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La bajada de impuestos de Feijóo
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Miriam González

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La bajada de impuestos de Feijóo

La única manera de poder bajar impuestos sin deteriorar los servicios públicos es liberándonos del coste del clientelismo político

Foto: El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. (Europa Press/Eduardo Parra)
El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. (Europa Press/Eduardo Parra)
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No tengo ni idea de quién le escribe los discursos a Feijóo o si los escribe él mismo. Pero imagino que, pasada ya la mini ‘macro-manifestación’ del domingo, el líder del Partido Popular estará reflexionando sobre la oportunidad que ha perdido para presentar su visión sobre el futuro del país, más allá de confirmar que quiere ‘barrer el sanchismo’.

Entre las muy someras referencias a las líneas de su posible gobierno, Feijóo mencionó una bajada de impuestos. Si se excluyen nuestras altísimas cotizaciones, la carga fiscal de España está bastante alineada, en términos globales, con la de Europa. Pero como el modelo económico por el que han apostado sucesivos gobiernos del país se apoya en sueldos bajos (nuestra renta media es 6,100€ más baja que la europea), la clase media española se siente asfixiada.

La pregunta es: si Feijóo quiere bajar impuestos, ¿qué va a cortar a cambio? Porque en una situación como la de nuestro país, con un agujero en pensiones considerable, agravado por el imparable envejecimiento, una financiación pública estancada desde hace ya varios años, unos servicios públicos que dan señales de irse deshilachando y un modelo de rentas bajas que no logra engancharse a la productividad (entre otras cosas porque los dos partidos mayoritarios no reforman apenas la política laboral e ignoran la política educativa para no soliviantar a los intereses creados) el margen para bajar impuestos, sin tocar ninguna otra partida presupuestaria, es mínimo.

Algunos países europeos están como locos intentando ser de los primeros que aplican la tecnología a los servicios públicos (uso de la IA para diagnósticos, para optimizar el uso de las camas de hospitales, detectar fraude fiscal, prevenir posibles accidentes de tráfico, microlecciones de IA para mejorar en matemáticas, liberar tiempo de docencia del profesorado, etc). Son intentos de aumentar la eficiencia para evitar aumentar impuestos sin tener una caída abrupta en el nivel del Estado de bienestar, que es donde parece dirigirse Europa. No todos esos intentos son un éxito, porque algunos son difíciles de escalar y en general toda Europa está mal posicionada en tecnología. Pero al menos algunos lo están intentando.

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En España tenemos una ventaja enorme sobre otros países europeos. La mayoría de ellos no tienen de dónde tirar. Nosotros sí, porque tenemos un cofre del tesoro intacto que nos da margen presupuestario. Un cofre que nos permitiría aliviar la presión fiscal sin tener que reducir automáticamente la calidad del Estado de bienestar y los servicios públicos. Un cofre que a los partidos políticos mayoritarios les espanta abrir – porque viven de él - pero que sería la solución a nuestros problemas. Ese cofre se llama: el coste del clientelismo político.

Solo en corrupción, se estimó en el 2018 (justo tras el último gobierno del PP) en el informe de Los Verdes/ALE en el Parlamento Europeo, que España perdía 90.000 millones de euros por año (1.3 veces todo el presupuesto anual para educación). Y eso es solo corrupción. Añadan ahí todo ese coste adicional que los partidos políticos ponen sobre los servicios públicos en forma de sueldos de gente de carnet que no necesitamos, que no son sueldos de funcionarios o expertos, sino sueldos para gente que no sabe nada de lo que supone que se ocupa. Añadan también el coste de todas esas estructuras de gobierno llenas de capas que no aportan prácticamente nada y que solo sirven para que gente de carnet se sientan importantes. Sumen el coste de todos esos chiringuitos, observatorios, las muchas empresas públicas sin ningún objetivo público reconocible, que se hacen para colocar a los del partido y repartir prebendas. Todo eso se puede eliminar sin que se resienta ni un ápice el Estado de bienestar. Al revés, ¡lo público funcionaría mejor si toda esa gente desapareciese! Tendríamos gestores más eficientes, que aprovecharían mejor los recursos públicos en beneficio de la ciudadanía y no de su partido.

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Un presidente de una Comunidad Autónoma me comentó recientemente que cuando llegó a su cargo ‘tuvo que nombrar’ a 480 personas. Añadan los que nombran en las otras Comunidades, en el Gobierno, en cada uno de los Ministerios, en los organismos independientes que de independientes no tienen nada, en las diputaciones, en los municipios, en los muchos observatorios algunos de los cuales no sabemos lo que observan, en las empresas públicas, etcétera. Una capa de grasa clientelar inmensa para gente de carnet que no aporta nada a la ciudadanía, más que costes y entorpecimiento.

Si Feijóo quiere bajar los impuestos a costa de deteriorar los servicios públicos, con ‘barrer el sanchismo’ vale. Pero si quiere hacer bajadas de impuestos sin deteriorar los servicios públicos, lo que tiene que hacer no es solo ‘barrer el sanchismo’, sino ‘barrer el clientelismo’. El clientelismo político de los de Sánchez y el clientelismo político de los suyos.

A ver si se atreve a meter ahí la tijera. Me sorprendería.

No tengo ni idea de quién le escribe los discursos a Feijóo o si los escribe él mismo. Pero imagino que, pasada ya la mini ‘macro-manifestación’ del domingo, el líder del Partido Popular estará reflexionando sobre la oportunidad que ha perdido para presentar su visión sobre el futuro del país, más allá de confirmar que quiere ‘barrer el sanchismo’.

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