asiste diariamente a una terapia con perros

Trashorras quiere ser escritor: el año pasado ganó un premio y ha iniciado sus memorias

El exminero asturiano José Emilio Suárez Trashorras (Avilés, 1976) ha comenzado a escribir sus memorias, asiste a un taller de lectura, pasa las mañanas en terapias con perros, ha dejado las drogas y toma pastillas para domesticar su esquizofrenia.

Foto: Emilio Suárez Trashorras
Emilio Suárez Trashorras

El exminero asturiano José Emilio Suárez Trashorras (Avilés, 1976) le dice a todo el mundo que ha cambiado, que tiene poco que ver con el chorizo de poca monta que entregó 200 kilos de explosivos a los autores materiales del 11-M para que acabaran con la vida de 192 inocentes. Una década después de aquel 11 de marzo, al Emilio de ahora le gusta pensar que ya no tiene nada que ver con el Emilio de antes, ese otro Emilio que mantuvo pese al dolor de las víctimas hasta siete versiones diferentes sobre los hechos que precedieron a la masacre. Aquel Emilio fue condenado a 34.715 años de cárcel por el Tribunal Supremo. El Emilio de estos días ha comenzado a escribir sus memorias, asiste a un taller de lectura, pasa las mañanas en terapias con perros, ha dejado las drogas y toma pastillas para domesticar su esquizofrenia, para saber a qué Emilio ve cuándo se afeita por la mañana. Si al de antes o al de ahora.

El nexo entre uno y otro es la sentencia del 11-M. A Trashorras le ha costado casi diez años asumir que la realidad tuvo mucho que ver con el relato que describió ese dictamen, al menos, en la parte que más tiene que ver con su participación en la trama. Tras cuatro meses y medio de vistas en la Audiencia Nacional que pasó ausente, retrepado en su asiento, con los pies en alto y soltando evasivas cuando le tocaba, el tribunal del 11-M resolvió que se había aprovechado sus contactos en Mina Conchita para proporcionar la dinamita de las bombas. Según los magistrados, su implicación fue imprescindible para que los planes de los yihadistas tuvieran éxito, y por ello le condenaron como colaborador necesario. Ningún otro español ha recibido una condena tan alta. Ni siquiera ningún terrorista. Iñaki de Juana Chaos, por ejemplo, fue condenado a 3.000 años de cárcel, diez veces menos.

Suárez trashorras, en 2007, en un momento del juicio del 11-m. (reuters)
Suárez trashorras, en 2007, en un momento del juicio del 11-m. (reuters)
Ni siquiera con ese bofetón de futuro salió Trashorras de la fortaleza de mentiras en la que se había refugiado. Tuvieron que pasar varios años más para que el exminero, que hasta el 11-M se había ganado la vida trapicheando con droga y vendiendo dinamita en toda España a bandas especializadas en el robo de cajas fuertes, comenzara a descubrir la lúgubre dimensión de su legado. Ocurrió en 2010, cuando le detectaron un cáncer a su madre y que dejó de visitarle los fines de semana. Su abogado, Francisco Miranda Velasco, experto en derecho penal y penitenciario de Vox Legis, ve a Trashorras casi todas las semanas y habla con el por teléfono con aún más frecuencia. Afirma que a partir de que la dolencia de su madre empezó a convertirse en otro. “Se dio cuenta de lo que era sufrir por los problemas de otra persona, y entendió lo que tuvieron que sufrir las víctimas del atentado. La enfermedad de su madre le hizo ver las cosas de otro modo. Y empezó a responsabilizarse. Puede parecer imposible pero no se dio cuenta de lo que había hecho hasta ese momento”, admite Miranda.

Enfermo de “esquizofrenia crónica”

También contribuyó a ese giro el abandono de las drogas. Trashorras había seguido consumiendo cocaína incluso después de entrar en la cárcel, pero los médicos aseguran que, tras varios programas de desintoxicación, está completamente limpio. Su cabeza, en cambio, sigue sufriendo los mismos vaivenes. Los psicólogos de Instituciones Penitenciarias y un psiquiatra externo contratado por su familia le tratan sus patologías mentales. Tras el último examen que le han efectuado, los facultativos han concluido que sufre una “esquizofrenia crónica”, es decir, incurable. Al menos por ahora, las terapias y las pastillas la mantienen aletargada.

Monumento a las víctimas del 11-M en Madrid, junto a la estación de Atocha.
Monumento a las víctimas del 11-M en Madrid, junto a la estación de Atocha.

 

Además, a Emilio le gusta el tratamiento que le han puesto. Los médicos le aconsejaron hace tres años que pusiera en un papel las ideas que le atormentaran. Así comenzó su relación con la escritura. La terapia se convirtió en una inquietud y la inquietud en una afición permanente. En 2013, Trashorras consiguió el segundo premio del concurso de relatos cortos Ángel Guerra que organiza la Fundación Mapfre Guanarteme, dirigido a los reclusos de toda España. El jurado, que encabezaba la periodista Maruja Torres, subrayó que su obra destacaba por su “sencillez y eficaz ejecución”. El cuento se titulaba “Gritó” y tenía como argumento una historia de amor desasosegante: “ (…) Él está sucio, demacrado. Bajo la lluvia parecen dos esqueletos con la ropa empapada dibujándoles el contorno. Poca ropa. Debe de hacer frío. Ella se tira de los pelos. ¿Grita? Otro trueno. Él se acerca a ella. Da tumbos. Ella huye, pero no del todo. Se gira y lo mira, lo mira llorando, empapada de algo, de lágrimas o de lluvia. Se acerca a él, lo abraza, él se entrega... La abraza también. Un movimiento rápido... Se separa de ella, la deja caer y corre. (...)”.

Su vida en un módulo de respeto

Desde esa primera experiencia no ha abandonado la escritura. Coge el bolígrafo cuando está en su celda, buscando evadirse. El proyecto con el que se entretiene justo ahora son sus memorias. Está muy ilusionado con ese reto. Ya ha empezado a darles forma y le encantaría publicarlas.

El resto del tiempo lo dedica a actividades programadas por Instituciones Penitenciarias. Los horarios del módulo 1 del Centro Penitenciario de El Dueso, la cárcel a la que llegó en 2011 tras pasar previamente por las de Alcalá Meco, Soto del Real (ambas en la Comunidad de Madrid) y Masilla de las Mulas (León), son estrictos y no admiten variaciones. Trashorras está sujeto voluntariamente a un régimen penitenciario de respeto, que se diferencia del régimen normal en que los presos disponen de mayores cuotas de autogestión y están sujetos a una menor vigilancia. Sólo los reclusos que cumplen los requisitos de buen comportamiento permanecen dentro de este tipo de módulos. En el que vive Trashorras junto a otro centenar de presos es uno de ellos.

Su vida vida arranca a las ocho de la mañana. Los funcionarios hacen un recuento de los internos y abren las celdas. De ahí pasan directamente al comedor, donde desayunan. A continuación, los técnicos de Instituciones Penitenciarias mantienen una reunión de aproximadamente 15 minutos de duración con todos los internos. Después comienzan las primeras actividades de la mañana, desde las nueve y media hasta las 11 horas. Tras un breve receso de 30 minutos, las actividades se retoman de nuevo a las 11 y media. Terminan a la una, con el inicio del horario de comida. El siguiente punto en el orden del día es la siesta obligatoria dentro de las celdas, hasta las cuatro y media. Luego se inicia el último tramo de actividades de la jornada. A las siete se sirve la cena. Y finalmente, a las ocho, los presos vuelven a sus celdas y se cierran de nuevo las puertas. Así hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Así todos los días.

Sus tres amigos de la infancia

Su rutina se rompe los fines de semana, cuando llega el momento de las visitas. No tiene muchas. Sólo quieren verle sus padres, su hermana, su abogado y tres buenos amigos de la infancia que una década después de la masacre siguen acudiendo a verle. Tendrá que esperar como mínimo a 2024 para devolverles la visita. Sólo a partir de entonces tiene opciones de conseguir algún permiso esporádico. Pero, con 34.715 años de cárcel, tendrá que cumplir condena hasta el tope de 40 años que fija como máximo la legislación española para los delitos de terrorismo. Su abogado espera que al menos el último tramo de su pena lo pase en un centro psiquiátrico o en régimen de semilibertad.

El recuerdo de las víctimas.
El recuerdo de las víctimas.

 

El exminero ha acabado acostumbrándose a este ritmo. Hasta hace unos meses se le aplicaba el primer grado penitenciario, reservado para los reclusos con los delitos más atroces. Sólo podía salir al patio una hora al día, y las dimensiones de ese espacio eran de cinco por cinco metros. Apenas podría relacionarse con una decena de reclusos. Pero hace unos meses consiguió que le pasaran al segundo grado, mucho más benevolente. En la cárcel de El Dueso, además, se respira un ambiente distinto. Es la más deseada por los presos de España. Apenas hay reclusos violentos. Desde su patio principal, uno de los más amplios de la red nacional de cárceles, se ve claramente el mar. Y, por último, desde las celdas se escuchan las olas y las gaviotas. Es lo más parecido a un paraíso que puede haber entre rejas. 

Terapia diaria con perros

Los dos tramos de actividades matutinos los pasa en una terapia con perros. Instituciones Penitenciarias ha comenzado a aplicar este método de reinserción en algunos centros. El objetivo es que los reclusos aprendan a preocuparse por la vida de otros. Y los animales les devuelven ese interés con afecto. Trashorras pasa con los perros y sus cuidadores todas las mañanas. Y la terapia, afirma su abogado, también le está funcionando.

El nuevo Emilio se arrepiente de lo que hizo, y quiere que todo el mundo lo sepa, empezando por las víctimas. Ya se ha reunido con tres de ellas en el marco de un programa de encuentros auspiciado por Instituciones Penitenciarias. Las reuniones han durado tres horas. A un lado de la mesa, Emilio. Y al otro, una víctima de las bombas que se fabricaron con sus explosivos. El experto mediador Juan Carlos Ríos Martín, en el centro, fue el encargado de guiar los diálogos, bajo la atenta supervisión del director de la cárcel, que se colocó en una esquina de la estancia. Las víctimas querían saber por qué lo hizo, por qué no avisó a nadie, por qué no impidió que ocurriera o por qué fue ofreciendo versiones que un día implicaban a las cloacas del Estado y otro acusaban a los etarras de Cañaveras.

Emilio respondió a todas sus inquietudes, pero también les pidió que le perdonaran por lo que hizo. Las tres víctimas respondieron con una pregunta: “Y si yo te hubiera hecho lo mismo que tú me hiciste, ¿me perdonarías?”. Él también reaccionó de la misma manera en los tres casos. “Yo no me perdonaría”, dijo Trashorras. Pero las víctimas si lo hicieron. 

Especial décimo aniversario 11-M
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