LOS ERRORES QUE ALIMENTARON LA CONSPIRACIÓN

ETA, Elvis y las bombas de los trenes

Leon Festinger acuñó en los años 50 la teoría de la consistencia, un paradigma que ha tenido gran influencia en la psicología y las ciencias de

Foto: ETA, Elvis y las bombas de los trenes

Leon Festinger acuñó en los años 50 la teoría de la consistencia, un paradigma que ha tenido gran influencia en la psicología y las ciencias de la comunicación. Según Festinger, los humanos amoldan su visión de la realidad a sus esquemas vitales para evitar la dolorosa tensión interna que genera la discrepancia entre lo que ocurre y los que les gustaría que ocurriera.

La fábula atribuida a Esopo de la zorra y las uvas, en la que el animal concluye que no le gusta esa fruta después de intentar alcanzar un racimo sin éxito, resume a magistralmente el planteamiento. La inquietud que genera un acontecimiento inesperado e inasumible suele generar tesis argumentales que encajan mejor con lo que se hacía o se sabía antes de que dicho suceso ocurriera. Y esas tesis se convierten en la única verdad.

Hay pocos episodios en la historia de España más inesperados que el 11-M, no sólo por la dimensión de la tragedia, con 192 muertos y más de 2.000 heridos, sino por la cascada de efectos políticos que provocó. Cuando los trenes de Cercanías explotaron, ningún dirigente político ni ningún mando de las Fuerzas de Seguridad del Estado esperaba que el terrorismo islamista atacara el sistema de ferrocarriles de la capital a sólo unos kilómetros de donde estaban sus dependencias oficiales.

Tampoco se preveía que en sólo tres días las encuestas electorales fueran radicalmente desmentidas por las urnas y José Luis Rodríguez Zapatero se convirtiera en el quinto presidente de la democracia. Ni siquiera el propio Zapatero. Y nadie estaba tampoco listo para asumir que los protagonistas de ese episodio fueran un grupo de islamistas, narcotraficantes y ladrones que apenas se esforzó en ocultar sus planes y que encontró en España todo lo que necesitaba para ejecutar uno de los atentados más quirúrgicos y espectaculares que hayan tenido lugar nunca, probablemente sólo superado por el inigualable 11-S.

La disonancia entre lo esperado y la realidad fue tan inmensa que las teorías alternativas no tardaron en extenderse y en sumar un ejército de fieles dispuesto a investigar y defender las únicas hipótesis que consideraban plausibles, con independencia de los hallazgos que desde el primer minuto fueron arrojando las averiguaciones policiales.

Esas tesis alternativas, que se han manifestado de diferentes formas, con aristas múltiples e intensidades distintas, han llegado a implicar en la autoría del 11-M en algún momento de esta década a ETA, el CNI, el PSOE, la Policía Nacional y la Guardia Civil, Marruecos, Estados Unidos e incluso a traidores del Partido Popular. Su universo es tan etéreo y abstracto que ninguna de esas lecturas del 11-M se ha podido demostrar, pero esa debilidad es también su fortaleza. Son irrebatibles porque esquivan las pruebas objetivas convirtiéndose en otra cosa, deformándose como el estaño fundido para que las balas de la realidad no golpeen su esencia. Las teorías de la conspiración del 11-M son inasibles, indestructibles.

Otras teorías conspiranoicas

No sólo ha ocurrido con el 11-M. En 2002, la cadena de televisión estadounidense CBS hizo una encuesta para saber qué pensaba la sociedad de EEUU sobre Elvis Presley 25 años después de su muerte. A parte de descubrir que la popularidad del padre del rock se mantenía intacta, el sondeo también concluyó que el 9% de sus fans creían que seguía vivo. Aceptar la muerte de su ídolo era más doloroso que imaginar que aún componía canciones en una playa desierta de Baja California.

Las teorías alternativas también brotaron con el 11-S. En 2007, seis años después de la caída de las Torres Gemelas, el 26,4% de los estadounidenses pensaba que el Gobierno y las agencias de seguridad sabían que el ataque iba a producirse y no lo evitaron, y un 4,8% estaba convencido de que fue directamente planificado y ejecutado por empleados de la administración de EEUU. Por internet también circuló un vídeo el que supuestamente se veía a judíos celebrando el atentado antes de que se produjera.

Incluso se extendió el rumor de no había muerto ningún judío en los atentados, a pesar de que alrededor del 18% de los que fallecidos profesaba esa creencia. Los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres también generaron corrientes conspiranoicas similares. Una de ellas, quizá la menos conocida, se extendió entre la comunidad musulmana del Gran Londres. Aseguraba que ningún musulmán había participado en la trama y que los atentados habían sido en realidad obra del Gobierno y de los servicios secretos para tratar de demonizar el islam.

En el caso del 11-M, la conspiración contó además con el soporte y la resonancia de medios de comunicación, que también fueron variando sus versiones conforme pasaban los meses para adaptarse a los datos que aparecían y abrir nuevas brechas de incertidumbre. Ni siquiera la sentencia de los atentados ni el propio autor de la sentencia acabaron con la sombra que rodeaba al 11-M. Entre otros motivos, porque el objetivo de la conspiración, conocer toda la verdad y demostrar sin género de duda la autoría, es irrealizable.

Una Justicia imperfecta

Las investigaciones policiales y la Justicia construyen versiones de los hechos partiendo de elementos incriminatorios. Cuantos más indicios haya sobre la mesa, más ajustada a la verdad será una sentencia. La labor de los jueces es que el riesgo de equivocación sea cercano a cero. Un sospechoso puede reconocer un asesinato que no haya cometido por afán de notoriedad o porque desee pasar por la cárcel, pero es improbable. El ADN de un violador en serie puede aparecer en una escena del crimen porque una tercera persona lo haya colocado para provocarle un problema, pero es infrecuente. La Justicia dispone de instrumentos para evitar ese tipo de errores. Sin embargo, no es infalible.

Pretender que la sentencia del 11-M confirmara sin la más mínima duda el origen exacto de los atentados, sus responsables intelectuales y el nombre de todos los terroristas que aquella mañana depositaron una mochila-bomba en los trenes es absolutamente imposible. Y, probablemente, aunque existieran pruebas irrefutables para cada una de esas supuestas incógnitas, la teoría de la conspiración seguiría existiendo.

Momentos del juicio (EFE)
Momentos del juicio (EFE)

La realidad es más prosaica y también más dolorosa. Antes de los atentados, el terrorismo islamista apenas preocupaba en España. En comparación con la amenaza permanente de ETA, el yihadismo era un enemigo demasiado difuso e incomprensible. Por ejemplo, el líder de Al Qaeda en España, Imad Eddin Barakat Yarkas, alias Abu Dahdah, no fue detenido hasta después del 11-S, pese a que llevaba muchos meses bajo vigilancia. Era un miembro muy relevante de la organización de Osama Bin Laden, pero la operación no tuvo el eco que merecía.

En enero de 2003, la Policía detuvo en Cataluña a 16 presuntos terroristas yihadistas acusados de planear atentados en España. La investigación recibió el nombre de Operación Lago, pero el PSOE cuestionó su importancia rebautizándola como “operación Dixán” cuando se comprobó que el material explosivo que se había intervenido a la célula era en realidad detergente, ridiculizando así la importancia de la amenaza islamista. Lo cierto es que la Audiencia Nacional acabó condenando en 2007 a cinco de los detenidos en aquella operación tras recibir informes del FBI que aseguraba que la teórica sustancia explosiva inocua se había empleado para fabricar “napalm casero”. Pero eso ya fue después del 11-M.

Un informe premonitorio que fue desechado

El PSOE no era el único que rebaja el riesgo del islamismo radical antes de 2004. El profesor de Ciencia Política de la Universidad de Granada y miembro fundador del Grupo de Estudios de Seguridad Internacional (GESI), Javier Jordán, el experto en terrorismo islamista más reputado de España y uno de los más discretos, publicó en octubre de 2003 un artículo premonitorio en la revista del Real Instituto Elcano en el que advirtió de que el yihadismo había situado el territorio nacional entre sus objetivos prioritarios. Jordán enfatizó sólo unos meses antes del 11-M que los políticos y los mandos policiales debían “asumir que los terroristas pueden llegar a atentar en nuestro país y que sus consecuencias pueden ser enormemente graves”. El artículo provocó un gran revuelo pero el entonces director general de la Policía Nacional, Agustín Díaz de Mera, nombrado por el Ejecutivo de José María Aznar, negó tajantemente que España estuviera amenazada por ese tipo de terrorismo.

Jordán, que empezó a investigar el terrorismo islamista en 2000, recuerda que hasta el 11-M sólo se celebraban en España un par de conferencias al año sobre este tipo de violencia, y casi siempre dentro de congresos genéricos de ciencia política. En la actualidad, hay charlas y conferencias monográficas sobre yihadismo todas las semanas, pero hablar de estos asuntos entonces, recuerda Jordán, era casi como predicar en el desierto.

Integrantes del 'Comando Dixan', a juicio (EFE)
Integrantes del 'Comando Dixan', a juicio (EFE)

Los autores del 11-M se aprovecharon de esa relajación, que se traducía en escasos recursos para las unidades que se dedicaban a la investigación de este fenómeno. Las unidades policiales no tenían traductores suficientes para conocer el contenido de todas las conversaciones telefónicas que se grababan a sospechosos. Tampoco había agentes disponibles para poder hacer seguimientos intensivos. Y el yihadismo era tan desconocido que ningún político se preocupó por intensificar la colaboración y el intercambio de datos entre los tres grandes cuerpos de seguridad que operan en España: Policía Nacional, Guardia Civil y CNI.

Un atentado sorpresa

Fernando Reinares, investigador principal de Terrorismo Internacional del Real Instituto Elcano, describe a la perfección en su nuevo libro ¡Matadlos! cómo Al Qaeda en España accionó en febrero de 2002 una larga secuencia de movimientos con el claro objetivo de atentar en suelo nacional y cómo la cúpula de Al Qaeda central dio el visto bueno a esos planes en el verano de 2003.

Puede que más de medio centenar de personas llegara a tener un conocimiento directo de los preparativos del 11-M, y eso hace aún más inexplicable que las Fuerzas de Seguridad no detectaran en ningún momento la trama. Este es precisamente uno de los puntos que más ha contribuido a alimentar la teoría de la conspiración, así como el hecho de que muchos de los implicados fueran confidentes de incluso dos y tres cuerpos antiterroristas.

Pero lo cierto es que lo último que en aquellos momentos se temía era que miembros de Al Qaeda, del Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM) y de la delincuencia común unieran sus fuerzas para atentar en Madrid y tratar de darle un vuelco al color del Gobierno (y que además lo consiguieran). La dramática realidad es que los atentados se cocieron ante los ojos de la Policía, la Guardia Civil y el CNI, pero no fueron capaces de advertirlo, a pesar incluso de que llegaron a recibir avisos de que se estaban produciendo movimientos sospechosos de explosivos, como quedó patente durante el juicio. Y el hecho de que muchos de los implicados fueran viejos conocidos de las Fuerzas de Seguridad sólo aumentó la dimensión del fracaso.

Los explosivos no interesaban

Hay que recordar que la lucha contra el tráfico ilegal de explosivos ni siquiera era una prioridad en aquella época. En la operación Pípol, en 2001, aparecieron varios cartuchos de dinamita en un local de José Emilio Suárez Trashorras, el suministrador de los explosivos del 11-M. Sin embargo, los agentes no se fijaron en la dinamita. Sólo les llamó la atención el pequeño alijo de cocaína que Trashorras escondía junto a los cartuchos. Ni siquiera estaba fichado como traficante de explosivos, a pesar de que los había utilizado en numerosas ocasiones para pagar hachís y cocaína.

Emilio Suarez Trashorras (Reuters)
Emilio Suarez Trashorras (Reuters)

Lo cierto es que, hasta 2004, la vigilancia del transporte y el almacenamiento de explosivos industriales en las minas asturianas era laxa o inexistente. El propio Trashorras ha reconocido que Jamal Ahmidan alias el Chino y sus compinches sólo se llevaron de Mina Conchita 200 kilos de Goma 2 porque no necesitaban más. Había otros 400 kilos almacenados justo al lado. Fallaron todos los controles, en cadena, uno tras otro, y sólo eso permitió que un ataque tan complejo y con tantas personas y grupos implicados se ejecutara sin hacer sonar una sola alarma.

Muchos agentes trataron de camuflar esa deshonra con informes posteriores de los atentados que relataban versiones muy libres de lo que realmente había ocurrido. Pocos admitieron ante el instructor del caso, el magistrado Juan del Olmo, y ante el tribunal que presidió Javier Gómez Bermúdez que el 11-M se había urdido en sus narices. Esos informes posteriores, que acabaron formando parte del sumario, contribuyeron a generar contradicciones y dudas que dieron pábulo a muchos de los agujeros negros de la conspiración.

A la búsqueda de medallas policiales

Hay otra cuestión espinosa que tampoco se ha valorado con la importancia que requiere. Los funcionarios de la Policía, la Guardia Civil y el CNI no dejan de ser trabajadores con nóminas modestas que tienen una casa que mantener, un coche que consume combustible y unos hijos que merecen ir a una buena universidad. El mayor atentado que había tenido nunca lugar en España era la mejor ocasión que iban a tener muchos agentes de conseguir una medalla al honor pensionada de por vida con más de 300 euros mensuales. Pero, para conseguirla, debían demostrar que habían tenido una participación relevante en el caso.

Durante la instrucción llegaron a la Audiencia Nacional decenas de informes voluntarios en los que se mencionaban escenas inverosímiles en los que los autores de los documentos quedaban como heroicos salvapatrias. Por ejemplo, los Tedax informaron por su cuenta y riesgo a Del Olmo de que hasta nueve agentes de la unidad habían participado simultáneamente en la desactivación de la mochila de Vallecas utilizando para conseguirlo sus propias manos, algo materialmente imposible porque la mochila apenas tenía 50 centímetros de largo.

Al igual que ocurrió con los informes destinados a disimular errores, los documentos que sólo buscaban la concesión de medallas elevaron a infinito la confusión que reinaba sobre algunos episodios clave. De ahí a sostener que ETA o el Estado mataron a 192 personas hay un enorme salto, pero las teorías de la conspiración estaban preparadas para encontrar las grietas y explotarlas.

Con todo, la realidad es a veces tan dolorosa que inevitablemente aparecen de nuevo Festinger y su teoría de la consistencia. Aunque parezca difícil de asumir, aún hoy existe un inquietante número de agentes de la Policía, la Guardia Civil y el CNI que siguen pensando que compañeros de plantilla tuvieron una implicación decisiva en los atentados, y que los tramaron tan milimétricamente que lograron que su sombra no apareciera en ningún momento. Creen que sus colegas fueron tan precisos y malvados que ni siquiera los culpables conocidos por el 11-M, que ya no tienen nada que perder, se atreverían nunca a delatar a los agentes que les han metido en la cárcel.

El profesor Reinares arroja luz en su libro sobre muchas de las dudas que una década después aún rodeaban a la tragedia y prueba que los ataques se prepararon siguiendo los protocolos habituales del terrorismo islamista. Es cierto que aún quedan incógnitas por despejar, pero no sería necesario ir muy lejos para averiguarlas.

Los testigos que lo saben todo

Con cuatro de los condenados por el 11-M, encarcelados todos ellos en prisiones españolas, sería posible reconstruir el 100% de la trama desde dentro. Uno de ellos es Jamal Zougam, que lo negó durante el juicio pero que no evitó una de las condenas más altas. Formó parte de la red de Abu Dahdah y tenía un pequeño taller en el locutorio en el que se vendieron los teléfonos móviles y en el que muchos investigadores ubican la fabricación de los artefactos. Otra persona clave es Abdelmajid Bouchar, que estuvo con los suicidas de Leganés hasta unos minutos antes de que decidieran inmolarse. 

Otman el gnaoui (reuters)
Otman el gnaoui (reuters)

Bouchar, que tenía una estrecha relación con todos ellos, contribuiría a aclarar uno de los episodios más confusos del 11-M por la lógica ausencia de testigos y el pésimo estado en el que quedó el inmueble. El tercer testigo clave sería Otman El Gnaoui, que era íntimo de El Chino y le acompañó a Asturias para conseguir los explosivos. Su rastro también apareció en la casa de Morata de Tajuña que utilizó la célula como base de operaciones. Por último, Trashorras podría aportar nuevos datos sobre la trama asturiana. En realidad, ya ha empezado a hacerlo. Con las confesiones de los cuatro se podría hacer un relato completo de la masacre.

En estas circunstancias, las versiones alternativas al 11-M sólo son fenómeno interesante. Carece de interés combatirlas. El profesor Javier Jordán recuerda que “las teorías conspiranoicas nunca han tenido aceptación en el mundo académico”. “Nadie que se dedique a estos temas con un mínimo de seriedad contempla otras opciones que la autoría yihadista, y menos aún en el extranjero, donde los expertos en estos asuntos ni siquiera conocen esas otras versiones”, asegura Jordán, que acaba de publicar el libro Guerra de drones. Política, tecnología y cambio social en los nuevos conflictos. El tiempo aliviará las tensiones y hará innecesarias las versiones alternativas del 11-M.

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