un hospital de Vigo a pagar 60.000 euros por "desmoronar la vida" a un paciente que vivió 15 años creyéndose falso portador del virus del sida

Foto: Una enfermera toma una muestra de sangre para una prueba del VIH. (EFE)
Una enfermera toma una muestra de sangre para una prueba del VIH. (EFE)

Cuando el 16 de febrero de 2000 ingresó en Urgencias por una pequeña herida en la pierna, Carlos no podía imaginar que se iniciaba una pesadilla que acabaría arruinándole la vida. Un error incomprensiblemente sostenido durante 15 años le hizo creer que era portador del virus del sida y de hepatitis B y C. La sociedad, empezando por su entorno más cercano, lo convirtió en lo que en aquellos años se conocía como un 'sidoso'. Su mujer se separó de él, perdió el contacto con su hija, lo echaron del trabajo, cayó en la droga… Hasta en tres ocasiones trató de quitarse la vida. El reconocimiento a todo ese dolor llega casi 18 años después, cuando una sentencia de los juzgados de Vigo condena al hospital donde fue atendido a pagarle una indemnización de 60.000 euros.

“No hay dinero que resarza tanta desgracia, pero al menos se ha aceptado el error y se le ha dado la razón”, asume su abogada, Noemí Martínez González, que ha vivido de cerca el calvario padecido por su defendido en buena parte de esta etapa. La vida de Carlos —nombre ficticio— no era precisamente ejemplar, pero estaba muy lejos de la horrible sucesión de desgracias que se desencadenarían a partir de entonces. Vivía en Nigrán (Pontevedra) junto a su mujer y a su hija, que entonces tenía 10 años, en una casita situada al fondo de la finca de la vivienda de su familia. Y aunque las drogas no eran nada extraño para él, no tenía nada que ver con el adicto en el que se convertiría tras el fatal —y erróneo— diagnóstico.

Entró en una espiral de “autodestrucción”, impulsado por un entorno en el que el sida se consideraba poco menos que incurable

Según la sentencia, Carlos, que entonces tenía 32 años, entró en una espiral de “autodestrucción”, impulsado por un entorno en el que, en aquellos años en que el sida se consideraba poco menos que incurable, se respiraba lo que la demanda tilda de “serofobia”. El juez asume por completo los argumentos de la demanda, acerca de las “consecuencias de toda índole” que se derivaron del conocimiento del diagnóstico, que posteriormente se reveló erróneo. Carlos reclamaba 400.000 euros por los daños morales, pero la sentencia establece una cantidad de 4.000 euros por cada uno de los años que le hicieron creer que era seropositivo.

Todo empezó con una caída sin mayor trascendencia en la vía pública, que le provocó una herida inciso-contusa en la pierna derecha. Acudió a Urgencias de su hospital de referencia, Povisa, una clínica privada viguesa con un concierto con la sanidad pública gallega por el que atiende a 140.000 pacientes del área geográfica. No tardaron en atenderlo, pero al día siguiente recibía en su domicilio el informe de alta del servicio de traumatología y cirugía ortopédica. En el apartado “Otros diagnósticos”, el parte señalaba: “VIH, VHB, VHC, ADPV”. Es decir, los virus causantes del sida y de las hepatitis B y C, además de una alusión al consumo de drogas parentales. La sentencia lo considera “un claro error de diagnóstico, mantenido durante 15 años”.

Para mayor desgracia, no fue el paciente quien recibió y leyó en primer lugar aquel informe que le arruinaría la vida, sino uno de sus hermanos, que abrió la carta del hospital con el diagnóstico y comunicó la noticia a la mujer del afectado. Fue por ella por quien Carlos se enteró del falso VIH. A partir de ahí, “se desencadenó un escenario de mutuas acusaciones acerca del origen del contagio que terminó en ruptura matrimonial y en una espiral de autodestrucción”, relata la sentencia. “Su esposa se separó de él, quedando privado de su derecho-deber a relacionarse con su hija (…) por el temor de la madre y de la abuela paterna a que pudiese ser contagiada por su padre”. Esa relación, añade, “aún no está normalizada en la actualidad”.

Recayó en el consumo de estupefacientes, lo cual, unido a lo que él creía una corta esperanza de vida, hizo que comenzase una espiral delictiva

“Recayó en el consumo de sustancias estupefacientes, lo cual, unido a lo que él creía una corta esperanza de vida, hizo que comenzase una espiral delictiva que lo llevó a ingresar en prisión en 2012”, sigue el fallo. “El diagnóstico le sumió en una fuerte depresión, con reiterados intentos de suicidio (…), debiendo, durante su estancia en prisión, serle aplicado el protocolo de suicidio en diferentes ocasiones”. Vivía “una condena a muerte”, multiplicada por el hecho de "ver morir a sus amigos”.

También figura en la sentencia como demostrado que el demandante dejó de ver a su hija por temor a que fuese contagiada. “Actualmente tiene un nieto al que apenas conoce. También perdió la relación con sus hermanos y con los hijos de estos, pues se trataba de evitar cualquier contacto. En realidad, toda la familia sufrió el estigma de la enfermedad, incluida la niña”, narra el juez, que añade: “Su vida personal, social y laboral se desmoronó, quebrándose todo su proyecto vital”.

La abogada hace hincapié en los primeros años de ese periodo en que Carlos creyó convivir con el VIH, una etapa en la que el virus se asociaba a una pronta muerte. Tanto ese virus como la hepatitis B eran “sinónimo de vida desordenada, cuando no libertina o instalada en los malos hábitos y en el vicio”, añade. La propia sentencia lo refleja así. “Ser diagnosticado como portador del virus le convierte al sujeto en apestado, y acarrea su muerte civil. A ese entierro virtual, en no pocas ocasiones los primeros que acuden son los familiares, como ocurrió en el caso examinado”, señala.

La sentencia asegura que sufrió un caso de exclusión y marginación social

“Se trata de un caso particular de exclusión social, caracterizada por dificultad en la continuidad laboral, ausencia o insuficiencia de apoyos familiares o comunitarios, marginación social y, desde luego, falta de sensibilización de la población en general frente a la problemática relacionada con el VIH o la hepatitis asociada al virus”, continúa el fallo, que lamenta que los enfermos “son tratados como los leprosos en la antigüedad, que eran señalados y apartados de la sociedad por miedo al contagio, de modo que no resulta difícil imaginar el desasosiego y el abatimiento moral del demandante”.

“Se bloqueó y se volvió loco”, explica su abogada, “porque la esperanza de vida con un cuadro como el que supuestamente presentaba no era de más de dos años. Le daba todo igual: por eso abandonó el trabajo, volvió a delinquir, ingresó en prisión, intentó suicidarse y se metió de lleno en la heroína”. No le dejaban ni tocar a su hija, y la abuela de la niña limpiaba todo lo que el supuesto seropositivo tocaba, por miedo al contagio.

Para la abogada, tan grave como el error en el diagnóstico es el “fracaso del sistema” en el seguimiento del falso infectado. “No es que no se le hiciera un contraanálisis, es que nadie le dijo lo que tenía que hacer. Se le abandonó a su suerte”, lamenta. La gran mentira en la que durante tanto tiempo vivieron él y su familia comenzó a desvanecerse cuando, en 2015, decidió solicitar una ayuda a través de su asistente social. El preceptivo análisis llegó a su casa el 30 de septiembre de 2015. Su contenido señala el resultado negativo de los análisis en HVB, VIC, VHC y hepatitis C. Empezó así una batalla judicial que ha acabado por darle la razón en el “nexo causal” entre un “claro error de diagnóstico” y una vida arruinada.

Galicia

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