ELECCIONES GALICIA 2016

La boina que hace sudar a Feijóo

El imputado Baltar Blanco mantiene en Ourense la herencia del “cacique bueno” ante el apenas disimulado disgusto del presidente

Foto: Alberto Núñez Feijóo, junto al vicepresidente de la Diputación de Ourense, Rosendo Fernández y el presidente de la Diputación de Ourense, Manuel Baltar. (EFE)
Alberto Núñez Feijóo, junto al vicepresidente de la Diputación de Ourense, Rosendo Fernández y el presidente de la Diputación de Ourense, Manuel Baltar. (EFE)

La imagen de Alberto Núñez Feijóo secándose el sudor de la frente con un pañuelo, que se coló en la realización del reciente debate entre candidatos a la presidencia de la Xunta, resume los sofocos que el 'baltarismo' provoca en el aspirante a la reelección. Discutidos o no, Feijóo encontró esa noche argumentos para hacer frente a todo tipo de acusaciones, incluso a las relacionadas con la corrupción, pero cuando sus contrincantes le disparan por el flanco del PP de Ourense, el que ha pasado a modo dinástico de Baltar padre a Baltar hijo, la transpiración le traicionó y trató de esquivar los tiros con indisimulable fastidio. El último reducto del sector rural del PP, el identificado directamente con el universo de los caciques, se ha convertido en el gran sapo de la campaña de Feijóo.

Mariano Rajoy no ha tenido inconveniente en fotografiarse estos días “andando rápido” con el presidente de la Diputación orensana, José Manuel Baltar Blanco, imputado por prevaricación y cohecho por el supuesto ofrecimiento de un empleo a cambio de sexo a una mujer. Pero el caso de Feijóo es distinto. A Feijóo le pesa la promesa realizada cuando llegó a la Xunta de “acabar con el caciquismo en un día”, un compromiso que le ha perseguido durante los últimos siete años. Por eso sufrió en el debate televisivo cuando, una y otra vez, los candidatos de PSdeG, Xoaquín Fernández Leiceaga; BNG, Ana Pontón, y En Marea, Luis Villares, le preguntaban por su “pacto con Baltar”.

Cuando Feijóo irrumpió en la sucesión de Manuel Fraga, el contexto era el de un PP dividido en dos realidades antagónicas. Una de ellas la representaban los urbanitas, dirigentes en su mayoría procedentes de la vieja Alianza Popular, tecnócratas con carrera universitaria identificados de forma gráfica con los birretes. Enfrente de ellos estaban las boinas, los de la aldea, consolidados desde las diputaciones como auténticos proveedores de los votos del PP, ya fuera mediante un empleo para el hijo de algún vecino, ya fuera poniendo en marcha la asfaltadora de carreteras. Ese es el mundo del que procede Baltar Blanco, heredero de la última boina.

Mariano Rajoy junto al secretario general del PPdeG, Miguel Tellado, y a Manuel Baltar. (EFE)
Mariano Rajoy junto al secretario general del PPdeG, Miguel Tellado, y a Manuel Baltar. (EFE)

Comisionado como llegó a Galicia por José Manuel Romay, Feijóo nunca pudo deshacerse de la desconfianza de los de la boina, por más que se reivindicara como “un niño de aldea”. Y ya sea por su empeño, ya sea por causas biológicas o electorales, lo cierto es que el PP gallego se parece ahora un poco más a lo que Romay y Rajoy soñaban desde la calle Génova. No así el de Ourense, en donde los indisimulados esfuerzos del presidente de la Xunta fracasaron ante la tenacidad de los dos Baltar.

El triunvirato de las boinas de la época de Fraga llevaba los apellidos de Baltar, Cacharro y Cuiña. Francisco Cacharro, fallecido en 2015, cayó de la Diputación de Lugo en las urnas en 2007 después de 24 años de mandato. Se decía de él que era la única persona en Galicia que le podía levantar la voz al fundador del partido. Desde luego, era el único capaz de desafiarlo con un cambiazo en las listas que a él le tocaba entregar ante la Junta Electoral, como hizo en 1985 porque no le gustaba la candidatura aprobada por la dirección gallega.

El ocaso de José Cuiña, también fallecido (2008), se produjo antes incluso que el de Cacharro. El eterno delfín de Fraga lo fue todo menos sucesor: alcalde, presidente de la Diputación de Pontevedra, 'conselleiro', secretario general, diputado y empresario. Pero en 2003 quedó tocado cuando, probablemente desde su partido, se filtró que empresas de su familia habían suministrado material para la limpieza de las playas tras el desastre del Prestige. Con la misma bandera galleguista que enarbolaban Cacharro y José Luis Baltar, Cuiña aún realizaría un último intento para recuperar el trono del PP gallego, pero no logró los avales necesarios para rivalizar en 2006 con el recién llegado Feijóo.

El expresidente de la Diputación de Ourense, José Luis Baltar Pumar. (EFE)
El expresidente de la Diputación de Ourense, José Luis Baltar Pumar. (EFE)

Al presidente del PP de Galicia le queda por recuperar el terreno de las boinas en Ourense, donde Baltar padre entregó el testigo a su hijo como “digno sucesor”. Ocurrió en el congreso provincial del PP de 2010, en el que José Manuel Baltar Blanco se impuso al candidato con el que la dirección gallega trataba de poner fin a la dinastía. Poco importó que después se confirmara que, desde la Diputación, su padre había ido ofreciendo empleos a los delegados con derecho a voto: su hijo ya estaba consolidado al frente del PP provincial, antesala de la Diputación, cuando el juzgado de lo Penal número 1 de Ourense le condenó a nueve años de inhabilitación por prevaricación continuada. Se consideró demostrado que durante los meses previos al cónclave provincial de su sucesión había firmado 104 contratos para la institución provincial sin dar publicidad a las plazas.

Así actuaba José Luis Baltar Pumar, un barón que mandó en Ourense durante 20 años y que sometió a la dirección gallega de su partido a las mayores ofensas políticas que puedan imaginarse. Como ordenar el encierro de cinco de sus diputados, entre ellos su hijo, en un piso de Santiago en pleno pulso con Fraga. No en vano, el 'baltarismo'' que hereda Baltar Blanco, con su marcado carácter populista y una ideología seminacionalista, llegó desde un partido llamado Centristas de Galicia a un PP con el que nunca se ha sentido totalmente identificado.

Si una anécdota define al autodenominado cacique bueno, esa es la que protagonizó en un mitin de 2011, en vísperas de que Baltar Blanco le sucediera en la Diputación. El alcalde pedáneo de una pequeña parroquia de Xinzo le recordó una vieja reivindicación: aire acondicionado para el tanatorio del lugar. “¡A ti te lo voy a dar ahora mismo!”, le contestó Baltar, que abrió el maletero de su coche oficial delante de decenas de testigos, sacó un fajo y le entregó 3.000 euros en billetes de 50. “Ya me los devolverás cuando llegue la subvención”.

Baltar Blanco, fanático de los Beatles y del Real Madrid, reconoce sin rubor que hace coincidir sus actos en la capital con partidos en el Bernabéu

Esa es la herencia que reivindica Baltar Blanco, fanático de los Beatles y del Real Madrid, que reconoce sin rubor que hace coincidir sus actos en la capital con partidos en el Bernabéu.

Más difícil tiene sus explicaciones en los juzgados, donde el pequeño de los Baltar no solo debe hacer frente a casos como el de la mujer que le acusa de ofrecerle el intercambio de sexo por empleo, avalada por grabaciones en las que se distingue la voz del ahora presidente de la Diputación. También la sospecha de la financiación ilegal pesa sobre el heredero del 'baltarismo', que ha sido denunciado por el partido Democracia Ourense (DO) por la supuesta adjudicación a cinco únicas empresas del 75% de las obras contratadas por la institución provincial. DO le acusa de cohecho, prevaricación, irregularidades administrativas, malversación, enriquecimiento ilícito y alteración artificial de las normas de la competencia.

Pese a todo, a Feijóo ya no le quedaron ganas de intentar un segundo asalto contra esa forma de actuar del PP de Ourense. En el congreso provincial del pasado marzo, el presidente del partido renunció a presentar un candidato alternativo, lo que hubiese desencadenado otra pelea a cara de perro en vísperas electorales y quién sabe si la amenaza de resucitar el antiguo partido de su padre. Al presidente de la Xunta no le queda más remedio que administrar al máximo las fotografías con el presidente de la Diputación, hacer como que no escucha a sus rivales en los debates y secarse el sudor de la frente, un sacrificio que espera recompensa en la siempre generosa despensa de votos de la provincia de Ourense.

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